Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 2ª de Epifanía

Sermones-Ceriani

SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué nos va en ésto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía. Dice su madre a los sirvientes: Haced todo lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacad ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta este momento. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

El diálogo entre María Santísima y Jesús, durante las Bodas de Caná, no es fácil de entender.

Para esclarecer este punto, es conveniente recordar la no menos inesperada respuesta de Nuestro Señor, acaecida diez y ocho años antes, en el Templo de Jerusalén, con ocasión del encuentro del Niño luego de su pérdida, según lo relata San Lucas en el Evangelio de la Fiesta de la Sagrada Familia, que celebramos el domingo pasado: Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?

Recordemos que San Lucas señala que San José y la Santísima Virgen no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba todas estas palabras en su corazón… Antes había dicho que Ella retenía todas estas palabras, ponderándolas en su corazón.

Consideremos, pues, la respuesta de Jesús y la reacción de Nuestra Señora durante las Bodas en Caná a la luz de la repuesta del Niño Jesús en el Templo.

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La Virgen María y San José, al encontrarlo en aquel lugar y en aquella compañía, quedaron sorprendidos. Y Nuestra Señora no pudo dejar de decirle lo que le pesaba tan angustiosamente sobre su Corazón de Madre: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira como tu padre y yo te andábamos buscando angustiados.

He ahí la pregunta más normal de una madre que ha sufrido con ocasión de su hijo y que no comprende cómo ese hijo tan querido ha podido actuar de un modo tan inesperado. Ella no lo reprende, porque es la Esclava del Señor; pero lo interroga con tristeza.

Es la primera interrogación de María a Jesús que el Espíritu Santo nos ha revelado.

Es una plegaria que expresa todo el profundo dolor de su alma, y brota como el fruto inmediato de estos tres días de sufrimiento y de angustia.

A la pregunta de su Madre, Jesús no responde directamente, sino que interroga a su vez, y lo hace para descubrir dos cosas:

1ª) La relación íntima de su vida con el Padre.

2ª) Las exigencias de la gracia de la Maternidad Divina.

A ellas deberemos agregar una tercera, al considerar el milagro de las Bodas de Caná:

3ª) La omnipotencia suplicante de María Santísima.

Meditemos sobre las tres.

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1ª) La relación íntima de la vida de Jesús con el Padre

A la primera pregunta de su Madre corresponde la primera respuesta de Jesús. Mas esta respuesta no es la de un niño normal a su madre cuando esta le ha mostrado todo el dolor que acaba de sufrir y que le pide una explicación: Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?

Tal respuesta no puede ser sino una respuesta divina, la del Hijo bienamado del Padre que quiere instruir a María; es verdaderamente, la primera enseñanza de Jesús a su Madre.

Jesús, al decirle ¿Por qué me buscabais?, no hace ningún reproche a su Madre. María ha obrado bien, dejándolo todo para buscarle durante tres días.

Pero Jesús no quiere que su Madre se contente con su presencia visible; quiere arrastrarla más lejos en su vida contemplativa, quiere que su fe se purifique todavía más.

Al dirigirse, en realidad, a la Hija del Padre le quiere revelar, en primer lugar, los lazos sustanciales que existen entre Él y su Padre: ¿Acaso no sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?

El Hijo, en cuanto Hijo, está necesariamente todo entero junto al Padre y no puede estar sino allí. Para Él, la única autoridad es el Padre. Ha venido para ésto.

Cuando se considera que este suceso es el único que se nos ha transmitido de toda la larga vida oculta de Jesús en Nazaret…

Cuando sabemos que en un silencio de treinta años es la única palabra que se oye…

Cuando vemos el gran cuidado con que en este pasaje hace notar el Evangelio la docilidad de Jesús con sus padres…

Cuando, sobre todo, pensamos, por una parte, en la delicadeza de su proceder lleno siempre de consideración, respeto y confianza filial, y, por otra, la conducta de María y José que no merecían ninguna corrección…

En fin, cuando conocemos las luces sobrenaturales que les descubrían los secretos de Dios, especialmente a María, llega uno a la conclusión de que aquí hay un gran misterio

Pero, ¿cuál es, pues, el hecho tan saliente, la necesidad tan imperiosa para merecer esta única excepción?

Para entenderlo, debemos ir más adelante…

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2ª) Las exigencias de la gracia de la Maternidad Divina

La respuesta es dura… tan dura que no dará enseguida la luz que esconde.

Jesús deja entrever que la Virgen María y San José pueden conocer la verdad, descubrir el misterio; es más, que en realidad lo conocen.

Pero el dolor es tan grande y la angustia era tal que no comprendieron entonces: Y ellos no comprendieron lo que les dijo.

María conservó todo esto en su Corazón, meditándolo; y solamente más tarde comprenderá…, más tarde…

Ella conocía la misión extraordinaria de su Hijo, sabía que era el Hijo de Dios y que pertenecía más a Dios Padre que a Ella misma.

Pero no entrevió, sino oscuramente, las exigencias misteriosas de la gracia, que hacía de Ella la Madre de un Dios Redentor.

