LOS SANTOS INOCENTES

Los responsorios de Maitines de esta Fiesta están entresacados del Apocalipsis:

Estos que están vestidos con blancas túnicas, ¿quiénes son y de dónde han venido? Y se me respondió: Estos son los que han venido de la gran tribulación; han lavado sus túnicas y las han teñido con la sangre del Cordero.

Debajo del altar de Dios vi las almas de los que habían sido inmolados por causa del Verbo divino y por dar testimonio de Él.

Son los que no mancharon sus vestiduras: me seguirán vestidos de blanco porque así lo han merecido.

Estos santos cantaban un cántico nuevo delante del trono de Dios y del Cordero, y la tierra resonaba con sus voces.

Han sido rescatados de entre los hombres, para ser primicias ofrecidas a Dios y al Cordero, y no se ha hallado mentira en su boca.

¡Oh Señor anterior a los siglos!, en cuanto naciste de una Virgen y te hiciste niño con gran misericordia, todo un coro de niños te fue ofrecido, brillante con la sangre del martirio y con el alma radiante de luminosa blancura.

Es digno y justo, equitativo y saludable, glorificarte, oh Padre omnipotente, en la preciosa muerte de los Niños, a quienes asesinó la salvaje barbarie del cruel Herodes, con ocasión del Nacimiento de Nuestro Señor y Salvador e Hijo tuyo; pues en esa muerte nos has manifestado la inmensidad de los dones de tu clemencia.

En efecto, en ellos brilla más tu gracia que su voluntad; dan su testimonio cuando su boca no habla todavía; su martirio es anterior al desarrollo de los miembros en que lo han sufrido; dan testimonio de Cristo antes de haberle conocido.

Oh bondad infinita, que no quiere negar el mérito de la gloria a los que, sin saberlo, fueron inmolados por su Nombre; de este modo, con el derramamiento de su sangre, al mismo tiempo que son regenerados, se les otorga la corona del martirio.

inocentes

La cuna del Emmanuel aparece hoy ante nuestra vista rodeada de una graciosa cohorte de Niñitos vestidos de túnicas blancas como la nieve y con verdes palmas en sus manos.

El Niño divino les sonríe; es su Rey.

La fortaleza de San Esteban y la fidelidad de San Juan Evangelista nos han llevado ya ante el Redentor; la inocencia nos invita hoy a quedarnos junto al Pesebre.

Herodes quiso envolver al Hijo de Dios en una matanza de niños; Belén oyó los lamentos de las madres; la sangre de los recién nacidos inundó la región entera; pero todos estos conatos de la tiranía no lograron afectar al Emmanuel; sólo consiguieron enviar al ejército celeste una nueva falange de Mártires.

Estos Niños tuvieron el insigne honor de ser inmolados por el Salvador del mundo; pero, momentos después de su sacrificio, les fueron reveladas repentinamente alegrías, próximas y futuras, muy superiores a las de un mundo que pasaron sin conocerle.

Dios, copioso en misericordia, no exigió de ellos más que el sufrimiento de algunos minutos; y se despertaron en el seno de Abrahán, libres y exentos de toda otra prueba, puros de toda mancha mundana, llamados al triunfo como el guerrero que da su vida para salvar la de su jefe.

Su muerte es, pues, un verdadero Martirio, y por eso la Iglesia los honra con el bello título de Flores de los Mártires, a causa de su tierna edad y de su inocencia.

Tienen, por tanto, derecho a figurar hoy en el ciclo litúrgico, a continuación de los dos esforzados campeones de Cristo San Esteban y San Juan, que ya hemos celebrado.

San Bernardo, en su sermón sobre esta Fiesta, explica admirablemente la conexión de estas tres solemnidades:

“En el bienaventurado Esteban tenemos la acción y la voluntad del martirio; en San Juan, solamente la voluntad, y en los Santos Inocentes sólo el hecho del martirio.

Pero ¿quién dudará de la corona alcanzada por estos niños? Preguntaréis, ¿dónde están los méritos para esta corona? Preguntad, más bien a Herodes, ¿qué crimen cometieron para ser así asesinados?

¿Habrá de vencer la crueldad de Herodes a la bondad de Cristo? Ese rey impío pudo matar a estos Inocentes Niños, ¿y Cristo no habría de poder coronar a los que sólo por su causa murieron?

Esteban fue Mártir a los ojos de los hombres que fueron testigos de su Pasión voluntariamente padecida, hasta el punto de rogar por sus mismos enemigos, mostrándose más sensible al crimen de ellos que a sus propias heridas.

Juan fue mártir a los ojos de los Ángeles que, siendo criaturas espirituales, vieron las disposiciones de su alma.

En verdad, también fueron Mártires tuyos, oh Dios, aquellos cuyo mérito no fue visto, ciertamente, por los hombres ni por los Ángeles, pero a quienes un favor especial de tu gracia se encargó de enriquecer.

