Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 3ª de Epifanía

Sermones-Ceriani

TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA

Y habiendo bajado del monte, le siguieron muchas turbas; y he aquí que, viniendo un leproso, le adoraba, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano le tocó, diciendo: Quiero. Sé limpio. Y al punto su lepra fue limpiada. Y Jesús le dijo: Mira, que no se lo digas a nadie; mas ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés en testimonio para ellos. Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se llegó a Él un Centurión, rogándole y diciendo: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado. Y le dijo Jesús: Yo iré y lo sanaré. Y respondiendo el Centurión, dijo: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas di tan solo una palabra, y será sano mi siervo. Pues también yo soy hombre sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Cuando esto oyó Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo, no he hallado una fe tan grande en Israel. Os digo, pues, que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se recostarán con Abraham, e Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el crujir de dientes. Y dijo Jesús al Centurión: Ve, y como creíste, así te sea hecho. Y fue sano el siervo en aquella hora.

El Evangelio de este Tercer Domingo de Epifanía trae dos curaciones milagrosas, la de un leproso y la del criado del centurión.

Después de la predicación y de la enseñanza en el monte, del llamado Sermón de la Montaña, se presenta el momento de empezar a hacer milagros, para que cuanto se ha dicho reciba su confirmación en la fuerza probatoria de los milagros.

Como enseñaba demostrando que tenía poder, para que no se creyese que era ostentación esta manera especial de explicarse, hace por medio de las obras lo mismo que había hecho por medio de las palabras, como teniendo también el poder de curar.

En su camino encuentra Jesús a un leproso que le suplica lleno de humildad la curación. Y el Señor, compadecido y extendiendo su mano omnipotente, lo curó de su terrible enfermedad.

El leproso es figura del pecador; y, en su conducta, es figura del pecador arrepentido.

+++

Veamos primero la semejanza entre la lepra corporal y la lepra del espíritu.

La lepra es una gravísima enfermedad que se difunde por el cuerpo a manera de corrupción y va destruyendo poco a poco el organismo.

El pecado, por su parte, es una enfermedad que aqueja al espíritu, que embota sus nobles facultades, transformándolas en bajos instintos que le hacen esclavo de la materia y de ignominiosas pasiones.

Horribles son los efectos de la lepra que quitan al cuerpo su belleza natural, cubriéndole de horribles llagas que lo afean y corrompen.

De la misma manera, el pecado despoja al alma de la túnica de la inocencia que había recibido en el bautismo, de la vestidura de la gracia que la hacía bella y agradable a los ojos de Dios. Y, después de despojarla de su belleza, la cubre de horribles llagas morales, mucho más terribles que las llagas físicas.

La lepra priva por completo al leproso de su fuerza y vigor.

El pecado también debilita al alma, privándola de los auxilios de la gracia que le dan fuerza para realizar actos de virtud y la dejan expuesta al ataque incesante y al triunfo de sus enemigos.

La lepra es una enfermedad contagiosa; y ¿quién desconoce el terrible contagio del pecado?

A causa del contagio, el leproso era separado de la sociedad de sus semejantes.

De la misma manera, el pecador por su pecado es excluido de la sociedad de los hijos de Dios y herederos de su reino.

+++

En su conducta, el leproso del Evangelio es figura del pecador arrepentido.

Si nuestras almas están contaminadas por la lepra del pecado, debemos imitar la conducta de este leproso, modelo del pecador arrepentido.

El leproso sale al encuentro de Jesús, le adora, diciendo: Señor, si tú quieres, puedes limpiarme.

No esperó que Jesús se acercase, fue él mismo a su encuentro. Conociendo la gravedad de su mal, sabiendo que no había remedio humano para su enfermedad, despreciando toda vergüenza de presentarse en ese estado, todas las prescripciones de la ley que prohibían al leproso acercarse a sus semejantes, va al encuentro de Jesús a pedirle que le cure de su enfermedad.

Esto es lo primero que debe hacer el hombre que comete el pecado: acercarse a Jesús, que es el único Médico que puede curar nuestras llagas. Acercarnos a los sacerdotes a quienes dijo Jesucristo: A los que vosotros perdonareis los pecados les serán perdonados.

Y ¿qué hace el leproso en presencia de Jesucristo? Por grande que sea su deseo de verse libre de su enfermedad, un sentimiento le domina por completo: el sentimiento de la dignidad de Cristo y su propia humillación, sentimientos que se transparentan en sus palabras: Señor, si tú quieres, puedes limpiarme.

