ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – DICIEMBRE 2016 – 2° PARTE

SANTO TOMÁS DE AQUINO

TRATADO DE LAS PASIONES

Ia– IIæ
CUESTIÓN 45

LA AUDACIA

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Diciembre de 2016.

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Pasamos ahora a tratar de la audacia. Esta cuestión plantea y exige respuesta a cuatro problemas:

1º. ¿Es la audacia contraria al temor?

2º. ¿Cómo se relaciona la audacia con la esperanza?

3º. De la causa de la audacia.

4º. De su efecto.

ARTÍCULO 1

La audacia es contraria al temor

Es de la esencia de los contrarios que haya entre ellos la máxima distancia.

Ahora bien, lo que más dista del temor es la audacia, pues el temor rehúye el daño futuro a causa de su victoria sobre el que teme, mientras la audacia afronta el peligro inminente por razón de su propia victoria sobre el peligro mismo.

Luego manifiestamente la audacia es contraria al temor. 

ARTÍCULO 2

La audacia sigue a la esperanza

Todas estas pasiones del alma pertenecen a la potencia apetitiva, y todo movimiento de la potencia apetitiva se reduce a una prosecución o a una huida.

Y la prosecución o huida es de algo, ya directa, ya indirectamente.

Directamente o de suyo, la prosecución es del bien, y la huida, del mal; pero indirecta o accidentalmente la prosecución puede ser del mal por razón de un bien adjunto, y la huida, del bien, por razón de un mal anejo.

Mas lo que es accidental sigue a lo que es esencial y directo.

Y, por consiguiente, el acercamiento al mal sigue a la aproximación al bien, como la huida del bien sigue a la huida del mal.

Ahora bien, estas cuatro cosas corresponden a cuatro pasiones, pues:

 la prosecución del bien pertenece a la esperanza;

 la huida del mal, al temor;

 la aproximación al mal terrible, a la audacia;

 y la huida del bien, a la desesperación.

De donde resulta que la audacia sigue a la esperanza, pues por lo mismo que alguien espera superar una cosa terrible inminente, la persigue audazmente.

Pero la desesperación sigue al temor, pues la razón de que uno desespere es porque teme la dificultad aneja al bien que debería esperar.

3ª Objeción: La audacia tiende a un bien, esto es, a la victoria. Pero tender al bien arduo es propio de la esperanza. Luego la audacia es lo mismo que la esperanza, y, por consiguiente, no sigue a ésta.

Respuesta: La audacia, aunque es acerca de un mal al que está unido el bien de la victoria en la apreciación del audaz, mira, sin embargo, al mal, mientras que la esperanza mira al bien adjunto. Y de la misma manera, la desesperación mira directamente al bien que rehúye, mientras el temor mira al mal adjunto. Por consiguiente, propiamente hablando, la audacia no es una parte de la esperanza, sino su efecto, como tampoco la desesperación es parte del temor, sino su efecto. Y por esta misma razón la audacia no puede ser pasión principal.

ARTÍCULO 3

Ningún defecto es la causa de la audacia

La audacia sigue a la esperanza y es contraria al temor.

Por lo cual, todo lo que por su naturaleza está ordenado a causar la esperanza o a excluir el temor es causa de la audacia.

Y como el temor y la esperanza, e incluso la audacia, consisten, por ser pasiones, en un movimiento del apetito y en una transmutación corporal, la causa de la audacia puede considerarse de dos maneras, ya en cuanto a suscitar la esperanza, ya en cuanto a excluir el temor. La primera, por parte del movimiento apetitivo; y la segunda, por parte de la transmutación corporal.

Por parte del movimiento apetitivo que sigue a la aprehensión, se suscita la esperanza, causa de la audacia, por aquello que nos hace estimar como posible el conseguir la victoria, bien sea por el propio poder, como la fortaleza corporal, la experiencia en los peligros, la abundancia de riquezas y otras cosas similares; o bien por el poder de otros, como la multitud de amigos o de cualesquiera otros auxiliares, y principalmente si el hombre confía en la ayuda divina.

Y el temor se excluye, en cuanto a esta manera, por el alejamiento de lo terrible amenazador; por ejemplo, no teniendo enemigos por no haber causado daño a nadie, el hombre no ve que le amenace peligro alguno, pues los peligros parecen amenazar especialmente a quienes han causado daño a otros.

En cambio, por parte de la transmutación corporal, la audacia es causada mediante la suscitación de la esperanza y la exclusión del temor por aquellas cosas que producen calor alrededor del corazón.

Por lo cual dice Aristóteles que aquellos que tienen el corazón pequeño cuantitativamente son más audaces, y los animales que tienen el corazón grande cuantitativamente, son tímidos; porque el calor natural no puede calentar tanto un corazón grande como uno pequeño, del mismo modo que el fuego no puede calentar tanto una casa grande como una pequeña. Y dice que los que tienen pulmón sanguíneo son más audaces por el calor del corazón que resulta de ello. Y afirma que los amadores del vino son más audaces por el calor del vino.

