Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

joven¿Qué es lo más difícil en el mundo?

Hay muchos estudiantes que saben enumerar sin equivocarse los nombres de los integrantes de sus equipos de fútbol favoritos, pero apenas conocen los valores escondidos en su alma ni tienen idea de las pasiones que se desencadenan en su interior.

El pagano Pitágoras encargó con solicitud a sus discípulos que dos veces al día, a la mañana y a la tarde, se dirigieran estas tres preguntas: «¿Qué he comido? ¿Cómo he comido? ¿He cumplido todo lo que había de hacer?»

Sextio se hacía las siguientes preguntas cada noche: « ¿Qué defectos has vencido hoy? ¿En qué te has enmendado hoy?»

El pagano Séneca escribió lo siguiente: «Tengo el hábito de examinarme cada día. Por la noche, al apagar las luces, repaso el día, y pongo en la balanza todas mis palabras y todas mis obras.»

Sólo quien se conoce puede mandarse a sí mismo, y ser dueño de sí. El maquinista sólo domina la locomotora si la conoce hasta el último tornillo; sabe cómo han de manejarse las válvulas, etc.

Pero ¿sabes por qué no les gusta a los hombres hacer una inspección de su propia alma? Temen el espectáculo de ver sus múltiples defectos y egoís­mos. Quizá tú también te hayas encontrado en semejante caso. Hiciste, hablas­te cosas, por las cuales los hombres te felicitaron; sin embargo, si hubie­ras pensado sinceramente, habrías visto que esto lo dijiste por vanidad y aquello lo hiciste por egoísmo u obstinación.

«¡En vano; no tengo suerte!», dice un joven después del suspenso. Sin embargo, si hablara con sinceridad, diría: «No estudio lo suficiente.»

«En casa siempre me hacen rabiar», dice otro. Tendría que decir: «Otra vez no seré tan insoportable y caprichoso.»

Preguntaron a un sabio griego, Tales, qué era la cosa más difícil en el mundo. El sabio contestó: «La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás.»

Y es que, además, quien no conoce su propia alma culpa con facilidad a los otros.

Pregúntate a menudo:

— ¿Cómo es, en realidad, mi temperamento?

— ¿Cuáles son mis anhelos? A los otros les gusta tal libro, tal canto, tal música, ¿y a mí?

— ¿Cuáles son mis ocupaciones favoritas? ¿Merece la pena gastar en ellas tanto tiempo y dinero?

— ¿Para qué me creó Dios? Él a cada uno señala un fin; ¿qué fin me señalo a mí?

— ¿Qué cualidades especiales puso en mi?

— ¿Qué es lo que más me gusta?

— ¿Qué es lo que siempre me sale mejor?

— ¿Qué hago para acrecentar las cualidades más sobresalientes en mí?

— ¿Cuántos defectos tengo? ¿Tantos? ¿Y de mí dependen que disminuyan?

Dime a quién admiras y qué es lo que más te entusiasma, y te diré quién eres.

Si admiras al rico, eres un joven de pensar materialista.

Si quieres codearte con los poderosos, eres ambicioso.

Si tu ideal es el hombre honrado, el hombre de carácter, estás en camino de serlo.

Así verás que el joven que con frecuencia se hace semejantes preguntas en su interior, poco a poco, por un lento trabajo, llegará a conocerse y a mejorar. Esto también le servirá para escoger la carrera que mejor le convenga.

Al final del día

Antes de acostarte haz una pausa en la noche, y tras tus oraciones, recorre con el pensamiento el día y pregúntate: ¿Está todo en orden?

¿Qué he hecho hoy?

¿Qué he omitido de lo que debía hacer?

¿Lo he hecho todo bien?

Y si descubres que has faltado en esto o en aquello, has sido negligente, has pecado, levanta tus ojos a Jesús crucificado: «Señor, he pecado. Perdóname. Mañana será otro día.»

