Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 5ª de Epifanía

Sermones-Ceriani

QUINTO DOMINGO DE EPIFANÍA

Semejante es el Reino de los Cielos a un hombre que sembró buena simiente en un campo. Y mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Y después creció el trigo e hizo fruto, apareció también entonces la cizaña. Y llegando los siervos del padre de familias le dijeron: Señor, ¿por ventura no sembraste buena simiente en tu campo? ¿Pues de dónde tiene cizaña? Y les dijo: el hombre enemigo ha hecho esto. Y le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la recojamos? No, les respondió; no sea que recogiendo la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega, y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primeramente la cizaña y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo en mi granero.

Hace apenas tres meses hemos meditado esta misma parábola, pues el Quinto Domingo de Epifanía de 2016 ocupó el lugar del Vigesimoquinto Domingo después de Pentecostés.

En esa ocasión hice una aplicación práctica a nuestros días, teniendo como perspectiva los veinte siglos que han pasado desde que Nuestro Señor pronunciara esta parábola y diese personalmente su explicación.

¿Cómo se verifica, hoy, esta parábola? ¿En qué punto concreto nos encontramos de esta mezcla perversa de buen trigo y cizaña? ¿Prevalece el trigo? ¿La cizaña está asfixiando casi por completo al buen grano?

Quienes deseen releer o examinar por vez primera esas reflexiones pueden encontrar el texto y el audio en los siguientes enlaces: Aquí  y  Aquí

Hoy propongo considerar la parábola desde otro punto de vista.

El Evangelio nos expone la parábola de aquel hombre que siembra la buena simiente en su campo y, mientras sus servidores dormían, su enemigo siembra la cizaña en medio del trigo.

El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, Jesucristo, que vino a la tierra para sembrar la simiente divina de su palabra, de sus enseñanzas, de sus virtudes, de sus ejemplos, de sus gracias.

De esta divina semilla brotan los fieles que son los hijos del reino de Dios.

Por sus Apóstoles, predicadores, sucesores, por las inspiraciones, continúa arrojando la buena semilla para que fructifique.

El campo donde siembra esta semilla lo representa primero el pueblo judío; luego el mundo, la Iglesia.

El hombre enemigo que siembra la cizaña en el trigal divino es Satanás y todos sus secuaces.

Estos arrojan continuamente la cizaña del error y la herejía, de la codicia y sensualidad, de los escándalos y malos ejemplos, valiéndose de la prensa, periódicos, revistas, grabados, novelas, dramas, etc.; de los malos espectáculos (cine, teatros); todo ésto engendra a los impíos, pecadores, malos cristianos.

Jesucristo, pues, siembra el bien, la verdad, la virtud, la vida; y Satanás el mal, la corrupción, el error y la muerte.

El buen trigo y la cizaña crecen juntos sin que sea fácil distinguirlos.

También en el campo de la Iglesia viven juntos los buenos y los malos, los justos y pecadores sin que sea fácil muchas veces distinguir los unos de los otros.

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Los criados, es decir, los buenos, animados de un falso celo, querrían arrancar al punto la cizaña y que fueran destruidos y aniquilados los impíos y pecadores.

Semejante celo es imprudente, porque traería más perjuicio que utilidad. Los domina la impaciencia y cierto egoísmo, pues querrían evitarse los sinsabores que surgen de la convivencia con los malos; ellos no ven más que las ventajas inmediatas, sin tener en cuenta el bien general, la gloria de Dios y el último fin.

El Padre de familias, Dios Nuestro Señor, obra de una manera muy distinta. No quiere ciertamente la cizaña, detesta la maldad, pero no se apresura a arrancarla, permite que crezca con la buena semilla.

Y esto lo hace:

1º) Por consideración a la misma cizaña. Dios ha creado libres a los hombres y quiere dejarles en libertad; y antes que suprimir la libertad tolera los abusos de ella.

Por otra parte los malos pueden volver al buen camino. Hay ejemplos: San Pablo, San Agustín, etc.