Por eso la embriaguez contribuye a dar buena esperanza, pues el calor del corazón rechaza el temor y suscita la esperanza por la extensión y amplitud del corazón.

Respuesta a las objeciones:

1ª. La embriaguez causa la audacia, no en cuanto es un defecto, sino en cuanto produce la dilatación del corazón, y también en cuanto crea la imagen de una cierta grandeza.

2ª. Los que no tienen experiencia de los peligros son más audaces no por un defecto, sino accidentalmente, es decir, en cuanto que por su inexperiencia no conocen la propia debilidad ni la presencia de los peligros. Y así, por la eliminación de la causa del temor, resulta la audacia.

3ª. Como indica Aristóteles, los que han sufrido injusticia se hacen más audaces, porque estiman que Dios socorre a los que padecen injusticia.

Y de esta manera queda claro que ningún defecto causa la audacia a no ser accidentalmente, en cuanto tiene adjunta alguna excelencia verdadera o imaginaria, por parte de sí o por parte de otro.

ARTÍCULO 4

Los audaces son más valerosos al principio que en medio del peligro

La audacia, siendo un movimiento del apetito sensitivo, sigue a la aprehensión de la potencia sensitiva.

Ahora bien, la potencia sensitiva no compara ni examina cada una de las circunstancias de una cosa, sino que forma un juicio inmediato.

Mas ocurre a veces que es imposible conocer en la aprehensión inmediata todas las dificultades que se presentan en un asunto determinado. De ahí que surja un movimiento de audacia para hacer frente al peligro.

Y por eso, cuando experimentan el peligro mismo, sienten una dificultad mayor de la que se habían figurado. Y, en consecuencia, ceden.

En cambio, la razón es capaz de examinar atentamente todo lo que ofrece dificultad en un asunto.

Y por eso, los fuertes, que afrontan los peligros según el juicio de la razón, al principio parecen remisos, porque no acometen con pasión, sino con la debida deliberación. Mas cuando se hallan en medio de los peligros no experimentan cosa alguna imprevista, sino que algunas veces son menores de lo que habían pensado de antemano. Y por eso son más perseverantes.

O también porque afrontan los peligros por el bien de la virtud, y su voluntad del bien se mantiene firme en ellos por grandes que sean los peligros, mientras que los audaces lo hacen por la mera apreciación que produce en ellos la esperanza y excluye el temor.

CUESTIÓN 46

DE LA IRA EN SÍ MISMA

Corresponde a continuación tratar de la ira. Primero, de la ira en sí misma; segundo, de la causa que produce la ira y de su remedio; tercero, de su efecto.

La primera de estas cuestiones plantea y exige respuesta a ocho problemas:

1º. ¿Es la ira una pasión especial?

2º. ¿Es el objeto de la ira el bien o el mal?

3º. ¿Reside la ira en el concupiscible?

4º. ¿Se da la ira con la razón?

5º. ¿Es la ira más natural que la concupiscencia?

6º. ¿Es la ira más grave que el odio?

7º. ¿Se refiere la ira solamente a aquellos a quienes se refiere la justicia?

8º. De las especies de la ira.

ARTÍCULO 1

La ira es una pasión especial

Una cosa se denomina general de dos modos.

Uno, por predicación, como animal es general respecto de todos los animales.

Otro, por causalidad, como el sol es la causa general de todo lo que es engendrado aquí abajo. Pues así como el género contiene muchas diferencias en potencia en cuanto a la semejanza de la materia, así la causa agente contiene muchos efectos en cuanto a su potencia activa.

Ahora bien, sucede que algún efecto es producido mediante el concurso de diversas causas, y como toda causa de alguna manera permanece en su efecto, puede decirse también, de un tercer modo, que el efecto producido por una multitud de causas implica una cierta generalidad, en cuanto que contiene de alguna manera en acto muchas causas.

Así, pues, la ira no es una pasión general del primer modo, sino que forma parte de una división con otras pasiones.

E igualmente tampoco lo es del segundo modo, pues no es causa de otras pasiones, aunque el amor puede llamarse pasión general en este sentido, porque el amor es la primera raíz de todas las pasiones.

En cambio, la ira puede llamarse pasión general del tercer modo, en cuanto es causada por el concurso de muchas pasiones.

En efecto, el movimiento de la ira no surge sino a causa de alguna tristeza inferida y supuestos el deseo y la esperanza de vengarse, porque el airado tiene esperanza de castigar, pues desea la venganza en cuanto le es posible.

Por eso, si la persona que causó el daño es muy superior, no se sigue la ira, sino solamente tristeza.

3ª Objeción: Una pasión especial no incluye otra. Pero la ira incluye muchas pasiones, pues se da con la tristeza y con la delectación y con la esperanza. Luego la ira no es una pasión especial.

Respuesta: La ira incluye muchas pasiones, no, ciertamente, como el género las especies, sino más bien según la inclusión de la causa en el efecto.

