CARDENAL NEWMAN

Esperando a Cristo

Servire Deo vivo et vero, et expectare Filium ejus de coelis,
quem suscitavit ex mortuis,
Jesum, qui eripuit nos ab ira ventura.

 

Se convirtieron a servir al Dios vivo y verdadero,
y esperar la venida desde el cielo de su Hijo,
al que resucitó de la muerte:
Jesús que nos libra de la condena futura. (I Tes 1, 9-10)

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A medida que nos aproximamos al tiempo del adviento de nuestro Señor, somos advertidos, domingo tras domingo, por nuestras tierna Madre, la Santa Iglesia, acerca del deber de estar a la expectativa del mismo. La semana pasada se nos recordaba ese día terrible en que los ángeles segarán la tierra, y juntarán las hierbas nocivas y malas en medio del trigo, y las atarán en fardos para quemarlas. La próxima semana leeremos acerca de esa “gran tribulación”, que precederá inmediatamente a la caída del sol y la luna, y la aparición en el cielo de la señal del Hijo del Hombre. Y hoy se nos dice que esperemos expectantes ese signo tremendo, sirviendo mientras tanto al Dios vivo y verdadero, como es debido a Aquel que “han dejado los ídolos” y “nos ha librado de la condena futura” (I Tes 1, 10).

Lo que San Pablo llama esperar, o estar a la expectativa o estar atento, es lo que Nuestro Señor manda a hacer: “cuando comience a suceder todo esto, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de la liberación” (Lc 21, 28), como si nuestro deber fuera estar en alerta, poniéndonos de pie de un salto a la primera noticia, y esforzando los ojos con ansia y devoto interés para captar la primera visión de su presencia cuando se manifieste en los cielos, del mismo modo que una ciudad o país, de tanto en tanto, vela toda la noche ante la aparición de algún meteoro o estrella rara, que la ciencia ha dicho que viene.

En otra parte este estado de ánimo es llamado vigilia, sea por nuestro Señor o por sus santos apóstoles después. “Estén prevenidos si al anochecer, o a media noche, o al cantar de gallo, o de mañana; que al llegar de repente nos los sorprenda dormidos. Lo que a ustedes, les digo a todos: ¡Estén prevenidos! (Mc 13, 35-37). Y San Pablo dice: “Ya es hora de despertar del sueño, ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe” (Rom 13, 11) Y San Juan dice: “¡Atención que llego como ladrón! Dichoso el que vela y guarda sus vestidos” (Ap 16, 15).

Pasajes como estos podrían multiplicarse, y nos llevan a distintas reflexiones. La sustancia de la religión consiste en la fe, la esperanza, y la caridad, y la calificación para la vida eterna es estar en estado de gracia y libres del pecado mortal. Sin embargo, cuando llegamos a la cuestión de cómo tenemos que preservarnos en estado de gracia y obtener el don de perseverancia, se nos demanda un número de observancias por encima de aquellas obligaciones en las que reside la sustancia de la religión, pues son su salvaguarda y protección.

Y estas mismas observancias, siendo de una naturaleza que capta el ojo del mundo, se convierten en distintivo del cristiano comparado con otros hombres, mientras la fe, la esperanza y la caridad, se alojan en lo profundo del corazón y no se ven. Una de estas características del espíritu cristiano, que brotan de las tres virtudes teologales, y luego por turno las defiende y fortalece, es ese hábito de esperar y vigilar, al que nos invita este tiempo del año especialmente, y el mismo hábito, es también una señal de los hijos de la Iglesia, y una nota del origen divino de la misma.

