PÍO XII Y LA FAMILIA CRISTIANA

Discursos de Su Santidad Pío XII a los recién casados entre los años 1939 y 1943

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JUNTO A LA CUNA DEL REY DIVINO

3 de enero de 1940

Si hay, en medio de las tristezas de la tierra, un grupo de seres que pueden mirar con serenidad el porvenir, parece que podéis ser vosotros, recientemente unidos con los vínculos del matrimonio cristiano, y resueltos a llenar lealmente, con los auxilios divinos que el Sacramento os confiere, las obligaciones que éste os impone.

En los días que acaban de transcurrir, habéis realizado uno de vuestros más dulces sueños. Os resta un anhelo que conseguir para el año que ahora comienza: que vuestra unión, bendecida ya invisiblemente por Dios con la gracia sacramental, reciba la bendición visible de la fecundidad.

Ahora bien, he aquí que la Iglesia propone en este tiempo de Navidad a vuestra consideración a una mujer y un hombre inclinados tiernamente hacia un niño recién nacido. Meditando el misterio de Navidad, contemplad pues, la actitud de María y José; tratad, sobre todo, de penetrar en sus corazones y participar de sus sentimientos. Y entonces, no obstante la diferencia infinita entre la Natividad de Jesús, Verbo encarnado, Hijo de la Virgen purísima, y el nacimiento humano del pequeño ser a quien vais a dar la vida, podréis tomar con confianza para modelos vuestros, a estos esposos ideales: María y José.

Mirad la cueva de Belén. ¿Es acaso una morada que llegue a convenir a unos modestos artesanos? ¿Qué significan estos animales, qué dicen estas alforjas de viaje, por qué esta absoluta pobreza? ¿Es ésto lo que María y José habían soñado para el nacimiento del Niño Jesús, en la íntima dulzura de su casita de Nazaret?

Tal vez José, desde hacía ya varios meses, sirviéndose de algunos trozos de madera del país, había aserrado, cepillado, pulido y adornado una cuna, coronada por un racimo de uvas entrelazadas. Y María —bien podemos pensarlo— iniciada desde su infancia en el templo en las labores femeninas, había cortado, festoneado y bordado con algún gracioso dibujo, como toda mujer a quien anima la esperanza de una próxima maternidad, los pañales para el Deseado de las Gentes.

Y, sin embargo, ahora no están en su casita, ni junto a sus amigos, ni siquiera en una posada ordinaria; ¡están en un establo!

Para obedecer al edicto de Augusto, habían hecho en pleno invierno un penoso viaje, aun sabiendo que el Niño tan esperado estaba para venir al mundo. Y sabían bien que este Niño, fruto virginal de la obra del Espíritu Santo, pertenecía a Dios antes que a ellos.

Jesús mismo, doce años más tarde, debía recordárselo: los intereses del Padre celestial, Señor soberano de los hombres y de las cosas, debían anteponerse a los pensamientos de amor, por muy puros y ardientes que fueran, de María y de José.

He aquí por qué aquella noche, en una mísera y húmeda cueva, adoran éstos, arrodillados, al divino recién nacido recostado en un duro pesebre, “positum in præsepio”, en lugar de estar en la graciosa cuna; envuelto en pañales groseros, “pannis involutum”, en lugar de las finas fajas.

También vosotros, queridos recién casados, habéis tenido, tenéis o tendréis dulces sueños sobre el porvenir de vuestros hijos. ¡Tristes de aquellos padres que no los tengan!

Pero evitad que vuestros sueños sean exclusivamente terrenos y humanos. Ante el Rey de los Cielos, que temblaba sobre las pajas, y cuyo lenguaje, como el de todo hombre que viene a este mundo, era todavía el llanto: “et primam vocem similem omnibus emisi plorans”, María y José, vieron — con una luz interior que aclaraba las apariencias de la realidad material— que el Niño más bendecido por Dios no es necesariamente el que nace en la riqueza y en el bienestar; comprendieron que los pensamientos de los hombres no están siempre conformes con los de Dios; sintieron profundamente que todo lo que acaece sobre la tierra, ayer, hoy y mañana, no es un efecto de la casualidad o de una buena o mala suerte, sino el resultado de una larga y misteriosa concatenación de sucesos, dispuesta o permitida por la providencia del Padre celestial.

Queridos recién casados, procurad sacar provecho de esta sublime lección. Postrados ante la cuna del Niño Jesús, como lo hacíais tan inocentemente en vuestra niñez, rogadle que infunda en vosotros los grandes pensamientos sobrenaturales que llenaban en Belén el corazón de su padre adoptivo y de su madre Virgen.

En los queridos pequeñuelos que vendrán, según esperamos, a alegrar vuestro joven hogar, antes de venir a ser el orgullo de vuestra edad madura y el sostén de vuestra vejez, no veáis solamente los miembros delicados, la sonrisa graciosa, los ojos en que se reflejan los rasgos de vuestro rostro y hasta los sentimientos de vuestro corazón, sino, sobre todo y ante todo, el alma, creada por Dios, precioso depósito confiado a vosotros por la bondad divina.

Educando a vuestros hijos para una vida profunda y animosamente cristiana, les daréis y os daréis a vosotros mismos la mejor garantía de una existencia feliz en este mundo y de una reunión dichosa en el otro.