JORGE DORÉ- VÍA CRUCIS EN VERSOS

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Preámbulo

Oh, Jesús, que por amor
a la humanidad caída
te hiciste carne y herida,
sufrimiento y estertor;
te suplico con fervor
que me lleves de tu mano
como a un devoto cristiano
por tu pasión dolorosa,
para así honrar tu gloriosa
redención del ser humano.

Primera estación:
Jesús es sentenciado a muerte

Cristo, varón de dolores:
al espino remachado
y al flagelo encarnizado
se le oponen tus amores.
Tal cual se mustian las flores,
así tu carne majada
por la terrible andanada
de una descarga brutal,
termina como un cristal
roto por una pedrada.

Segunda estación:
Jesús carga la cruz a cuestas

Sobre tus hombros, la carga
de los pecados del mundo
más otro pesar profundo:
la vejatoria descarga
de improperios de una larga
procesión de burladores
que aplaude tus estertores
sin comprender que el misterio
trascenderá el vituperio
de verdugos y traidores.

Tercera estación:
Jesús cae con la cruz por primera vez

Triturado, vuelto un mosto
de sangre que da la vida,
te entregas en cada herida
pagando el terrible costo
de abrirle el camino angosto
al humano sin consuelo.
Por fin rasgarás el velo
que lo separa de ti.
–¡Señor, ten piedad de mí,
que quiero ganarme el cielo!–

Cuarta estación:
Jesús encuentra a su afligida Madre

De entre tus muchos dolores
hay uno que duele más
que el insulto de Caifás
o los desconsoladores
odios de tus detractores:
el de hallar ante tus ojos
los de tu madre, tan rojos
como rubíes carnales
que al verte entre tantos males
cayeron como cerrojos.

Quinta estación:
Simón ayuda a Jesús con la cruz

¡Qué privilegio, Simón,
tuviste al ser obligado
a auxiliar al extenuado
Mesías en su pasión!
–¡Si mi indigno corazón
Dios, te pudiera aliviar
ayudándote a cargar
una astilla de Tu cruz…!
¡Sería cual cargar la luz
que nos quiere iluminar!–.

Sexta estación:
La Verónica limpia el rostro de Jesús

¡Bendita sea la mujer
que tuvo el coraje santo
de consolarte entre tanto
abuso de ira y poder!
La que al verte padecer,
con una tela intentara
borrar de tu frente clara
y de tu rostro, el dolor.
Y como premio a su amor,
le imprimiste en él tu cara.

Séptima estación:
Jesús cae con la cruz por segunda vez

Tanta es tu sangre vertida,
que caes desplomado al suelo
y un cenit de oscuro duelo
se encrespa tras tu caída.
Por virtud de cada herida
que tu carne manifiesta,
¡piedad para quien detesta
el mal! y aunque algo tardío,
¡yo te encomiendo, Dios mío
cuanto de vida me resta!

Octava estación:
La mujeres de Jerusalén
lloran por Jesús

Entre profundos gemidos
de impotencia y de piedad
marchan, llenas de ansiedad,
mujeres de ojos hundidos
al ver los brazos caídos
de Aquel en cuya virtud
buscaba la multitud
remedio para sus males
y hoy, por odios mundanales,
sólo encuentra ingratuitud.

Novena estación:
Jesús cae con la cruz por tercera vez

Señor, has vuelto a caer
bajo tu cruz que parece
que se agiganta y que crece
más que tu propio poder.  
Desfalleces, mas al ver
tu cuerpo tan maltratado,
no te perdona el soldado
que te ordena incorporarte
para volver a empujarte
al Gólgota repudiado.

Décima estación:
Jesús es despojado de sus vestiduras

Sin respeto y sin piedad
dos manos crueles –y duras–,
te arrancan las vestiduras
y dejan tu humanidad
al desnudo. Tu humildad
no se resiste al intento
del mal que, torvo y violento,
te descuera ante la muerte
para mejor ofenderte
y exacerbar tu tormento.

Decimoprimera estación:
Jesús es clavado en la cruz

¡Ay Jesús crucificado,
cuánto dolor, cuánta afrenta
te causa el alma irredenta
que perfora tu costado!
¡Cuán alto precio has pagado
por cada pobre mortal!
Has abierto un celestial
paraíso a los caídos
y tus brazos extendidos
hoy nos refugian del mal.

Decimosegunda estación:
Jesús muere en la cruz

¿Cómo es posible, Señor,
ver tu cuerpo agonizante
sobre la cruz, sin que espante,
tanto indecible dolor?
Es por tu ofrenda de amor
que sufres, que langideces,
desfigurado y pereces
sobre un infame madero.
–¡Tú sabes cuánto te quiero
aunque he pecado mil veces!–.

Decimotercera estación:
Jesús es bajado de la cruz

Con un sublime cuidado
descuelgan tu cuerpo inerte
de la cruz. Tu madre, al verte
en tan lastimoso estado
siente un golpe: ¡ha traspasado
su alma una fría espada!
Y luego, sin decir nada,
besa Tu enconada frente
y se queda, tristemente,
como una flor deshojada.

Decimocuarta estación:
Jesús es colocado en el sepulcro

Pusieron sobre una losa
la Verdad envuelta en lino,
también la Vida, el Camino
y la Luz. Mas tu gloriosa.
resurrección de la fosa
–tu triunfo sobre la muerte–,
hará que por fin despierte
la humanidad, redimida.
–Señor, dueño de la vida,
¡cómo no habré de quererte!–.

Epílogo

Con una cruz de madera
el Padre marcó el exacto
lugar del sublime acto
más alto que el mundo viera:
la hora en que el cielo abriera
sus brazos a los humanos.
Y con clavos en las manos
Cristo selló un compromiso
de amor, ¡pues tanto nos quiso
que nos quiso ver cristianos!

Jesús, tu amargo sendero
de espinas y de dolor
fue un testamento de amor
al barro, del alfarero.
Creo en ti, Señor, y espero
que al meditar tu pasión,
se inflame mi corazón
con devoción firme y santa.
¡Haz que mi fe sea tanta
que merezca tu perdón!