EDELVIVES: EL SANTO DE CADA DÍA

DÍA 3 DE FEBRERO

SAN BLAS

Obispo de Sebaste y compañeros mártires (+ 316)

san-blasSan Blas es apellidado en un antiguo martirologio «el obrador de milagros», y la piedad del pueblo creyó que en el cielo sigue gozando del mismo poder. De hecho no ha quedado fallida tal confianza y San Blas mereció, por el número de los beneficios y favores que ha obtenido, el ser clasificado en la Edad Media entre los Santos llamados Auxiliadores, esto es: compasivos, bienhechores.

Tal nombre se aplica a los más celebrados por la eficacia de su intercesión. Son catorce.

Nació Blas en Sebaste, ciudad de Armenia, en la segunda mitad del siglo III, de padres nobles y honrados, que le inculcaron máximas saludables.

Por su natural dulce, modesto y prudente, y su honestidad de costumbres, llamaba la atención del pueblo.

Deseosos sus padres de que fuese no sólo de conciencia recta sino también hombre útil al Estado, le procuraron sólida instrucción filosófica, en la que salió tan consumado, que era la admiración de los sabios.

Cursó, además, las ciencias naturales, cuya belleza eleva la mente del hombre y le excita al conocimiento del verdadero Dios.

Sentía Blas gran atractivo por estos estudios, en los cuales hizo tan rápidos progresos que le despertaron la vocación de médico, cuya ciencia llegó a poseer con rara perfección.

El ejercicio de esta profesión le brindó ocasión propicia de conocer las enfermedades del hombre y con ellas las miserias de la vida.

El contacto casi continuo con la materia no embotó los sentimientos de su corazón, corno acaece a muchos médicos modernos, que no ven en ello sino causas y efectos puramente materiales y fortuitos de la vida; sino que —aun siendo él pagano— le sirvieron de ocasión para entregarse a las más serias reflexiones acerca de la caducidad de los bienes temporales y de la solidez de los eternos.

La conducta de San Blas es un mentís rotundo y categórico a la teoría de los fanáticos positivistas, que sostienen el falso criterio de que el hombre se aparta tanto más de Dios cuanto más avanza en el estudio de las ciencias. Dislate colosal es éste, pues precisamente el profundo conocimiento del organismo humano es uno de los medios que más fácil y naturalmente conducen al conocimiento y a la alabanza de Dios.

Pudieron tanto estas reflexiones, y de tal modo conmovieron su corazón piadoso y sencillo, que resolvió prevenir con tiempo aquellos remordimientos que se experimentan en la hora de la muerte, y, al efecto, el joven médico abrazó la religión de Cristo. Este paso trascendental de su vida acrecentó más y más el celo que ya desplegaba en el ejercicio de su profesión, hasta tal punto, que su vida pudo compendiarse en dos palabras: abnegación y caridad.

BLAS, OBISPO DE SEBASTE

Mientras se dedicaba Blas al piadoso ministerio de curar enfermos, una nueva tempestad se desencadenó sobre la Iglesia: la décima persecución, más terrible que las anteriores, decretada por Diocleciano.

La ciudad de Sebaste fue sumamente probada, mereciendo por ello ser apellidada Ciudad de los Mártires. Su número, en esta ocasión, fue de diez y siete mil y hay que adjudicar la responsabilidad de tan sangrienta obra a Agrícola, gobernador de Capadocia y Armenia.

Bien convencido el tirano de que un rebaño sin pastor fácilmente se dispersa, empezó dando muerte al obispo; pero al obrar así confesaba su total desconocimiento de la vitalidad imperecedera de la Iglesia. Sin pérdida de tiempo se congregan los fieles y unánimemente queda elegido Blas en sustitución del mártir (309).

Semejante elección era todo un presagio, pues el nuevo pontífice había de mostrarse no menos consumado médico de las almas que lo fuera de los cuerpos hasta entonces. Pero viendo la imposibilidad de ejercer su ministerio en un ambiente donde habría de ser descubierto al instante, por inspiración divina decidió salir de la ciudad y retirarse a una gruta del monte Argeo, a unas millas de Sebaste. Así procedieron también muchos Papas que se ocultaron en las catacumbas, persuadidos de que la caridad para con sus hermanos había de prevalecer sobre las ansias personales del martirio.