Benjamín Franklin, el inventor del pararrayos, procuraba con seriedad extirpar el más leve defecto de su alma. Bien sabía que poderío tienen las cosas pequeñas sobre nosotros, y por esto hizo un tablero especial, en que llevaba cuenta cada noche de las obras que había hecho durante el día: se alegraba de sus victorias y deploraba sus defectos. Se examinaba cada noche de estas trece virtudes: moderación, silencio (evitar las palabras ociosas), orden, decisión, economía, diligencia, sinceridad, justicia, sobriedad, pureza, tranquilidad de espíritu, educación y  humildad.

«He anhelado vivir —escribe de sí mismo— de manera que no cometa falta alguna; me he propuesto luchar contra toda mezquindad… ¡Por qué no voy a ser capaz de obrar el bien y evitar el mal!»

Era muy exigente consigo mismo; anotaba cada día de la semana en su tablero con una cruz si había faltado a alguna de estas trece virtudes.

¿No podrías tú también durante algunos años poner en práctica este modo excelente de formación?

Ni que decir tiene que has de ser inexorablemente sincero contigo mismo. A nadie puedo engañar tan fácilmente como a mí mismo.

Si te atreves a ser sincero contigo mismo, en más de una ocasión deberás pensar como pensó Franklin después de un serio examen de conciencia: «Vi espantado que tengo muchos más defectos de los que me creía; pero, por lo menos, tuve la satisfacción de ver que van disminuyendo. Muchas veces me vi tentado de dejar el examen de conciencia; me parecía que la puntualidad que me exigía a mí mismo era demasiado meticulosa. No obstante, proseguí el ejercicio. Y aunque nunca haya llegado a la perfección completa, de la que he estado bastante lejos, me sirvió este empeño para mejorar como hombre y para ser más feliz de lo que hubiera sido sin él.»

Tú también te notarás muchos defectos: te enfadas demasiado, te dejas llevar de la pereza, del orgullo… No te tranquilices ante esos defectos diciendo: «Es mi temperamento. Soy así. No hay manera de cambiarlo.»

¡Poco a poco! Precisamente aquí empieza el trabajo de la educación. No se puede suprimir la naturaleza, mutilarla con violencia; pero sí se la puede ennoblecer, levantar, es decir, se la puede educar. Podemos ejercitarnos en las virtudes que se oponen a nuestros defectos, y de esta suerte poner orden en nuestras inclinaciones instintivas y desordenadas.

Sigue una cierta prioridad: en primer lugar, lucha contra las faltas que cons­cientemente y libremente sueles cometer, contra las que protesta enérgi­camente tu conciencia. Si ya las has puesto en orden, lucha contra las preci­pi­taciones y descuidos más pequeños, contra las debilidades más insig­ni­ficantes.

No te contentes con contestar a la pregunta: «¿Qué pecados he cometido hoy?» Gracias a Dios, muchos jóvenes viven meses y meses sin ningún pecado grave. Hazte también preguntas de este género:

— ¿Cómo he podido ser tan bruto, que por respeto humano haya hablado tan mal de mi amigo?

— ¿Cómo he podido ser tan cobarde, que por miedo a una sonrisa irónica no haya sido coherente con mi fe o valores morales?

— ¿Qué obras buenas he dejado de practicar que hubiera podido hacer hoy?

— ¿En qué hubiera podido ser más noble, más puntual, más educado, más abnegado, más comprensivo?

— ¿He hecho algo para difundir el reino de Dios, ya sea en mi propia alma o en la de otros?

Y así sucesivamente. En muchas de estas cosas ni siguiera suele haber pecado, pero cabe muy bien la imperfección, que puede destruir la armonía de tu alma.

No temas bajar al fondo de tu espíritu, aunque tuvieras que descubrir en sus profundidades un montón de inmundicia. Cuántas más veces dirijas a tu alma el reflector del examen de conciencia más fácilmente la limpiaras.