Y Jesucristo, extendiendo su mano omnipotente, que sólo se abría para perdonar, para bendecir, le devuelve la salud.

Así también debemos nosotros confiar cuando vamos a pedir a Cristo que sane nuestras dolencias, nuestras llagas morales; pedirle con sentimientos de profunda humildad.

Ve, muéstrate al sacerdote, nos dice Jesús como al leproso del Evangelio. Él levantará su mano consagrada y purificará tu alma de la lepra de la culpa; escucha la voz de Dios que te habla y no quieras endurecer tu corazón; despierta de ese sueño de muerte que puede ser el preludio de la muerte eterna; arroja lejos de ti la indiferencia y vuelve a Dios si quieres salvarte.

No vivamos de buenos deseos, que nunca realizamos, para que no nos sorprenda la muerte con el corazón lleno de buenos deseos y las manos vacías de buenas obras.

+++

El Evangelio también nos habla de la curación del siervo del Centurión, que nos da hermosas lecciones que debemos imitar.

La Iglesia nos lee la narración de San Mateo; San Lucas nos conserva otros pormenores interesantísimos, así para un conocimiento más cabal de la historia como para nuestra edificación espiritual.

Ambas narraciones hemos de tener en cuenta para seguir la historia del hecho y contemplar en él aquella manifestación de fe, la más admirable que halló el Señor en todo el tiempo de su predicación evangélica.

Ya he señalado que acababa el Señor de predicar el gran Sermón de la Montaña, a principio del segundo año de su vida pública; y desde el monte de las Bienaventuranzas se encaminó a la ciudad de Cafarnaúm, a la orilla del mar de Tiberíades.

Se hallaba entonces en Cafarnaúm un Centurión de la guarnición romana, que tenía un esclavo enfermo de parálisis, moribundo ya.

Aunque gentil, este Centurión, así por su religiosidad como por su munificencia, se había conquistado el respeto y aun el afecto de los judíos.

Parece ser que, atraído por la elevación de la religión judaica y por la pureza de su moral, aquel gentil se había hecho prosélito.

El hecho es que él, con sus recursos, había edificado la sinagoga de Cafarnaúm. Su bondad de corazón, realmente admirable en un gentil, se manifestaba en el afecto, la solicitud cariñosa, con que se interesaba por su esclavo enfermo.

Los judíos y los esclavos eran, por distintos conceptos, aborrecidos de los romanos; este soldado, sobreponiéndose a las preocupaciones de su tiempo y de su nación, respetaba a los judíos y a los esclavos. Es interesante ver que fue un soldado el primer gentil que entró en relaciones con Jesús.

Bajo una coraza de hierro palpita con frecuencia un corazón tierno y bondadoso.

El Centurión, así que supo la llegada de Jesús a Cafarnaúm, le mandó una embajada, compuesta de algunos ancianos del pueblo, los judíos principales de la ciudad, rogándole que se dignase sanar a su esclavo enfermo y moribundo.

Un primer ejemplo, es que los padres y los amos deben velar por los intereses espirituales de sus hijos y subordinados, por sus intereses temporales, cumpliendo con ellos los deberes de la justicia y equidad, de la caridad cristiana.

San Mateo nos conserva la oración, tan discreta como angustiosa, que el Centurión puso en labios de los ancianos: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado.

Los ancianos se presentaron a Jesús con la embajada, y añadiendo de su cosecha una circunstancia, suplicaron a Jesús que fuese a casa del Centurión. Y para recomendar su demanda, decían: Es digno de que le cumplas sus deseos; pues ama a nuestro linaje, y él es quien nos ha edificado la sinagoga de la ciudad.

+++

La fe y la confianza que muestra a Jesús son para nosotros un hermoso ejemplo.

En primer lugar, debemos exponer a Dios nuestras necesidades.

Dios desea que le expongamos nuestras necesidades, nuestras enfermedades y miserias espirituales.

Así el centurión dice a Jesús: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado…

Estas miserias espirituales son: 1) La pereza: mi siervo está postrado; 2) La impotencia y debilidad para hacer buenas obras: paralítico; 3) Las aflicciones y sinsabores de la vida: reciamente atormentado.

+++

No es el Corazón de Jesús insensible para resistirse a las instancias de los buenos ancianos de Cafarnaúm, y menos a la fe del Centurión.

Así que, respondió: Yo iré y le curaré. Y se fue con ellos.

