ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – DICIEMBRE 2016 – 1° PARTE

SANTO TOMÁS DE AQUINO

SUMA TEOLÓGICA – IIa-IIæ

LA ESPERANZA

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Diciembre de 2016.

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Sobre la esperanza se plantean dos problemas: la esperanza en sí misma y su sujeto.

CUESTIÓN 17

Sobre la esperanza en sí misma se formulan ocho preguntas:

1ª. ¿Es virtud la esperanza?

2ª. ¿Es su objeto la bienaventuranza eterna?

3ª. ¿Puede esperar el hombre la bienaventuranza de otro por la virtud de la esperanza?

4ª. El hombre, ¿puede esperar en el hombre?

5ª. La esperanza, ¿es virtud teologal?

6ª. Su distinción de las otras virtudes teologales.

7ª. Su ordenación a la fe.

8ª. Su ordenación a la caridad.

 

ARTÍCULO 1

La esperanza es virtud

Según Aristóteles la virtud, en todo ser, es lo que hace bueno a quien la tiene y hace buena su obra.

Es menester, por lo tanto, que, donde haya un acto bueno, ese acto corresponda a una virtud humana.

Ahora bien, en todas las cosas humanas sometidas a una regla y a una medida se valora el bien por el hecho de que la persona en cuestión se ajuste a su propia regla, como decimos que es bueno el vestido ajustado a sus propias medidas.

Ahora bien, para los actos humanos hay doble medida: una próxima y homogénea, o sea, la razón natural; y otra suprema y trascendente, que es Dios. Por eso es bueno todo acto humano que llega a la razón o a Dios mismo.

Pues bien, el acto de esperanza, de que tratamos aquí, llega a Dios porque el objeto de la misma es el bien futuro, arduo y asequible.

Por otra parte, una cosa nos es asequible de dos maneras: la primera, por nosotros mismos; la segunda, por otros.

Por lo tanto, en cuanto esperamos algo como asequible gracias a la ayuda divina, nuestra esperanza llega hasta Dios mismo, en cuya ayuda nos apoyamos.

Por eso resulta evidente que la esperanza es virtud: hace bueno el acto del hombre y se ajusta a la regla adecuada.

ARTÍCULO 2

La bienaventuranza eterna es el objeto de la esperanza

La esperanza alcanza a Dios apoyándose en su auxilio para conseguir el bien esperado.

Ahora bien, entre el efecto y la causa debe haber proporción, y por eso el bien que propia y principalmente debemos esperar de Dios es un bien infinito proporcionado al poder de Dios que ayuda, ya que es propio del poder infinito llevar al bien infinito, y este bien es la vida eterna, que consiste en la fruición del mismo Dios.

En efecto, de Dios no se puede esperar un bien menor que Él, ya que la bondad por la que comunica bienes a sus criaturas no es menor que su esencia.

Por eso el objeto propio y principal de la esperanza es la bienaventuranza eterna.

Respuesta a la segunda objeción: Cualquier tipo de bien no lo debemos pedir a Dios sino en orden a la bienaventuranza eterna. De ahí que la esperanza se dirige también principalmente a la bienaventuranza eterna; en cambio, los demás bienes que se piden a Dios los considera de manera secundaria, es decir, en orden a la bienaventuranza eterna.

 

ARTÍCULO 3

No se puede esperar para otro la bienaventuranza eterna de modo absoluto

Hay dos modos de tener esperanza.

Uno, absoluto, y así hay esperanza solamente del bien arduo que le atañe a uno.

Otro, presupuesta otra cosa. Bajo este aspecto puede recaer también sobre las cosas de otro.

Para comprender ésto se ha de saber que el amor y la esperanza difieren en que el amor implica cierta unión entre quien ama y lo que ama; la esperanza, en cambio, entraña un movimiento o inclinación del apetito hacia el bien arduo.

Ahora bien, la unión se da entre realidades distintas; por eso puede el amor referirse directamente a aquel con quien se está unido por el amor considerándolo como el bien de sí mismo.

El movimiento, por su parte, implica siempre tendencia a un final apropiado al móvil; de ahí que la esperanza haga referencia directamente al bien propio, no al bien que atañe a otro.

Pero, presupuesta la unión de amor con otro, puede desear y esperar algo para él como para sí mismo. Bajo este aspecto puede uno esperar para otro la vida eterna en cuanto está unido a él por el amor.