Blas distribuía sus horas en aquella soledad entre la oración y el cuidado de las almas que al parecer había abandonado.

No tardaron bestias fieras en descubrir el camino de su retiro; amansadas repentinamente ante su vista, se convirtieron en compañeras suyas. Si alguna padecía enfermedad o achaque, Blas la curaba por la virtud de la señal de la cruz, y sin su bendición de allí no se partían; para que se vea cómo honra el Señor a sus santos, cómo le obedecen todas las criaturas y se entienda la excelencia e imperio que tuvieron nuestros primeros padres sobre las bestias en el dichoso estado de la inocencia. Un cuervo le llevaba cada día pan para su sustento.

Halló San Blas delicias en la cueva, obediencia en las fieras, seguridad en los monstruos, abundancia en los desiertos y deleite en la soledad.

Pero el santo prelado no se desentendía de su rebaño espiritual; varias veces dejó su retiro para ir a consolar y sostener el ánimo de los fieles, llegando hasta las cárceles donde los confesores gemían en espera del martirio.

El edicto de Milán, por el que el emperador Constantino en 313 devolvió la libertad a los cristianos, permitió a Blas entrar en su sede episcopal. Pero eso no era más que una tregua. No habían transcurrido dos años, cuando el envidioso Licinio, al ver que Constantino se apoyaba en el clero, comenzó a combatir a la Iglesia para mejor destronar a su rival. En tal coyuntura, Blas emprendió por segunda vez el camino del monte Argeo.

SAN BLAS, ES ARRESTADO

EL propósito de Agrícola era acabar con los cristianos que tenía presos y hacerlos despedazar por las fieras. Para esto envió a sus esbirros al ojeo por los bosques para cazar cuantas pudieran. En sus correrías por el monte Argeo, fueron a dar a la cueva donde el prelado se guarecía. Allí sorprendieron al santo varón sentado y arrobado en santa contemplación. No se atrevieron a echar mano del hombre de Dios y se volvieron a la ciudad a dar razón al gobernador de lo que habían visto con sus propios ojos.

Sin pérdida de tiempo él envió soldados que subieron al monte y hallaron a Blas en idéntica forma que los cazadores. Le llamaron por su nombre y le dijeron:

— Ven con nosotros, que el gobernador Agrícola te llama.

— ¡Bienvenidos seáis, hijos míos! —respondió el prelado-—. Hace mucho tiempo que deseaba con ansias vuestra llegada. Partamos en nombre del Señor.

Y dicho esto se puso en marcha con los soldados. Durante el camino, los exhortaba Blas a que se convirtieran a Jesucristo, confirmando su palabra con numerosos milagros, pues por doquiera que pasaba le presentaban los niños para que los bendijera y las plazas se hallaban ocupadas por un sinnúmero de enfermos que con tono lastimero imploraban su valimiento.

Conmovido el prelado les imponía las manos, bendecía a los niños y sanaba a los enfermos, lo que determinó la conversión de multitud de paganos.

Uno de los milagros llevados a cabo por Blas en esta memorable jornada del monte Argeo a la cárcel de Sebaste, había de atravesar las edades con clamorosa resonancia. Y fue éste. Una mujer de las cercanías tenía un hijo único que, al comer pescado, se tragó una espina con tan mala suerte que vino a quedar atravesada en la garganta. El niño iba a morir y la madre, loca de dolor, no sabía ya qué hacer. En esa coyuntura acertó a pasar por allí Blas y, enterada la madre de los milagros que obraba el Santo, tomó al niño en sus brazos, corrió en busca del prelado y, llena el alma de fe, colocó a sus pies a la infeliz criatura, rogándole con lágrimas que curase a su niño.

Enternecido Blas hasta las entrañas, impone las manos al enfermo, hace la señal de la cruz en la garganta y suplica a Nuestro Señor dé salud al pobre niño. El niño quedó curado instantáneamente.

san-blas-1Las Actas de los Mártires  añaden que también a los que sufran males de ese género se recomienden a él.

