Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica de Quincuagésima

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA

En aquel tiempo, tomando consigo a los Doce, les dijo: He aquí que subimos a Jerusalén, y todo lo que ha sido escrito por los profetas se va a cumplir para el Hijo del hombre. Él será entregado a los gentiles, se burlarán de Él, lo ultrajarán, escupirán sobre Él, y después de haberlo azotado, lo matarán, y al tercer día resucitará. Pero ellos no entendieron ninguna de estas cosas; este asunto estaba escondido para ellos, y no conocieron de qué hablaba. Cuando iba aproximándose a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, y mendigaba. Oyendo que pasaba mucha gente, preguntó qué era éso. Le dijeron: Jesús, el Nazareno pasa. Y clamó diciendo: ¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí! Los que iban delante, lo reprendían para que se callase, pero él gritaba todavía mucho más: ¡Hijo de David, apiádate de mí! Jesús se detuvo y ordenó que se lo trajesen; y cuando él se hubo acercado, le preguntó: ¿Qué deseas que te haga? Dijo: ¡Señor, que reciba yo la vista! Y Jesús le dijo: Recíbela, tu fe te ha salvado. Y en seguida vio, y lo acompañó glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver ésto, alabó a Dios.

El Evangelio presenta el tercer anuncio de Nuestro Señor a sus Apóstoles del misterio de su Pasión y Muerte, sin omitir el de su Resurrección: He aquí que subimos a Jerusalén, y todo lo que ha sido escrito por los profetas se va a cumplir para el Hijo del hombre. Él será entregado a los gentiles, se burlarán de Él, lo ultrajarán, escupirán sobre Él, y después de haberlo azotado, lo matarán, y al tercer día resucitará.

Pero los Apóstoles, como en las dos oportunidades anteriores, no comprendieron estas palabras del Cristo paciente. Pero ellos no entendieron ninguna de estas cosas; este asunto estaba escondido para ellos, y no conocieron de qué hablaba.

Como sabemos, la esperanza en un futuro Redentor ha sido el eje maestro de la historia de los antiguos pueblos; esperanza que respondía a la solemne promesa hecha por Dios a nuestros progenitores en el Paraíso; renovada con reiteración durante la historia del pueblo de Dios; y que se adulteró, como otras tantas verdades primitivas, en los pueblos de la gentilidad.

En el mismo pueblo judío sufrió el concepto del Mesías lamentables deformaciones.

Antes de que viniese Jesús la tradición judía había reunido como en un foco toda la luz dispersa del elemento mesiánico-profético para formar en la mente del pueblo un tipo bastante preciso, aunque deformado por el espíritu nacionalista de aquella raza.

Ese espíritu eminentemente nacionalista de los judíos, las sucesivas catástrofes, políticas y guerreras, en que la independencia de Israel sucumbió bajo el poder de asirios y babilonios, y una tradición secular de grandeza fundada en las promesas divinas, hizo que tomara cuerpo en el pueblo judío la idea y la esperanza de un Mesías que sería un capitán invicto, que llevaría sus huestes a la conquista del mundo, y a Israel a la hegemonía sobre todos los pueblos. Jerusalén sería la gran ciudad, centro y cabeza de la teocracia universal.

Tomó mayor incremento esta idea en tiempo de Jesucristo. Se había ya cumplido la casi totalidad del vaticinio de Daniel: tocaban ya a su término las setenta semanas de años por él anunciadas como prefacio histórico al advenimiento del Mesías. Había el cetro salido de la casa de Judá y pasado al idumeo Herodes. Los romanos oprimían toda la Palestina con el peso de su dominación férrea.

Coincidía el tiempo señalado para la llegada del Mesías con la pérdida de la nacionalidad y de la autonomía política. Fue entonces cuando el sentido tradicional de independencia y de grandeza tomó cuerpo en violentas revoluciones contra los poderes constituidos, que fueron ahogadas en sangre de las multitudes fanatizadas por falsos mesías que soliviantaban el pueblo contra sus dominadores.

