NOSTALGIA NAVIDEÑA…

“El diablo se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la alegría del corazón del servidor de Dios. Llena de polvo las rendijas más pequeñas de la conciencia que puedan ensuciar el candor del espíritu y la pureza de la vida. Pero cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano su veneno mortal.”

San Francisco de Asís

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La llegada de las fiestas puede generar en nosotros cierta nostalgia, pesadumbre, melancolía y muchos recuerdos.

Nos sucede a menudo en estas fechas que uno tiende a recordar a los seres que hemos amado y que ya no están a nuestro lado, y éso generalmente se vuelve motivo de tristeza, de desconsuelo.

A medida que el tiempo transcurre vamos creciendo, y en ese transitar vemos con dolor como muchas de las personas que nos acompañan dejan de hacerlo, y al sentarnos en la mesa navideña, nos inundan los recuerdos de los instantes que con alegría solíamos compartir juntos a ellos.

Este generalmente es el motivo de sentir cierta sensación de soledad, de vacío, de apreciarnos incompletos.

Pues, no ha de ser así para el verdadero cristiano.

Los que amamos a Cristo tenemos que llenar esos sentimientos con el verdadero espíritu de la Santa Navidad, recordar a ese pequeño Niño que, siendo Dios, vino a este mundo por amor a redimirnos, que nació en un humilde pesebre, solo en medio de la fría noche con el amor de María Santísima y de San José, solos los tres.

Pero, ¡cuánto amor rodeaba al Amor!

Las penas de esta vida empalidecen cuando vemos ese dulce rostro, esas manos benditas, y esos benditos pies. Escuchar ese llanto que abrió las puertas del Cielo, sentir esa respiración que puede calentar hasta la misma luna que brilla en esa clara y helada noche.

Hoy, más allá de las penas, de las ausencias, de nuestras cruces, algunas espirituales, algunas corporales, mas allá de la soledad, de la pobreza y la enfermedad, el alma del cristiano debe descansar y encontrar la alegría en la esperanza del retorno, en la espera de Nuestro Rey y Capitán que se encuentra pronto a regresar, no ya como niño frágil, ni como cordero para el sacrificio, sino como dueño y señor de todo y de todos.

Ese debe ser nuestro espíritu en estos días, no un espíritu pagano y vacío de amor a Dios, que sólo busca contentarse con cosas materiales, que tiene en su pensamiento sólo qué comeremos, qué vestiremos, quién no compartirá nuestra mesa este año, o los regalos para los niños, inventando una mentira y dándole lugar a alguien que nada tiene que ver con la Navidad, que sólo trata de desplazar a Nuestro Rey de reyes…

No busquemos, pues, llenar con cosas frívolas y sin sentido el lugar que sólo Dios puede llenar, recordemos a nuestros seres queridos que ya no están con una oración por sus almas, pidiéndole al Señor que los tenga con Él en la Gloria y convirtámonos en pequeños y humildes pesebres para que Jesús nazca en nosotros.

No busquemos ya más, ni gentes, ni lugares, ni regalos; no busquemos contentar nuestros sentidos, ni llenarnos de más vacío, aunque parezca una paradoja; busquemos ese silencio en la noche de Belén, busquemos la sencillez, la modestia, la paz que nos trajo ese pequeño Niño sobre un pajar.

Busquemos en Él el consuelo, la resignación, la aceptación, el Amor, la compañía, el alivio; busquemos, en definitiva, el camino que nos lleve algún día a gozar con Él por toda la eternidad.

Todo lo demás carece de sentido, todo lo demás se esfuma, se desvanece, todo lo demás pasa, sólo Dios permanece.