Ciertamente, si escuchamos al mundo tomaremos otro rumbo. Pensaremos que el temple del que estoy hablando es superfluo o entusiasta. Aspiraremos a hacer solamente lo que es necesario, y trataremos de averiguar lo poco que será suficiente. No buscaremos a Cristo, sino los premios de esta vida. Formaremos nuestros juicios acerca de las cosas de lo que los otros dicen, admiraremos lo que ellos admiran, y haremos reverencia y tendremos en mucho la opinión del mundo. Tendremos miedo de dar escándalo al mundo. Tendremos una cierta vacilación ante las enseñanzas de la Iglesia. Tendremos un sentimiento de inseguridad e inquietud cuando se hace mención de las máximas de hombres santos y escritores ascéticos, porque no gustan, aunque sin atreverse a disentir. Estaremos escasos de actos sobrenaturales, y tendremos poco o nada de los hábitos de virtud que están formados por ellos y son armaduras y prueba de tentaciones. Permitiremos que nuestras almas sean invadidas por los pecados veniales, que tienden al pecado mortal, si no lo han alcanzado ya. Nos sentiremos de muy mala gana para enfrentar el pensamiento de la muerte. Seremos todo esto, y haremos todo esto, y en consecuencia será muy difícil para un espectador decir en qué nos diferenciamos de los hombres respetables y de buen comportamiento que no son católicos.

En ese caso, ciertamente, no daremos ninguna muestra de espíritu cristiano, ni seremos en nuestra persona argumento alguno a favor de la verdad del cristianismo, pero confío y supongo que nuestra idea del cristianismo es más elevada y no puede ser satisfecha con una conducta tan contraria a la que nos ha llamado nuestro Salvador y sus apóstoles.

Hablando, entonces, a hombres que quieren ahora estar del lado y en el lugar en que desearán haber estado cuando su Señor llegue realmente, digo que no sólo debemos tener fe en Él, sino esperarle, y no sólo esperarle sino vigilar, y no sólo amarle sino anhelarle, y no sólo obedecerle sino buscar seriamente nuestra recompensa, que es Él mismo.

No sólo debemos hacer de Él el objeto de nuestra fe, esperanza y caridad, sino que nuestro deber sea no creerle al mundo, no esperar en el mundo, no amar al mundo. Debemos resolver no aferrarnos a la opinión del mundo, o estudiar sus deseos. Nuestra simple sabiduría es ser independiente de todas las cosas aquí abajo. El apóstol dice “Queda poco tiempo… los que lloran como si no lloraran, los que se alegran como si no se alegraran, los que compran como si no poseyeran, los que usan del mundo como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo se está acabando” (I Cor 7, 29-31)

Leemos en el Evangelio de nuestro Señor que en una ocasión “entró en un pueblo, y fue recibido y atendido por una mujer llamada Marta. Había dos hermanas, Marta y María. Marta ocupada en los quehaceres de la casa, pero María sentada a los pies del Señor escuchaba sus palabras. Recordarán, hermanos, la comparación que hizo Jesús de estas dos hermanas santas. “Marta, Marta, dijo, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando unas sola es necesaria. María escogió la mejor parte y no se la quitarán”. (Lc 10, 38-42).

Entonces, los que vigilan y esperan al Señor son los que tienen una devoción afectuosa y delicada hacia Él, los que se alimentan al pensar en Él y están pendientes de su palabra, viven de su sonrisa, y crecen y florecen bajo sus manos. Son impacientes esperando Su aprobación, rápidos en captar lo que quiere decir, y celosos de su honor. Le ven en todas las cosas, le esperan en todos los acontecimientos, en medio de sus cuidados, intereses y ocupaciones de la vida, y no sentirían decepción sino un gozo grandísimo si escucharan que está a punto de llegar.

Dice el cantico esperado: “En mi cama, por la noche buscaba al amor de mi alma. Le buscaba y no lo hallaba. Me levantaré y rondaré por la ciudad por las calles y las plazas buscaré al amor de mi alma” (Cant 3, 1-2) ¿Deberé ser más definido en mi descripción de este temple afectuoso? Pregunto pues: ¿conocen el sentimiento de expectación de un amigo que está por llegar, y tarda?; ¿conocen lo que es estar en compañía de quienes no quieren estar a gusto y desear que el tiempo pase y que llegue la hora de estar libre de ellos?; ¿conocen lo que es estar ansioso por miedo de que algo pueda ocurrir o no, o estar en suspenso acerca de algún acontecimiento importante que hace latir vuestro corazón cuando algo se los recuerda, y que es lo primero lo que piensan a la mañana?; ¿conocen lo que es tener amigos en un país lejano, esperar noticias de ellos, y preguntarse día a día lo qué estarán haciendo y si se encuentran bien?; ¿saben, por otro lado, lo que es estar en un país extraño, sin nadie con quien hablar, sin nadie que simpatice contigo, sentir nostalgia del hogar, estar abatido porque no recibes ni una carta, y perplejo de cómo podrás regresar?; ¿conocen lo que es amar una persona y vivir con ella, de modo que sus ojos la siguen, que leen su alma, que ven los cambios de su rostro, pueden anticiparse a lo que necesita, que están triste con su tristeza, afligido cuando está molesta, inquietos cuando no pueden comprenderla, y aliviado y consolados cuando han aclarado el misterio?

