Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la domínica 4ª de Adviento

Sermones-Ceriani

 CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, hallándose Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y vino por toda la ribera del Jordán, predicando un bautismo de penitencia, para remisión de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. Todo valle será terraplenado, todo monte y cerro rebajado; y los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos allanados; y verán todos los hombres la salud de Dios.

Al celebrar la Iglesia el Santo Tiempo Adviento nos invita a meditar en la Venida del Señor.

Sabemos que este Advenimiento tiene dos aspectos:

Un Adviento histórico, es decir la espera en que vivieron los pueblos que ansiaban la venida del Salvador, que abarca todo el Antiguo Testamento.

Las lecturas de los Profetas nos dejan una gran enseñanza para nuestra preparación a la llegada del Señor. Tomar contacto con toda esa historia es identificarse con aquellos hombres que desearon con vehemencia la llegada del Mesías y la liberación que esperaban con ella.

Tenemos, luego, un Adviento escatológico, que consiste en nuestra propia preparación para esa llegada definitiva del Señor, al final de los tiempos, cuando vendrá, en gloria y majestad, para coronar definitivamente su obra redentora, restaurando todas las cosas en sí mismo y entregando el Reino a su Padre.

La Santa Iglesia, por medio de su Liturgia, nos exhorta a no esperar este tiempo con temor y angustia, sino con la esperanza de que, cuando esto ocurra, será para la felicidad eterna de los elegidos, aquellos que hayan aceptado a Jesucristo como su Salvador y Rey.

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Se trata, entonces, de dos venidas entrelazadas; y este tiempo litúrgico manifiesta claramente que toda la historia gira alrededor de Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre; Jesucristo, el Señor de la eternidad, del tiempo y de la historia.

En Navidad celebramos el aniversario de la Primera Venida, llevada a cabo en un momento concreto.

La otra perspectiva, la del futuro, es la que plantea el retorno de Cristo, en gloria y majestad, al final de los tiempos.

¿Cómo hay que armonizar estos diversos aspectos? ¿Qué conexión existe entre la Venida de Cristo que aconteció hace más de dos mil años y su retorno futuro, en una fecha conocida sólo por el Padre?

Si reflexionamos, descubrimos que estas dos venidas están relacionadas entre sí y que se complementan recíprocamente.

Se las puede ver como dos fases o aspectos del único misterio de salvación.

Los Padres de la Iglesia, fieles a la Escritura, no disociaron estas dos venidas, sino que las consideraron conjuntamente y hablaron de ellas sin separar una de la otra.

San Cirilo de Jerusalén decía: “Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior”.

Y continúa con la comparación de estas dos venidas: “En la primera venida fue envuelto con pajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles”.

El término mismo Adviento admite una doble significación. Puede significar tanto una venida que ha tenido ya lugar como otra que es esperada aún: presencia y espera.

En el Nuevo Testamento, la palabra griega equivalente es Parusía, que puede traducirse por venida o llegada, pero que se refiere más frecuentemente a la Segunda Venida de Cristo, al Día del Señor, es decir, la Presencia vuelta visible en el desenlace de la larga lucha y profunda aspiración al Reino.

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No debemos proyectarnos a los tiempos del Antiguo Testamento, como si esperásemos todavía a un Mesías y a un Salvador.

La prolongada noche de la espera ha pasado ya. Nos encontramos en la plenitud de los tiempos. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Es Emmanuel, Dios con nosotros.

Pero, a pesar de todo ésto, la Iglesia continua aguardando y esperando. Ella espera y ansía la plenitud de la Venida de Cristo.

El mundo ha sido redimido, pero la historia de la redención continúa. Y continuará hasta que Cristo, el Señor, termine su tarea y el último de los elegidos sea salvo.

El Reino de Dios no ha sido establecido aún de manera plena, y la obra de instaurar el Reino de Cristo en la tierra tiene que continuar.

Se trata, entonces, de un tiempo de esperanza.