ARTÍCULO 2

La ira es una pasión compuesta en cierto modo de pasiones contrarias

El movimiento de la potencia apetitiva sigue al acto de la potencia aprehensiva.

Ahora bien, la potencia aprehensiva conoce una cosa de dos modos.

Primero, a modo de algo simple, como cuando entendemos qué es el hombre.

Segundo, a modo de algo complejo, como cuando entendemos que lo blanco está en el hombre.

Por consiguiente, la potencia apetitiva puede tender al bien y al mal de ambos modos.

A modo de algo simple o incomplejo, cuando el apetito absolutamente sigue o se adhiere al bien o rehúye el mal. Y tales movimientos son el deseo y la esperanza, la delectación y la tristeza, y otras cosas similares.

Y a modo de algo complejo, como cuando el apetito está interesado en que un bien o un mal se halle o se realice en otro, ya tendiendo hacia esto, ya huyendo de aquello. Esto se ve manifiestamente en el amor y en el odio. En efecto, amamos a alguno en cuanto queremos que se halle en él un determinado bien, y le odiamos en cuanto que queremos que se halle en él un determinado mal.

Y lo mismo ocurre en la ira, pues todo el que se irrita, busca vengarse de alguien.

Y así, el movimiento de la ira tiende a dos cosas, a saber, a la venganza misma, la que desea y espera como un bien, y por eso también se deleita en ella.

Y tiende, además, hacia aquel de quien busca vengarse como hacia algo contrario y nocivo, lo cual pertenece a la razón de mal.

Hay que observar, sin embargo, una doble diferencia en esta relación de la ira con el odio y con el amor.

La primera es que la ira siempre mira a dos objetos, mientras el amor y el odio a veces miran a un objeto solamente, como cuando se dice que alguien ama u odia el vino o algo semejante.

La segunda es que los dos objetos a los que mira el amor son buenos, pues el que ama quiere el bien para alguien como conveniente para el mismo. Y los dos objetos a los que mira el odio implican razón de mal, pues el que odia quiere el mal para alguien como cosa inconveniente para ese tal.

Pero la ira mira a un objeto según la razón de bien, es decir, a la venganza que desea; y al otro bajo la razón de mal, esto es, como a un hombre nocivo, del cual quiere vengarse.

Y, por tanto, es una pasión compuesta en cierto modo de pasiones contrarias.

ARTÍCULO 3

La ira reside en el irascible

Las pasiones del irascible difieren de las del concupiscible en que el objeto de éstas son el bien y el mal en absoluto, mientras el objeto de las pasiones del irascible son el bien y el mal con una cierta grandeza y arduidad.

Ahora bien, se ha dicho que la ira mira a dos objetos, esto es, a la venganza que desea y a aquel de quien busca vengarse.

Y acerca de ambas cosas la ira requiere cierta arduidad, pues el movimiento de la ira no surge si no se da una cierta magnitud, puesto que lo que no es nada o muy poco no merece ninguna estima.

Por tanto, es evidente que la ira no reside en el concupiscible, si no en el irascible.

Respuesta a las objeciones:

2ª) Se afirma que la ira crece hasta el odio, no en el sentido de que la misma pasión, que antes fue ira, después se haga odio por una especie de arraigo, sino por una cierta causalidad. La ira, en efecto, que dura largo tiempo, causa el odio.

3ª) Se afirma que la ira está compuesta de tristeza y deseo, no como de partes, sino como de causas. En efecto, las pasiones del concupiscible causan las pasiones del irascible.

ARTÍCULO 4

La ira se da en cierto modo con la razón

La ira es el apetito de venganza.

Pero ésta implica la comparación entre el castigo que debe infligirse con el daño recibido.

Por eso dice Aristóteles que el que silogiza que debe atacar a alguien se irrita inmediatamente.

Ahora bien, comparar y sacar conclusiones es propio de la razón.

Y, por consiguiente, la ira se da en cierto modo con la razón.

Respuesta a las objeciones:

1ª).El movimiento de la potencia apetitiva puede darse con la razón de dos modos.

Uno, con la razón imperando, y así la voluntad acompaña a la razón, por lo que también se llama apetito racional.

Otro, con la razón denunciando, y de este modo la ira se da con la razón.

En efecto, dice Aristóteles que la ira se da con la razón, no como razón que impera, sino como razón que manifiesta la injuria. Porque el apetito sensitivo no obedece inmediatamente a la razón, sino mediante la voluntad.

3ª) La ira escucha de alguna manera a la razón, en cuanto anuncia que se le ha hecho un ultraje, pero no escucha enteramente, porque no guarda la regla de la razón en contrapesar la venganza.

La ira, por tanto, requiere algún acto de la razón y pone un obstáculo a la razón.

Por eso Aristóteles que los que están muy ebrios, como se hallan privados de todo juicio de la razón, no se aíran; pero los que están poco ebrios se irritan, porque conservan el juicio de la razón, aunque impedido.

ARTÍCULO 5

La ira es más natural que la concupiscencia

Se llama natural lo que es causado por la naturaleza.

