Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 1ª de Cuaresma

Sermones-Ceriani

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero Él respondiendo dijo: Está escrito, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le contestó: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios. Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron y le servían.

Para comprender bien la triple tentación del demonio a Nuestro Señor Jesucristo es necesario remontarnos a la creación del hombre y a la misión que le había sido asignada.

Después de haber creado la tierra y ordenado sus elementos, Dios la adornó con toda clase de seres vivientes, a los cuales dio fuerzas con su mandato para crecer y multiplicarse.

Pero Dios, que lo había hecho para el hombre, a quien había de constituir rey de la creación, finalmente exclamó: “Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza; y domine sobre los peces del mar y las aves del cielo, sobre las bestias domésticas, y sobre toda la tierra y todo reptil que se mueve sobre la tierra”.

Y plantó luego Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Dios hizo brotar de la tierra toda clase de árboles de hermoso aspecto y de frutos buenos para comer, y en el medio del jardín el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

Tomó, pues, Dios al hombre y lo llevó al jardín de Edén, para que lo labrara y lo cuidase.

Y el hombre se encontró así con un mundo maravilloso, extraordinario. Mediante el don de ciencia que poseía, penetró toda la profundidad de la creación y conoció todos y cada uno de los misterios insondables que ella encierra… los minerales, los vegetales, los animales…

Dios hizo desfilar delante de Adán a todos los seres, y éste les fue poniendo nombre, conforme a su naturaleza.

Entonces dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él”.

Y creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó. Los bendijo Dios; y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra”.

Después dijo Dios: “He aquí que Yo os doy toda planta portadora de semilla sobre la superficie de toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto de árbol con semilla, para que os sirvan de alimento”.

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Hasta aquí el relato sucinto de la creación de todas las cosas y la misión del hombre.

Es necesario destacar uno de los pasajes más misteriosos del Génesis: Dios reúne a todas las criaturas y las enfrenta con Adán, para que Adán las nombre; y Adán les da sus nombres verdaderos.

Ahora bien, si Adán las nombra con verdad, es porque las conoce verdaderamente; y si las conoce verdaderamente, es porque las mira en su Principio creador, vale decir en la Unidad.

Y es lógico que así sea; pues el Adán que las está mirando y las nombra es el Adán que no ha caído todavía: es el Adán en “plenitud edénica”.

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Otra cuestión que debe ser tratada es la siguiente: ¿Para qué creó Dios un Jardín de Delicias y puso en él a Adán?

El Génesis responde de manera solemne que lo puso para que lo labrase, lo trabaje, lo cultivase y lo custodiara, y agrega: “creced y multiplicaos, henchid la tierra y dominadla”.

¿Qué significan esos verbos “labrar”, “cultivar”, “custodiar”, “dominar”?

Adán tenía deberes que cumplir, fue puesto en el Paraíso:

* para conservar al Paraíso su belleza primitiva;

* para custodiarlo. Palabra solemne y profunda que nos deja entrever un peligro amenazante para el hombre y para el Paraíso;

* para extender su dominio sobre toda la tierra.

Para entender qué debía custodiar Adán y cómo había de someter la tierra, debemos presuponer que, después del pecado del ángel, la naturaleza fuera del Paraíso ya no era la misma que dentro del Paraíso.

Una cosa es lo que el Génesis llama “la tierra” y otra cosa distinta, como contrapuesta a ella, es lo que denomina “el Paraíso” o “Edén”.

El Paraíso, en la descripción genesíaca, es un Jardín preternatural, cuya situación delimita cuidadosamente el autor sagrado. Nada más dice el Génesis; pero los Profetas posteriores amplían la estampa paradisíaca cuando predicen el futuro estado de restauración universal mesiánica con detalles esplendorosos; la cual renovación culmina en la deslumbrante Nueva Jerusalén, con su río de Agua de Vida, brillante como el cristal, que brota del trono de Dios y del Cordero.

Según el Génesis, el hombre, rey de la creación, debía conquistar toda la tierra con sus descendientes íntegros (con integridad moral), para asimilarla progresivamente a su Jardín preternatural.

Según esto, tenemos que Adán era el lugarteniente de Dios contra el Usurpador del mundo, que no se resignará jamás a ser destronado.

Adán y sus hijos tenían la misión de efectuar la restauración del universo, reconquistar la tierra de manos del Fuerte Armado, anular la obra de Satán, que se había apartado de Dios.

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Tenemos, pues que Adán debía ser para las criaturas un pontífice y un juez.

Adán contemplaba a Dios, es decir a su Principio, mediante un solo espejo intermediario; y tal espejo es el que le ofrecían las criaturas edénicas.

Al primer hombre le bastaba con mirarse en el espejo de las criaturas para verse, de una sola ojeada, en su Principio creador: es el único trabajo que Dios le impuso, una mera transposición de la “imagen” al “original” que es Dios mismo.