La Iglesia es más consciente de que su esperanza descansa en el futuro. Ella mira hacia delante, hacia la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo; Ella espera unos nuevos cielos y una nueva tierra. Sólo entonces alcanzará Ella su plena perfección.

Ciertamente, es muy difícil practicar la esperanza en los tiempos que vivimos. Muchísimas son las cosas que militan en su contra: las críticas y ataques a la fe, los valores morales en declive, el materialismo, la secularización, la apostasía de las naciones y el eclipse de la Iglesia…

Humanamente hablando, hay poquísimos motivos para la esperanza; pero la esperanza cristiana no se basa en meras consideraciones humanas, sino en la bondad y en el poder de Dios.

La exhortación del Señor es siempre la misma: Vigilar y orar.

La vigilancia es una virtud importante, pero bastante descuidada.

Vigilar significa vivir con el pensamiento puesto en la Segunda Venida de Cristo.

Debería ser una actitud espiritual constante, que gobernase toda nuestra conducta.

Esta actitud de vigilancia no es una actitud ansiosa, sino paciente y pacífica; pero es, al mismo tiempo, una postura de alerta; y por eso debe ir acompañada por la oración, la súplica…

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En este marco, con este contexto, vemos que tres figuras encarnan cumplidamente el espíritu del Adviento; y cada uno de ellos se presenta como un maestro o guía, que nos adiestra en el uso de los tres medios que nos propone la Santa Iglesia para santificar el tiempo de Adviento.

Escuchemos, pues, la divina lección del Profeta Isaías, la del Precursor, San Juan Bautista, y la de la Madre de Dios, la Santísima Virgen María.

El Profeta Isaías, primer predicador de Adviento, nos inspira ansias de redención.

Contemplemos al Profeta, el Vidente de Israel. Le consterna la miseria que envuelve al mundo; pero, con sus ojos de profeta, ve en lontananza un futuro glorioso; y suspira por las riquezas de la Redención.

Con el férvido Rorate en los labios, es el símbolo de la humanidad anhelante, y excita en nuestras almas deseos fervientes, santos anhelos, ansias de Redención.

¡Ansias de Redención! Condición indispensable para que una cosa produzca los efectos deseados es que su presencia sea exigida con imperiosidad.

El alimento sienta bien al organismo, cuando el apetito lo reclama. Otro tanto sucede en el orden sobrenatural. Jesús se llega a quien le ansía; sólo éste puede apreciar su don y aprovecharse de él.

Al Profeta Daniel le llamó el Ángel varón de deseos, al revelarle el misterio de los tiempos del Mesías, como indicando que obedecía a sus deseos.

Los escritores ascéticos recomiendan asimismo los fervorosos deseos como excelente medio de santificación.

Fray Juan de los Ángeles, en sus Diálogos de la Conquista del Reino de Dios, da a su discípulo e interlocutor el nombre de Deseoso, significando con ello cuál es la primera condición que exige la conquista del reino que le descubría.

También en nosotros va a descubrirse al final del Adviento el Reino preclaro de Dios; Jesús pretende visitarnos. Para que su visita redunde en nuestro provecho y el Reino de Dios se instaure en nuestra alma, se exige como condición preliminar tener ansias vivas, anhelos subidos, deseos de Cristo y su Reino.

Así lo siente la Iglesia, y por eso, día tras día, deja oír en las Vísperas aquella súplica de Isaías, en que se aúnan los anhelos todos de los Santos Patriarcas que esperaban el Advenimiento del Redentor: Enviad, cielos, desde lo alto vuestro rocío, y las nubes lluevan al justo; ábrase la tierra y germine al Salvador.

Nunca están de más los anhelos de Adviento. ¡Sí!, es preciso levantar hasta el cielo la voz del espíritu, pidiendo que Cristo reine enteramente en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestros afectos, en todo nuestro ser.

Nuestra continua oración durante este período de espera ha de ser, como es la oración de la Iglesia, un ininterrumpido Veni ! ¡Ven, Señor!

