Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Aurora de Navidad

Sermones-Ceriani

 MISA DE LA AURORA

En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.

Las cuatro semanas de Adviento simbolizan los cuatro mil o más años en que la humanidad suspiró por la Era de la Redención.

Pero hay otro Adviento más profundo todavía; y de él es imagen perfecta María Santísima: es la preparación próxima al misterio de la noche de Belén. Este Adviento está plasmado en los nueve meses de espera de la Virgen, Madre de Dios.

Dicho Adviento tiene en la Liturgia un papel importante.

En efecto, el Miércoles de las Cuatro Témporas trae el Evangelio de la Encarnación del Hijo de Dios; el Viernes siguiente asistimos a la visita de María Santísima a su prima Santa Isabel; y en la Vigilia de Navidad leemos el Evangelio de la prueba con que el Señor preparó a María y a José a recibir el incomparable gozo del nacimiento de Jesús.

Así, pues, durante los días de Adviento, la Liturgia ostenta el Evangelio de los nueve meses de felicidad de la Virgen.

Además, para los Sábados de Adviento poseemos la Misa Rorate cæli, en la que aparece Nuestra Señora como sagrario vivo del Hijo de Dios, enseñándonos a santificar estos días de esperanza.

¿Hemos reparado en los sentimientos sublimes que embargarían el alma de la Santísima Virgen en los nueve meses que llevó a Cristo en su seno?

En aquel reducido sagrario se albergaba el Cielo; la Santísima Trinidad tenía allí sus delicias, y los Ángeles contemplaban con respeto aquel templo augusto, sin atreverse a dirigir su escrutadora mirada al misterio que en él se realizaba.

¿Y la Virgen María? La gracia aumentaba de continuo su caudal, y se derramaba sobre todo su ser. Abstraída de todo lo del mundo, se recogía en la morada de la Santísima Trinidad.

¡Qué imagen tan tierna y aleccionadora para este tiempo la que nos ofrece la joven Madre!

¡Qué dicha caminar junto a María, mientras atravesamos la nebulosa del tiempo de esperanza en busca de la luz, del Sol naciente, cuya claridad ansiamos!

¿Quién mejor que Ella nos podrá descubrir el «Oriente de lo alto»? ¿Quién conocerá de mejor manera los secretos modos con que debemos dar a luz en nuestras almas al Dios que Ella concibió en su seno y regaló al mundo en Belén?

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Aún más, María Santísima resume las enseñanzas de los dos predicadores de Adviento, el Profeta Isaías y San Juan Bautista.

Los artistas representan a la Purísima Doncella en oración, cuando el Arcángel la sorprende para comunicarle el decreto divino de la Encarnación del Verbo; y los escritores piadosos suponen que en aquel instante la súplica de Adviento de la Virgen había alcanzado su máxima intensidad.

Abramos, pues, como la Virgen María, nuestro pecho a santos anhelos; no se aparten de nuestros labios las súplicas de Adviento, si queremos que el Hijo de Dios venga a nuestras almas.

Ella, por otra parte, no permanece ociosa durante sus nueve meses de felicidad. Aunque recogida en el secreto de su pecho, no olvida las obras que exige su estado.

Recogimiento, santos anhelos, obras de virtud y penitencia… Con esos tres conceptos resumimos en su día los medios de santificación del Adviento, y todos tres nos son enseñados por la Madre de Dios.

Postrados, pues, a sus pies, escojámosla como Maestra divina. Ella nos guiará con su ejemplo, pero más aún con su protección maternal, a Aquél que ansiamos y que sólo podemos recibir de sus manos.

Y ¿quién mejor que María podrá llevarnos de la mano a la presencia de Jesús? ¿Quién conocerá las disposiciones con que debemos dar a luz por la gracia a Cristo en nuestras almas, mejor que la que le llevó en su seno nueve meses y le dio al mundo en Belén?

¡Cuán admirable resulta a nuestros ojos esta Virgen! Amémosla, reverenciémosla, y, sobre todo, tratemos de imitar su actitud de omnímoda entrega, de oblación perfecta.

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Nuestra Señora domina en todo momento como Soberana de la historia.

Debemos resaltar que, no sin providencial designio divino, fue dispuesto que las diversas apariciones de la Madre de Dios a Juan Diego en el Tepeyac se llevaran a cabo en el mes diciembre, en pleno Adviento, ese tiempo litúrgico que, como ya sabemos, nos prepara no sólo para conmemorar la Primera Venida de Nuestro Salvador, sino también la Segunda, en gloria y majestad al fin de los tiempos.

