Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica de Septuagésima

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA

Semejante es el reino de los cielos a un hombre, padre de familias, que salió muy de mañana a ajustar trabajadores para su viña. Y habiendo concertado con los trabajadores darles un denario por día, los envió a su viña. Y saliendo cerca de la hora de tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que fuere justo. Y ellos fueron. Volvió a salir cerca de la hora de sexta y de nona, e hizo lo mismo. Y salió cerca de la hora de vísperas, y halló otros que se estaban allí, y les dijo: ¿Qué hacéis aquí todo el día ociosos? Y ellos le respondieron: Porque ninguno nos ha llamado a jornal. Díceles: Id también vosotros a mi viña. Y al venir la noche, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: Llama a los trabajadores, y págales su jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Cuando vinieron los que habían ido cerca de la hora de vísperas, recibió cada uno un denario. Y cuando llegaron los primeros, creyeron que les daría más, pero no recibió sino un denario cada uno. Y tomándole, murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos postreros sólo una hora han trabajado, y los has hecho iguales a nosotros que hemos llevado el peso del día y del calor. Mas él respondió a uno de ellos, y le dijo: Amigo, no te hago agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo, y vete: pues yo quiero dar a este postrero tanto como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero? ¿Acaso tu ojo es malo porque yo soy bueno? Así los últimos serán primeros, y los primeros, últimos. Porque muchos son los llamados, mas pocos los escogidos.

La parábola de los jornaleros llamados a trabajar en la viña es de las más más difíciles, y también de las más instructivas.

Procuremos con nuestras reflexiones vencer las dificultades y sacar el provecho que encierra.

Para ello consideraremos primero el desarrollo emocionante de la imagen que la parábola comunica, y luego la sentencia que con ella quiso enseñarnos el divino Maestro.

La parábola de los jornaleros se puede muy bien dividir en tres escenas:

1ª) el llamamiento a la viña y el trabajo en ella;

2ª) la paga de los jornaleros por orden inverso al de su llamamiento;

3ª) las murmuraciones de los primeros y la defensa que de su propia conducta hace el padre de familia.

+++

En el llamamiento de los jornaleros es de notar ante todo la cronología.

Las horas “muy de mañana”, “tercia”, “sexta”, “nona” y “undécima” se cuentan desde la salida del sol hasta la puesta, dividiendo este espacio en doce horas.

Según ésto, la prima responde aproximadamente a las seis de la mañana, la tercia a las nueve, la sexta a mediodía, la nona a las tres de la tarde, la undécima a las cinco, una hora antes de ponerse el sol.

El padre de familia pudo hallar fácilmente a los jornaleros, pues solían éstos reunirse en la plaza pública.

Supone la parábola que era uno de los tiempos del año en que se necesitan más trabajadores, como lo es, por ejemplo, el de la vendimia.

Por esa razón, el amo de la viña, a distintas horas del día, se iba a la plaza, y mandaba a su viña a cuantos allí hallaba desocupados.

El denario que concertó con los trabajadores, era el jornal ordinario, que bastaba para el sustento de la familia.

+++

Al fin de la jornada se debía pagar al jornalero su jornal.

Conforme a esta costumbre, el amo manda a su administrador que llame a los jornaleros y les dé su jornal. En esto no hay nada extraordinario.

Lo notable es el encargo que le hace de repartir el jornal por orden inverso al del llamamiento.

También se ve, por el contexto, que le dio orden de dar a todos por igual un denario, como lo había concertado con los primeros.

No dice aquí el Salvador la razón que tuvo el padre de familia para hacer este doble encargo a su administrador.

+++

Los primeros, pensando que se daba a los postreros mayor paga que la que merecían, creyeron que también a ellos se les aumentaría el jornal.

Por éso debió de ser grande su decepción cuando vieron que a ellos, los primeros, se les daba lo mismo que a aquellos que no habían trabajado más que una hora.

En vez de alabar la bondad del padre de familia para con sus compañeros, no supieron sino murmurar de él.

La respuesta del amo no pudo ser más contundente: ¿No te he dado a ti lo tuyo? Pues calla y vete. Si sobre ésto quiero dar a tu hermano el jornal íntegro, ¿por qué miras con malos ojos esta generosidad? Y además, ¿quién eres tú para pedirme cuentas de cómo dispongo yo de lo mío?

+++

Consideremos con detenimiento la dificultad en la explicación de esta parábola.