Este es el estado de espíritu cuando Señor y Salvador es su objeto, no inteligible al mundo a primera vista, ni fácil a la naturaleza, pero de un cumplimiento tan ordinario en la Iglesia de todas las épocas, que llega a ser el signo de la presencia de Aquel que es invisible, y una suerte de nota de divinidad de nuestra religión.

Sabéis que existen instintos sutiles en los animales inferiores, por lo cual entienden la presencia de cosas que el hombre puede discernir, como los cambios atmosféricos, las convulsiones de la tierra, o sus enemigos naturales que no ven realmente, y consideramos su inquietud o el terror que muestran como prueba de que hay algo cerca de ellos que es el objeto de sentimiento y la evidencia de la realidad. Bien, de algún modo, el continuo vigilar y esperar de Cristo que han manifestado los profetas, apóstoles y la Iglesia edificada sobre ellos siglo tras siglo, es demostración de que su objeto no es un sueño o una fantasía, sino que existe realmente. En otras palabras, Él vive aún, siempre ha vivido, es que estuvo una vez en la tierra, murió, desapareció, y dijo que volvería.

Durante siglos, antes de que Él llegara a la tierra, profetas tras profetas estuvieron en su alta torre, a la expectativa de su venida, a través de la noche oscura, y vigilando el más leve vislumbre del amanecer. Uno de ellos dice: “Me pondré de centinela, haré la guardia observando atento, para ver qué me dice, qué responde a mi reclamo. El Señor me respondió:… la visión tiene un plazo fijado, camina hacia la meta, no fallará aunque tarde, espérala que llegara sin retraso” (Hab 2, 1-4). Otro dice: “¡Oh Dios, Tú eres mi Dios, por Ti madrugo, mi garganta está sedienta de Ti; mi carne desfallece por Ti, como tierra seca, reseca, sin agua!” (Sal 62, 2). Y otro: “A Ti levanto mis ojos, a Ti entronizado en el cielo. Como los ojos de los esclavos miran las manos de los señores, como los ojos de la esclava mira las mano de la señora” (Sal 122, 1-2). Y otro: “¡Ojalá rasgaras el cielo y bajases derritiendo los montes con tu presencia como fuego que prende los sarmientos, o hace hervir el agua!… Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él” (Is 64, 1-4).

Ahora bien, si existieron hombres que tenían derecho a estar, no despegados, sino apegados a este mundo, los antiguos siervos de Dios. La misma palabra del Altísimo les dio esta tierra como porción y recompensa. Nuestra recompensa es futura, al judío se le prometió una temporal. Aun así, hicieron a un lado el buen regalo de Dios por su mejor promesa, y sacrificaron la posesión por la esperanza. No se contentarían con nada menos que la fruición de su Creador, ni esperarían nada menos que ver el rostro de su Libertador. Si la tierra debe ser destruida, si los cielos deben ser rasgados, si los elementos tienen que derretirse, si el orden de la naturaleza debe deshacerse, para que Él aparezca, que sea la ruina, antes que quedarse sin Él.

Tal era el anhelo intenso de los fieles judíos, a la expectativa de que iba a venir. Y digo que su misma ansia de vigilar y paciencia en esperar fue tal que impresionó al mundo, abriéndolo al reclamo del cristianismo de ser aceptado como verdad, pues la perseverancia en esperar prueba que había algo que esperar.

