Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Nochebuena

Sermones-Ceriani

MISA DE NOCHEBUENA

En aquel tiempo salió un edicto de César Augusto, ordenando que se inscribiera todo el orbe. Esta primera inscripción fue hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron todos a inscribirse, cada cual en su ciudad. Y subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de la casa y familia de David, para inscribirse con María, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron los días de dar a luz. Y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Y había unos pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre el ganado. Y he aquí que el Ángel del Señor vino a ellos, y la claridad de Dios les cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el Ángel les dijo: No temáis, porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo: es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre. Y súbitamente apareció con el Ángel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios, y diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Es medianoche… Es la Nochebuena… El Verbo de Dios, encarnado en el seno purísimo y virginal de María Santísima, vio la luz en la gruta de Belén.

Este nacimiento temporal es lo que conmemoramos es esta Primera Misa de Navidad, Misa de Nochebuena o Del Gallo.

… María, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron los días de dar a luz. Y dio a luz a su Hijo primogénito…

Nuestra Señora también tuvo su Adviento y su Navidad… Su Adviento no sólo de los nueve meses de espera, sino también, y principalmente, aquél que resumió la espera y las ansias acumuladas a lo largo de los cuatro mil años que separan el Edén de Belén…

Y es así que la liturgia de Navidad es la continuación de la liturgia del Adviento; ella insiste sobre la gloria de la realeza de Cristo.

Los textos celebran al Rey de Reyes, al Príncipe de la Paz. En efecto, todos los salmos de Maitines de Navidad han sido escogidos para que veamos en el Niño de Belén al Rey de Gloria, que en los últimos días dominará a sus enemigos y los destruirá como vasos de alfarero.

La Epístola de San Pablo a Tito nos exhorta a esperar “La bienaventurada esperanza”.

Los trozos cantados de la Misa de la Aurora glorifican al Príncipe de la paz, al Señor que reina revestido de gloria.

En la Misa del Día la Epístola a los Hebreos proclama la fuerza del reino: “¡Tu trono oh Dios! es por los siglos de los siglos; el cetro de la equidad es el cetro de tu imperio”.

Bastaría, pues, que viviéramos la liturgia del Adviento y de la Navidad para comprender la importancia del gran misterio escondido, el misterio del fin de los tiempos.

Y ese mismo fue el Adviento de María Santísima…

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El estudio atento de los textos litúrgicos del Adviento nos ha permitido comprobar que el objeto primero de este período es prepararnos a la venida final de Cristo en “poder y majestad”.

La evocación de esta Segunda Venida —que es coronamiento y consumación de la venida de Cristo a nuestra carne en Nazaret y que vio la luz en Belén— se hace aún más insistente y actual durante las fiestas de Navidad y Epifanía.

El carácter histórico de la fiesta de Navidad, el hecho histórico concreto, considerado como tal, constituye y realiza “la plenitud de los tiempos”, pues hacia él estaban ordenados todos los acontecimientos religiosos sucedidos anteriormente.

Todas las referencias históricas ilustran las afirmaciones que hace San Pablo en su Epístola a los Efesios: “Cuando Dios hizo que llegase la plenitud de los tiempos, quiso recapitular todas las cosas en Jesucristo, las que están en el cielo y las que están en la tierra”.

Sin embargo, la Encarnación del Verbo es el capítulo final de la historia de la humanidad; y por ese mismo hecho ya no es un simple suceso histórico como todos los demás.

Debemos comprender bien, junto con la Santísima Virgen, Madre de Dios, que con la Encarnación del Hijo de Dios comienza una era nueva, el último aión.

Dios tiene, pues, un plan que se desarrolla en edades, y como centro de este plan esta Jesucristo.

Una vez terminada la tribulación de la impiedad, nos espera la eterna gloria del Cordero para las edades de las edades.

Por consiguiente, para celebrar en toda su amplitud la fiesta de Navidad, es necesario pasar más allá de las circunstancias exteriores del nacimiento del Salvador, y recoger aquello que constituye la realidad permanente de este misterio.

El hecho histórico nos ha revelado que: “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; que hemos visto su gloria, la gloria del Hijo del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Comprendido así, el misterio de Navidad se nos presenta como el cumplimiento real aunque imperfecto todavía, de lo que el Adviento ha preparado.

Podemos, por lo tanto, celebrar con alegría la fiesta de Navidad; por medio de ella, Cristo siempre vivo en la Iglesia, le hace dar un paso más hacia ese día en que, con toda verdad y realidad, “toda carne verá la salvación de Dios”.

Entonces la Encarnación del Hijo de Dios no será ya más sólo objeto de la fe de los hombres de buena voluntad, sino que será objeto de la visión de todo el universo.

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De este modo lo vislumbró la Santísima Madre de Dios en Belén… También Ella tuvo su Adviento…

Contemplemos a la Virgen Inmaculada esperando al Niño…

La Virgen Santísima, en su bendito estado de expectación, es el secreto de la más íntima profundidad…

Lleva en sí el misterio; sabe que Dios mora en Ella; pero todavía no ha visto al Señor…

La rodean solamente sus signos; no puede ver al Señor, no puede sino creer en Él.