¿Quiere decir que Dios es libre y dueño de repartir sus dones diferentemente entre los hombres?

El denario dado a todos por igual, ¿significaría el pago por el trabajo de esta vida, es decir, la vida eterna, que es igual para todos los que se salvan, sean niños, adultos o ancianos?

¿Cómo entender esta parábola?

Para comprender bien es necesario situarnos en el contexto en que fue pronunciada.

La parábola abarca los primeros dieciséis versículos del capítulo veinte de San Mateo; pero es la continuación de una larga disquisición de Jesucristo sobre los consejos evangélicos, cuya conclusión es una sentencia tan admirable como misteriosa: Y muchos primeros serán postreros, y muchos postreros, primeros.

Con la parábola, Jesucristo demuestra esta tesis; por lo cual, al término del relato, retoma la máxima o refrán como conclusión.

Por esta razón, al comienzo, es introducida por la conjunción causal porque, que da la explicación, la causa de la doctrina propuesta; y al terminar es cerrada por una conjunción consecutiva, así, que indica su consecuencia, la conclusión.

De este modo queda explicado lo que anticipó.

¿De qué se trata?

El capítulo diecinueve se refiere al joven llamado a la perfección evangélica; al peligro de las riquezas; y a las recompensas de la pobreza voluntaria.

Es aquí donde Jesús dice: Todo el que dejare casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o mujer, o hijos, o campos por causa de mi nombre, recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán postreros, y muchos postreros, primeros. Porque el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña (…) Así los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.

Entonces, planteamos nuevamente:

¿Quiere decir que Dios es libre y dueño de repartir sus dones diferentemente entre los hombres?

Eso es verdad, desde luego. Pero la parábola no trata de dones gratuitos, sino de trabajo contratado y pagado obligatoriamente.

¿Quiere decir que el denario dado a todos por igual significa la vida eterna?

La recompensa no es igual para todos los que se salvan. Si bien la gloria del Cielo, la bienaventuranza eterna, es esencialmente la misma para todos, su participación depende del grado de gracia alcanzado aquí en la tierra.

La llave o clave de esta parábola está en el extraño discurso del padre de familia, y una vez hallada la clave del misterio, la parábola es clara y sencilla.

Amigo, no te hago agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo, y vete: pues yo quiero dar a este postrero tanto como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero? ¿Acaso tu ojo es malo porque yo soy bueno?

Entonces, he aquí la llave en tres puntos:

1º) Dios no hace injusticia a nadie.

2º) Dios es absolutamente dueño y señor en el reparto de sus dones.

3º) Dios reparte igualmente los bienes de esta vida, tanto los materiales como los espirituales, como con una cierta indiferencia.

+++

Consideremos estos tres puntos en la parábola:

1º) Dios no hace injusticia a nadie.

Amigo, no te hago agravio. ¿No te concertaste conmigo por un denario?

¿Acaso tu ojo es malo porque yo soy bueno?

La justicia de Dios no es como la justicia de los hombres; y cuando Dios se sale de la justicia, no es para caer en la injusticia, como nosotros, sino para ejercer la bondad y la misericordia. Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que fuere justo, dice el padre de familia.

2º) Dios es absolutamente dueño y señor en el reparto de sus dones.

¿No me es lícito hacer lo que quiero? Dios es absolutamente dueño y señor en el reparto de sus dones, y no podemos juzgar la justicia positiva de Dios en esa distribución, porque ésto nos supera, está por encima de nuestro alcance. Yo quiero dar a este postrero tanto como a ti.

3º) Dios reparte igualmente los bienes de esta vida, tanto los materiales como los espirituales, como con una cierta indiferencia.

En esta vida, Dios trata, aparentemente, igual a los justos que a los injustos.

Más aún, aparentemente, los injustos la pasan mejor que los justos; los perezosos, que pasan toda la jornada sin hacer nada, la pasan mejor que los que se levantan temprano y trabajan y soportan todo el peso del día y del calor.

Digo aparentemente… Las supuestas injusticias de la Providencia son tan sólo aparentes; la otra vida está allí para equilibrarlo todo; y de una manera tan radical que parece violenta; porque comparado a la Eternidad, el Tiempo es nada.

Mas la otra vida ya comienza en esta vida, en cierto modo: la Eternidad está injertada en el Tiempo, y esto es lo que llamamos la gracia y lo que nos procura la gloria.