Lo que Nuestra Señora no llega a comprender de inmediato es el motivo por el cual debe desprenderse así de su Hijo para que Él esté ocupado en las cosas de su Padre. ¿Por qué debe ocuparse Él de las cosas del Padre sin Ella?

Llegará el momento en que comprenderá, hasta las últimas consecuencias, las exigencias de la gracia de su Maternidad Divina…

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Nos encontramos, ahora, diez y ocho años más tarde, en Caná de Galilea, en unas Bodas.

Y el Evangelio nos hace saber que, si María Santísima no hubiese mediado con su petición, no hubiese sido avanzada la hora fijada desde toda eternidad para la inauguración del ministerio público de su Jesús.

Jesús quiere que María sepa que, desde toda la eternidad, la hora de su Pasión depende de Ella y que es adelantada en previsión de su intercesión.

Avanzar la hora en Caná es avanzar la hora suprema de la Pasión.

El vino de Caná es signo del vino del Cenáculo, de la Sangre del Calvario y de cada Cáliz de cada Misa hasta el fin de los tiempos…

Cabe señalar aquí las diferentes interpretaciones de la sorprendente respuesta de Jesús.

Ella se puede referir al asunto en sí mismo, como si dijera ¿Qué nos va en ésto a Mí y a ti, Mujer?  o  Mujer, ¿qué nos da ésto a mí ni a ti?

Pero también puede versar sobre la relación entre Nuestro Señor y Nuestra Señora: ¿Qué tengo yo contigo, Mujer?  o  Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?

Personalmente me inclino más por esta segunda interpretación, evocando el incidente en el Templo y como expresando: ¿Has entendido ya lo que pregunté hace diez y ocho años? ¿Comprendes ahora el alcance de tu Fiat en Nazaret? ¿Quieres que comience mi hora? ¿Quieres que comience mi Obra, la Obra que el Padre me encargó? ¿Ha llegado mi hora? ¿Quieres acompañarme? ¿Estás preparada para asistirme, asociándote a mi Pasión?

La respuesta de María es el eco de su Fiat…, eco del Fiat con el que comenzó la Creación…, eco del Fiat que inauguró la Redención…: Haced cuanto Él os dijere

Y el Hijo, que parecía negarse, obedece a Aquella que es la propia obediencia…

Cuando la Virgen Madre le hace aquella suplica de vino, Jesús vio por la primera vez, anticipadamente, el vino transformado en sangre…

Ella, la Madre de Dios y de los hombres, se adelantaba…

Y todos los convidados se admiraron de que el dueño de casa hubiese dejado para el final su mejor vino…

Y se asombran porque no saben que el verdadero dueño y la verdadera dueña de casa, en aquel corto y exquisito diálogo, habían dejado para el final otro vino, infinitamente mejor…

En el vino que abundó en las Bodas de Caná vemos las primeras señales de la Sangre de la Pasión de Jesús…

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3ª) La omnipotencia suplicante de María Santísima

Muy grande fue el milagro del agua transformada en vino; pero mayor aún es este milagro del poder de María… el de la omnipotencia suplicante de María Santísima

Parece que Dios no se propuso otra cosa, en esta ocasión, que el de demostrarnos la fuerza de este poder de María.

Todo lo que Jesús dice…, todas las dificultades que opone, no sirven más que para enseñarnos clarísimamente esto mismo.

Sobre todo aquello de No ha llegado aún mi hora Y hasta los planes de Dios parecen cambiarse a voluntad de María…

La omnipotencia suplicante de la Virgen es un don divino. Correlativo a la gracia de la Maternidad Divina, es el mayor poder que se haya dado a una simple criatura.

¡¿Qué será María delante de Dios cuando tanto es su poder?!

La hora de la Encarnación se aceleró por las súplicas fervorosas de María…; en Caná se adelanta la hora de su manifestación pública… pero también la de su Pasión…

Si el Verbo de Dios empieza su vida pública y obra su primer milagro, es cuando quiere María…

La Virgen Madre oteaba el horizonte, cargado de signos, en espera de ver el suyo… Una corazonada maternal infalible se lo mostró, de pronto, en el percance de las bodas.

Y descubrió en él su designio providencial: de que Ella anunciara, públicamente, que ya estaba entre los hombres el Redentor.

De ahí el tono y el tenor de su mandato a los servidores: Haced todo lo que Él os diga

Dirigiéndose a los hijos, su autoridad materna es resueltamente ejecutiva. Habla la Mujer, la Mujer por excelencia, Nuestra Señora, reina del universo…

¿Qué es ésto que nada se hace por el Hijo de Dios sin María?… ¿No nos espanta y admira esta disposición de Dios de asociar a María a todas sus obras?…

Pues si así es, nuestra misma salvación y santificación de Ella dependen…, de Ella han de venir…, a Ella se las debemos confiar.

Y ¡con cuánta seguridad debemos confiárselo todo a Ella!