¡Oh mundo misterioso y santo!

También Dios tiene sus caminos especiales; debemos buscarlos…, descubrirlos…, aceptarlos…

Ni Santo Tomás, ni San Agustín tienen teología parecida a la de la Virgen Santísima en la santa Noche de Navidad. Muy cerca estaba de Dios, en la íntima cercanía de Madre y en la contemplación profundísima que corresponde al estado de virginidad.

Es el momento más adecuado para saludarla con las letanías lauretanas: ¡Sede de la sabiduría, Vaso digno de veneración…!

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La Virgen Santísima tuvo su Nochebuena. Su alma estaba transfigurada por el encanto de los sentimientos virginales y maternos.

Ella veía Belén…, la gruta…, el pesebre…, pero los veía con los ojos del profeta…, con los ojos del santo…, con los ojos de la Madre de Dios…

Y no le dieron albergue, porque Belén estaba llena de extraños, de advenedizos, de murmuración, de estrépito y de ceguera. Ella no pudo tener lugar allí…

María se va a la gruta, se interna en el silencio… ¡Allí hay silencio, allí la soledad celebra fiesta, allí habla en voz alta el corazón, allí se percibe el paso de Dios! ¡Cuán dulce es ésto para María!

La gruta…, y en ella, la Virgen, Arca Dei, el arca del Señor; aquí está el Arca de la Alianza… ¡pronto veréis la gloria de Dios!

La Virgen Santísima, como Madre de Dios próxima a dar a luz, se prepara para recibir y saludar al Señor; le espera y le llama. Sabe que vendrá…

Ve la paja esparcida por la gruta, y su alma se ofrece a manera de muelle alfombra al Dios que va a entrar…

¡Oh, Virgen santa, sublime, gloriosa!

Fuera resuena el Gloria in excelsis; mas éste no es más que el débil eco del himno de la adoración que brota en el alma de la Virgen; de su alma prorrumpió el cántico de la madre más dichosa, cántico que Dios suscitó como saludo para la entrada de su Hijo en el mundo.

La Virgen se interna en los pensamientos divinos y goza del amor infinito del Señor. Su alma se levanta por encima del mundo que la rodea; y el heroísmo del Hijo se contagia a la Madre…

La Virgen Santísima nos ofrece a su Hijo. La gruta, el establo, el pesebre, la paja, el desamparo, la pobreza forman el marco de este don divino.

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La noche de Navidad nos presenta a la Virgen Santísima en la más hermosa manifestación de su alma.

¿Pudo darnos Dios cosa más excelsa que su propio Hijo? ¿Pudo acercarse más a la humanidad que naciendo el mismo Dios en medio de nosotros? ¿Y pudo un alma recibirle con más dulce intimidad que su Santísima Madre al estrecharle contra su pecho?

¿Verdad que no? Pues bien, delante de esta Virgen nos coloca la Sagrada Liturgia…

El Señor quiere estar a solas con Ella; por esto la conduce a la gruta, la aleja de Belén, de la ciudad, la coloca en medio de la soledad; acalla todo…

¡Noche santa, santísima; noche silenciosa, misteriosa; noche santa de la Virgen Purísima y del Niño Dios!

Ella adora. La Noche Santa es noche de oración para la Virgen Santísima. En largas horas de oración María adora a Jesús de un modo más perfecto que los mismos Ángeles.

Por su alma pura, exquisita y fiel pasan los pensamientos de Dios; los sueños de los Profetas, lo que había de noble anhelo en los deseos de los hombres, la teología más hermosa y profunda.

Ella puede acercarse a la gloria infinita e increada del Señor. Ve sus perfecciones: su omnipotencia, su eternidad, su infinidad, su fuerza creadora, su dignidad, su hermosura…

Pero también puede acercarse a su humanidad santísima: su Cuerpo, su Alma, su vida, vislumbra ya su Pasión…, su triunfo, su Segunda venida en majestad…, y entona un himno a su gloria…

Éste fue el saludo adecuado y digno de Dios; ésta la sinfonía, el regocijo triunfal que se lanzó a los cielos. El Gloria in excelsis no fue más que un eco…

De este modo comenzó la séptima edad; cuando llegue a su fin, “cuando Cristo haya destruido todo principado y toda potestad y poder…, luego que todas las cosas le estuvieren sujetas, entonces el mismo Hijo entregará el Reino al Dios y Padre, a fin de que Dios sea todo en todo”.

Entonces “en los nuevos cielo y la nueva tierra”, comenzará la octava edad, que no tendrá fin.

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¿Podía la tierra recibir mejor a Dios que con los sentimientos de la Madre Virgen?

¿Podía recibirle con más ardor, con más suavidad y dulzura?

¿Y podía el Señor venir de un modo más extraordinario, que naciendo de una Virgen, abrazando a su Madre?

En su Primera Venida, ¡no!… Pero…, ¡sí lo será en su Parusía!…

Para ella debemos disponernos…

Sirvan estas fiestas navideñas de digna preparación…