Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 2ª de Cuaresma

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

El Evangelio de este Domingo Segundo de Cuaresma nos habla del misterio de la Transfiguración de Jesucristo.

Para comprender bien el sentido del Evangelio de hoy y su emplazamiento en medio de la Cuaresma, es necesario enmarcarlo, situarlo, en su realidad concreta.

Para ello, es indispensable comenzar la narración desde el versículo 13 del capítulo 16 de San Mateo y completarlo con las crónicas de San Marcos y San Lucas. He aquí un resumen de los tres sinópticos:

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas”. Les dice Él: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (…) Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (…) Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y, mientras oraba, se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol, y sus vestidos se volvieron resplandecientes y en extremo blancos, como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él de su partida, que había de cumplir en Jerusalén. Mas pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; y, despertando, vieron la gloria de Él y a los dos varones que en pie estaban con Él. Y, al apartarse de Él, tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: “Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía, pues estaban atónitos de miedo. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y he aquí que de la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco; escuchadle”. Al oír ésto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

El Padre nos muestra al Hijo de sus complacencias y lo proclama Maestro universal: Escuchadle.

Contemplemos y escuchemos a Jesucristo…

Por hoy dejemos toda otra reflexión, y concentremos toda nuestra atención en la amable persona de Jesús transfigurado.

Una mañana, seis días después de haber anunciado por vez primera su Pasión y Muerte, Jesús subió con sus tres discípulos predilectos a un monte solitario y elevado.

Llegados a la cumbre, Jesús se puso en oración y, en actitud de orante, entró en comunicación íntima con su Padre celestial.

El alma de Jesús ardía dulce y sosegadamente. Pronto, estas llamas luminosas, atravesando el tenue velo de su sagrada carne, se mostraron gloriosamente en el divino semblante y en todo el cuerpo.

Su faz se puso radiante como el sol, sus vestiduras se tornaron blancas como la nieve, brillantes como la luz.

¡Qué visión tan celeste la de Jesús transfigurado en medio de las sombras del atardecer!

Entretanto, su Corazón Sagrado levantaba nuevas llamaradas de amor: de amor al Padre celestial, con quien se entretenía…; de amor a los hombres, por quienes intercedía.

+++

El Padre quiso honrar al Hijo de su amor; y mandó para que le rindieran homenaje y le honrasen con su presencia y acatamiento a Moisés y a Elías, al gran caudillo del pueblo de Dios y al más insigne entre los profetas; ambos habían practicado el ayuno de cuarenta días, tal como haría posteriormente Nuestro Señor.

No apartemos nuestros ojos y nuestros oídos del divino Maestro, y oigamos lo que con ellos hablaba.

En medio de su gloria, habla de nuestra Redención…

Vueltos los ojos a Jerusalén, muestra Jesús a Moisés y Elías un montecillo, adonde no llegan los resplandores del Tabor; y sobre este montecillo les hace ver una cruz, levantada entre el cielo y la tierra, como él ahora, y en esta cruz les muestra desgarrado, desangrado, inerte, este mismo cuerpo ahora tan gloriosamente transfigurado.

Y en la mente de los dos profetas se fundieron en una las dos imágenes: la de Jesús transfigurado y la de Cristo crucificado…

¡Mejor aún!, se compenetraron las dos transfiguraciones: la transfiguración de la gloria y la transfiguración del amor y del dolor…

+++

Los destellos cada vez más deslumbradores de Jesús y las palabras de la conversación despertaron finalmente a los dormidos discípulos.

No hay para qué recordar las expresiones incoherentes de San Pedro. Mientras él hablaba, y Moisés y Elías se retiraban, la luz esplendorosa que irradiaba el Salvador se fue extendiendo y condensando en una especie de neblina luminosa, que todo lo envolvía.

Desde esta magnífica gloria, símbolo de la divina presencia, se dejó oír una voz llena de majestad, la del Padre celestial, que decía a los discípulos: Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas todas mis complacencias: escuchadle.