Por consiguiente, la cuestión de si una pasión es más o menos natural no puede decidirse sino por su causa.

Ahora bien, la causa de la pasión puede considerarse de dos modos: uno, por parte del objeto, y otro, por parte del sujeto.

Si, pues, se considera la causa de la ira y de la concupiscencia por parte del objeto, así la concupiscencia, principalmente de la comida y de lo venéreo, es más natural que la ira, en cuanto estas cosas son más naturales que la venganza.

En cambio, si se considera la causa de la ira por parte del sujeto, entonces en algún aspecto la ira es más natural, y, en algún otro lo es la concupiscencia.

En efecto, la naturaleza de un hombre puede considerarse o según la naturaleza genérica, o según la específica, o bien según la complexión del individuo.

Si, pues, se considera la naturaleza genérica, que es la naturaleza de este hombre en cuanto animal, así la concupiscencia es más natural que la ira, porque por su misma naturaleza común tiene el hombre inclinación a apetecer lo que conserva la vida tanto según la especie como en cuanto al individuo.

Pero si consideramos la naturaleza del hombre por parte de la especie, es decir, en cuanto racional, así la ira es más natural al hombre que la concupiscencia, por cuanto la ira se da más con la razón que la concupiscencia.

Por eso dice Aristóteles que es más humano castigar, lo cual es propio de la ira, que ser manso, pues cada ser se alza naturalmente contra las cosas contrarias y nocivas.

Y si se considera la naturaleza de un individuo concreto según su propia complexión, entonces la ira es más natural que la concupiscencia, puesto que a la disposición natural a airarse, que procede de la complexión, sigue con mayor facilidad la ira que la concupiscencia o cualquiera otra pasión.

El hombre, en efecto, está dispuesto a irritarse en cuanto que tiene complexión biliosa, y la bilis se mueve más rápidamente que los demás humores, pues se asemeja al fuego.

Y por eso aquel que se halla dispuesto a la ira por complexión natural se irrita con más prontitud que pasa al deseo ardiente el que está predispuesto a la concupiscencia.

Y por esta razón dice Aristóteles que la ira se transmite de padres a hijos más que la concupiscencia.

1ª Objeción: Se dice que es propio del hombre ser un animal manso por naturaleza. Pero la mansedumbre se opone a la ira. Luego la ira no es más natural que la concupiscencia, sino que parece ser enteramente contra la naturaleza del hombre.

Respuesta: En el hombre puede considerarse no sólo la complexión natural por parte del cuerpo, que es atemperada, sino también la razón misma. Por parte, pues, de la complexión corporal, no hay en el hombre naturalmente, según su especie, predominio de la ira ni de ninguna otra pasión, debido al equilibrio de su complexión.

En cambio, los otros animales, en cuanto que se apartan de esta clase de complexión hacia la disposición de una complexión extrema, por eso mismo se disponen naturalmente al exceso de alguna pasión, como el león a la audacia, el perro a la ira, la liebre al temor, etc.

Y por parte de la razón es natural al hombre tanto irritarse como ser manso, en cuanto que la razón de alguna manera causa la ira denunciando su causa, y de alguna manera la calma, por cuanto el airado no escucha del todo el imperio de la razón.

 

ARTÍCULO 6

La ira no es más grave que el odio

La especie de una pasión y su naturaleza se aprecian por su objeto.

Ahora bien, el objeto de la ira y del odio es el mismo en cuanto al sujeto, pues así como el que odia desea el mal a aquel a quien odia, así el airado a aquel contra quien se irrita.

Pero no por la misma razón, sino que el que odia desea el mal, en cuanto tal, del enemigo; mientras que el airado desea el mal de aquel contra quien se irrita, no en cuanto mal, sino en cuanto tiene alguna razón de bien, es decir, por estimar que aquel mal es justo, en cuanto vindicativo.

Por eso se ha dicho antes que el odio tiene lugar por la aplicación de un mal al malo, mientras la ira por la aplicación de un bien al malo.

Ahora bien, es evidente que desear un mal bajo la razón de justo tiene menos carácter de mal que querer absolutamente el mal de uno.

Porque querer el mal de alguien bajo la razón de justo puede ser incluso conforme a la virtud de la justicia, si se obedece el precepto de la razón; y el defecto de la ira está solamente en no obedecer al precepto de la razón al vengarse.

Por lo tanto, es evidente que el odio es mucho peor y más grave que la ira.

Respuestas a las objeciones:

1ª) En la ira pueden considerarse dos cosas, a saber: lo que se desea y la intensidad del deseo.

En cuanto a lo que se desea, la ira implica más misericordia que el odio.

Puesto que el odio desea el mal de otro por el mal mismo, no se sacia con ninguna medida del mal, pues las cosas que se desean por sí mismas se desean sin medida.

Pero la ira no desea el mal sino bajo la razón de justa venganza.

Por eso, cuando, a juicio del airado, el mal infligido sobrepasa la medida de la justicia, entonces se compadece.

