Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 4ª de Epifanía

Sermones-Ceriani

CUARTO DOMINGO DE EPIFANÍA

En aquel tiempo, subiendo Jesús a la barca, lo siguieron sus discípulos. Y he aquí que un gran movimiento se apoderó del mar; tanto, que la barquilla era cubierta por las olas. Él, sin embargo, dormía. Y se acercaron a Él sus discípulos, y lo despertaron, diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos. Y les dijo Jesús: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Levantándose entonces, imperó a los vientos y al mar, y se hizo una gran tranquilidad. Y los hombres se admiraron, diciendo: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?

El Evangelio nos habla de la tempestad que se levantó en el mar, calmada al imperio de la palabra omnipotente de Cristo.

El Evangelio de hoy se resume en dos palabras: tempestad y bonanza.

Tempestad en el mar y tempestad en el corazón de los discípulos; a la cual sigue doble bonanza, no menos en su corazón que en las olas del mar.

Esa tempestad simboliza las diversas tormentas de nuestra vida.

¿Quién no padece, alguna que otra vez tempestades, ya exteriores, ya interiores?

¿Y quién, en medio de las olas alborotadas, no desea la bonanza?

La parte que la poca fe de los discípulos tuvo en la tempestad y en la bonanza puede ser para nosotros una lección muy provechosa que robustezca nuestra fe: fe que, o impida la tempestad, o adelante la hora de la bonanza.

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La noche estaba cerrada, el viento bramaba furioso, las olas se encrespaban y amenazaban hundir por momentos la barca. Los discípulos, marineros de oficio muchos de ellos, habían ya perdido toda esperanza, y con ella la serenidad.

¡Perecemos! ¡Estamos perdidos! Eran las únicas voces que se oían entre los bramidos del viento y el chasquido de las olas. Y ante el peligro, cada vez más inminente, de ser tragados por las olas, temblaban de miedo.

La escena que hoy nos describe el Evangelio se reproduce en el mar agitado de las ideas y en el mundo de las almas. El mar es el mundo donde soplan vientos contrarios y donde se desencadenan las tormentas, como dice San Agustín.

La barca representa a la Iglesia, siempre combatida por los huracanes de las persecuciones; pero siempre triunfante.

También representa a nuestra alma, que navega en este proceloso mar, rumbo a las playas de la eternidad; la tempestad es la imagen de las tribulaciones, de los trabajos, de las tentaciones, sufrimientos que son otras tantas tempestades que vienen a azotar la frágil barquilla de nuestro espíritu.

Hay diversos tipos de tempestades…

Tormentas en el orden temporal son enfermedades que minan nuestro organismo, quitan nuestras energías y nos llevan poco a poco a la tumba.

Tormenta es la ingratitud de los hombres a quienes hemos dispensado favores, y que hiere nuestro corazón como la hoja de un puñal.

Tormenta es la persecución de nuestros enemigos, la calumnia vil que arroja la semilla de la disensión en las familias y en la sociedad.

Tormenta es el malestar que aqueja a la sociedad donde imperan principios demagógicos que corrompen costumbres y hacen vacilar los fundamentos mismos del orden social.

Tormenta es la insuficiencia misma de la vida que pasa con el tiempo, se amarga con el dolor y acaba con la muerte.

Y todos los sufrimientos, desengaños, amarguras, peligros de que está llena la vida, son las tormentas temporales que amenazan constantemente la barquilla de nuestra alma.

Pero mucho más terribles son las tormentas del espíritu, las que nos arrebatan los bienes eternos y ponen en peligro la salvación de nuestra alma.

Y esa tempestad está simbolizada:

a) Por los placeres, diversiones mundanas, fiebre de satisfacciones;

b) Por los escándalos del mundo, cine, teatro, modas, novelas, revistas, periódicos, ambiente social que supura sensualidad.

En estos escollos y tempestades naufraga la niñez, la juventud de ambos sexos.

c) El mundo, el demonio, las pasiones, todo se ha conjurado para hacernos perder nuestros destinos inmortales y eternos.

Ningún estado, ni edad, ni sexo, ni condición, están libres de estos peligros, de estas pasiones desencadenadas.

Muchos niños pierden la inocencia en medio de los escándalos de la sociedad; muchos jóvenes sucumben en medio de las olas inmundas de la impureza; y bajo las canas de la misma ancianidad está vivo y latente el fuego de las pasiones, como bajo las nieves de las montañas se oculta el fuego de los volcanes.

Todas éstas son tormentas de este agitado mar del mundo, donde los escollos son frecuentes y terribles los naufragios.

Todos los hombres están sometidos a la ley de la tribulación, del dolor.

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Volvamos a la barca de los Apóstoles… ¿Acaso no estaba allí Jesús? ¿No se acordaban de tantas maravillas como le habían visto hacer?

Sí, pero estaba dormido; y por un encogimiento irracional, no osaban despertarle. Si ya no es que el miedo les borró de la memoria todos los prodigios del Salvador.