Y después que nuestro Señor llegó y se fue, los apóstoles no se quedaron atrás de los profetas en la agudeza de percepción y en el ansia vehemente hacia Él. El milagro de la paciente espera fue continuo. Cuando Él ascendió desde el monte de los Olivos, ellos se quedaron mirando al cielo, y fue necesario que los ángeles les mandaran hacer su trabajo, antes de que lo dejaran. Y desde entonces el Sursum corda (levantemos el corazón) estuvo con ellos. “Nuestra conversación está en el cielo”, dice San Pablo, es decir, que nuestra ciudadanía, nuestro deber social, nuestra vida activa, nuestra relación cotidiana, es con el mundo invisible, de donde esperamos recibir al Señor Jesucristo” (Flp 3, 20). “Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde está sentado a la derecha de Dios, piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán con Él llenos de gloria” (Col 3, 1-4).

Tan vivido y continuo era este estado de espíritu en los apóstoles y sus sucesores, que para el mundo parecían estar esperando la inmediata aparición su Señor: Dice San Juan: “Mira que llega entre las nubes; todos los ojos lo verán, también los que lo atravesaron; y todas las razas del mundo se darán golpes de pecho por Él. El que atestigua todo esto dice: ‘Sí, vengo pronto’ ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 1, 7; 22, 20). Ellos olvidaron el paso del tiempo, como los hombres santos hacen en éxtasis. Pasan por alto en su espíritu el lento intervalo, como el ojo puede ser llevado más allá de una gran extensión del campo llano, y ve solamente las nubes gloriosas en el horizonte lejano. Así es como San Pedro tuvo que explicar el asunto: “Al final de los tiempos vendrán hombres cínicos y burlones, entregados a sus apetitos que dirán: ‘¿Qué ha sido de su venida prometida?… Que esto, queridos hermanos no les quede oculto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día… Y si todo ha de disolverse así, ¡con cuánta santidad y devoción deben vivir ustedes!, esperando y apresurando la venida del Día de Dios” (II Pe, 3, 3-4,8,11-12).

Ven que el gran apóstol no disuade a sus hermanos a anticipar el día, mientras afirma que tardará en llegar. Explica el error del mundo, que entendió el ansia de expectación de ellos acerca de la venida de nuestro Señor como una prueba de que iba a llegar entonces. Pero ¡qué intenso y absorbente debió ser el pensamiento acerca de Él para ser tan mal comprendido! Más aún, es casi la descripción que da San Pablo de los elegidos de Dios.  Cuando estaba en prisión, en vísperas de su martirio, envió sus últimas palabras a su amado discípulo, San Timoteo: “sólo me espera la corona de la justicia,… y no sólo a mí”. ¿A quiénes más? ¿Cómo describe a los herederos de la gloria? Sigue diciendo: “no sólo a mí, sino a cuantos desean su manifestación”.

Esta vigorosa y directa percepción de un Señor y Salvador invisible no ha sido propia de los profetas y apóstoles, sino que ha sido el hábito de la Santa Iglesia y de sus hijos, hasta el día de hoy. Pasa una época tras otra, y ella varía su disciplina y añade devociones; pero todo con el propósito de fijar más plenamente su propia mirada, y la de sus hijos, en la persona de su Señor invisible.

Le ha contemplado con adoración, rasgo por rasgo, y le ha rendido homenaje en cada uno. Nos ha hecho honrar sus cinco llagas, su preciosa Sangre y su Sagrado Corazón. Nos ha mandado a meditar en su infancia y en los hechos de su ministerio, en su agonía, flagelación y crucifixión. Nos ha enviado en peregrinación al lugar de su nacimiento y de su sepultura, y el monte de su ascensión. Ha buscado y ha puesto ante nosotros, las reliquias de su vida y de su muerte, el pesebre y la santa casa, su santa túnica, el paño de Santa Verónica, la cruz y los clavos, su mortaja y el sudario para su cabeza.