Por lo cual dice Aristóteles que el airado, si ocurren muchos males, se compadecerá, mientras el que odia, por ninguno.

En cambio, en cuanto a la intensidad del deseo, la ira excluye la misericordia más que el odio, porque el movimiento de la ira es más impetuoso a causa de la inflamación de la bilis.

2ª) Como se ha indicado en la solución, el airado desea el mal de alguien, en cuanto implica razón de justa venganza.

Ahora bien, la venganza se efectúa por la aplicación de la pena. Y es de la naturaleza de la pena que sea contraria a la voluntad, que sea aflictiva y que se aplique por alguna culpa.

Y por eso el airado desea que aquel a quien causa daño lo perciba y se duela, y sepa que es debido al ultraje que le ha hecho.

En cambio, el que odia no se preocupa nada de esto, porque desea a otro el mal como tal.

3ª) Lo producido por muchas causas es más estable cuando las causas son de la misma naturaleza, pero una causa puede prevalecer sobre otras muchas.

El odio, en cambio, proviene de una causa más permanente que la ira, porque la ira surge de una conmoción del ánimo por una ofensa recibida, mientras que el odio procede de una disposición del hombre, en virtud de la cual estima serle contrario y nocivo aquello que odia.

Y, por tanto, así como la pasión pasa más pronto que la disposición o el hábito, así la ira pasa más pronto que el odio, aunque también el odio sea una pasión que proviene de tal disposición.

Y por eso dice Aristóteles que el odio es más incurable que la ira.

ARTÍCULO 7

La ira pertenece a los mismos a quienes pertenecen la justicia y la injusticia

La ira desea el mal en cuanto tiene razón de justa venganza.

Y por eso la ira se refiere a los mismos que la justicia y la injusticia.

Porque aplicar la venganza corresponde a la justicia, mientras que perjudicar a alguien es propio de la injusticia.

Por consiguiente, tanto por parte de la causa, que es el daño inferido por otro, como también por parte de la venganza, que desea el airado, es evidente que la ira pertenece a los mismos a quienes pertenecen la justicia y la injusticia.

ARTÍCULO 8

Se asignan convenientemente las especies de la ira

Las tres especies de ira que establece el Damasceno y también San Gregorio Niseno se toman de aquello que da a la ira algún aumento. Esto ocurre de tres modos.

Uno, por la facilidad del mismo movimiento. Y a tal ira la llama bilis o cólera, porque se enciende rápidamente.

Otro, por parte de la tristeza que causa la ira, la cual permanece mucho tiempo en la memoria; y ésta pertenece a la manía, que se deriva de manendo (permaneciendo).

Él tercero, por parte de lo que apetece el airado, es decir, de la venganza; y ésta corresponde al furor, que no descansa hasta que castiga.

Por eso Aristóteles a algunos de los que se irritan los llama agudos, porque se enojan pronto; a otros, amargos, porque retienen la ira por largo tiempo; a otros, difíciles, porque jamás descansan si no castigan.

3ª Objeción: San Gregorio establece tres grados de ira, a saber: ira sin voz, ira con voz e ira con palabra, conforme a las tres cosas que pone el Señor (Mt 5, 22): El que se enoja con su hermano, donde se trata de la ira sin voz; y después añade: El que dijere a su hermano raca, donde se trata de la ira con voz, pero aún no formada con palabra completa; y, por último, dice: Y el que dijere a su hermano fatuo, donde se completa la voz con la perfección de la palabra. Luego la división de la ira propuesta por el Damasceno es insuficiente, no poniendo nada relativo a la voz.

Respuesta: Esos grados de ira se distinguen por el efecto de la ira, y no por la diversa perfección del movimiento mismo de la ira.

CUESTIÓN 47

DE LA CAUSA DE LA IRA Y DE SUS REMEDIOS

Pasamos ahora a tratar de la causa efectiva de la ira y de sus remedios. Esta cuestión plantea y exige respuesta a cuatro problemas:

1º. ¿Es siempre el motivo de la ira algo hecho contra el que se irrita?

2º. ¿Es sólo el desdén o desprecio el motivo de la ira?

3º. De la causa de la ira por parte del que se irrita.

4º. De la causa de la ira por parte de aquel contra quien uno se irrita.

ARTÍCULO 1

El motivo de la ira es siempre algo hecho contra el que se irrita

Sed contra: Dice Aristóteles que la ira se produce siempre por cosas que afectan a uno mismo. Pero la enemistad también cabe sin éstas, porque, si juzgamos que alguien es tal o cual cosa, le odiamos.

La ira es el deseo de causar daño a otro bajo la razón de justa venganza.

Pero la venganza no tiene lugar sino donde ha precedido la injuria.

Y no toda injuria incita a la venganza, sino solamente la que afecta al que desea la venganza, porque así como cada ser apetece naturalmente el bien propio, así también rechaza naturalmente el mal propio.

Ahora bien, la injuria hecha por alguien no afecta a uno, a no ser que de algún modo la haga contra él.

