Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Circuncisión del Señor

Sermones-Ceriani

 LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

En este Domingo la Liturgia festeja al mismo tiempo la Octava de la Navidad y la Circuncisión de Nuestro Señor.

La razón es porque el misterio de la Circuncisión es como la prolongación y un complemento del de la Encarnación y Natividad.

Con la simplicidad y concisión propias del Evangelio, se nos descubren dos misterios de profunda importancia y de alta trascendencia: la Circuncisión del Niño y la imposición del Santísimo Nombre…

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

Nuestro Señor Jesucristo no tenía obligación alguna de someterse a las observancias legales que la ley de Moisés y las costumbres del pueblo imponían a todo israelita. Él estaba por encima de la Ley.

Con todo, quiso voluntariamente someterse a aquellas ceremonias prescritas por la Ley, no sin altísimo designio de su infinita sabiduría.

Para obedecer a las prescripciones de la ley, el Señor recibió el mismo día el Nombre que se le destinaba: Se le dio el Nombre de Jesús.

El Nombre glorioso de Jesús, digno de todos los honores, este Nombre que está por sobre todos los nombres, no debía ser dado ni ser elegido por los hombres. Por eso el Evangelista añade de una manera significativa: Como le había llamado el Ángel Gabriel.

He aquí, había dicho el Profeta Isaías, que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se lo llamará Emmanuel, nombre que se traduce: Dios con nosotros.

El Nombre del Salvador, Dios-con-nosotros, dado por el Profeta, significa las dos naturalezas de su única Persona.

En efecto, el que es Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Él mismo es Emmanuel al fin de los tiempos, es decir, Dios con nosotros.

Comenzó a serlo en el seno de su Madre, porque se dignó aceptar la fragilidad de nuestra naturaleza en la unidad de su Persona, cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Es decir, comenzó de una manera admirable a ser lo que somos, sin dejar de ser lo que es, asumiendo nuestra naturaleza, sin perder lo que es en sí mismo.

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¡Grande y admirable misterio!

El Niño es circuncidado y recibe el Nombre de Jesús.

¿Qué significa esta relación?

La circuncisión parece más bien instituida para el que debe ser salvo y no para el que salva… Reconozcamos aquí al Mediador entre Dios y los hombres.

A partir de su Encarnación, une en su Persona las cosas humanas con las cosas divinas, las de abajo con las de lo alto.

Nace de una mujer, pero de una Mujer en quien el fruto de la fecundidad no hace perder la flor de la virginidad; es envuelto en pañales, pero estos sencillos lienzos son el objeto de la veneración de los Ángeles; se le recuesta en un Pesebre, pero es anunciado por una estrella que brilla en los cielos.

Al mismo tiempo que la circuncisión prueba que verdaderamente asumió la naturaleza humana, el Nombre que recibe es un Nombre que está por sobre todo otro nombre, e indica su gloria y su majestad.

Es circuncidado como verdadero hijo de Abraham, y se le nombra Jesús como verdadero Hijo de Dios.

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Este es el admirable misterio que festejamos hoy. Y sabemos que todos los arcanos de Cristo, además de constituir hechos históricos sucedidos en el tiempo, contienen también gracias propias, destinadas a ser alimento y vida de nuestras almas.

¿Cuál es la gracia peculiar de este misterio de Navidad, manifestado por la circuncisión? ¿Qué fruto hemos de sacar de la contemplación del Niño Dios?

La Iglesia misma nos lo indica: Haznos, Señor, partícipes de la divinidad de tu Hijo que, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la tuya de modo admirable.

Hacerse partícipes de la divinidad con la cual se halla unida nuestra humanidad, en la Persona de Cristo; y recibir este don divino mediante esta misma humanidad, he ahí la gracia propia del misterio de Navidad.

El Niño nacido en Belén es hombre y Dios; y la naturaleza humana que Dios asumió ha de servir de instrumento para comunicar su divinidad.

¡Qué admirable intercambio! —canta la Iglesia en esta Octava de Navidad—, el Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una Virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad.

Cristo es el Hijo único del Padre; ésa es su gloria esencial: es igual y consubstancial al Padre, Dios de Dios, luz de luz. Por Él fueron hechas todas las cosas, y nada de cuanto existe se hizo sin Él. Por este Hijo, fueron creados los siglos; Él es quien sostiene todos los seres con el poder de su palabra. Él es quien, desde el principio, sacó la tierra de la nada, y los cielos, que son obra de sus manos, envejecerán como un vestido y se cambiarán como un cobertor; mas Él es siempre el mismo y sus años son eternos.

Pues bien, este Verbo se hizo carne.

Adoremos a Cristo encarnado por nosotros: Venid, adoremos a Cristo que ha nacido por nosotros, canta el invitatorio del oficio de Navidad.

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Un Dios se reviste de nuestra humanidad; concebido por una misteriosa operación del Espíritu Santo en el seno de María, y la vida que de Ella recibe lo hace semejante a nosotros.

Aquí nos habla la fe: este Niño es el Verbo de Dios encarnado; es el creador del género humano.

En cuanto hombre, lo vemos reclinado sobre paja, y en cuanto Dios sostiene el universo y reina en los cielos; el mismo que, nacido en el tiempo, precede a todos los tiempos; el mismo que se aparecerá a los pastores de Belén siendo creador de todas las naciones.

Entre estas dos vidas que Cristo posee no hay mezcla alguna ni confusión. Al hacerse hombre, el Verbo permaneció lo que es; y tomó de nuestra naturaleza lo que no era.

He aquí, pues, uno de los actos de este divino comercio o intercambio: Dios toma nuestra naturaleza para unirse con ella mediante una unión personal.

