Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del día de Navidad

Sermones-Ceriani

MISA DEL DÍA

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba desde el principio en Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada se hizo de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la Vida, y la Vida era la Luz de los hombres; y la Luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan. Éste vino como testigo a dar testimonio de la Luz, a fin de que por él todos creyesen. No era él la Luz, sino enviado para dar testimonio de la Luz. El Verbo era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él, mas el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales no nacen de sangre, ni de concupiscencia de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Contemplemos, durante esta Misa del Día, a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

El Evangelio nos presenta un cuadro amplísimo en que se exhiben todos los elementos para definir la trascendental figura de Jesús.

Reivindicamos para Jesucristo en primer lugar su título más glorioso y en el que se funda toda la grandeza de los demás que se le atribuyen: su condición de Hijo de Dios.

Jesús es el Hijo natural de Dios, y, por lo mismo, es Dios.

Cinco veces, por lo menos, se declara Jesús explícitamente a sí mismo Hijo de Dios. Hay, además, gran número de textos que revelan la preexistencia, la misión trascendental y las especiales relaciones que unen a Jesús con el Padre.

De todo el conjunto de estos textos se desprende la certeza por parte de sus interlocutores y de los Evangelistas de que Jesús es más que un puro hombre, y que le unen a Dios lazos íntimos que le colocan, con respecto a Dios, en situación que no ha gozado ningún mortal.

Jesús es el Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural. Alrededor de esta afirmación, que sale de los labios de amigos y enemigos, pero que es especialísima afirmación del mismo Jesús, pueden agruparse otras pruebas de la divinidad de este Hijo de Dios, sacadas de las mismas páginas de los Evangelios.

Están en primer lugar los milagros y las profecías del mismo Jesús, que atestan la verdad de su filiación divina.

La misma forma con que Jesús realiza los milagros es argumento decisivo para demostrar su divinidad. Los hace por virtud propia, sin atribuirlos a ningún ser ni poder superior y sin declararse dependiente de él, como hicieron los demás taumaturgos.

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La preexistencia y la preeminencia de Jesús, antes de todas las cosas y sobre todo ellas, son otro título de su divinidad.

Él es el Verbo de Dios, que existe en Dios mismo desde la eternidad y por quien han sido hechas todas las cosas.

En el orden espiritual y moral se atribuye cualidades y poderes que sólo Dios tiene.

El demonio nada puede sobre Él.

Está absolutamente libre de pecado.

Perdona los pecados, con escándalo de quienes saben que ello es atribución de Dios.

Se llama a sí mismo Luz del mundo, Camino, Verdad y Vida.

Se arroga, como el mismo Dios, el primer lugar en la jerarquía de los objetivos del amor humano: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí: y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

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La misma trascendencia de la doctrina dogmática y moral de Jesús lleva la marca de su divinidad, pues enseña un sistema de doctrina religiosa total, orgánico.

Y, sobre todo, lo enseña en nombre propio, como Maestro autónomo, aunque ejerciendo las funciones que le ha confiado el Padre, que le ha enviado a la tierra, y en cuyo seno lo ha aprendido todo.

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Ante esta visión de conjunto de los argumentos que los Evangelios nos ofrecen en demostración de la divinidad de Jesús, es inútil la estrategia de sus enemigos, de todos los tiempos, de ponderar la grandeza del lado humano de Jesús disimulando o combatiendo abiertamente su divinidad.

Jesús es absolutamente trascendental.

Cuando se hayan acumulado sobre Él todas las alabanzas que pueden rendirse a un hombre, nada se le ha dicho si no se le confiesa Dios, porque hay infinita distancia de las más elevadas cumbres que puedan conquistar los hombres hasta el pedestal inconmovible sobre que descansa la Persona y la obra de Jesús, Hijo de Dios.

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Jesús en los Evangelios es llamado Hijo de Dios, pero más repetidamente se le llama Hijo del hombre.

Es que Jesús es perfecto Dios y perfecto hombre; engendrado de la substancia del Padre antes de todos los siglos, nacido en el tiempo de la substancia de la Madre, como dice el Símbolo de San Atanasio.

Es Jesús Dios verdadero de Dios verdadero; pero es, al propio tiempo, verdadero hombre como nosotros, compuesto de alma y cuerpo, con las mismas facultades espirituales, con los mismos elementos orgánicos, con iguales sentimientos, bien que todo estaba en Él sublimado a la máxima altura de perfección, porque era el Hombre-tipo.

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Bosquejamos la figura humana de Jesús según se desprende de los textos bíblicos.

En distintas ocasiones se emplea en el Antiguo Testamento la locución hijo del hombre, y en todas ellas, excepto una sola, tiene la significación simple de hombre.

Por primera vez emplea el profeta Daniel la locución hijo del hombre en el sentido concreto de alguien que es el Hijo del hombre por antonomasia. En la famosa visión de los cuatro imperios, se le presenta al profeta como un Hijo de hombre, que debía fundar el quinto imperio, indestructible, que no será otro que el reino mesiánico: Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí que venía uno como Hijo de hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano… Y le dio la potestad y el honor y el reino… Su potestad es potestad eterna, que no será destruida…

Desde esta célebre profecía, el Hijo del hombre entre los hebreos, es sinónimo de Mesías.

Es un hombre que será Dios al mismo tiempo: la naturaleza humana viene manifestada por el apelativo ordinario hijo del hombre; la naturaleza y el poder divinos se expresan con la forma con que en el Antiguo Testamento se presenta Dios a los hombres: sobre las nubes del cielo.