¡Jesús, centro único de las complacencias divinas!

Nada agrada al Padre celestial sino Jesucristo, o lo que lleva su imagen y está unido a Él.

No podemos asegurarnos de que agradamos a Dios sino por Jesucristo y en Jesucristo.

Otra reflexión que deberíamos hacernos cuando sentimos que nuestro corazón se nos va hacia algo que no sea Jesucristo es que, si Cristo tiene amabilidad para llenar la capacidad inmensa de amar que tiene el Padre celestial, ¿cuánto más la tendrá para llenar todos las honduras de nuestro mezquino corazón?

No solamente amor para nuestros corazones hemos de buscar en Jesucristo, sino también luz para nuestras inteligencias. Escuchadle, dijo el Padre a los discípulos, y en ellos a nosotros.

Y es de notar la oportunidad de este mandamiento divino. Hablaba Jesús con Moisés y Elías de cruz, de ignominias, de tormentos y de muerte; y San Pedro, ahora como pocos días antes, nada quería saber de ésto, y quería quitar a Jesús estos pensamientos de la cabeza.

Entonces fue cuando el Padre le dijo: Escuchadle. Aun cuando nos hable de cruz y de muerte, siempre hemos de escuchar a Jesús; pues su palabra es la verdad y la vida eterna.

+++

Cuando oyeron la voz del Padre, los discípulos miraron instintivamente si estaban allí todavía Moisés y Elías, como si temiesen no fuese bastante claro que sólo por Jesús se decían aquellas palabras.

Vano temor. Moisés y Elías se habían ya retirado, como eclipsados por la gloria incomparable de Jesús.

Jesús es el Hijo Unigénito del Padre, Jesús es el único Maestro de la verdad.

Cuando Jesús se acercó y tocó suavemente a los discípulos que yacían en el suelo aterrados por los fulgores de la nube que los envolvía y por la voz del cielo, era ya de día.

El rostro de Jesús ya no relumbraba como el sol, sus vestiduras habían perdido su nívea y luminosa blancura.

Toda la luz se recogió de nuevo, y se reconcentró en el Alma, perennemente transfigurada con la doble transfiguración de la gloria y del amor.

Así se manifestó el divino Corazón a Santa Margarita María y a todo el mundo: radiante de gloria y coronado de espinas, con la Transfiguración del Tabor y con la Transfiguración del Calvario.

+++

Este Misterio es glorioso para Jesucristo, y es consolador para nosotros.

Ante todo, es un misterio glorioso para Jesucristo.

En primer lugar, por el hecho mismo de la Transfiguración.

En efecto, manifestó en ella su grandeza y el brillo incomparable de su gloria, lo cual se desprende de las expresiones que usan los evangelistas: Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve.

Podemos, además, juzgar de la magnificencia de la Transfiguración por los efectos que produjo en los Apóstoles. Era tal la belleza de ese cuadro que contemplaban, tan suaves los sentimientos de su alma, tan bella la luz que los circundaba que un éxtasis respetuoso les impedía hablar.

Y todo no era más que un destello de la gloria de Jesús.

La gloria del misterio se desprende también por el homenaje que le rindieron Moisés y Elías. Uno representaba la Ley; el otro, los Profetas. Ambos aparecieron para rendir a Jesús homenaje de adoración.

Aparecieron también para saber cómo debía cumplirse la Redención por la Pasión y Muerte de Jesús. ¡Contraste singular entre el Calvario y el Tabor!

En el Calvario, entre dos malhechores; en el Tabor, entre dos Profetas. Allá, rodeado de ignominias; aquí, refulgente de gloria; allá, blasfemado, escarnecido; aquí glorificado y ensalzado por el Padre.

Finalmente, se muestra la gloria por el testimonio que dio de Jesús el eterno Padre: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadle. Con estas palabras proclama su divinidad y le proclama también Maestro y Doctor del mundo.