Y como es la misma la virtud de la caridad con que se ama a Dios, a sí mismo y al prójimo, una misma es también la virtud de la esperanza con que se espera para sí y para otro.

 

ARTÍCULO 4

No se puede lícitamente esperar en el hombre

La esperanza tiene dos objetos: el bien que se pretende conseguir y el auxilio con el que se consigue.

Pues bien, el bien que se espera conseguir tiene razón de causa final; el auxilio, en cambio, con el que se espera conseguir tiene carácter de causa eficiente.

Pero en cada género de esas causas hay que considerar lo que es principal y lo que es secundario.

El fin principal es el fin último, y el secundario es el bien ordenado al fin.

De manera análoga, la causa eficiente principal es el agente primario, y la causa eficiente secundaria es el agente instrumental secundario.

Ahora bien, la esperanza tiene como fin último la bienaventuranza eterna; el auxilio divino, en cambio, como causa primera que conduce a la bienaventuranza.

Por lo tanto, como fuera de la bienaventuranza eterna no es lícito esperar bien alguno como fin último, sino sólo como ordenado a ese fin de la bienaventuranza, tampoco es lícito esperar en ningún hombre, o en criatura alguna, como causa primera que conduzca a la bienaventuranza; es lícito, sin embargo, esperar en el hombre o en otra criatura como agente secundario instrumental, que ayude a conseguir cualquier bien ordenado a la bienaventuranza.

De esta manera recurrimos a los santos, e incluso pedimos algunos bienes a los hombres, y son vituperados aquellos en quienes no podemos esperar que aporten ningún tipo de auxilio.

 

ARTÍCULO 5

La esperanza es virtud teologal

Dado que las diferencias específicas dividen de manera conveniente el género, se debe tener en cuenta de dónde deriva la naturaleza virtuosa de la esperanza para saber en qué especie haya que situarla.

Pues bien, hemos visto que la esperanza tiene razón de virtud por alcanzar la regla suprema de los actos humanos, a la cual llega tanto en su calidad de causa eficiente primera, en cuyo auxilio se apoya, como en su calidad de causa final última, al esperar la bienaventuranza en la posesión de Dios.

Resulta, pues, evidente que el objeto principal de la esperanza, en cuanto virtud, es Dios.

Ahora bien, dado que la razón de virtud teologal consiste en tener como objeto a Dios, es evidente que la esperanza es virtud teologal.

 

ARTÍCULO 6

La esperanza es una virtud distinta de las otras virtudes teologales

Se dice que es teologal una virtud por tener por objeto a Dios a quien se adhiere.

Pues bien, a una cosa podemos adherirnos de dos maneras: o por sí misma o en cuanto por ella llegamos a otra realidad.

Así, la caridad hace que el hombre se una a Dios por Él mismo, uniendo su espíritu con Dios por afecto de amor.

La esperanza, en cambio, y la fe hacen que el hombre se una a Dios como principio del que le vienen otros bienes.

Ahora bien, de Dios nos viene tanto el conocimiento de la verdad como la consecución de la verdad perfecta.

Por eso la fe une al hombre con Dios en cuanto principio de conocer la verdad: creemos, en efecto, que es verdadero lo que nos dice Dios.

La esperanza, en cambio, hace que el hombre se adhiera a Dios en cuanto principio de perfecta bondad, es decir, en cuanto por ella nos apoyamos en el auxilio divino para conseguir la bienaventuranza.

 

ARTÍCULO 7

La esperanza no precede a la fe

La fe precede, en absoluto, a la esperanza.

El objeto de la esperanza es, efectivamente, un bien futuro arduo y asequible.

Por lo tanto, para esperar algo es preciso que a la esperanza le sea presentado un objeto como posible.

Ahora bien, el objeto de la esperanza es, por una parte, la bienaventuranza eterna; y, por otra, el auxilio divino.

Esas dos cosas nos las propone la fe, pues nos hace conocer que podemos llegar a la bienaventuranza eterna, y que para ello nos está preparado el auxilio divino.

Es, pues, evidente que la fe precede a la esperanza.

 

ARTÍCULO 8

La esperanza es anterior a la caridad en el orden de la generación

Hay un doble orden.

Uno, por vía de generación y de materia, y, según ese orden, lo imperfecto precede a lo perfecto.

El otro es el orden de perfección, y, según ese orden, lo perfecto por naturaleza es anterior a lo imperfecto.