Pero al fin, viéndose ya perdidos, corrieron a Jesús, y entre súplicas y querellas angustiosas, le despertaron, conjurándole que les salvase de aquel inminente peligro. El Señor les salvó, amansando el viento y sosegando el mar.

Pero antes les echó en cara su incredulidad: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

Esta poca fe de los discípulos lo explica todo.

La tempestad produjo dos efectos en el corazón de los discípulos: les atemorizo y les hizo acudir a Jesús; tanto lo uno como lo otro se explica por su poca fe.

Poca fe es un término medio entre la carencia de fe y la perfección de la fe.

Si la fe de los discípulos hubiera sido perfecta, no se hubieran alborotado de aquel modo; en cambio, si no hubieran tenido fe alguna, no hubieran acudido, como acudieron, a Jesús por remedio.

Según ésto, tres pueden ser las disposiciones de los hombres respecto de la fe:

* carencia de fe,

* perfección de la fe,

* y una medianía de fe, débil e imperfecta.

Será útil a nuestro espíritu considerar más particularmente la parte que tienen estas disposiciones respecto de la fe para levantar o sosegar las tempestades del corazón.

¿Qué hubiera sido de los discípulos, si en medio de aquella tremenda tormenta no hubieran tenido fe y, consiguientemente no hubieran acudido a Jesús? Hundida la barca en el mar, hubieran perecido irremediablemente.

En las tormentas del espíritu, en las tentaciones, en las tribulaciones y pruebas, que nunca faltan en esta vida, el hombre sin fe necesariamente perece. La razón es clara. Sin el socorro de Dios, el hombre naufraga; y Dios, ordinariamente, no socorre sino a quien acude a Él.

Y ¿cómo acudirá a Dios, como conviene, quien carece de fe?

La oración, tomada en su sentido más general, es el instrumento o condición necesaria de parte del hombre para que Dios realice en él los amorosos designios de su benéfica providencia. Y sin fe no hay oración. Por eso son desventurados aquellos necios que rechazan la fe.

Y lejos de la luz divina, no hay sino tinieblas; lejos de la vida, reina la muerte, y muerte eterna.

Por el contrario, los que poseen la perfección de la fe caminan por la senda de la luz y de la vida.

Si los discípulos hubieran tenido fe cabal y perfecta en Jesucristo, en su divina penetración, bondad y omnipotencia, no se hubieran alborotado, como se alborotaron, con la tempestad.

Y en el mundo espiritual, la fe perfecta, o impide que se levanten las tempestades, o las deshace, o por lo menos hace que el hombre las arrostre o resista sin peligro o detrimento de su espíritu.

Y también aquí es clara la razón. Porque la fe, cuando ha alcanzado su perfección, como va acompañada e informada de la caridad, une al hombre perfectamente con Dios, principio de luz, de vida y de fuerza. Y arrimado a Dios, el hombre todo lo puede.

Mas, de ordinario, nosotros, lo mismo que los discípulos, ni carecemos de fe, ni poseemos su perfección.

De ahí todo nuestro bien y todo nuestro mal: nuestro bien, en cuanto tenemos alguna fe; nuestro mal, en cuanto es poca nuestra fe.

En cuanto tenemos alguna fe, estamos en el camino de la salud: podemos acudir y de hecho acudimos a Dios; el cual, por su misericordia, nos tiende su brazo salvador.

Pero, en cuanto es poca nuestra fe, acudimos tarde e imperfectamente: tarde, cuando ya la deficiencia de nuestra fe ha dado lugar a que las tormentas se levanten y embravezcan en nuestro espíritu; imperfectamente, con impaciencias y querellas injustas, con poca resignación y reverencia, como acudieron los discípulos al Salvador.

Por éso, unidos a Dios imperfectamente, no recibimos de Él con tanta presteza y cumplimiento el socorro que imploramos.

El único remedio de nuestro mal está en que, aprovechándonos de la fe que poseemos, acudamos al mismo Señor, rogándole antes que nada el robustecimiento y crecimiento de la fe hasta lograr su perfección.

Que si esta fe conseguimos, el Señor, lejos de reprender nuestra poca fe, alabará nuestra gran fe, como alabó la del Centurión de Cafarnaúm.

Fomentemos ante todo la fe en su amor, creamos en su caridad, como dice San Juan, tengamos fe en la bondad inagotable de su divino Corazón, para que de Él, que es fuente de todas las gracias, alcancemos la gracia inapreciable de la fe perfecta.

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¿Por qué permite Dios las tormentas?

Dios permite estas tribulaciones y tormentas para su gloria y para nuestro propio bien.

Para su gloria, para revelarnos nuestra impotencia, nuestra pequeñez, nuestra insuficiencia, para que busquemos a Dios en todos los peligros.

Para enseñarnos, además, que Él es el único que puede calmar las tempestades del océano y las tempestades del corazón; y que debemos avivar nuestra fe, despertar nuestra confianza y pedir los auxilios divinos.