Tan profundamente arraigado se hallaba este sentimiento en el pueblo de Dios, que más de un episodio de los Evangelios nos revela esta hipertensión espiritual producida por la inminencia de la venida del Mesías.

Hasta los mismos Apóstoles, aun después de la resurrección de Jesús, sienten las ansias de la restauración política de Israel: Señor, ¿será ahora que restaurarás el reino de Israel?

Este sentimiento popular, tan hondamente arraigado, de la esplendorosa grandeza del Mesías futuro, fue quizá la causa principal de que Jesús no se presentara abiertamente como el Mesías esperado por Israel en los comienzos de su predicación.

Jesús, al proclamarse Mesías, hubiese debido encarnar las aspiraciones de orden temporal de sus coetáneos y lanzarse a una reconquista de orden territorial y político.

Por ésto Jesús sólo reivindica para sí el título de Mesías en los lugares y ocasiones en que la declaración de su mesianidad no fomentará equivocados prejuicios ni pondrá en peligro su obra.

Pero cuando Jesús ha realizado ya su obra de evangelización y ha puesto los cimientos de su reino espiritual, deja todo reparo y se presenta claramente como Mesías.

Cuando pocos días antes de su última Pascua entra con solemnidad en Jerusalén, y las turbas le reciben como Mesías a los gritos de Hosanna al hijo de David, al ruego de los fariseos que le pedían hiciese callar a sus discípulos, responde Jesús: En verdad os digo que si callasen éstos, hablarán las piedras.

Y la noche antes de morir, al solemne conjuro del Sumo Sacerdote que le exige, en el nombre de Dios vivo que diga si es el Cristo Hijo de Dios, responde Jesús: Tú lo has dicho, es decir, sí, lo soy; y añade un rasgo que en la mente de todo judío era inseparable del carácter de Mesías-Dios, a saber, el presentarse un día Él, sentado a la diestra del Dios poderoso, viniendo sobre las nubes del cielo.

Después de su resurrección afirma reiteradamente su carácter de Mesías o Cristo. Y cuando se halla en medio de sus apóstoles y discípulos en Jerusalén reitera la declaración de su mesianidad, porque era necesario que se cumplieran todas las cosas que de Mí fueron escritas en la Ley de Moisés, en los Profetas y Salmos.

Así Jesús presenta sus sufrimientos y humillaciones, no sólo compatibles con su carácter de Mesías, sino como una condición esencial de la mesianidad, porque así estaba profetizado desde antiguo.

Sólo que Israel había desviado la idea del Mesías tomando de las profecías, y exagerándolas en su sentido temporal, aquellas que fomentaban el espíritu de reivindicación política del pueblo judío.

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A la ceguera espiritual de los Apóstoles, Jesús aplica como remedio la curación de un ciego corporal, que veía más que los discípulos…

En efecto, cuando Jesús se acercaba a la ciudad de Jericó, le estaba aguardando Bartimeo, el hijo de Timeo, como nos lo enseña San Marcos. A sus redoblados clamores y súplicas el Salvador no pudo resistirse, y mandó llamar al ciego, le preguntó qué deseaba, y a su pedido le devolvió la vista.

En efecto, San Gregorio Magno, explica de este modo: Como los discípulos todavía eran carnales, no podían comprender las palabras misteriosas. Por ésto se realiza un milagro. Un ciego recibe la vista en presencia de ellos, para que este divino prodigio los confirme en la fe.

Y San Cirilo agrega: Educado en el judaísmo, no desconocía que Dios había de nacer, según la carne, de la estirpe de David. Por eso le habla como a Dios diciéndole: “Compadécete de mí”.

Este hecho sugiere, pues, reflexiones altamente provechosas para nosotros.

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La principal es, sin duda, la bondad inagotable del Corazón de Jesucristo, que no sabe, ni puede, resistirse a los ruegos de los desgraciados que confían en Él.

Bondad inefable, que ha sido, es y será siempre el más dulce consuelo de los hombres en sus tribulaciones y tristezas.