2ª Objeción: La ira es un deseo de venganza. Pero alguno desea vengarse también de lo que se hace contra otros. Luego no siempre el motivo de la ira es algo hecho contra nosotros.

Respuesta: Nos airamos contra aquellos que perjudican a otros, y deseamos la venganza en cuanto los dañados nos pertenecen de alguna manera, bien por afinidad o amistad, o bien, al menos, por la comunidad de naturaleza.

3ª Objeción: Como dice Aristóteles, los hombres se irritan principalmente contra los que desprecian aquello en lo que ellos se ocupan especialmente, como los estudiosos de la filosofía se irritan contra los que desprecian la filosofía, e igualmente en otras cosas. Pero despreciar la filosofía no es causar daño al que estudia. Luego no siempre nos airamos por lo que se hace contra nosotros.

Respuesta: Aquello en lo que principalmente nos ocupamos, lo consideramos como un bien propio. Y por eso, cuando es despreciado, pensamos que también nosotros somos despreciados y nos damos por ofendidos.

4ª Objeción: El que guarda silencio ante el que le insulta, le provoca más a la ira, como dice San Juan Crisóstomo. Pero por el hecho de callar nada hace contra él. Luego no siempre se provoca la ira de uno por algo que se hace contra él.

Respuesta: El que calla provoca la ira del que le injuria, cuando parece callar por desprecio, como si tuviese en poco la ira del otro. Y ese desdén es un acto.

ARTÍCULO 2

El menosprecio o desdén es el motivo de la ira

Todas las causas de la ira se reducen al menosprecio.

Hay, en efecto, tres especies de menosprecio, a saber: el desdén, la oposición o impedimento para cumplir la propia voluntad, y la contumelia.

Y todos los motivos de la ira se reducen a estos tres, por una doble razón.

La primera, porque la ira desea el daño de otro en cuanto tiene razón de justa venganza, y, en tanto busca la venganza en cuanto parece ser justa. Y no se toma justa venganza sino de lo que ha sido hecho injustamente. De ahí que lo que provoca a ira sea siempre algo bajo la razón de injusto.

Por lo cual dice Aristóteles que los hombres no se irritan, si piensan que sufren justamente de parte de quien les causa daño, porque la ira no surge contra lo justo.

Ahora bien, se puede hacer daño a uno de tres maneras; a saber: por ignorancia, por pasión y por elección. Y entonces comete uno mayor injusticia cuando causa daño por elección, o de propósito o con malicia cierta.

Y por eso nos irritamos especialmente contra aquellos que pensamos nos han perjudicado de propósito. Porque si juzgamos que algunos nos han injuriado por ignorancia o pasión, o no nos enojamos contra ellos, o mucho menos, pues el hacer algo por ignorancia o pasión disminuye la razón de injuria y, en cierto modo, mueve a misericordia y a perdón.

En cambio, los que de propósito causan daño parecen pecar por desprecio, y por eso nos enojamos grandemente contra ellos. Por lo que dice Aristóteles que contra los que hicieron algo con ira, o no nos enojamos o nos enojamos menos, pues no parecen haber obrado por menosprecio.

La segunda razón es porque el menosprecio se opone a la excelencia del hombre, pues los hombres menosprecian las cosas que de nada son dignas.

Ahora bien, nosotros buscamos alguna excelencia en todos nuestros bienes.

Y, por consiguiente, cualquier daño que se nos infiera, en cuanto rebaja nuestra excelencia, parece pertenecer al menosprecio.

3ª Objeción: Aristóteles señala otras muchas causas de la ira; por ejemplo, el olvido y el alegrarse en las desgracias, el anuncio de males, el impedir conseguir lo que uno quiere. Luego no sólo el desdén es provocador de la ira.

Respuesta: Todas esas causas se reducen al menosprecio.

El olvido, en efecto, es señal evidente de menosprecio, pues las cosas que apreciamos mucho, las grabamos más en la memoria.

Igualmente, proviene de cierto menosprecio no temer contristar a alguien, anunciándole cosas infaustas.

El que muestra señales de alegría en las desgracias de alguien, también parece preocuparse poco del bien o mal del mismo.

De igual modo, el que impide a alguien conseguir su propósito sin obtener provecho alguno para sí, no parece preocuparse mucho de su amistad.

Y, por lo tanto, todas esas cosas, en cuanto son señales de menosprecio, provocan a ira.

ARTÍCULO 3

La excelencia es causa de enojarse más fácilmente

La causa de la ira en el que se enoja puede considerarse de dos modos.

Uno, por la relación al motivo de la ira. Y en este sentido la excelencia es causa de que uno se irrite con facilidad. Porque el motivo de la ira es el menosprecio injusto, como se ha dicho.

Ahora bien, consta que, cuanto más excelente es uno, más injustamente es menospreciado en aquello en que sobresale.