No estaba ya muy lejos de la casa, cuando el Centurión, viendo que los ancianos habían ido en su petición más allá de lo que él deseaba, y creyéndose en su humildad indigno de la visita de Jesús, despachó una segunda embajada de algunos amigos suyos, que dijesen en su nombre al Señor: Señor, no te tomes esa molestia; que no soy digno de que entres en mi casa. Por esto ni siquiera me he considerado digno de ir personalmente a tu encuentro. Por lo demás, basta que digas tú una palabra, y mi esclavo quedaré curado.

San Mateo dice que el Centurión fue él mismo a Jesús. Salió, pues, por fin a su encuentro, y después de repetir lo que por sus amigos le había dicho, añadió con noble franqueza: Señor, no es extraño que yo te atribuya tanto poder. Porque yo también, a pesar de ser un subalterno, sujeto a las órdenes de jefes superiores, tengo con todo soldados a mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi esclavo: Haz esto, y lo hace.

Como si dijera: ¿Qué maravilla que tú con una palabra digas a la enfermedad que deje libre a mi esclavo y la enfermedad obedezca a tus órdenes?

Resalta, pues, en el centurión su fe, su confianza y su humildad.

Su fe viva e inquebrantable: di tan solo una palabra, y será sano mi siervo

Su profunda humildad: Domine, non sum dignus

Esta profunda humildad y la fe vivísima que encierran estas palabras le han valido el honor de ser incluidas entre las preces litúrgicas: cada día, en el Santo Sacrificio de la Misa, la Iglesia las pone en los labios del sacerdote y de los fieles antes de la Sagrada Comunión.

+++

Oídas estas palabras, Jesús se admiró.

¡Maravilla verdaderamente admirable, sin duda, en el que todo lo sabe y para quien nada nuevo ni imprevisto puede acaecer!

Pero Jesús, como verdadero hombre que era, además de su ciencia divina e infusa, iba adquiriendo los conocimientos experimentales que todos adquirimos con el uso de las cosas; y conforme a esta ciencia experimental fue su admiración.

Maravillado, pues, de tan grande fe, volviéndose a las turbas que le seguían, dijo el Salvador: En verdad os certifico que ni siquiera en Israel he hallado tanta fe como en este hombre gentil.

Y dijo Jesús al Centurión: Ve, y como creíste, así te sea hecho. Y fue sano el siervo en aquella hora.

En el admirable milagro que realiza Jesús en premio de esa fe, humildad y confianza del centurión, se manifiesta su prontitud y voluntad en socorrernos cuando oramos con las debidas condiciones, así como su poder, del que debemos esperarlo todo.

Jesús alaba la fe del centurión, y, al conceder lo que el centurión le pide, nos enseña que la fe que anima nuestras plegarias es la medida de su eficacia.

Si oramos con fe y confianza se nos atiende conforme a lo que hemos creído.

Hacer nuestras oraciones imitando al centurión. Si no se nos atiende en nuestras plegarias es porque ellas proceden de un corazón malvado, o porque oramos mal o porque pedimos cosas que son perjudiciales para nuestra salvación. Quia mala, vel male, vel mali petimus.

+++

Hay otro aspecto, no siempre destacado como corresponde. Se trata de las importantes profecías que pronuncia respecto de la conversión de los gentiles, cuyo cumplimiento han presenciado los siglos: Os digo, pues, que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se recostarán con Abraham, e Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas exteriores.

En efecto, contemplando en este hecho particular una muestra y como símbolo de lo que más tarde iba a acontecer en la predicación evangélica y conversión del mundo, cuando los gentiles habían de creer en el Evangelio, mientras que los judíos permanecerían en su incredulidad, añadió el divino Maestro: Yo os digo que muchos vendrán de Oriente y Occidente, y participarán del banquete en el reino de los cielos junto con Abraham, Isaac y Jacob, mientras que los hijos del reino, los judíos, serán arrojados de la sala del convite a las tinieblas de allá afuera: allí será el llanto y el rechinar de los dientes.

+++

No dice el Evangelio la alegría del Centurión y de todos sus amigos y de toda su casa por la salud del esclavo: a las angustias pasadas respondería el gozo presente. Nosotros, empero, en vez de entretenernos fantaseando escenas más o menos verosímiles, trabajemos más bien por imitar la fe del Centurión, recordando que con semejante fe y confianza nos conquistaremos, como él, el Corazón del divino Salvador.

No he hallado fe como la de este hombre, dijo Jesús del Centurión; éste, a su vez, pudo exclamar: Ni yo he hallado corazón tan bueno como el Corazón de Jesús.