Pero esta enseñanza no es peculiar de este hecho, sino más bien común a todos los prodigios que obró el Señor, frutos todos ellos no menos de la ternura de su Corazón que de la omnipotencia de su brazo.

Las enseñanzas particulares de este milagro las hemos de buscar en el ciego, en el deseo que tenía de ver y en la confianza ilimitada que puso en Jesús, viva imagen del deseo que hemos de concebir nosotros de recobrar la vista del espíritu y de la confianza que hemos de colocar enteramente en el divino Salvador.

Deseos de ver, ansias ardientes de recobrar la vista…, ¿qué otra cosa había de desear aquél pobre ciego?

¿Qué gozo puedo yo tener —exclamaba justamente Tobías padre— que estoy sentado en las tinieblas y no veo la luz del cielo?

No ver, no gozar de la luz, andar a tientas, yacer en perpetua noche, envuelto entre negras sombras, es verdaderamente triste.

Estar sentado en tinieblas y sombras de muerte es, en el lenguaje bíblico, imagen de la suprema infelicidad.

Pero esa imagen la emplea precisamente la Escritura para expresar otra ceguera: la ceguera espiritual, la ceguera del corazón, que no ve la luz de la vida, que no ve el Cielo, que no ve a Dios; para la cual no amanece jamás el sol de la verdad.

Y, lo que es más triste, ¿qué hombre hay que, por lo que tiene de sí mismo, no sea ciego en el espíritu?

Ciegos son los que no conocen a Jesucristo; ciegos, los que no quieren reconocer a su Iglesia; y ciegos los que, conociendo y creyendo todo ésto, no dejan que este conocimiento penetre en su inteligencia, ilumine y gobierne toda su vida.

Reconocer esta ceguera, suspirar por ver la luz, es el principio de la salud y de la vida.

Gran calamidad es la ceguera que padecemos; pero incomparablemente mayor lo sería obstinarse en no reconocer esta ceguera y no desear salir de ella.

Un humilde reconocimiento, un esfuerzo del espíritu, un firme propósito de la voluntad, pueden, con la gracia de Dios, que nunca falta, orientarnos hacia la luz y abrir nuestros ojos a ella.

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Pero, ¿quién es capaz de devolver la vista a un ciego?

Yo soy la luz del mundo, dijo Jesús; y añadió: para que los que no ven, vean.

Jesús es, dice San Juan, la luz que ilumina a todo hombre, luz que viene del Cielo al mundo.

Para mostrar sensiblemente que Él, y no otro, era la luz, quiso el Salvador devolver la vista corporal al ciego Bartimeo, hijo del miedo.

Para ver la verdadera luz, para recobrar la vista del espíritu, es menester clamar a Jesús, invocar a Jesús, con la fe intrépida, con la confianza ilimitada del pobre ciego de Jericó: Jesús, hijo de David, compadécete de mí.

Por más que griten las turbas circunstantes, las súplicas del afligido llegan siempre a los oídos y al Corazón del bondadoso Maestro.

¿Qué hizo Jesús con aquel pobre ciego? Se detuvo, le mandó venir a su presencia, le preguntó qué deseaba, como poniendo a sus órdenes su propia omnipotencia; y a petición suya, le devolvió la anhelada vista.

¡Dichoso quien imite la confianza de aquél ciego, pues merecerá semejante acogida y favor del amoroso Maestro!

Ver a Jesús es el mejor empleo de los ojos, así de los del cuerpo como de los del espíritu.

Ver a Jesús es la mayor felicidad, y es el más ardiente deseo de los que han logrado vislumbrar los encantos de su belleza y la bondad de su Corazón.

El que con nuestros ojos de carne podamos ver algún día a nuestro Redentor, es la más dulce esperanza que nos alienta en las miserias de esta tenebrosa vida.

Sea la conclusión de estas reflexiones exclamar con el cieguito de Jericó: ¡Jesús hijo de David; Jesús, hijo de Dios, por gracia, concédeme que Te vea!

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Hemos dicho que la curación de Bartimeo estaba ordenada a sanar la ceguera de los Apóstoles…

Y es que la ceguera corporal es imagen de la ofuscación espiritual.