De hecho, los judíos del tiempo de Cristo hacían sinónimas las dos locuciones. Caifás, a la respuesta de Jesús: Veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo…, entendió la alusión de Jesús a la profecía de Daniel y se rasgó las vestiduras, por creerle blasfemo, pues se atribuía la naturaleza divina.

El Hijo del hombre representa, pues, en la teología judía el sumo abajamiento de Dios que viene a la tierra en forma humana. El concepto no será precisado hasta que venga la novísima revelación de la Encarnación del Verbo; pero todo el pueblo esperaba el advenimiento de un Hijo de hombre que no sería simple hombre como los demás.

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Jesús se llama a sí mismo en los Evangelios Hijo del hombre ochenta y dos veces. Nadie más que Él le llama así mientras vive en la tierra; San Esteban verá, en pleno Sinedrio, al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios.

¿Qué fin se propone Jesús al presentarse como Hijo del hombre? Demostrar, en primer lugar, que tiene una naturaleza humana como los demás mortales.

Es el Hombre por excelencia: un hombre-tipo, cuya perfección sobrepuja la de todos los hombres; pero que, en lo tocante a los constitutivos esenciales de la naturaleza humana, no difiere de los demás.

Dar, en segundo lugar, testimonio de su mesianidad. Pronuncia Jesús esta palabra a menudo con cierto énfasis, como para dar cuerpo vivo a la idea que del Mesías se han formado los judíos después de la profecía de Daniel.

Del hecho de que Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre se deduce esta conclusión: Jesucristo se presenta a los hombres como Verbo Encarnado; es por su Humanidad, personalmente unida a su Divinidad, que Jesús obra, sufre y triunfa; por ello aparece como Hijo del hombre en todos los textos que se refieren a sus funciones de Redentor, de Dios hecho hombre.

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Todo cuanto puede decirse de la naturaleza humana de Jesús viene encerrado en las breves y sublimes palabras de San Juan: El Verbo se hizo carne, es decir, se hizo hombre.

El que es Dios, sin dejar de serlo, sin sufrir mutación alguna, vino a ser hombre también, por cuanto tomó la naturaleza humana íntegra y la unió a su Persona divina.

Quiere ello decir que tomó Jesús un cuerpo como el nuestro. La realidad del cuerpo de Jesús es el fundamento de toda su obra y de toda su gloria.

De su obra, porque su muerte, la separación de su Alma y de su Cuerpo, que sobreviene al derramamiento de su Sangre, es el precio de la remisión de los pecados de los hombres.

De su gloria, porque Jesús entró en ella por los padecimientos de su Cuerpo.

Tomó Jesús un alma como la nuestra. Un alma que es el principio de donde arrancan sus potencias: su inteligencia, que crecía en sabiduría ante Dios y los hombres; su voluntad, que se manifestaba en mil formas, y que siempre se acomodaba a la voluntad suprema del Padre; su memoria, que le recordaba sucesos anteriores.

Pero…, ¡atención! Humanizar a Cristo con exceso es peligroso y abusivo, porque se le deforma al desgajar sistemáticamente el aspecto humano de su ser y de sus funciones de Dios.

En Jesucristo no hay persona humana; sólo la Persona divina, la Persona del Hijo, está allí y a Ella deben atribuirse todos sus actos.

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Dios Padre, contemplándose a sí mismo con los ojos de su entendimiento, y conociéndose perfectamente, engendra o produce una imagen absolutamente igual a sí mismo.

Ahora bien: esta imagen es la figura substancial del Padre, su perfecto resplandor, expresión total de la inteligencia del Padre, palabra subsistente y única comprensiva, término adecuado de la contemplación de la soberana esencia, esplendor de su gloria e imagen de su substancia.

Es, sencillamente, su Hijo, su Verbo, su Palabra eterna, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Esta generación es tan perfecta, que agota en absoluto la infinita fecundidad del Padre:

“Dios—dice Bossuet—no tendrá jamás otro Hijo que éste, porque es infinitamente perfecto y no puede haber dos como Él. Una sola y única generación de esta naturaleza perfecta agota toda su fecundidad y atrae todo su amor. He aquí por qué el Hijo de Dios se llama a sí mismo el único: Unigenitus, con lo cual muestra, al mismo tiempo, que es Hijo no por gracia o adopción, sino por naturaleza. Y el Padre, confirmando desde lo alto esta palabra del Hijo, hace bajar del cielo esta voz: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias. Este es mi Hijo, no tengo sino a Él, y desde toda la eternidad le he dado y le doy sin cesar todo mi amor”.

Por lo tanto, Dios se enuncia a sí mismo eternamente en una Palabra única, que es la imagen misma de su ser, el carácter de su substancia, la medida de su inmensidad, el rostro de su belleza, el esplendor de su gloria.

La vida de Dios es infinita: millones de palabras pronunciadas por millones de criaturas que disertaran acerca de Él sabiamente durante millones de siglos no serían bastantes para contarla.

Mas esta Palabra única lo dice todo absolutamente…

El que oyera perfectamente este Verbo, haría más que comprender todas las cosas; pues comprendería al Autor de las cosas y no quedarían para él secretos en la naturaleza divina.

Pero sólo Dios oye enteramente la Palabra que él pronuncia. Dios la dice; ella dice a Dios; ella es Dios.

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba desde el principio en Dios…