Y al realizar esa fácil tarea, cumplía Adán con el único trabajo que le fuera impuesto: “cultivar su Paraíso”.

La criatura era para él un clarísimo espejo de la Divinidad; y en aquel estado paradisíaco:

* ni la criatura distraía al hombre de la forma del Creador, ya que se la está mostrando incesantemente,

* ni el hombre se distraía de su visión, puesto que veía la imagen de la Divinidad en aquel espejo único, y a la misma Divinidad a través de su imagen.

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Falló Adán; vencido en el primer encuentro, se apartó de Dios y se pasó al enemigo; perdió sus armas gratuitas y toda su razón superior de vivir; incurrió, además, en la maldición preexistente, que era su deber sanar, y la aumentó con el peso de todos sus pecados personales.

La caída de Adán significó su alejamiento del Paraíso, vale decir la pérdida de la ubicación central que ocupaba él.

Ese alejamiento puso una distancia cada vez mayor entre el hombre y aquel espejo central de lo Divino. Y el intelecto adámico se nubló gradualmente; pues, entre sus ojos y lo Divino fueron interponiéndose otros espejos que ya no le ofrecían una clara imagen de la Divinidad, sino imágenes de imágenes.

Para comprenderlo, supongamos que Adán, en su estado paradisíaco, veía a la Divinidad reflejada en un espejo de oro: esa es la imagen pura y simple de la Divinidad.

Supongamos que, alejado ya del Paraíso, ve ahora esa imagen, pero en un espejo de plata que recoge la imagen del espejo de oro: ésa es la imagen de la imagen.

Y supongamos que, más alejado aún, ve la imagen en un espejo de cobre que la recogió del espejo de plata, el cual, a su vez, la recogió del espejo de oro: esa es la imagen de la imagen de la imagen.

Y supongamos, al fin, que Adán, en creciente lejanía, ve la imagen en un espejo de hierro que la recogió del espejo de cobre, y éste del espejo de plata, y éste último del espejo de oro: ésa es la imagen de la imagen de la imagen de la imagen.

Podremos entender ahora cuánto se desdibujó y oscureció la primera imagen a través de tantos espejos. Y entenderemos las penurias del último Adán, nosotros, obligados a cumplir, no una sola transposición de la imagen al original divino, como en su era paradisíaca, sino muchas y laboriosas transposiciones y espejeos.

La Creación fue haciéndose para el hombre un intrincado enigma que sólo se aclara mediante un trabajo penitencial del intelecto.

Y debe cultivar ahora, no un fácil paraíso de delicias, sino una tierra dura que le reclama el sudor de su frente, vale decir la fatiga de su entendimiento en trabajosas especulaciones.

A pesar de todo, el hombre sigue ocupando la posición central de su mundo, como pontífice y juez.

Y la criatura sigue mostrándole al hombre la imagen de la Divinidad, aunque a través de neblinas.

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Como consecuencia del pecado del hombre, la naturaleza decayó y perdió aquella bondad especial de que Dios la había dotado en el Paraíso en consideración y provecho del hombre.

Por otra parte, Satanás adquirió cierto dominio sobre la naturaleza y las criaturas, en perjuicio del antiguo señor, el hombre, y para su seducción.

Jesucristo llamó misteriosamente a Lucifer el “Príncipe de este mundo”, reconociendo el título que se asignó el maligno en la tercera tentación.

El triunfo final y definitivo de la Vida no sería mayor que la derrota, si toda la naturaleza no hubiese de ser finalmente restaurada a imagen del perdido Paraíso: He aquí que hago nuevas todas las cosas… Hago unos cielos nuevos y una nueva tierra (Isaías 65:17-25; II Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1).

Esta fue la misión de Nuestro Señor; llevará a cabo lo que no cumplió Adán…

Realizada la redención por Jesucristo, todas las líneas de fuerza de la historia convergen hacia la recapitulación, la reducción de todas las cosas a su Cabeza Espiritual; y a ella se ordenan, gimiendo y delirando, el corazón del hombre y la creación entera, como nos enseña San Pablo en el capítulo octavo de su Carta a los Romanos.

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Y aquí vemos el papel de las tentaciones a las que sometió el demonio a Nuestro Señor en el desierto. Las mismas fueron atentados contra su misión mesiánica; es decir, tratar de apartarlo de la obra encomendada por el Padre, tal como había hecho con Adán en el Paraíso.

El demonio, sabía que Cristo era un hombre religioso y pensaba que Cristo podría ser el Mesías y el Hijo de Dios. Entonces, tentó a Nuestro Señor como a un hombre religioso y contra su misión mesiánica.

“Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”, es decir, emplea tus poderes religiosos, el poder de hacer milagros, en proveer a tus necesidades, y adquirir bienes terrenos.