A tenor del primer orden, la esperanza es anterior a la caridad.

Esto se pone en evidencia por el hecho de que la esperanza y todo movimiento del apetito se deriva del amor.

Ahora bien, el amor puede ser perfecto o imperfecto.

Es en verdad perfecto el amor por el que alguien es amado por sí mismo, en cuanto se le quiere desinteresadamente el bien; tal es el amor del hombre al amigo.

Es, en cambio, imperfecto el amor con que se ama algo no por sí mismo, sino para aprovecharse de su bien, como ama el hombre las cosas que codicia.

Pues bien, el amor de Dios en el primer sentido corresponde a la caridad, que hace unirse a Dios por sí mismo; a la esperanza, en cambio, corresponde el amor en el segundo sentido, ya que quien espera intenta obtener algo para sí.

De ahí que, en el orden de generación, la esperanza precede a la caridad.

Efectivamente, de la misma manera que el hombre llega a amar a Dios porque, temiendo el castigo divino, cesa en el pecado, como afirma San Agustín.

Así también la esperanza conduce a la caridad, en cuanto que, esperando de Dios la remuneración, se mueve a amarle y a guardar sus mandamientos.

Pero en el orden de perfección la caridad es anterior a la esperanza.

Por eso, cuando aparece la caridad, se hace más perfecta la esperanza, ya que esperamos más de los amigos.

 

CUESTIÓN 18

Viene a continuación el tema del sujeto de la esperanza. Sobre él se formulan cuatro preguntas:

1ª. La esperanza, ¿radica en la voluntad?

2ª. ¿Se da en los bienaventurados?

3ª. ¿Hay esperanza en los condenados?

4ª. ¿Tiene certeza la esperanza de los viadores?

 

ARTÍCULO 1

La esperanza radica en la voluntad

Los hábitos se conocen por sus actos.

Ahora bien, el de la esperanza es un movimiento de la parte apetitiva, ya que su objeto es el bien.

Mas dado que en el hombre hay dos apetitos, el sensitivo, que se divide en irascible y concupiscible, y el intelectivo, llamado voluntad, a los movimientos que se dan en el apetito inferior con pasión, corresponden en el superior otros semejantes que se dan sin ella.

Pero el acto de la virtud de la esperanza no puede pertenecer al apetito sensitivo, ya que el bien, que es el objeto principal de esta virtud, no es bien sensible, sino divino.

Por eso la esperanza tiene como sujeto el apetito superior, no el inferior, al cual corresponde el irascible.

 

ARTÍCULO 2

No se da esperanza en los bienaventurados

Si se sustrae a una realidad lo que le da la especie, se pierde esa especie, y la realidad no puede permanecer la misma.

Ahora bien, la esperanza, como las demás virtudes, recibe su especie de su objeto principal.

Pero el objeto principal de la esperanza es la bienaventuranza eterna en cuanto asequible con el auxilio divino.

Luego, dado que el bien arduo y posible no cae bajo la razón formal de la esperanza sino en cuanto futuro, se sigue de ello que, cuando la bienaventuranza no es ya futura, sino presente, no puede haber allí lugar alguno para la virtud de la esperanza.

De ahí que la esperanza, lo mismo que la fe, desaparece en la patria, y ninguna de las dos puede darse en los bienaventurados.

 

ARTÍCULO 3

No hay esperanza en los condenados

Como es de esencia de la bienaventuranza saciar la voluntad, es también de esencia de la pena que contraríe a la voluntad aquello por lo que se inflige el castigo.

Ahora bien, nada ignorado puede aquietar o contrariar a la voluntad.

Por eso dice San Agustín que los Ángeles no pudieron ser perfectamente bienaventurados en el primer instante antes de la confirmación ni miserables antes de su caída, por no saber su porvenir.

En verdad, para la verdadera y perfecta bienaventuranza se requiere estar ciertos de la perpetuidad de su felicidad; de lo contrario no se aquietaría la voluntad.

De igual modo, formando parte de la pena de los condenados la perpetuidad de la misma, tampoco tendría razón de pena si no contrariara a la voluntad, lo cual sucedería en realidad si ignoraran su perpetuidad.

Por eso, a la condición de miseria de los condenados atañe saber ellos mismos que de ningún modo podrán evadir la condenación y alcanzar la bienaventuranza.

De todo eso resulta evidente que no pueden aprehender la bienaventuranza como un bien posible, ni tampoco los bienaventurados como un bien futuro.