De tal modo que de una manera poco visible, es cierto, pero real, ese movimiento compensatorio de caja, por el cual los últimos comienzan a volverse los primeros, ya algunos lo alcanzan a ver.

En realidad, si se hace un balance total, la mejor parte de los bienes corresponde a los justos, incluso en esta vida… Recibirá el céntuplo en esta vida y heredará la vida eterna.

+++

La conclusión de la parábola, la lección que de ella se desprende, es a la vez consoladora y terrible: Así los últimos serán primeros, y los primeros últimos.

Consideremos esta sentencia, primero en sí misma, luego en su relación con toda la parábola y lo que le precede.

Esta sentencia no significa que, fatalmente o por un capricho de Dios, en el Reino de los Cielos habrá una total reversión de los valores de este mundo.

Los primeros serán los últimos significa lo que Dios dice por el profeta Isaías: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos.

Las cosas del Reino de Dios son diferentes a las cosas humanas. Dios es trascendente. Por eso siempre en las parábolas hay un rasgo desmesurado, que indica la desproporción entre nuestras cosas y las cosas de Dios.

Es decir, que los que a nosotros nos parecen los primeros (tal vez porque tienen muchos bienes temporales), a los ojos de Dios pueden ser los últimos… y tal vez lo sean de manera ordinaria…

Dios distribuye los bienes de esta vida indiferentemente; y sobre ésto podemos hacer una reflexión: Dios pudo obrar respecto de los bienes temporales de tres maneras distintas:

1ª) dar siempre bienes a los buenos y males a los malos;

2ª) a la inversa, dar siempre males o los buenos y bienes a los malos;

3ª) dar más o menos igual, indiferentemente a todos.

Esta tercera es la mejor manera, la única que corresponde a la sabiduría de Dios.

Si Dios diese siempre bienes a los buenos y males a los malos, no podría haber malos, ni tampoco, en rigor, buenos. Los buenos serían simples egoístas, y servirían a Dios por provecho propio; es decir, se servirían a sí mismos. Los malos evitarían pecar para no incurrir en los males, ciertos e ineluctables, consecutivos a su mal.

Si la Providencia repartiese los bienes y los males a la inversa, la virtud sería imposible, insoportable.

Lo tercero es lo más sabio, pues los bienes terrenos son poco o nada, considerando la eternidad; y Dios mira la eternidad, y quiere que nosotros también tengamos en cuenta la eternidad.

+++

Relacionando ahora esta sentencia con el cuerpo de la parábola, y principalmente con el denario dado a todos igualmente, esto es, con la paga igual dada a los que trabajaron desigualmente, no hay que imaginar que el Señor, caprichosamente, dé un mismo galardón a quienes tienen méritos desiguales, con la agravante de preferir a los que menos lo merecían.

No es ésta la mente de la parábola.

Lo que quiere decir el Señor es que, en cuanto a los dones de naturaleza (lo mismo que en cuanto a los dones de su gracia que anteceden a los méritos personales), el Señor es dueño de repartirlos como mejor le pareciere en su sapientísima y amorosísima Providencia.

A nosotros nos parece que los bienes de esta vida no son poco o nada; al contrario, nos parece que tienen gran valor, pues consideramos más esta vida que la eternidad. Por la misma razón, nos parece que Dios no tiene mucha Providencia.

Nos parece que en este mundo el bueno está perdido; y que, por lo mismo, hay que agarrar el camino de ganar dinero… honradamente, si se puede… y, si no se puede honradamente, hay que ganar dinero lo mismo…

Pero nos engañamos gravemente.

Dios a todos da mucho más de lo que debe; pero se complace en favorecer más a unos que a otros, por los motivos que Él conoce.

Respecto de los méritos mismos, quiere dar a entender que éstos no se miden, precisamente, por el tiempo o por la cantidad bruta del trabajo exterior.

Haciendo un balance total de bienes y males, de buenos y malos, resulta que incluso para esta vida conviene ser bueno.

Si los pícaros conociesen las ventajas que hay en ser un hombre de bien, ellos serían hombres de bien por picardía…

En la práctica: trabajar desde la mañana temprano, por la gloria de Dios, por nuestra propia santificación, buscando primero el Reino de Dios y su justicia, con la certeza de que todo el resto nos será dado por añadidura, y que poseeremos la vida eterna.