¿No es necesario el pan?, le dice… ¿No es Dios quien lo hace? ¿No eres capaz de utilizarlo rectamente, sin glotonería? ¿No tienes hambre?

La segunda tentación es: Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie, es decir: Emplea tus facultades religiosas para ganar prestigio y poder; para ser conocido, aclamado, obedecido, venerado; para brillar entre los hombres y el pueblo.

¡“Muéstrate al mundo!”, como dirán después a Cristo sus parientes y amigos. ¡Asombra a las masas! ¡Haz bajar el fuego del cielo! ¡Haz un signo en las nubes! ¡Ven, que queremos coronarte como nuestro Rey!

La primera tentación fue humana; la segunda, farisaica; la tercera es satánica: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras, es decir: busca para la religión un reino en este mundo; y búscalo por los medios más eficaces, que son los satánicos.

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Fue tentado Cristo; la Iglesia también debía ser tentada; fue tentada, es tentada y será tentada aún…, para que no cumpla con su misión de continuar la obra de su divino Fundador.

El demonio intentará, una y otra vez, apartar a la Iglesia de su misión…

Y siempre el esquema de la tentación será el mismo: es decir, será una tentación de falso mesianismo, una seducción de judaizar.

Podemos decir que la primera tentación contra la Iglesia tuvo lugar en la Edad Media; la segunda en el Renacimiento; y la tercera actualmente.

La primera tentación consistió en procurarse bienes materiales por medio de bienes espirituales o religiosos: como si dijésemos “intercambiar milagros por pan”.

Esta tentación puede llegar a un extremo que se llama simonía o venta de lo sagrado. En la Edad Media era la lucha por las investiduras.

Los bienes de la Iglesia no son el Bien de la Iglesia. A veces, desgraciadamente, son la cola que arrastra por tierra, la cola de la cual decía con gracia el santo varón Don Orione: “Algunos clérigos son perros mudos: para soltarles la lengua, habría que cortarles la cola.”

La segunda tentación, que tuvo lugar durante el Renacimiento, consistió en obtener prestigio, poder, gloria por medio de la religión.

Se dice y se escucha: Si la religión no es reverenciada, si no es obedecida, de poco sirve. ¿Acaso buscas tu propia gloria en éso? Buscas la gloria de Dios, la gloria de la Iglesia, la buena reputación de tu Orden, de tu convento; buscas el honor del clero, de la Curia, del Pontificado.

El exceso de pompas y de magnificencias, aunque sean religiosas…; la exuberancia de cosas exteriores, de propaganda, como dirían hoy; la excesiva obsecuencia a la ciencia y sus artilugios, el apego a instrumentos mundanos pesados, la secularización y la mundanización de la actividad religiosa, la burocracia clerical excesiva o inerte, los sacerdotes funcionarios, la agitación y el sacramentalismo, en vez de la contemplación; en resumen, lo que Péguy llamaba “el descenso de la mística a la política”, constituye en la Iglesia el fermentum phariseorum, que hincha y desvanece la masa, y constituye la segunda tentación.

La tercera tentación, que es manifiestamente diabólica, es ponerse de rodillas delante del tentador; prosternación sacrílega con el fin de dominar el mundo.

La tentación de entregarse a los poderes de la tierra, de buscar aquí abajo la salvación del hombre, de adorar el Estado tiránico, es la tentación suprema.

Así como los judíos cayeron en desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.

A esta tentación sucumbió la Sinagoga, al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y consecuentemente es tentada sin cesar la Iglesia.

El demonio está tentando a la humanidad y a la Iglesia por medio de un reino universal conquistado sin Cristo, con las únicas fuerzas humanas… Pero para ello exige ser adorado de rodillas…

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Es muy interesante observar que, en la tradición judía, la primera confrontación entre el Mesías y el demonio tiene un sentido radicalmente opuesto al relato de la tentación evangélica: lo que Jesucristo rechazó como una sugerencia diabólica, es precisamente lo que para los rabinos debe manifestar la dignidad mesiánica.

En efecto, para ellos, el Mesías debe dar, milagrosamente, abundancia de pan a los pobres, manifestarse desde la cumbre del Templo; allí declarar su Reino, la liberación de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas; de este modo, Jerusalén se transformaría entonces en la capital del mundo.

Se ve que el Mesías del judaísmo del primer siglo es el Anticristo del Evangelio.

Más tarde, entre los judíos modernos, se llegó, poco a poco, a la negación de la creencia en un Mesías personal, substituyéndola por la concepción de la misión mesiánica del pueblo de Israel, que se concretaría en la era mesiánica de la humanidad, es decir, el reino del Anticristo.

Se ve aquí el falso mesianismo propuesto por el demonio.