Este Niño, siendo el mismo Hijo de Dios, posee, como su Padre, la vida divina, y en Él, juntamente con su Padre, habita corporalmente la plenitud de la divinidad; en Él se hallan reunidos los tesoros de la divinidad.

Al hacernos participar de su cualidad de Hijo, nos constituye hijos adoptivos de Dios. El ser Hijo de Dios, que Jesucristo lo tiene por naturaleza, lo tenernos nosotros por la gracia.

He aquí los dos actos del intercambio admirable que Dios realiza entre él y nosotros: toma nuestra naturaleza con el fin de comunicarnos su divinidad; toma una vida humana para hacernos partícipes de su vida divina; y su nacimiento humano es el medio para que nosotros nazcamos a la vida divina.

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Lo que termina de poner digno remate a este admirable comercio es el modo peculiar de efectuarse.

¿Cómo nos hace partícipes el Verbo encarnado de su vida divina?

Por medio de su humanidad, la cual le servirá de instrumento para comunicarnos su divinidad; y ésto por dos motivos, en los que brilla esplendorosa la eterna sabiduría: la humanidad hace a Dios visible y, a la vez, lo hace pasible.

La humanidad de Cristo hace a Dios visible; pero lo más admirable aún es que hace que Dios sea pasible, que pueda sentir y sufrir.

Para poder destruir en nosotros el pecado, la vida divina exigía una cumplida satisfacción, una expiación, sin la cual era imposible recuperarla.

Ahora bien, siendo el hombre simple criatura, estaba incapacitado para dar satisfacción por una ofensa de una malicia infinita, y, por otra parte, la divinidad no podía sufrir ni expiar.

Dios no puede comunicarnos su vida mientras no se borre el pecado; y, conforme al inmutable decreto de la eterna sabiduría, el pecado no puede ser borrado sino mediante una expiación dolorosa.

¿Cómo se resolverá este problema? La Encarnación nos dio la respuesta.

De nuevo contemplamos al Niño de Belén, que es el Verbo hecho carne. La humanidad, incorporada al Verbo, es pasible: ella sufrirá y expiará.

Tales sufrimientos y expiaciones, obras propias y muy propias de ella, pertenecerán, con todo, como la misma humanidad, al Verbo, y recibirán de la Persona divina un valor infinito, suficiente para rescatar el mundo, destruir el pecado y hacer aumentar la gracia en las almas.

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¡Oh admirable intercambio! El Verbo nos pide una naturaleza humana para hallar en ella un medio de padecer, un medio de expiar, un medio de merecer y colmarnos de bienes.

El hombre se apartó de Dios por la carne, y Dios libra al hombre haciéndose carne, como dice el himno de Laudes de Navidad:

Beatus auctor sæculi, servile corpus induit; ut, carne carnem liberans, ne perderet quos condidit…

El Santo creador del mundo se revistió de un cuerpo de siervo, para que, liberando la carne por medio de la carne, no perdiera a los que creó.

La carne que asume el Verbo de Dios se convertirá en instrumento de salvación para toda carne.

¡Oh admirable intercambio!

Será menester esperar hasta la inmolación del Calvario para que la expiación sea completa; pero ya desde el primer instante de su Encarnación, Jesucristo aceptó la voluntad de su Padre y se ofreció como víctima por todo el género humano.

Dice San Pablo en su Epístola a los Hebreos: Tú no has querido sacrificio ni oblación, en cambio, me has dado un cuerpo… Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad…

Por esta oblación, Jesucristo da comienzo a la obra de nuestra santificación, e inaugura en el Pesebre aquella vida trabajosa que quiso sobrellevar por nuestra salvación, y cuyo término será el Gólgota, vida que destruye el pecado y nos devuelve la amistad de su Padre.

El Pesebre no es más que la primera etapa, pero también el germen de todas las futuras penalidades.

La divinidad se reviste de nuestra carne mortal y, por el hecho mismo de rebajarse Dios hasta vivir la más oscura vida humana, es elevado el hombre hasta lo divino.

Dice San Gregorio Magno: Cuando Dios padece las cosas humanas, en eso mismo el hombre es elevado a lo divino.

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Es circuncidado el Niño; no sólo pertenece ya a la naturaleza humana; por medio de este símbolo se consagra al servicio divino. Se somete a esta dolorosa ceremonia, a esta señal de servidumbre, con el fin de cumplir toda justicia.

Recibe en cambio el nombre de Jesús; y este nombre quiere decir Salvador; nos salvará, pues, mas a costa de su propia Sangre.

Esa es la voluntad de Dios, por Él aceptada.

La presencia del Verbo Encarnado en la tierra tiene por finalidad llevar a cabo un Sacrificio; este Sacrificio comienza ahora.

Esta primera efusión de Sangre del Hijo de Dios podría bastar para que ese sacrificio fuera pleno y perfecto; pero la insensibilidad del pecador, cuyo corazón ha venido a conquistar el Emmanuel, es tan profunda, que con frecuencia sus ojos contemplarán sin conmoverse arroyos de esa Sangre divina corriendo por la cruz en abundancia.

Unas pocas gotas de la Sangre de la circuncisión hubieran bastado para satisfacer la justicia del Padre, pero no bastan a la miseria del hombre, y el Corazón del divino Niño trata ante todo de curar esa miseria.

Para eso vino; amará a los hombres hasta la locura; no en vano lleva el Nombre de Jesús.

En este momento en que aparece herido por el cuchillo de la circuncisión, exaltemos con mayor fervor su poderío, su riqueza y su soberanía.