Por eso, ni en los bienaventurados ni en los condenados hay esperanza.

Pero los viadores, estén en esta vida o estén en el Purgatorio, pueden tener esperanza: unos y otros la conciben como un futuro posible.

Respuesta a la segunda objeción: Como escribe San Agustín: La fe versa sobre cosas buenas y malas; pasadas, presentes y futuras; propias y ajenas. La esperanza, en cambio, versa sólo sobre cosas buenas futuras que atañen a uno mismo. Por eso en los condenados se puede dar mejor la fe informe que la esperanza, puesto que los bienes divinos no son para ellos futuros posibles, sino ausentes.

 

ARTÍCULO 4

Tiene certeza la esperanza de los viadores

La certeza puede darse en una persona de dos maneras: esencial y participada.

De manera esencial se da en la facultad cognoscitiva; de manera participada, en cambio, en todo aquello que la facultad cognoscitiva encamina de manera infalible hacia su fin.

En este sentido se dice que la naturaleza obra con certeza como movida por el entendimiento divino, que encamina todo hacia su fin.

En idéntico sentido se dice también que las virtudes morales obran con más certeza que el arte, en cuanto que están movidas a sus actos por la razón, al modo de la naturaleza.

De este modo tiende también la esperanza hacia su fin con certeza, como participando de la certeza de la fe, que está en la potencia cognoscitiva.

Respuesta a la tercera objeción: El hecho de que fallen en la consecución de la bienaventuranza algunos que tienen fe proviene del defecto del libre albedrío, que pone el obstáculo del pecado; nunca por falta de la omnipotencia o de la misericordia divinas en la que se apoya la esperanza; por eso no va en detrimento de su certeza.

 

CUESTIÓN 20

LA DESESPERACIÓN

Corresponde a continuación tratar de los vicios opuestos a la esperanza. En primer lugar, la desesperación, y, en segundo, la presunción.

Sobre la desesperación se plantean cuatro preguntas:

1ª. ¿Es pecado?

2ª. ¿Puede darse sin infidelidad?

3ª. ¿Es el mayor de los pecados?

4ª. ¿Se origina de la acidia?

 

ARTÍCULO 1

La desesperación es pecado

Según Aristóteles, lo que en el entendimiento es afirmación o negación, es en el apetito prosecución y fuga; y lo que en aquél es verdad o falsedad, es en éste bien y mal.

Por eso, todo movimiento apetitivo, conforme con el entendimiento verdadero, es de suyo bueno; en cambio, todo movimiento apetitivo acorde con el entendimiento falso, es de suyo malo y pecado.

En relación a Dios, el juicio verdadero del entendimiento es el de que de Él proviene la salvación de los hombres y el perdón de los pecadores.

La falsa apreciación de Dios, en cambio, es pensar que niega el perdón a quien se arrepiente, o que no convierta a sí a los pecadores por la gracia santificante.

Por eso, de la misma manera que es laudable y virtuoso el movimiento de la esperanza conforme con la verdadera apreciación de Dios, es vicioso y pecado el movimiento opuesto de desesperación y acorde con la estimación falsa de Él.

 

ARTÍCULO 2

Puede darse la desesperación sin la infidelidad

La infidelidad pertenece al entendimiento; la desesperación, en cambio, a la parte apetitiva.

Pero el entendimiento versa sobre las cosas universales, y la parte apetitiva se mueve en el plano de lo particular, ya que es movimiento apetitivo del alma hacia las cosas concretas.

Hay, sin embargo, quien tiene una valoración justa en el plano universal, y no tiene rectificado el movimiento apetitivo, como consecuencia de una falsa estimación en el juicio sobre la realidad concreta individual.

Es, efectivamente, necesario pasar del juicio universal al deseo de la realidad individual a través de un juicio particular, del mismo modo que de la proposición universal no se deduce la conclusión particular sino asumiendo otra particular.

De ahí que alguien, teniendo fe recta en el plano universal, incurra en falta en el movimiento del apetito frente a lo particular, por tener viciada por hábito o por pasión la apreciación de la realidad concreta.

Puede uno conservar verdadera estimación de un dato de fe en universal, por ejemplo, la remisión de los pecados en la Iglesia, y, a pesar de ello, ser víctima de un movimiento de desesperación de que para él, en su situación actual, no hay lugar para el perdón, y esto como consecuencia del juicio viciado frente a un caso particular.