Las permite para nuestro bien, porque las tribulaciones, sean del orden temporal o espiritual, iluminan, purifican y perfeccionan al hombre.

Por medio de la tribulación el hombre vuelve en sí mismo, y volviendo en sí mismo vuelve también a Dios.

Las permite, finalmente, para que nos asemejemos a Jesucristo, el Mártir de los mártires que redimió por el dolor y por el amor, a Cristo que es el Dios hecho amor, que es el dolor hecho carne.

Las tribulaciones perfeccionan al hombre; son el martillo que lo forja. Ellas nos disponen al ejercicio de todas las virtudes: la humildad, la paciencia, la resignación, el arrepentimiento…

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La tempestad de que nos habla el Evangelio, es también el símbolo de las persecuciones que el infierno desencadena contra la Iglesia. Pero ella sigue triunfante a través de las aguas airadas porque Cristo va a su bordo y ha prometido asistirla hasta el fin de los siglos.

La barca surca los mares y se ve con frecuencia combatida por las embravecidas olas, por todas las tempestades. Los vientos huracanados son el símbolo de las persecuciones que la Iglesia ha tenido que soportar desde los primeros días de su existencia, de parte de los paganos, herejes, infieles, impíos y malos cristianos.

La Iglesia, como Cristo, ha tenido y tendrá horas de triunfo y horas de pasión, su entrada en Jerusalén y su crucifixión.

Apenas nace la Iglesia surgen los poderes monstruosos de la tierra que quieren ahogarla en su cuna y en su propia sangre. Pero sanguis martirum est semen christianorum. (Tertuliano).

Pero la Iglesia no dejó de combatir, ni de luchar, ni de vencer.

Hijos desnaturalizados se levantan en su propio seno y pretenden desgarrar la túnica inconsútil de su madre; pero también pasaron las fatídicas figuras de Arrio, Nestorio, Pelagio, Focio, Eutiques, Teodoro; y la Iglesia sigue triunfante, derramando por el mundo sus bendiciones celestiales.

Y viene la barbarie que arrasa con todos los vestigios de la cultura. La Iglesia la hace caer de rodillas ante la Cruz.

Y vienen los cismas; primero en oriente y más tarde en occidente, que apartan de la Iglesia numerosos países. La Iglesia sobrevive y triunfa.

Y se oyen resonar, como eco del infierno, las blasfemias de un fraile apóstata; la Iglesia triunfa y proclama en el Concilio de Trento los principios inmortales de sus dogmas.

El filosofismo se levanta contra la Iglesia; la revolución quiere ahogarla en bacanal sangrienta; y pasa el filosofismo y pasa la revolución y se pierden en el vacío las risas luciferinas de Voltaire; y la Iglesia sobrevive, y vence y triunfa.

Y por más que se hayan levantado contra ella el poder de la fuerza, el poder de la inteligencia, y las herejías y los cismas y las revoluciones, etc., la Iglesia sigue iluminando la noche tenebrosa de los tiempos y despertando en el corazón de los hombres inmortales esperanzas.

La Iglesia combatida siempre, ha triunfado siempre; es el yunque que ha gastado todos los martillos. A sus pies han ido a morir todas las tempestades.

Cristo a veces parece que duerme cuando la Iglesia, en algunos momentos, parece que se va a hundir en medio de las olas embravecidas.

Pero ésto lo hace como de momento, para nuestro mayor bien. Él demuestra que velaba amorosamente por su Esposa. Calma la tempestad, sobreviene la calma y la luz vuelve a brillar en el horizonte.

Lo mismo sucederá con la última herejía, el modernismo, hoy renovado en iglesia conciliar, resumen y cloaca colectora de todas las herejías y de todos los errores de la Revolución.

Cuando Nuestro Señor despierte por medio de su Parusía, imperará a los vientos y al mar, y se hará la gran bonanza de los nuevos cielos y la nueva tierra…

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Cuando ven a la Iglesia perseguida, los cristianos deben hacer oración.

Esta oración debe ser humilde, confiada, perseverante.

Deben humillarse bajo la mano de Dios, quien, al paso que purifica a la Iglesia, prueba a los hijos de la misma.

Deben hacer penitencia.

Han de tener confianza, no desalentarse en medio de esas luchas y persecuciones de la Iglesia. Ella no podrá naufragar. La rige, la gobierna el mismo Hijo de Dios.

Han de mostrar valor para que el Señor no les reproche su timidez.

Deben trabajar, poner todo lo que está de su parte, como los Apóstoles, que no dejaban de resistir a los vientos.

Cuando se vean agitados por las tempestades, ya temporales ya espirituales, siempre han de clamar a Dios: Exurge !, quare obdormis, Domine ? Exurge !

Y Aquél que impera sobre los vientos les devolverá la tranquilidad.

Y una vez más…, la última vez…, los hombres se admirarán, diciendo: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?