Entonces, es necesario tener cuidado con el mesianismo del diablo, el falso mesianismo, este movimiento de reunión universal y fraternización de los hombres en la felicidad perfecta: es una seducción judaizante, una fascinación de judaizar.

Es un mesianismo que elude las consecuencias normales del primer pecado y que, en lugar de asumirlos ante Dios para hacerlos pasar a ser redentores, pretende suprimirlos ya a partir de esta vida.

Conocemos las consecuencias del primer pecado para Adán y Eva y para todos sus hijos.

El diablo querría hacernos creer que está en condiciones de preservarnos de esta situación dolorosa e irrevocable.

Se conocen las respuestas del Señor y su negación categórica de este mesianismo terrestre que suprimiría las consecuencias dolorosas del pecado: “vade retro Satana”.

¿Por qué esta actitud? ¿Por qué rechazar inflexiblemente esta sugerencia de establecer un universo donde todo se desarrollaría como si no hubiese pecado?

Precisamente porque el pecado tuvo lugar. Además, para permitir a los hombres volverse hacia Dios de verdad, y para obtener que le manifiesten un amor auténtico.

* Porque, en efecto, las piedras no se cambiarán en pan;

* Porque los milagros no serán de tal naturaleza que obliguen a creer;

* Porque las cosas del César no se reabsorberán en las cosas de la Iglesia;

* Resumidamente, porque la situación en la cual deberemos manifestar a Dios nuestra fidelidad permanecerá como debe ser después del pecado, es decir, dolorosa y difícil…

Precisamente, por todo ésto nuestra fidelidad tendrá oportunidad de ser pura y verdaderamente digna de Dios.

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Y aquí es necesario recordar la misión y el fracaso de Adán…; no olvidar que fue tentado Cristo para intentar que se desviase de la obra encomendada por el Padre…; tener presente que debía ser tentada y es tentada aún la Iglesia…

Porque todo miembro del Cuerpo Místico será tentado para que no cumpla con su misión… Y la tentación consistirá en judaizar…, caer en un mesianismo judaico, contrapuesto al verdadero mesianismo…

Ahora bien, así como los poderes de la Iglesia derivan de los de Cristo, así su mesianismo es la expresión perfecta del mesianismo verdadero, el de Cristo Jesús.

Hay tres frases del Evangelio que expresan admirablemente la gran intención del mesianismo de la Iglesia:

“Buscad en primer lugar el Reino de Dios y su justicia y todo el resto os será dado por añadidura”;

“Una única cosa es necesaria, y María eligió la mejor parte y no le será retirada”;

“Soy rey, pero mi Reino no viene de este mundo”.

El mesianismo de la Iglesia se distingue por tres signos:

* vida de la gracia comunicada por los poderes sacramentales;

* adoración de la Cruz;

* distinción entre lo espiritual y lo temporal, con subordinación del segundo al primero.

Cuando estos signos faltan o se los desdibuja, entonces es otro mesianismo el que invade el mundo: mesianismo carnal y judaico; masónico y comunista; el del diablo y sus secuaces.

La Iglesia no enseña una religión de la fuga de lo temporal y del gusto por el fracaso, sino la religión de la pura fidelidad a Dios dentro del compromiso temporal.

La Iglesia nunca ha dicho: “Buscad en primer lugar el fracaso y encontraréis a Dios”; y menos aún: “Buscad en primer lugar el éxito y no os alejaréis de Dios”.

Pero, elevándose sobre estas propuestas que se combaten situándose al mismo nivel, la Iglesia repite al que quiere oírla: “Buscad en primer lugar la pureza de lo temporal y el éxito vendrá por añadidura”, es decir, “buscad en primer lugar la pura fidelidad a Dios, buscad en primer lugar el Reino de Dios incluso en el uso de lo temporal, y el éxito vendrá por añadidura”.

Y, si es el fracaso el que llega, será a pesar de todo el éxito hasta cierto punto, porque lo temporal habrá alcanzado el ser la semilla que, por su naturaleza, lo vuelve digno de la eternidad.

El Evangelio no tiene nada que ver con el gusto romántico del desastre, ni con el gusto burgués de la comodidad moderada.

El Evangelio pide la pura fidelidad a Dios, incluso en lo temporal.

Inseparable de la pobreza y de la Cruz, esta pura fidelidad es, al mismo tiempo, inseparable de la paz y de la bienaventuranza.

Ésto es lo que prepara el futuro estado de restauración universal mesiánica, que culminará en la deslumbrante Nueva Jerusalén, con su río de Agua de Vida, brillante como el cristal, que brota del trono de Dios y del Cordero.

Porque toda la naturaleza será finalmente restaurada a imagen del perdido Paraíso: He aquí que hago nuevas todas las cosas… Hago unos cielos nuevos y una nueva tierra.