De este modo puede darse la desesperación sin la infidelidad, lo mismo que otros pecados mortales.

 

ARTÍCULO 3

¿Es la desesperación el mayor de los pecados?

Los pecados opuestos a las virtudes teologales son, por su género, más graves que los demás.

Efectivamente, dado que las virtudes teologales tienen por objeto a Dios, los pecados a ellas opuestos entrañan directa y principal aversión a Él.

En cualquier pecado mortal, en efecto, la razón de mal y su gravedad le viene de la aversión de Dios, pues si fuera posible la conversión al bien transitorio sin aversión de Dios, aunque ésta fuera desordenada, no sería pecado mortal.

Por lo tanto, el pecado que, en primer lugar y por sí, implica aversión de Dios, es el más grave entre los pecados mortales.

Ahora bien, a las virtudes teologales se oponen la infidelidad, la desesperación y el odio a Dios. Y entre ellos, si se comparan el odio y la infidelidad con la desesperación, aquéllos se manifiestan más graves en sí mismos, es decir, por su propia especie.

La infidelidad, ciertamente, proviene de que el hombre no cree la verdad misma de Dios; el odio, en cambio, de contrariar a la misma bondad divina; la desesperación, de no esperar la participación de la bondad infinita.

De ahí que, considerados en sí mismos, es mayor pecado no creer la verdad de Dios u odiarle, que no esperar de Él su gloria.

Pero, considerada desde nosotros, y comparada con los otros dos pecados, entraña mayor peligro la desesperación.

Efectivamente, la esperanza nos aparta del mal y nos introduce en la senda del bien. Por eso mismo, perdida la esperanza, los hombres se lanzan sin freno en el vicio y abandonan todas las buenas obras.

Por eso, exponiendo la Glosa las palabras si, caído, desesperas en el día de la angustia, se amenguará tu fortaleza (Prov. 24, 10), escribe: No hay cosa más execrable que la desesperación; quien la padece pierde la constancia no sólo en los trabajos corrientes de esta vida, sino también, mucho peor, en el certamen de la fe.

Y San Isidoro, por su parte escribe: Perpetrar pecado es muerte para el alma; mas desesperar es descender al infierno.

 

ARTÍCULO 4

La desesperación nace de la acidia

El objeto de la esperanza es el bien arduo asequible por uno mismo o por otro.

Por lo mismo, hay dos maneras de quedar frustrada la esperanza de lograr la bienaventuranza: o por no considerarla como bien arduo o por no considerarla como asequible ni por uno mismo ni por otro.

Pues bien, el que alguien pierda el sabor de los bienes espirituales o no le parezcan grandes, acontece principalmente porque tiene inficionado el afecto por el aprecio de los placeres corporales, entre los que sobresalen los venéreos. En efecto, la afición a estos placeres induce al hombre a sentir hastío hacia los bienes espirituales y ni siquiera los espera como bienes arduos. Desde esta perspectiva, la desesperación tiene como causa la lujuria.

Por otra parte, el hombre llega a no considerar como posible de alcanzar por sí mismo o por otro el bien arduo cuando llega a gran abatimiento, ya que cuando éste establece su dominio en el afecto del hombre, le hace creer que nunca podrá aspirar a ningún bien.

Y como la acidia es un tipo de tristeza que abate al espíritu, engendra, por lo mismo, la desesperación, dado que lo específico de la esperanza radica en que su objeto sea algo posible; lo bueno y lo arduo pertenecen también a otras pasiones.

Por eso, la desesperación nace sobre todo de la acidia, si bien puede nacer igualmente de la lujuria, como hemos dicho.

 

CUESTIÓN 21

LA PRESUNCIÓN

Viene a continuación el tema de la presunción. Sobre ella se preguntan cuatro cosas:

1ª. ¿Cuál es el objeto sobre el que versa?

2ª. ¿Es pecado?

3ª. ¿A qué virtud se opone?

4ª. ¿De qué vicio se origina?

 

ARTÍCULO 1

La presunción se funda en Dios

Sed contra: Está el hecho de que por la desesperación se desprecia la misericordia divina, en que se apoya la esperanza; por la presunción, en cambio, se desprecia la justicia divina, que castiga a los pecadores. Pues bien, si la misericordia está en Dios, también está la justicia. En consecuencia, la desesperación se da por aversión de Dios; la presunción, por la desordenada conversión a Él mismo.