Y, por tanto, aquellos que sobresalen en alguna cosa se enojan grandemente si son menospreciados; por ejemplo, si el rico es menospreciado en su riqueza y el orador en su elocuencia, y así respecto de otros.

El segundo modo de considerar la causa de la ira en el que se enoja es por parte de la disposición producida en él por tal motivo. Es evidente que nada mueve a ira sino el daño que contrista.

Ahora bien, las cosas que implican defecto son especialmente contristantes, porque los hombres sujetos a deficiencias son más fácilmente agraviados.

Y ésta es la causa por la que los hombres débiles o que adolecen de otros defectos se irritan más fácilmente, porque se contristan con más facilidad.

2ª Objeción: Dice Aristóteles que algunos se enojan, sobre todo, cuando se desprecia en ellos aquello de lo que puede sospecharse que o no lo poseen o lo poseen escasamente, pero cuando creen que sobresalen mucho en aquello en que son despreciados, no se preocupan. Pero dicha sospecha proviene de un defecto. Luego el defecto más bien que la excelencia es causa de que uno se enoje.

Respuesta: El que es despreciado en lo que manifiestamente sobresale en gran manera, no considera sufrir por ello daño alguno y, por eso, no se contrista. Y en este sentido se enoja menos. Pero, por otro lado, en cuanto es más indigno el desprecio, tiene mayor razón para irritarse. A menos que piense que no es envidiado o escarnecido por desprecio, sino por ignorancia u otra cosa parecida.

3ª Objeción: Las cosas que pertenecen a la excelencia hacen a los hombres especialmente afables y esperanzados. Pero dice Aristóteles que en el juego, en la risa, en la fiesta, en la prosperidad, en la culminación de las obras, en el placer honesto y en la esperanza bien fundada no se irritan los hombres. Luego la excelencia no es causa de la ira.

Respuesta: Todas esas cosas impiden la ira, en cuanto impiden la tristeza. Pero, por otra parte, son aptas naturalmente para provocar la ira, porque hacen que un nombre sea impropiamente despreciado.

ARTÍCULO 4

El defecto de otro es causa de que nos enojemos más fácilmente contra él

Sed contra: Aristóteles dice que el rico se irrita contra el pobre si éste le desprecia, y el que gobierna contra el súbdito.

Como se ha indicado el desprecio indigno provoca especialmente la ira.

El defecto, pues, o la pequeñez de aquel contra quien nos enojamos contribuye a aumentar la ira, en cuanto aumenta el desprecio indigno.

Porque, así como cuanto mayor es uno tanto más indignamente es despreciado, así cuanto menor es uno tanto más indignamente desprecia.

Y por eso los nobles se irritan si son despreciados por los rústicos, o los sabios por los ignorantes, o los señores por los siervos.

En cambio, si la pequeñez o el defecto disminuye el desprecio indigno, tal parvedad no aumenta, sino que disminuye la ira.

Y de este modo los que se arrepienten de las injurias hechas y confiesan que obraron mal, y se humillan y piden perdón, aplacan la ira, en cuanto parece que no desprecian, sino más bien estiman en mucho a aquellos ante quienes se humillan.

2ª Objeción: No hay defecto mayor que el de la muerte. Pero la ira cesa respecto de los muertos. Luego el defecto de uno no es causa que provoque la ira contra él.

Respuesta: Existen dos motivos por los que cesa la ira con respecto a los muertos.

Primero, porque no pueden dolerse ni sentir, que es lo que pretenden principalmente los airados en aquellos con quienes se irritan.

Segundo, porque ya parecen haber llegado al límite de sus males. De ahí que también cese la ira con respecto a cualesquiera gravemente heridos, porque su mal sobrepasa la medida de la justa retribución.

3ª Objeción: Nadie tiene a uno en poco por ser amigo suyo. Pero nos enojamos más con los amigos si nos ofenden, o si no nos ayudan. Luego el defecto de uno no es causa para irritarnos más fácilmente contra él.

Respuesta: También el desprecio que proviene de los amigos parece ser más indigno. Y por eso, si nos desprecian perjudicándonos o no ayudándonos, nos enojamos más contra ellos por igual razón que lo hacemos también contra los inferiores.

CUESTIÓN 48

DE LOS EFECTOS DE LA IRA

Esta cuestión plantea y exige respuesta a cuatro problemas

1º. ¿Causa la ira delectación?

2º. ¿Produce un gran ardor en el corazón?

3º. ¿Impide en gran manera el uso de la razón?

4º. ¿Produce mutismo?

ARTÍCULO 1

La ira causa delectación

Como declara Aristóteles, las delectaciones, sobre todo las sensibles y corporales, son como medicinas contra la tristeza.

Y por eso, en la medida en que la delectación sirve de remedio a una mayor tristeza o ansiedad, tanto más se percibe el placer.

Ahora bien, es evidente por lo dicho que el movimiento de la ira surge por una injuria recibida que contrista, a cuya tristeza se pone remedio por la venganza.

Y por eso a la venganza actual sigue la delectación, y tanto mayor cuanto mayor fue la tristeza.