2º) Por consideración a los buenos, pues, a no ser por milagro, éstos se verían envueltos en el castigo general, sufriendo justos con pecadores.

Además, los justos, viéndose precisados a convivir con los malos, tienen continuas ocasiones de ejercitar la virtud y de acrecentar méritos para la gloria.

3º) Finalmente, Dios muestra tanta longanimidad con los malos por consideración a sí mismo. Ni con su vida, ni con sus obras podrán jamás hacer fracasar los planes de la Providencia, ni siquiera modificarlos; antes, a pesar suyo, contribuirán a la realización de sus altos designios.

Con esta coexistencia del bien y del mal se revelan más espléndidamente la sabiduría, la misericordia y el poder de Dios.

Todas estas contradicciones aparentes que ahora presenciamos en el mundo, el día del juicio tendrán una solución adecuada.

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Esta parábola nos da, pues, la clave de todos los grandes problemas; de los escándalos que vemos en el mundo y en la misma Iglesia; nos da consuelo en las calamidades públicas, etc.

Nos proporciona la luz para esclarecer el problema del mal y la Providencia de Dios.

La existencia del mal en el mundo es un problema misterioso que ha atormentado muchas inteligencias.

Siendo Dios a la vez tan bueno y tan poderoso; si, por una parte, odia tanto el mal, como lo odia, y tiene, por otra, poder para impedirlo o sofocarlo, ¿cómo es posible que permita su existencia en el mundo?

A este problema responde la parábola de la cizaña.

Dios, Jesucristo, Señor del universo, ha sembrado en su campo la buena semilla, sólo la buena; pero tiene un enemigo, el demonio, que sobre esta buena semilla ha sembrado la cizaña.

El bien tiene su origen en Dios; el mal en el demonio. Dios, sin duda, podría impedir la acción del enemigo, pero no quiere.

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Cómo se concilian estos dos extremos (odiar el mal y permitir el mal), lo explica maravillosamente el divino Maestro en la parábola de la cizaña.

Sigamos el desenvolvimiento dramático de la parábola para ver en su integridad la providencia de Dios acerca del mal.

Tres actos podemos distinguir en esta providencia divina:

1º) Dios permite la aparición del mal;

2º) Dios, por algún tiempo, sufre pacientemente sus estragos;

3º) Pero al fin Dios destruye y castiga el mal.

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1º) Dios permite la aparición del mal.

Dios no es autor del mal; al contrario, lo aborrece. Dios es la suma bondad por esencia; y así es por su misma naturaleza esencialmente contrario al mal.

Sin embargo, Dios permite el mal.

Dios había hecho buenas todas las cosas, había sembrado en su campo sólo la buena semilla.

Dios creó para su gloria seres inteligentes y libres, porque sólo seres inteligentes y libres podían propiamente glorificar a Dios.

Así, la libertad de la creatura es condición indispensable de la gloria externa de Dios.

Mas esta libertad lleva consigo la posibilidad del pecado, la posibilidad del mal.

Así, Dios al querer un bien, la libertad de su creatura, ordenada a su gloria, permite la posibilidad del mal.

Desgraciadamente, contra la voluntad de Dios, esta posibilidad se convirtió en un hecho por la malicia de Lucifer. Con esto tenemos ya la primera aparición del mal en el mundo.

Respecto del hombre, Dios le creó también inteligente y libre.

Dios permitió la tentación de Adán. Adán cayó en la tentación; y tenemos una nueva aparición del mal en el mundo.

Entonces fue cuando propiamente el enemigo sembró en el campo de Dios la mala semilla.

Esta aparición del mal, si fue contra la voluntad de Dios, no por eso fue para Él imprevista, ni se le hizo extraña. Dios, previendo en su eternidad la aparición del mal, en vez de excluirlo le hizo entrar en el plan de su Providencia.