Y así también, si la Iglesia ha exaltado a María o a José, ha sido en vista de la gloria de la sagrada humanidad de Cristo. La proclamación de María como Inmaculada, aclara la doctrina de su maternidad. Si se la llama Madre de Dios es para recordarle a Él que, aunque no lo vemos, es no obstante nuestra posesión porque es de la raza del hombre. Si se la pinta con Él en sus brazos es porque no toleramos que el objeto de nuestro amor deje de ser humano por ser también divino. Si Ella es la Madre dolorosa es porque está al pie de la cruz. Si vemos desolada a María es porque su cuerpo muerto está en su regazo. Si Ella es coronada, es Él mismo quien pone la corona sobre su cabeza con su tierna mano. Y, del mismo modo, si somos devotos de San José, es como padre adoptivo suyo, y si es el Santo de la buena muerte es porque muere en los brazos de Jesús y María.

Y los hombres y mujeres santas han sido ejemplo hasta hoy de aquello a la cual la Iglesia nos anima. ¿Será necesario referirse a las vidas de las santas vírgenes, que fueron y son las verdaderas esposas de Cristo, casadas con Él por un matrimonio místico, y visitadas aquí en muchas ocasiones por las señales de esa bendición celestial inefable que es en el cielo la herencia eterna? Los mártires, los confesores de la fe de la Iglesia, obispos, evangelistas, doctores, predicadores, monjes, eremitas, maestros espirituales, ¿no han vivido todos, como sus historias lo muestran, del nombre de Jesús, como alimento, como medicina, como fragancia, como luz, como vida de los muertos?, como dice uno de ellos, in aure dulce canticum, in ore mel mirificum, in corde nectar coelicum. ( Dulce cántico en los oídos, miel maravillosa en la boca, néctar celestial en el corazón).

Para experimentar esto no es necesario ser un santo. Esta íntima e inmediata dependencia del Emmanuel, Dios con nosotros, ha sido en todas las épocas la característica, casi la definición, de un cristiano. Es el sentir ordinario de los pueblos católicos, el sentimiento elemental de todos los que tienen la común esperanza del cielo.

Recuerdo, años atrás, haber escuchado hablar con asombro y perplejidad a un conocido, no católico, de una obra de devoción (escrita como los católicos escriben en general), porque, decía, el autor escribía como si tuviera “una suerte de apego personal a nuestro Señor, como si le hubiera visto, conocido, vivido con Él, en vez de profesar y creer simplemente en la gran doctrina de la expiación”. Es el mismo fenómeno que sacude a los que no son católicos cuando entran a nuestras Iglesias. Están acostumbrados a hacer actos religiosos simplemente como un deber, son serios a la hora de rezar y se comportan con decencia, porque es un deber. Pero ustedes saben, hermanos, que el mero deber, el sentido de la conveniencia, una buena conducta, no son los principios rectores del espíritu de nuestros fieles. ¿Por qué, al contrario, tienen esas posturas espontáneas de devoción, esos gestos sin afectación, esos rostros distraídos, esa desatención a la presencia de los demás, esa ausencia de vergüenza que reina entre los profesos de otros credos? El espectador ve el efecto, pero no puede entender la causa. Nosotros no tenemos dificultad en responder por qué esta simple formalidad de culto. Es porque el Salvador Encarnado está presente en el tabernáculo, y entonces, cuando la iglesia, hasta ahora silenciosa, se ilumina de repente, por así decir, con el estallido pleno y penetrante de las voces de toda la feligresía, es porque Él ha subido a su trono sobre el altar, para ser allí adorado. Es el Signo visible del Hijo del Hombre que estremece a todos los fieles congregados, y les hace rebosar de júbilo.

Esto me lleva a referir un pasaje de la historia de los últimos años del magnífico hombre que influyó en los destinos de Europa al comienzo de este siglo (se refiere a Napoleón). Atrajo ya la atención de filósofos y predicadores, en relación en sus sentimientos al cristianismo, y como argumento a favor del mismo, afín con lo que he estado insistiendo. No fue un argumento antinatural en alguien que tuvo esa pasión especial por la gloria humana, que ha sido el incentivo de tantas carreras heroicas y tantas revoluciones poderosas en la historia del mundo. Se dice que en la soledad de su prisión, y a la vista de la muerte, se expresó del siguiente modo:

He estado acostumbrado a ponerme delante de los ejemplos de Alejandro y César, con la esperanza de rivalizar con sus hazañas y de vivir en la mente de los hombres para siempre. Pero después de todo, ¿en qué sentido viven César y Alejandro? ¿Quién conoce y a quién le importa algo acerca de ellos? Como mucho se conocen sus nombres, pues ¿quién entre la multitud de hombres que escucha o pronuncia sus nombres sabe realmente algo sobre sus vidas o acciones, o vincula a esos nombre alguna idea definida? Aun sus nombres no hacen sino ir y venir por el mundo como fantasmas, citados sólo en ocasiones particulares, o por Asociaciones accidentales. Su hogar principal es el aula de las escuelas, ocupan el primer lugar en las gramáticas y cuadernos de ejercicios de los muchachos, son esplendidos ejemplos para temas de composición, y son materia de escritura. Tan bajo han caído Alejandro y el imperial César. “Ut pueris placeat et declamatio fias” (para agradar a los niños y que sepan declamar).

Pero (se dice que continuó), existe un solo Nombre en todo el mundo que está vivo: es el Nombre de Uno que pasó sus años en la oscuridad y que murió como un malhechor. Mil ochocientos años han pasado ya desde entonces, pero Él tiene un lugar en el espíritu humano. Ha poseído el mundo y mantiene su posesión. El Dueño de ese Nombre reina en las naciones más variadas, bajo las circunstancias más diversas, en los intelectos más cultivados, y en los más rudos, en todas las clases sociales. Encumbrados y abajados, ricos y pobres, todos le conocen. Millones de almas conversan con Él, se arriesgan por su palabra, y buscan su presencia. Innumerables y suntuosos palacios se levantan en su honor. La imagen de su humillación más profunda es exhibida triunfalmente en la ciudad orgullosa, a campo abierto, en las esquina de las calles, y en lo alto de las montañas. Santifica la sala solariega y el dormitorio, y es objeto para los más altos genios de las artes. Se lleva junto al corazón de la vida. Se sostiene ante los ojos desfallecientes de la muerte. He aquí Uno que no es puro nombre, una ficción vacía. Es sustantivo. Murió y se fue, pero vive aún, como pensamiento vivo y vigoroso de sucesivas generaciones, como tremendo y poderoso motivo de miles de grandes acontecimientos. Él ha hecho sin esfuerzo lo que otros no han hecho a lo largo de la vida con luchas heroicas. ¿Puede ser Él menos que divino? ¿Quién es sino el mismo Creador, que reina sobre sus propias obras, a quien nuestros ojos y corazones se dirigen instintivamente, porque es nuestro Padre y nuestro Dios?

Hermanos, he asumido que somos lo que debemos ser, pero si hay alguna condición o clase de hombre en la Iglesia que está en peligro de faltar a sus obligaciones sobre las que he insistido, esos somos nosotros.

Si hay quienes no esperan a su Señor y Salvador, que no vigilan expectante su llegada, que no le anhelan, que no conversan con Él, son los que, como nosotros, están en posesión o en búsqueda de bienes temporales.

Aquellas almas santas cuyos méritos y satisfacciones casi las hacen estar seguras del cielo, por la misma naturaleza de su estado se alimentan de Cristo. Aquellas santas comunidades de hombres y mujeres, cuya vida es la mortificación, por su misma profesión de perfección están esperándole y vigilando. Los pobres, esas multitudes que pasan sus días en sufrimiento obligado, por la dura persuasión de ese sufrimiento están esperándole.

Pero nosotros, hermanos, que estamos en circunstancias fáciles, o en un torbellino de ocupaciones, o en un laberinto de cuidados, o en una guerra de pasiones, o en la carrera de las riquezas, del honor o de la posición social, o en busca de la ciencia o la literatura, somos los hombres, que probablemente, no tengamos estima, ni hambre, ni sed, ni apetito por el verdadero pan del cielo y el agua viva.

“El Espiritu y la novia dicen: ‘Ven’. El que escucha, diga: ‘¡Ven!’. Quien tenga sed, venga, quien quiera recibirá sin que le cueste nada agua de vida” (Ap 22, 17).

Que Dios en su misericordia despierte nuestros espíritus perezosos e inflame nuestros corazones mundanos, para que podemos dejar de ser una excepción en su gran familia, que siempre está adorándole, alabándole y amándole.