INTERROGATORIO Y MARTIRIO

Blas hizo su entrada en Sebaste escoltado por los soldados, y Agrícola le envió al calabozo hasta el siguiente día en que le mandó comparecer ante su tribunal.

Al principio trató de ganar su voluntad con aduladoras palabras:

— Bienvenido seas, Blas, carísimo amigo mío y de los dioses inmortales —le dijo.

El santo prelado respondió:

— Dios te guarde, oh gobernador, y para que te guarde, yo te ruego que no llames dioses a los demonios que han de atormentar un día a todos los que los adoran. Ya ves que no puedo ser tu amigo, pues que no quiero arder con ellos para siempre.

Irritado Agrícola por la resuelta actitud del Santo, mandó que le golpearan con varas; y así lo hicieron los sayones con gran fuerza por varias horas, mientras el Santo permanecía con grande constancia y alegría, y, burlándose del presidente, le decía:

— ¡Oh desatinado engañador de las almas!, ¿piensas que por tus tormentos me he de apartar de Dios? No, no; que el mismo Señor está conmigo, y me conforta; por tanto, haz de mí lo que quisieres.

Le mandó el presidente volver a la cárcel, y, pasados algunos días, el funcionario imperial ordenó a Blas que compareciera por segunda vez ante el tribunal y le dijo:

— Elige una de estas dos alternativas: o adoras a nuestros dioses, y eres amigo nuestro; o bien te niegas, y en tal caso se te aplicarán los más espantosos suplicios y perecerás a mano airada.

— Ya te he dicho y te vuelvo a repetir que las estatuas que adoras no son dioses, sino representaciones de los demonios, y, por tanto, no puedo adorarlos.

Viéndole Agrícola inflexible en su propósito, mandó que le ataran al potro mientras traían peines de hierro como los que usan los cardadores de lana, y con ellos le desgarraron las espaldas y el cuerpo entero. Corrían por el suelo raudales de sangre, caían las carnes a jirones, los verdugos mismos estaban conmovidos y hasta lloraban. Mientras tanto el mártir, volviéndose al gobernador, le dijo:

— Esto es lo que ansiaba mucho tiempo ha —a saber—: que mi alma se desprendiera de la tierra y mi cuerpo fuera elevado en alto. Ahora la carne y el espíritu se hallan de acuerdo y la carne no conspirará más contra el espíritu. Próximo ya a las eternas moradas, desprecio todo lo vano y caduco de acá abajo y me burlo de ti y de tus suplicios. Estos sufrimientos sólo durarán un instante, mientras que el premio será eterno.

Las torturas lo único que conseguían era exaltar el ánimo de Blas, y, notándolo el gobernador, mandó que le soltaran y le condujeran a la cárcel.

Entre el público que había contemplado el tormento había siete mujeres paganas que, profundamente afectadas por el proceder del mártir, le siguieron a la cárcel recogiendo la sangre que manaba de sus heridas. Al saberse lo que hacían, fueron arrestadas y llevadas ante el gobernador: «¡Somos cristianas!», exclamaron todas a una voz. Agrícola procuró atraérselas con promesas, y luego intimidarlas con amenazas.

Respondieron ellas que enviase sus dioses a la laguna próxima a Sebaste, para que, lavándose ellas en el agua, les pudiesen con limpieza ofrecer sacrificio.

Se holgó mucho de esto el presidente y mandó que así se hiciese; mas las santas mujeres tomaron los dioses del presidente, y los echaron en la laguna, diciéndoles: «Salvaos, si sois verdaderamente dioses.»

Sabedor Agrícola de lo que pasaba y de cómo se habían burlado de él, entró en furor y condenó a las culpables a suplicios atroces.

Una de ellas iba acompañada de sus dos hijitos de tierna edad, que clamaban llorando:

— Madrecita, adoctrinadnos en vuestra fe, no nos dejéis huérfanos, llevadnos con vos al Cielo.

Para acabar de una vez con la resistencia de las siete cristianas, las condenó Agrícola a ser decapitadas. Mas antes de presentar su cabeza al hacha del verdugo oraron largo rato y confiaron la custodia de los dos niños a la protección del obispo.