Si, pues, la venganza está realmente presente, resulta una delectación perfecta que excluye del todo la tristeza y aquieta el movimiento de la ira.

Pero antes de que la venganza esté presente realmente, se hace presente al airado de dos modos.

Uno, mediante la esperanza, porque nadie se irrita si no espera vengarse.

Otro modo, mediante el pensamiento continuo. Porque a todo el que tiene un deseo le es deleitable detenerse en el pensamiento de lo que desea; por lo cual también son deleitables las imaginaciones de los sueños.

Y por lo mismo, cuando el airado piensa mucho sobre la venganza, se deleita. Sin embargo, no es una delectación perfecta que haga desaparecer la tristeza y, en consecuencia, la ira.

ARTÍCULO 2

La ira produce una gran efervescencia en el corazón

La alteración corporal que se da en las pasiones del alma es proporcionada al movimiento del apetito.

Mas es evidente que todo apetito, aun el natural, tiende más fuertemente a lo que le es conveniente si está presente; por eso vemos que el agua caliente se congela más, como si el frío actuase con más vehemencia contra lo caliente.

Ahora bien, el movimiento apetitivo de la ira es producido por una injuria recibida, como por un contrario presente.

Y por eso el apetito tiende principalmente a rechazar la injuria por el deseo de venganza, de lo cual se sigue una gran vehemencia e impetuosidad en el movimiento de la ira.

Y como el movimiento de la ira no es a modo de retracción, que corresponde al frío, sino más bien a modo de prosecución, que corresponde al calor, consiguientemente, el movimiento de ira viene a ser causa de cierta efervescencia de la sangre y de los espíritus junto al corazón, que es el instrumento de las pasiones del alma.

De ahí que, por la gran perturbación del corazón que se da en la ira, aparezcan principalmente en los airados ciertas señales en los miembros exteriores. Porque, inflamado por los estímulos de la ira, el corazón palpita, el cuerpo tiembla, se traba la lengua, el rostro se enciende, se vuelven torvos los ojos, y de ningún modo se reconoce a los conocidos; con la boca forma sonidos, pero el sentido ignora lo que habla.

ARTÍCULO 3

La ira impide en gran manera el uso de la razón

La mente o razón, aunque no se sirve de órgano corporal en su acto propio, sin embargo, como para su acto necesita de ciertas potencias sensitivas, cuyos actos son impedidos cuando el cuerpo está perturbado, el juicio de la razón también se ve necesariamente impedido por las perturbaciones corporales, como aparece claro en la embriaguez y en el sueño.

Ahora bien, la ira produce principalmente una perturbación alrededor del corazón, de manera que también se extiende hasta los miembros exteriores.

Por consiguiente, la ira es, entre todas las pasiones, la que impide más manifiestamente el juicio de la razón.

ARTÍCULO 4

La ira causa especialmente el mutismo

La ira se da con la razón e impide la razón.

Y por ambas partes puede producir mutismo.

Por parte de la razón, cuando el juicio de ésta conserva su vigor de tal manera que, aunque no logre apartar el efecto del apetito desordenado de la venganza, refrena, sin embargo, la lengua de palabras desordenadas. Por eso San Gregorio dice: A veces la ira impone silencio con una especie de juicio al ánimo perturbado.

Y por parte del impedimento de la razón, porque la perturbación de la ira se extiende a los miembros exteriores, y, sobre todo, a aquellos miembros en los que se manifiesta más claramente el reflejo del corazón, como en los ojos, en el rostro y en la lengua.

Por eso, como se ha dicho, la lengua se traba, el rostro se enciende, los ojos se vuelven fieros.

Así, pues, puede ser tan grande la perturbación de la ira, que impida por completo a la lengua el uso del habla. Y entonces se sigue el mutismo.

1ª Objeción: El mutismo se opone al habla. Pero por el aumento de la ira se llega hasta las palabras. Luego la ira no causa mutismo.

Respuesta: El aumento de la ira a veces llega a impedir que la razón refrene la lengua, mientras otras veces va aún más lejos y llega a impedir el movimiento de la lengua y de otros miembros exteriores.

2ª Objeción: Por la falta de control de la razón sucede que el hombre prorrumpe en palabras desordenadas. Pero la ira impide especialmente el juicio de la razón. Luego produce especialmente un flujo de palabras desordenadas. Por consiguiente, no causa mutismo.

Respuesta: La respuesta es evidente por lo dicho.

3ª Objeción: Dice Mt 12, 34: De la abundancia del corazón habla la boca. Pero la ira perturba, sobre todo, el corazón. Luego causa el mucho hablar.

Respuesta: La perturbación del corazón puede llegar a tal extremo que el movimiento de los miembros exteriores sea impedido por el movimiento desordenado del corazón. Y entonces se produce el mutismo y la inmovilidad de los miembros exteriores, y, en algunas ocasiones, incluso la muerte. Pero si la perturbación no es tan grande, entonces de la abundancia del corazón perturbado se sigue la locución oral.