¿En qué consiste dicha ceguedad?

Dice San Agustín: Conocemos el hecho, busquemos el significado.

La ceguera corporal es la carencia de luz; la ceguera espiritual es la carencia de fe.

Esa ceguera espiritual la podemos reducir a:

A) La ignorancia. Ciego es el que no ve la luz del día; ciego en el alma es el que no conoce las verdades que tiene obligación de saber como cristiano.

Y ¡cuántos ciegos del espíritu hay en el mundo! Conocen acaso las ciencias humanas, la política, la historia, la industria, etc., pero nada o muy poco de religión y de moral, nada de la ciencia de la salvación eterna.

Y cuánta es esta miseria, la pondera el Sabio en aquellas palabras: Vanos son, ciertamente, los hombres todos en quienes no se halla la ciencia de Dios y que, por los bienes visibles, no llegaron a entender el ser supremo, ni considerando las obras, entendieron el artífice de ellas; pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se puede venir al conocimiento del Creador de ellas. (Sap., XIII, 1, 5.)

Y aquél que cierra los ojos a la luz es ciego voluntario.

B) El error. Esta es una ceguera más terrible que la primera, el error o admisión de falsas opiniones.

La ignorancia es falta de conocimiento; el error supone conocimiento, pero equivocado.

Esta ceguera es más detestable que la ignorancia porque es peor saber mal las cosas que no saber nada.

Esta clase de ceguera la tienen los herejes, los que niegan las verdades de la fe o desbarran en materia de religión.

Ciegos y guías de ciegos, decía Jesucristo.

C) La obstinación. El supremo grado de ceguera espiritual es la obstinación o resistencia porfiada contra la verdad conocida.

Esta es la peor ceguera: negarse a recibir la luz de la verdad, y combatirla empeñadamente.

Es la ceguera de los fariseos, de los judíos obcecados, a quienes reprochaba San Esteban protomártir: Hombres de dura cerviz y de corazón y oído incircuncisos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo.

Esta ceguera de la mente es la malicia del corazón, dice el Crisóstomo.

Y la ceguera de la mente es la primogénita de la lujuria, añade San Antonio.

Necesario es curar esta ceguera si no queremos caer en el abismo de la desgracia temporal y eterna.

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Si analizamos las causas de esta ceguera espiritual, las encontraremos en todo aquello que tiende a debilitar la fe:

a) La soberbia, que obscurece la mente y aleja la luz divina.

b) La sensualidad, que extingue la luz sobrenatural y sacrifica el alma al cuerpo.

c) El amor al bienestar, que causa tibieza e indiferencia.

d) El apego a las riquezas.

e) El demonio, padre de la mentira, que ciega las almas respecto de sus verdaderos y mejores intereses. Como a nuestros padres en el Paraíso las tienen sujetas así por el lazo de sus pasiones.

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En cuanto a los remedios… ¿Queremos sanar de esta ceguera espiritual? Imitemos la conducta de aquel hombre privado de luz.

1º) Escuchemos: Oyendo que pasaba mucha gente. Prestemos oído a la voz de Dios, de sus ministros, a la de nuestra fe, a la conciencia, a la del Espíritu Santo; no apaguemos en nuestra alma las inspiraciones divinas.

2º) Interroguemos, consultemos acerca de nuestro estado a los que son capaces de instruirnos y darnos buenos consejos: Preguntó qué era éso.

3º) Vayamos a Aquél que es la luz del mundo y pidámosle con fervor y constancia nuestra curación. ¡Señor, que reciba yo la vista!

Nuestras pasiones y malos hábitos querrán sobreponerse; Los que iban delante, lo reprendían para que se callase. Pero redoblemos nuestra oración y fervor: Pero él gritaba todavía mucho más: ¡Hijo de David, apiádate de mí!

4º) El Señor se compadecerá y nos curará y nos convertirá. Y en seguida vio.

No dejemos de manifestarle nuestros agradecimientos: Y lo acompañó glorificando a Dios.