Por eso, cuando espíritus meticulosos preguntan a Dios: Señor, ¿acaso no sembraste en tu campo buena semilla? ¿De dónde, pues, ha salido esa cizaña?; el Señor se limita a responder: Mi enemigo ha hecho éso. Como quien dice: No creáis que es cosa nueva para mí esa cizaña; que bien conozco yo a mi enemigo y le voy siguiendo los pasos. Mas dejé que sembrase la cizaña. Bien podía yo impedirlo; mas no quise, ni era eso conveniente a la integridad de mis designios.

Tal es el primer acto, por decirlo así, de la aparición del mal en el mundo.

Dios no lo obra, pero permite que lo haga su enemigo.

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2º) Dios, por algún tiempo, sufre pacientemente sus estragos.

Pero el mal crece y hace devastaciones.

Espíritus rectos, pero apocados, alarmados con estos estragos del mal en el mundo, acuden al Señor y le dicen: Señor, ¿quieres que vayamos y arranquemos la cizaña?

Los hombres, como somos cortos en nuestros alcances lo mismo que en nuestra existencia, somos amigos de apelar fácilmente a medios rápidos, violentos, radicales, sin considerar que muchas veces, por impedir un mal, ocasionamos otro mayor.

Dios, en cambio, por lo mismo que es eterno y omnipotente, que con su acción siempre puede llegar a tiempo para obtener el efecto deseado, es mucho más sufrido que los hombres.

A los que le vienen con esas alarmas, responde sosegadamente: No hagáis tal cosa, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis juntamente con ella el trigo. Dejad que uno y otra crezcan hasta el tiempo de la siega.

Tal es como el segundo acto de la Providencia de Dios sobre el mal: sufrir por algún tiempo sus estragos.

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3º) Pero al fin Dios destruye y castiga el mal.

Mas el sufrimiento de Dios no es indefinido; tiempo tiene Él señalado en que, definitivamente, arranque el mal y castigue a sus autores, sin los inconvenientes de los procedimientos atropellados que proponían sus siervos.

Dios detesta el mal; por ésto, al fin, dejará desbordar sobre los malvados su justísima indignación, tanto más terrible, cuanto por más tiempo contenida y disimulada.

Al tiempo de la siega dirá a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para echarla al fuego. O, sin metáforas: Como se recoge la cizaña y se echa al fuego, así será en la consumación del mundo: enviará el Hijo del hombre a sus Ángeles, los cuales recogerán de su reino todos los escándalos y todos los que obran la iniquidad, y los arrojarán en el horno del fuego eterno. Allí será el llanto y el rechinar de los dientes.

Tal es, en sus grandes líneas, la solución cabal del pavoroso problema del mal en el mundo, por más misteriosa que parezca a nuestra corta inteligencia: la libertad de la creatura, por un lado, y la sanción de la divina justicia dentro del plan de su divina Providencia, por el otro.

Esta Providencia divina cuida que el mal no destruya el bien ni prevalezca contra él. Es más, añade su benignidad y largueza en derrochar el bien, en fomentar el bien, de suerte que el bien resista al mal y lo domine y finalmente lo venza.

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A la luz de estas enseñanzas, será muy provechoso retomar lo dicho hace tres meses sobre: ¿Cómo se verifica, hoy, esta parábola? ¿En qué punto concreto nos encontramos de esta mezcla perversa de buen trigo y cizaña? ¿Prevalece el trigo? ¿La cizaña está asfixiando casi por completo al buen grano?

Teniendo en cuenta y viendo la mano providente de Dios detrás de todos los acontecimientos, con mayor razón llegamos a la conclusión de aquél sermón:

Engañado por las mentiras de clérigos, teólogos, filósofos, políticos y economistas, el verdadero católico busca una luz que lo oriente.

Y no podrá hallarla sino en la Tradición Católica y en las Profecías.

Busquemos, pues, esa luz allí donde se encuentra, especialmente en el Apocalipsis del Apóstol San Juan, profecía sobre la Parusía o Segunda Venida de Cristo, con todo cuanto la prepara y anuncia.