Al cabo de unos días, fue sacado Blas nuevamente de la cárcel y presentado ante el tribunal del gobernador. Al verle Agrícola, le dijo:

— Tiempo has tenido para deliberar; ven y sacrifica a los dioses, pues de no hacerlo, sábete que acabaré contigo. Ese Cristo que dices es tu Dios no te ha de librar si te mando arrojar a lo profundo de la laguna.

— ¡Infeliz! —le contestó Blas—, tú que adoras a los ídolos ignoras el poder de mi Dios. ¿No caminó Jesucristo sobre las aguas cual si fuera tierra firme, y no mandó a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, que caminara también sobre las aguas hasta llegar a Él? Pues bien; lo que hizo con su Apóstol, bien puede renovarlo ahora en favor mío, aunque sea el último de sus siervos.

Herido vivamente en su amor propio, ordenó el gobernador que condujeran a Blas a orillas de la laguna, donde le siguió un gentío inmenso. El prelado trazó la señal de la cruz sobre las aguas, que al instante se volvieron sólidas como hielo espeso y capaz de sostenerle. Se puso a caminar entonces a paso ligero sobre las ondas cual si fuera tierra firme, llegando al centro de la laguna. Una vez allí, se sentó e interpeló al gobernador y demás asistentes de esta manera:

— Si vuestros ídolos tienen algún poder o si tenéis en ellos la más pequeña confianza, entrad también en la laguna y en nombre de vuestros dioses caminad por encima de las aguas para que su poder quede de manifiesto.

Al oír estas palabras del siervo de Cristo sesenta y cinco personas, invocando el auxilio de sus dioses, se precipitaron con arrojo hacia él, pero luego se fueron al fondo y se ahogaron.

san-blas2El gobernador manda arrojar a San Blas a lo profundo de la laguna. El obispo hace la señal de la cruz sobre el agua y entra con determinación. Se sostiene en ella como si estuviese helada. Pero los soldados, a quienes Dios no defiende, fiados en el poder de sus ídolos, perecen ahogados.

POSTRERA ORACIÓN DE SAN BLAS. — SU MUERTE

En aquel instante un Ángel descendió del cielo envuelto en luz brillantísima que deslumbró a todos los presentes, y dijo:

— Ánimo, valiente atleta de Cristo, sal del agua y apresúrate a recoger la corona que Dios te tiene preparada.

Blas se levantó y, del mismo maravilloso modo que se había internado en la laguna, salió de ella, y todo el pueblo que se agolpaba en la orilla le resplandeciente de luz y radiante de alegría.

Se le juntaron los dos huerfanitos de la víspera, hijos suyos adoptivos. Por última vez, Agrícola planteó a los tres este dilema terrible: o sacrificar a los dioses o morir; y ante su inquebrantable decisión, los condenó a ser atravesados por la espada.

Oída la sentencia, se apresuró Blas hacia el lugar de la ejecución acompañado del verdugo y allí pidió licencia para orar, lo cual le fue concedido. Se postró de rodillas, levantó las manos y dirigió su mirada al cielo. He aquí la hermosa oración que brotó de sus labios:

«¡Oh Dios mío!… Escucha a tu humilde siervo. Sé propicio y atiende a los votos de cuantos practiquen algo a gloria tuya en memoria del sacrificio que te hago de mi vida… Si aconteciere que a uno se le atragantare una espina o un hueso, o si padeciere una enfermedad o sufriera cualquier otra tribulación, o si se viere expuesto a un peligro o afligido por la persecución, cúrale o acude en su auxilio.»

El mártir se hallaba todavía de rodillas cuando una nube luminosa le envolvió y de ella salió una voz que decía:

— Yo he oído tu oración, valeroso atleta, y te he otorgado lo que me pides. Y como despaché tu súplica cuando pediste por una pobre viuda, así también bendeciré a cuantos honren tu memoria, llenaré sus trojes de bienestar en atención a tu valeroso martirio y a la confianza que en mí has puesto.

Inmediatamente fueron decapitados el obispo de Sebaste y los dos huerfanitos.

Este fue el fin glorioso del santo pontífice. Era el 3 de febrero de 316, y en este día celebra la Iglesia su fiesta.

Los cristianos tomaron su cuerpo, y le enterraron con gran devoción.