De la boca de los recién nacidos y de los niños de pecho te has complacido en hacer brotar tus alabanzas. ¿Cuáles?

Los Ángeles cantaron: ¡Gloria a Dios en las alturas; y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!

Alabanza sublime sin duda, pero que no será completa hasta que Aquel que ha de venir diga: Dejad que los niños se acerquen a mí, porque el reino de los cielos es de quien a ellos se parece; paz a los hombres, aun a aquellos que todavía no tienen el uso de la razón: ése es el misterio de mi misericordia.”

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Dios se dignó hacer, con los Inocentes sacrificados por causa de su Hijo, lo que hace diariamente en el Sacramento del Bautismo, aplicado con frecuencia a niños a quienes arrebata la muerte en las primeras horas de su vida; y nosotros, bautizados en el agua, debemos glorificar a estos recién nacidos, bautizados en su sangre y asociados a todos los misterios de la infancia de Jesucristo.

Debemos, también, felicitarlos con la Iglesia por la inocencia que conservaron gracias a su gloriosa y prematura muerte.

Purificados primeramente por el rito sagrado que, antes de la institución del Bautismo borraba la mancha original, visitados con anterioridad por una gracia especial que los preparó al sacrificio glorioso para el que estaban destinados, pasaron por esta tierra sin mancillarse en ella.

¡Vivan, pues, por siempre estos tiernos corderos en compañía del Cordero inmaculado!

Y merezca misericordia este mundo envejecido en el pecado, asociando sus voces al triunfo de estos escogidos de la tierra que, semejantes a la paloma del arca, no encontraron sitio donde posar sus plantas.

huida

Mas, en esta alegría del Cielo y de la tierra, la Santa Iglesia romana no pierde de vista el llanto de las madres que vieron arrancar de su regazo e inmolar con la espada de los soldados a aquellas prendas queridas de su corazón.

Y así ha recogido el clamor de Raquel; y no trata de consolarla, sino más bien de compartir su pena. Para honrar este maternal dolor, consiente en suspender hoy en parte las manifestaciones del gozo que inunda su corazón en la Octava de Cristo recién nacido.

Salvo en día Domingo, no se atreve a revestirse del purpúreo color de los Mártires para no recordar con demasiada viveza la sangre que corre hasta el mismo regazo de las madres; tampoco usa el color blanco, que es señal de alegría y no dice bien con tan acerbos dolores. Reviste el color morado, propio del duelo y de las añoranzas.

Si la fiesta no cae en Domingo, llega hasta a suprimir el canto del Gloria in excelsis, a pesar de serle tan querido en estos días, en que los Ángeles le entonaron en la tierra; renuncia al jubiloso Aleluya en la celebración del Sacrificio; en una palabra, se muestra, como siempre, inspirada por esa delicadeza sublime y cristiana, de la que la santa Liturgia es escuela tan admirable.

Pero, después de este homenaje debido a la maternal ternura de Raquel, y que derrama por todo el oficio de los Santos Inocentes una tan conmovedora melancolía, no pierde de vista tampoco la gloria de que gozan estos Bienaventurados Niños; a su solemne recuerdo consagra toda una semana, como lo ha hecho con San Esteban y San Juan.

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En Roma, la Estación se celebra en la Basílica de San Pablo extra Muros, cuyo relicario se precia de poseer algunos de los cuerpos de los Santos Inocentes. En el siglo XVI, Sixto V sacó parte de ellos para colocarlos en la Basílica de Santa María la Mayor, junto al Pesebre del Salvador.

La Santa Iglesia ensalza en el Introito la sabiduría de Dios, que supo burlar los cálculos de la ambición de Herodes y sacar gloria de la cruel inmolación de los Niños de Belén, elevándolos a la dignidad de Mártires de Cristo, cuyas grandezas celebran ellos con gratitud eterna:

De la boca de los niños y de los lactantes sacaste, oh Dios, alabanza contra tus enemigos. Señor, Señor nuestro: cuán admirable es tu nombre en toda la tierra.

En la Colecta, la Iglesia pide que sus fieles confiesen con sus obras la fe de Jesucristo. Es distinto el testimonio de los Niños que no hablan más que con sus sufrimientos, y el testimonio del cristiano llegado al uso de la razón, al cual se le ha dado la fe para que la confiese delante de los tiranos, si es preciso, pero siempre delante del mundo y de las pasiones. Nadie es llamado al carácter sagrado de cristiano para guardarlo en secreto:

Oh Dios, cuya gloria confesaron hoy los Inocentes Mártires no hablando sino muriendo, mortifica en nosotros todas nuestras pasiones; para que confesemos también, con nuestras vidas y costumbres, la fe que pregona nuestra lengua.