Lancémonos sin miedo en brazos de Madre tan poderosa…; expongámosle nuestras miserias…, nuestras necesidades…; que la que no sufrió la falta de vino en unas bodas, menos sufrirá la falta de virtudes en nuestro corazón, si a Ella acudimos y si a Ella le pedimos el remedio.

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Vengamos ahora a una aplicación práctica, concreta para nuestros tiempos…

Hemos dicho hace poco que la Madre de Dios, por su Inmaculada Concepción y su Maternidad virginal, aplasta la cabeza del dragón infernal.

Ella domina como Soberana todos los tiempos de nuestra historia, y sobre todo el más formidable para las almas: el momento de la llegada del Anticristo y de su Falso Profeta, así como estos tiempos de la preparación de éstos dos por sus diabólicos precursores.

María Santísima se manifiesta no sólo como la Virgen que consuela en las horas de angustia para la sociedad terrena, sino que Ella se presenta como la Virgen poderosa, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los períodos de devastación de la Iglesia y de agonía espiritual para sus hijos.

Ella es la Reina de toda la historia de la humanidad; no sólo en momentos de angustia, sino principalmente para el fin de los tiempos, los tiempos particularmente apocalípticos.

Ella es la Reina Inmaculada, que hará abreviar los sombríos días del Anticristo. También, y especialmente, durante este período, Ella obtendrá la perseverancia y la santificación para sus hijos.

Su presencia, desde Caná hasta el Calvario, para cuando se reservó el Vino de mejor calidad, nos prueba su fidelidad.

Unida estrechamente a la Hora de su Hijo, a su sacrificio redentor, Ella obtiene las gracias de adopción para sus hijos, miembros del Cuerpo Místico.

Su mediación obtiene todas las gracias; las gracias para enfrentar las tentaciones y las tribulaciones ordinarias, pero también las necesarias para perseverar y santificarse, resistiendo en el peor de los momentos de la Iglesia de Jesucristo, el de la autodestrucción.

La Virgen Madre nos hace comprender, sin dar lugar a la más mínima duda, que Ella será capaz de sostener a sus hijos mediante una intercesión maternal omnipotente.

La ocupación de la Iglesia, los puestos de mando usurpados por el modernismo en todos los niveles de la jerarquía, sin excluir el más elevado, es un drama sin precedentes; pero las gracias obtenidas por la Madre del Hijo de Dios son más profundas que esta tragedia.

Todos aquellos a los cuales Nuestro Señor Jesucristo, por una singular muestra de honor, convoca a una mayor fidelidad en la lucha contra los precursores del Anticristo y de su Falso Profeta introducidos en la Iglesia, debemos confirmar y robustecer nuestra fe y esperanza en la divinidad de Jesús, en la Maternidad divina de María y en su Maternidad espiritual.

Recurramos a Nuestra Señora en nuestra calidad de hijos suyos; y a continuación experimentaremos que los tiempos del Anticristo y de su Falso Profeta son tiempos de Victoria: victoria de la plena redención de Jesucristo y de la soberana intercesión de María.

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Entretanto, debemos estar muy atentos a las palabras de la Madre de Jesús, y Madre Nuestra, en razón de que en varias ocasiones se ha manifestado para advertirnos sobre la gravedad de la hora que vivimos.

La Virgen Inmaculada, en efecto, siempre presente junto a sus hijos, nos ha visitado más especialmente en los últimos tiempos.

Es siempre la misma Virgen María Inmaculada, y siempre es el gran drama de la redención de los hombres. La única diferencia es que los siglos han pasado y el drama ha tomado ribetes de mayor gravedad; por eso Nuestra Madre y Reina interviene, insistiendo para hacerse escuchar.

A pesar de los nuevos peligros que amenazan a la Iglesia; sea lo que sea de la organización de la contra-Iglesia y de los preparativos y progresos del Anticristo y de su Falso Profeta, la Virgen María está siempre presente en medio de sus hijos, potente e invencible, como en Caná, Ella nos guarda en su oración y en su Corazón.

Nuestra Madre nos ha recordado la gravedad del momento histórico, que es nuestra historia; Ella intervino específicamente para ello. Nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los ángeles malos en persona, que quieren adueñarse de la historia.

Son ellos los que han sugerido a los hombres la idea sacrílega de organizar el mundo no sólo para perder las almas, sino también para neutralizar las posibles reacciones y poder convertir al mundo en una cómoda antecámara del infierno eterno.

Hace tres siglos la humanidad elaboró un proyecto de apostasía general; hoy en día podemos comprobar que ese designio demoníaco se ha realizado.

¿Cómo no invocar a Nuestra Señora y decirle, con una súplica humilde y vehemente, que lo que nos pide nos supera; pero también que tenemos una confianza ilimitada en su intervención?: ad Te clamamus exsules filii Evæ… eia ergo, Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte… A Ti clamamos, desterrados hijos de Eva… Ea, pues, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos…

Y Ella nos responderá: Haced todo cuanto Él os diga

Y el vino de la última hora resultará ser el de mayor calidad, tal cual nunca hubo otro…