Escuchar a Jesucristo significa creer en sus enseñanzas; observar su Ley; imitar sus ejemplos.

Todas las virtudes proceden de escuchar su palabra…; todos los vicios de rehusar sus enseñanzas…

+++

Pero dijimos que también es un misterio consolador para nosotros. Y ésto nos proporciona un goce anticipado de la felicidad del Cielo.

Los Apóstoles, fuera de sí, inundados de goces celestiales, no deseaban más que la prolongación de esa felicidad: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Y escuchan inefables palabras que no pueden sino venir del Cielo: Una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz

Tienen el sentimiento expreso de la presencia de Dios: Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo

Y aprenden que esta vida no es lugar de goces ni felicidad permanente: Y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

De este modo, este misterio nos da una prenda de las glorias y de las delicias que nos tiene preparadas el Señor en el Cielo, si nos esforzamos en merecerlas. Para ello debemos transfigurar nuestra vida en la de Jesucristo.

Para transformarnos en Jesucristo debemos padecer con Jesucristo. Subir al Calvario del dolor para ascender al Tabor de la glorificación: Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

+++

En resumen, el Misterio de la Transfiguración nos da a conocer a Jesucristo y nos demuestra su divinidad.

Nos da a conocer a Jesucristo, pues nos enseña a descubrir bajo el velo de la humanidad la gloria y divinidad del Hijo de Dios.

Nos enseña también que Jesús es el fin y término en que se juntan o coinciden la Antigua y la Nueva Alianza; que en Él hallan su cumplimiento y perfección la Ley y los Profetas.

Nos enseña que Jesucristo es el Unigénito y consubstancial del Padre celestial, el Soberano legislador y Profeta de la nueva Ley: Ipsum audite…

También nos demuestra su divinidad; este misterio es un testimonio espléndido de la divinidad de Cristo.

Es el Hijo de Dios, el Cristo, el Mesías que realizó las esperanzas de cuarenta siglos…

El mundo estaba sentado en sombras de muerte… Pero Cristo vino a anegarlo en océano de luz y a abrasarlo en llamaradas de amor. Erat lux vera quae illuminat omnem hominem…

Vino a conquistar la inteligencia y el corazón de la humanidad. Su palabra, su enseñanza se caracterizan por una vitalidad divina, por la universalidad en el tiempo y en el espacio y por una admirable fecundidad, en todos los pueblos y en todas las épocas.

Pero no sólo enseña como Dios, sino que también obra como Dios.

Pasa haciendo el bien: da luz a los ciegos, limpia a los leprosos, da movimiento a los paralíticos, resucita a los muertos y alivia todos los males de los hombres. Calma las tempestades; impera en el mundo de los espíritus; cura las dolencias con un acto de su voluntad; perdona los pecados y alivia las enfermedades. Estos prodigios nos demuestran su divinidad.

Anuncia la destrucción de Jerusalén y después de algunos años no quedó en la ciudad santa piedra sobre piedra; predice su Pasión, su resurrección, la dispersión del pueblo judío, su triunfo, el triunfo de su Iglesia… Y hoy vemos realizados estos anuncios y ese pueblo prófugo por la tierra, lleva en su frente el estigma de la maldición de sus Profetas.

Cristo muere y resucita como Dios. Y si en los hombres la muerte es el fin de las grandezas y de las glorias, en Cristo es el principio de un amor que nunca ha de desfallecer.

Y reina desde el madero… Y resucita y se levanta triunfante del sepulcro, porque es el autor de la vida y de la muerte.

Todo esto nos demuestra su divinidad, su gloria, su triunfo.

+++

Escuchadle…

Obedezcamos al Padre Eterno y, si bien participaremos de la Pasión de su divino Hijo, también compartiremos su gloria…

Esta es la razón de la elección de este misterio para este Segundo Domingo de Cuaresma.