Si encendemos el corazón en ardorosos anhelos de redención, el Adviento será tiempo de gracia; y al final del mismo descenderá de los cielos el rocío divino, que fructificará el estéril campo de nuestro espíritu y lo convertirá en tierra floreciente del Reino de Dios.

Ya desde ahora, y para que esta reflexión no sea infructuosa, tratemos de formar un ramillete de preciosas jaculatorias, con las cuales se enardezcan nuestros deseos de poseer a Cristo. Aprovechémonos, sobre todo, de las que nos ofrece de continuo la Liturgia y de la que nos enseñó el mismo Señor Nuestro Jesucristo: ¡Venga tu Reino!

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San Juan Bautista, por su parte, predica la penitencia.

Si Isaías nos enseña a clamar por el Redentor, el Bautista nos adoctrina acerca de las obras que nos granjearán redención tan copiosa.

También diariamente nos deja oír la Iglesia, en los Laudes, la Voz que clama en el desierto. Y el contenido de ese clamor es bien sencillo: Preparad el camino al Señor; haced rectos sus senderos.

Representémonos al vivo al predicador del Jordán, vestido de pieles de camello, con el austero rostro de penitente. Dejémonos impresionar por su ascética figura, y así producirán sus palabras mayor efecto en nuestros corazones.

El Precursor está más cerca del Reino de Dios que el Profeta que lo vislumbra de lejos; por eso el medio de preparación que nos señala es más efectivo que el que hemos aprendido de Isaías.

Se trata de quitar los impedimentos que estorban la llegada del Redentor. Esos tropiezos y obstáculos son las pasiones; ellas son las que impiden que el Reino de Dios tome plena posesión de nuestro ser.

A destruirlas por la penitencia y la mortificación se deben dirigir todos nuestros esfuerzos, y eso es lo que nos predica la Voz del desierto.

El carácter penitencial del Adviento viene testimoniado por los signos externos de la Liturgia. El color de los ornamentos es morado; no se canta el Gloria, ni suena el órgano durante la Misa; el altar depone su ornamentación, dejándose ver en su sencilla majestad.

Esa gravedad de formas externas exige un ambiente interno correspondiente; y ésto lo conseguiremos por nuestras privaciones voluntarias, por actos de mortificación.

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Por último, María Santísima se presenta como modelo de recogimiento.

Todos los días pone la Liturgia ante nuestros ojos el cuadro sublime de la Anunciación, al cantar el verso de la antífona mariana; y con ello predica que sólo podrá tener realidad en nuestra alma la promesa de Adviento, si esperamos con santo recogimiento la visita del Cielo.

La Virgen María concibió al Verbo sumida en fervorosa oración, y lo dio a luz en medio de un profundo éxtasis.

Imitemos a la Madre Purísima. Cultivemos de un modo particular durante el Adviento el ejercicio de la presencia de Dios.

Si dedicáramos, además, mayor tiempo que de ordinario a la meditación cotidiana o nos empleásemos en alguna práctica de piedad propia del Adviento, ¡cuán grande galardón recibiríamos del Cielo el día del cumplimiento de las promesas!

A nuestra disposición tenemos las Grandes Antífonas Oh.

El que quiera meditarlas, puede ver Aquí.

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Si venimos a la liturgia de este Cuarto Domingo de Adviento, una simple ojeada al Misal nos indica ya que el día de ayer, Sábado de Cuatro Témporas, encierra algo de extraordinario.

Recojamos los diversos motivos espirituales que nos ofrece tan rico contenido. Y podemos ver que se trata de un día de intensas ansias de Adviento.

El Profeta Isaías, San Juan Bautista y San Pablo tienen la palabra como predicadores de este tiempo de Adviento.

San Pablo nos habla exclusivamente de la Segunda Venida del Redentor.

A San Juan lo volvemos a escuchar esta mañana, ya que el Evangelio de los Sábados de Témporas se lee también en la Misa del Domingo que les sigue.