En el martirio de este Santo tenemos admirables ejemplos de fe, fortaleza y constancia. Los prelados de la Iglesia, especialmente, tienen un acabado modelo a quien imitar; y las mujeres, a las santas mujeres que, por su devoción y por recoger su bendita sangre, murieron varonilmente por Cristo; y hasta los niños pueden tomar por dechado a los niños que fueron descabezados con el Santo, queriendo antes seguir a su piadosa madre en la muerte, que quedar en esta miserable vida.

EL CULTO DE SAN BLAS

Después de la muerte del santo prelado, multitud de personas acometidas de mal de garganta han curado por su intercesión. Era éste un hecho tan público y reconocido de todos, que Aecio, médico cristiano de la corte imperial de Constantinopla, que vivía a fines del siglo V, a la serie de remedios que da para esta clase de dolencias, indica con especialidad la invocación a San Blas.

En siglos de fe más arraigada y de más confianza en Dios que el actual, este medio de curación era admitido universalmente y buena prueba de ello es el siguiente hecho, tomado de la historia cristiana del Japón.

En 1589 se le atravesó a cierta mujer de aquella tierra, una espina de pescado en tan mala forma, que no podía hablar ni respirar, hasta el punto de que un Padre jesuita, a quien ella mandó llamar, apenas si pudo confesarla; pero antes de despedirse le incitó a que invocara a San Blas, prometiendo le enviaría una reliquia suya. Apenas la tuvo en sus manos la besó tres veces con señaladas muestras de respeto, la aplicó a la garganta y en el acto pudo respirar, hablar con toda libertad y aun comer. Estaba curada.

En 1632 se extendió por todo el reino de Nápoles una epidemia de anginas, que se cebó particularmente en la capital; empezaba por acometer a los niños de más tierna edad, y luego a los adultos, desconcertando a los médicos más afamados y produciendo gran mortandad. En semejante calamidad, acudieron a la intercesión del glorioso San Blas, cediendo el mal y acabando por desaparecer totalmente. Entonces fue cuando el arzobispo de Nápoles, Francisco Boncompagni, mandó en prueba de gratitud edificar una magnífica iglesia cuya primera piedra bendijo el 19 de abril de 1632.

San Blas goza en Roma de gran veneración. En la iglesia dedicada al Santo en la vía Julia, con el nombre de San Blas de la Pagnotta, se celebra el 3 de febrero Misa solemne en rito armenio y ungen la garganta de los fieles con aceite bendecido en ese día.

Los Bolandistas nos han conservado, según puede verse en un antiguo devocionario napolitano, fórmulas especiales para bendecir el pan, el vino, la fruta, las simientes, etc., y obtener la protección del Santo Mártir…

Es más, la Iglesia Romana ha incluido en su ritual una fórmula de bendición que no sólo justifica la devoción sino que alienta sobremanera a los fieles a que acudan al Santo Obispo de Sebaste para curar o verse preservados de los males de garganta: nos referimos a la bendición de las velas en la fiesta de San Blas.

Acabada la misa que sigue a la bendición, el oficiante toma dos velas bendecidas y las acerca cruzadas al cuello de los fieles mientras dice:

«Por intercesión de San Blas, obispo y mártir, te libre el Señor del mal de garganta y de cualquier otro mal. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»

La imposición de las velas de San Blas es práctica muy corriente entre los católicos de Oriente.

san-blas3En 1932 se refirió el caso de una monja de Kum-Kapú, cerca de Constantinopla, que se tragó un hueso de forma triangular y de tres centímetros de longitud, evitándose la intervención quirúrgica, que era inminente, por haber implorado la protección del Santo.

San Blas ha sido elegido también patrono de los cantores de iglesia.

Algunos gremios de operarios tienen a San Blas por patrono, tales como los tejedores y cardadores de lana, en recuerdo de las cardas que usaron para martirizarle; el ramo de construcción, los tallistas de piedra y los labradores.

Los agricultores acuden a él en demanda de la protección divina para sus cosechas o para apartar de sus ganados toda epidemia.

Muchas iglesias de España, Francia e Italia poseen reliquias del Santo, que guardan como preciados tesoros.