Al escoger el misterioso pasaje del Apocalipsis para la Epístola, la Iglesia nos quiere mostrar el aprecio que hace de la inocencia, y la idea que nosotros debemos tener de ella.

Los Inocentes siguen al Cordero porque son puros. Sus obras personales en la tierra no llamaron la atención, pero atravesaron rápidamente el camino de este mundo sin contaminarse.

Su pureza, menos probada que la de Juan, pero enrojecida en su sangre, atrajo las miradas del Cordero, y los tomó en su compañía.

Suspire, pues, el cristiano por esta inocencia, pues tales distinciones merece. Si la ha conservado, guárdela y defiéndala con el celo con que se guarda un tesoro; si la ha perdido, repárela por los trabajos de la penitencia; y una vez recuperada, realice la palabra del Maestro que dice: El que ha sido lavado sea puro en adelante.

El santo Evangelio narra con su sublime sencillez el Martirio de los Inocentes. Herodes envió a matar a todos los niños menores de dos años. Fue segada para el Cielo esta abundante mies y la tierra no se conmovió. Únicamente los lamentos de Raquel subieron hasta el Cielo, haciéndose enseguida silencio en Belén.

Mas no por eso dejó el Señor de agregar estas felices víctimas a la corte de su Hijo.

Desde el fondo de su cuna, Jesús los contemplaba y bendecía; María compadecía sus breves sufrimientos y el dolor de sus madres; la Iglesia, que iba a nacer pronto, glorificaría a través de los siglos la inmolación de estos tiernos corderos, fundando sus mayores esperanzas en el patrocinio de estos niños, que de repente se hicieron tan poderosos ante el corazón de su divino Esposo.

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¡Bienaventurados Inocentes!, celebramos vuestro triunfo, y os felicitamos por haber sido elegidos para ser compañeros de Cristo junto a su cuna.

¡Qué glorioso despertar el vuestro!, cuando después de haber sido pasados por la espada conocisteis que la luz deslumbradora de la gloria iba a constituir vuestra herencia.

¡Qué gratitud la que demostrasteis al Señor!, por haberos escogido entre tantos miles de niños, para honrar con vuestro sacrificio la cuna de su Hijo.

Antes del combate, la corona ciñó vuestra frente; la palma vino por sí misma a vuestras débiles manos, antes de que pudierais realizar esfuerzo alguno para recogerla: así de espléndido se mostró el Señor con vosotros, probándonos que es dueño de sus dones.

¿No era justo que el Nacimiento del Hijo de este soberano Rey fuera señalado por algún magnífico presente?

No tenemos envidia, ¡oh Inocentes Mártires! Damos gloria a Dios, que os ha elegido, y proclamamos con toda la Iglesia vuestra dicha inenarrable.

¡Oh flores de los Mártires!, permitid que depositemos en vosotros nuestra confianza y que nos atrevamos a suplicaros, por la gracia gratuita que os fue otorgada, no os olvidéis de vuestros hermanos que luchan en medio de los azares de este mundo pecador.

Esas palmas y guirnaldas con que juega vuestra inocencia, también nosotros las deseamos. Trabajamos penosamente para hacernos con ellas y a veces nos parece que las vamos a perder para siempre.

Ese Dios, que a vosotros os ha glorificado, es también nuestro fin; sólo en Él encontraremos nuestro descanso; rogad para que lo alcancemos.

Pedid para nosotros la sencillez, la infancia de corazón, esa ingenua confianza en Dios, que llega hasta el fin en el cumplimiento de su voluntad.

Lograd que llevemos con paz su cruz, si nos la envía, y que sólo deseemos complacerle.

Vuestra boca infantil sonreía a los verdugos cuando, en medio de sangriento tumulto, vinieron a interrumpir vuestro sueño; vuestras manos parecían jugar con la espada que iba a traspasar vuestro corazón; eráis graciosos hasta en presencia de la muerte. Conseguid que también nosotros seamos pacientes en las tribulaciones cuando el Señor nos las envíe. Haced que constituyan para nosotros un verdadero martirio por la serenidad de nuestro ánimo, por la unión de nuestra voluntad con la de nuestro soberano Maestro, que sólo prueba para dar el galardón.

No nos sean odiosos los instrumentos de que se sirve; no se apague el amor en nuestros corazones; y nada altere esa paz sin la cual el alma cristiana no puede agradar a Dios.

Finalmente, ¡oh tiernos corderos inmolados por Jesús!, vosotros que le seguís por todas partes por ser puros, conceded que también nosotros nos acerquemos al celestial Cordero que a vosotros os conduce.

Fijadnos en Belén con vosotros para que no salgamos más de esa mansión de amor y de inocencia.

Presentadnos a María vuestra Madre, más tierna aún que Raquel; decidle que también nosotros somos hijos suyos, que somos hermanos vuestros, y que así como Ella se apiadó de vuestros momentáneos dolores, se apiade también de nuestras constantes miserias.