Tiene esta coincidencia su explicación en que, como la Misa de la Vigilia venía a celebrarse antiguamente en la madrugada del domingo, este día quedaba sin Liturgia; las Misas de dichos Domingos son más recientes, y en ellas se ha conservado el mismo Evangelio que desde antiguo se leía al amanecer.

En la antigua vigilia, a la hora de comulgar, el sol despuntaba ya por el horizonte. La Iglesia, inspirada en la naturaleza, aprovechaba entonces una imagen que le da el Profeta Rey en el Salmo XVIII. Es el mismo Salmo que le ha prestado abundante materia durante la Misa.

En el sol, a punto de nacer, la Iglesia ve la imagen del Sol de Justicia, Cristo, cuyo nacimiento esperamos, que viene ya hoy a visitar nuestras almas en la Sagrada Eucaristía, y que volverá en gloria y majestad para restaurar todas las cosas e instaurar su Reino.

Próximo ya el momento solemne en que han de abrirse las puertas eternales que den paso al Rey de la Gloria, nos presenta la Iglesia al Santo Precursor.

Su aparición tiene la alta significación de solemne anuncio de la próxima llegada del Mesías esperado. Por eso el Evangelio cuida de señalar la fecha en que Juan sale del desierto a predicar penitencia, anotándonos los nombres del Emperador que regía a la sazón el mundo, de los tetrarcas de Palestina, del Gobernador de la Judea y de los Sumos Pontífices del pueblo de Dios.

La quintaesencia de su predicación la hemos escuchado ya en todo este tiempo de Adviento: Preparad los caminos del Señor. Pero hoy se especifica el contenido de esa voz de penitencia: Todo valle será terraplenado, y todo monte y collado serán allanados. Y los caminos torcidos serán enderezados; y los escabrosos, igualados.

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Aguardamos, pues, la Venida del Señor.

¿Quién viene? Es Dios, soberano y ultrajado…

Viene el que es el centro y el eje de la historia, el Creador del mundo, el Señor del Cielo y de la tierra.

Ésto debe despertar nuestra confianza. Gloria in excelsis Deo

¿Por qué viene? Por todos los desgraciados, por los pecadores, por los pobres; viene por todos nosotros, que tenemos necesidad de luz, de consuelo, de fuerza, de perdón.

Viene a librarnos de la esclavitud de la culpa, de la esclavitud del error, de los vicios.

¿Cómo viene? Siendo la misma riqueza, viene en el seno de la pobreza; todopoderoso y no tiene un asilo en el universo. Viene humilde, mansuetus. Rey humilde, lleno de mansedumbre, viene para vivir con nosotros, para sufrir.

Ésto debe despertar en nosotros el amor, la confianza.

Debemos prepararnos para recibirle.

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Ahora bien, ¿qué habremos ganado celebrando así el Adviento?

El principal fruto será, sin duda, el aumento en nosotros de la virtud teologal de la esperanza.

La cualidad esencial de este aumento es que no hace de nuestra esperanza un cierto optimismo burgués, muy frecuente en la actualidad, sino que la coloca frente a lo que constituye el objeto primero y último de toda esperanza cristiana, a saber: la manifestación de Cristo en el mundo.

Y sabemos que toda verdadera grandeza depende de la esperanza. Es grande el que espera grandes cosas, y pequeño el que espera pequeñeces.

Y, al mismo tiempo, también depende de la esperanza la fortaleza, que permite soportar la adversidad y perseverar en la ardua búsqueda del ideal, y proporciona a la voluntad la decisión y el temple.

Cualquiera que adapte con presteza su corazón a las formas y fórmulas de la Liturgia, sentirá inmediatamente cuán presentes se hacen las realidades de la salvación en el marco de la vida de la Iglesia.

He aquí los tesoros de la Liturgia de Adviento que nos conviene hacer valer por medio de la lectura meditada de sus textos.