La presunción parece entrañar intemperancia en el esperar.

Ahora bien, el objeto de la esperanza es el bien arduo posible.

Mas para el hombre algo es posible de dos maneras: por el propio esfuerzo o por el poder exclusivo de Dios.

Sobre cada una de esas maneras de esperar se puede incurrir en presunción por intemperancia.

Hay, en efecto, presunción en la esperanza que induce a uno a confiar en sus propias fuerzas, cuando tiende a algo como posible, pero que está por encima de su capacidad personal. Esta presunción se opone a la magnanimidad, que impone la moderación en esta esperanza.

Hay también presunción por intemperancia en la esperanza fundada en el poder divino cuando se tiende a un bien que se considera posible mediante el poder y misericordia divinos, pero que no lo es; es el caso de quien, sin penitencia, quiere obtener el perdón, o la gloria sin los méritos.

Esta presunción es, propiamente hablando, una especie de pecado contra el Espíritu Santo. Efectivamente, con este tipo de presunción queda rechazada o despreciada la ayuda de Él, por la que el hombre se aparta del pecado.

Respuesta a la primera objeción: El pecado contra Dios es, por su propio género, más grave que los demás. De ahí que la presunción, que se apoya desordenadamente en Dios, es más grave que la que se funda en las propias fuerzas. En efecto, apoyarse en el poder de Dios para conseguir lo que no compete a Él equivale a aminorar ese mismo poder. Y es evidente que peca más gravemente quien aminora el poder divino que quien sobrestima el suyo propio.

 

ARTÍCULO 2

La presunción es pecado

Todo movimiento apetitivo acorde con una apreciación falsa es de suyo malo y pecado.

Pues bien, la presunción es un movimiento apetitivo porque entraña una esperanza desordenada.

Pero está acorde con una apreciación falsa del entendimiento, lo mismo que la desesperación, pues como es falso que Dios no perdone a los penitentes o que no traiga a los pecadores a penitencia, también lo es que conceda perdón a quienes perseveran en el pecado y dé la gloria a quienes desisten de obrar bien.

Es, por lo tanto, pecado.

Resulta, sin embargo, menos pecado que la desesperación, pues más propio de Dios es compadecerse y perdonar, por su infinita bondad, que castigar: lo primero le compete a Dios por sí mismo; lo segundo, a causa de nuestros pecados.

 

ARTÍCULO 3

La presunción se opone más a la esperanza que al temor

Según San Agustín, no sólo son vicios los contrarios a las virtudes con clara oposición, como la temeridad a la prudencia, sino también los que están cercanos a ellas, y que son semejantes no en la realidad, sino en una semejanza engañosa, como se parece la astucia a la prudencia.

Aristóteles, por su parte, afirma también que la virtud parece que armoniza mejor con uno de los vicios opuestos que con el otro; es el caso de la templanza con la insensibilidad y la fortaleza con la audacia.

En consecuencia, la presunción parece oponerse abiertamente al temor, sobre todo al servil, que centra su atención en la pena infligida por la justicia de Dios y cuya remisión espera la presunción.

Mas en cuanto a su falsa semejanza, contraría más a la esperanza, porque entraña una desordenada esperanza en Dios.

Pero dado que es más directa la oposición entre las cosas que son del mismo género que entre las que son de género diferentes, pues los contrarios están en el mismo género, la presunción se opone más directamente a la esperanza que al temor; ciertamente, una y otra centran su atención en el mismo objeto en que se apoyan; pero la esperanza, ordenadamente, y la presunción, con desorden.

 

ARTÍCULO 4

La presunción se origina de la vanagloria

La presunción es doble.

Una se funda en el propio poder, intentando como posible lo que excede la propia capacidad.

Esta presunción es evidente que procede de la vanagloria, pues quien desea ardientemente la gloria acomete para conseguirla lo que sobrepuja su capacidad. Y entre las cosas que persigue está sobre todo lo que reviste novedad, por causar mayor admiración. Por eso hizo expresamente San Gregorio a la presunción de novedades hija de la vanagloria.

Hay otra presunción, que se apoya de manera desordenada en la misericordia o en el poder divino, por el cual se espera obtener la gloria sin mérito y el perdón sin arrepentimiento.

Esta presunción parece proceder directamente de la soberbia: el hombre se tiene en tanto, que llega a pensar que, aun pecando, Dios no le ha de castigar ni le ha de excluir de la gloria.