La Santísima Virgen de Guadalupe está encinta, con el Niño Jesús no en sus brazos sino en su seno purísimo.

La Virgen de Guadalupe se presentó ante sus hijos como la Madre del Creador y conservador de todo el universo.

La Siempre Virgen María de Guadalupe se aparece del lado del Sol Naciente, y es fuente de vida. Ella lleva en su seno al Sol… Ella misma está como transfigurada por el Sol, y parece como irradiarlo.

En su túnica, sobre su vientre virginal, en el lugar mismo donde está el Niño Dios, se destaca una flor de cuatro pétalos, símbolo de la flor solar. Esta era el más familiar de los jeroglíficos de los indígenas. Se componía siempre de cuatro puntos unidos por un centro o botón, punto de contacto entre el Cielo y la tierra.

Las apariciones de Nuestra Señora y Reina en la cima del Tepeyac resumen su misión, tanto en el Primer como en el Segundo Adviento.

Nuestra Señora domina como Soberana toda nuestra historia; y especialmente lo hará en el momento más peligroso para las almas: el tiempo de la venida del Anticristo, como ya lo hace en estas coyunturas de la preparación de esa venida por sus diabólicos precursores.

Ella es la Reina de toda la historia de la humanidad, no sólo para los momentos de gran dificultad, sino también para los tiempos de la apostasía y del Anticristo.

Ella, Nuestra Señora de Belén, es también Nuestra Señora del Apocalipsis…

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Todos aquellos a los que el Señor, por una marca singular de honor, llama a la lealtad y fidelidad en estos nuevos peligros, en esta forma de lucha contra los precursores del Anticristo que se han introducido en la Iglesia, deben renovar su profesión de Fe.

Recordemos que creemos en la divinidad de Jesús, en la Maternidad divina y la Maternidad espiritual de María Inmaculada.

En medio de las actuales tinieblas, vislumbremos la plenitud de gracia y de sabiduría que se oculta en el Sagrado Corazón del Hijo de Dios hecho hombre, y que deriva de manera efectiva a todos los que creen.

Vislumbremos también la plenitud de ternura y de intercesión encerrados en el privilegio exclusivo del Inmaculado Corazón de María. Recurramos a la Virgen Inmaculada como sus hijos, y experimentaremos inefablemente que los tiempos del Anticristo son los tiempos de la victoria: la victoria de la Redención plenaria de Jesucristo y la victoria de la intercesión soberana de María, Reina y Madre.

Recordemos que, según la tesis de San Luis María Grignion de Montfort, la manifestación de la Santísima Virgen estaba reservada para los últimos tiempos, como él lo afirma claramente en el Tratado de la Verdadera Devoción.

Es más, San Luis María pone estos últimos tiempos en relación con la Parusía o Segunda Venida de Nuestro Señor.

Y no solamente esto, sino que estos últimos tiempos parusíacos están relacionados por el Santo con la plena manifestación de la Santísima Virgen y con el Anticristo.

La Verdadera Devoción mariana tiene, pues, una connotación apocalíptica esencial; separarlas equivale a adulterar el mensaje de San Luis y a desnaturalizar la esclavitud mariana.

“Por María ha comenzado la salvación del mundo y por María debe ser consumada. María casi no ha aparecido en el primer advenimiento de Jesucristo… Pero, en el segundo María debe ser conocida y revelada mediante el Espíritu Santo, a fin de hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo.”

“Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos (…) porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea (…) porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente (…) porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia (…) porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces “como un ejército en orden de batalla” sobre todo en estos últimos tiempos, porque el diablo, sabiendo que le queda poco tiempo y menos que nunca para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.”

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Llegado el momento de la Comunión, será el tiempo en que deben tener su cumplimiento las ansias de redención que hemos alimentado durante el Adviento.

Jesús, engendrado ab aeterno en cuanto Dios en el seno del Padre, ha nacido al mundo del seno de María, y quiere celebrar un tercer nacimiento en nuestra alma.

Ofrezcámosle este miserable pesebre, purificado y adornado con los actos de mortificación y virtud recogidos durante la vigilia.

Y así como el portal de Belén quedó santificado con el nacimiento del Eterno, así quede santificada y consagrada nuestra alma, de modo que ya no entre a profanarla ningún pensamiento menos digno.