Descubrir la raíz

El buen examen de conciencia diario no consiste tan sólo en echar cuentas sobre las obras del día, sino en procurar descubrir la raíz de cada falta. No sólo determino el mal, sino procuro dar también contestación a esta pregunta: ¿Cuál ha podido ser la causa de esta falta? Hay que encontrar las raíces y destruirlas.

Y en estas ocasiones encontrarás cosas interesantes.

«Hoy me he enfadado muchas veces. ¿Por qué? Una vez porque no me gustaba algo en la comida y he tenido que comerla a pesar de todo; después porque me han estropeado el juego de la tarde, obligándome a estudiar; otra vez porque no encontré el diccionario y en vano he revuelto todos mis libros buscándolo.»

¿De qué te arrepentirás en esta ocasión?

¿Y qué es lo que te propondrás? Ir con cuidado; pero ¿en qué cosas? ¿En el enfado? No. Sino en no ser demasiado comodón y dado al regalo. Ésta es la raíz del defecto, la que se ha de extirpar.

¿Hoy me he enfadado muchas veces.» ¿Por qué? Porque un compañero se rió de mí cuando no supe contestar a las preguntas del profesor. ¿De qué tendrás que arrepentirte? ¿Del enfado? No. Sino de ser demasiado vanidoso y perezoso.

Y así sucesivamente con todos tus defectos. Trata siempre de descubrir la causa, la raíz del mal.

Para algunos jóvenes la dificultad consiste en que quieren hacerlo todo de repente. El carácter no se hace en un día. Estarían muy dispuestos a decir con un arranque generoso: «¡De hoy en adelante quiero ser joven de carácter!» Sin embargo, en esto de nada sirven los grandes arranques, aquí sólo cuentan las pequeñas victorias de cada día.

Aún será más provechoso tu examen de conciencia si después de descubrir la raíz de tus faltas escoges tu defecto dominante y luchas principalmente contra él durante algunos meses.

Importa saber: ¿cuál es tu defecto dominante?

¿Recuerdas qué gritó Goliat al campamento hebreo? Escoged entre vosotros alguno que salga a combatir cuerpo a cuerpo. Si tuviese valor para pelear conmigo y me matare, seremos esclavos vuestros; mas si yo lo ganare y lo matare, vosotros seréis los esclavos, y nos serviréis.» (I Reyes 17, 8—9) Pues bien, tu defecto dominante viene a ser una especie de Goliat. Si lo vences, la batalla la tienes prácticamente ganada.

Cada joven tiene un defecto capital, del que provienen después todas su debilidades. El uno tiene un temperamento colérico; el otro miente con facilidad o, por lo menos, exagera y «recarga las tintas»; un tercero es terriblemente comodón y perezoso; el cuarto se inclina demasiado al sensualismo, etc.

Declara la guerra a tu defecto capital. ¡Pero una declaración categórica! ¡Inexorable! Párate cada mañana en tus oraciones, y si, por ejemplo, has de luchar contra la ira precipitada, piensa de un modo concreto (bastan algunos minutos) las ocasiones que pueden presentarse durante el día en que te dejes llevar de la ira: en el centro educativo, en los descansos, durante el juego, en casa. Después, haz el firme propósito: «Venga lo que viniere, quiero pasar el día sin encolerizarme, sin dejarme llevar de la ira. Dios mío, ayúdame a ello.»

Durante el día procura repetir tu noble decisión de la mañana. Por la noche, durante tu examen de conciencia, examínate: ¿Has cumplido tu propósito? ¿No lo has logrado? Pues mañana he de ser más fuerte. ¿Lo has logrado? Con alegría da gracias a Nuestro Señor Jesucristo.

En algunos conventos está vigente la costumbre de examinarse la conciencia mutuamente. Los religiosos se reúnen ciertos días y cada uno de ellos va enumerando los defectos que ha notado en los demás. Si tienes un amigo de confianza, puedes aprovechar este medio, indudablemente muy eficaz, de autoeducación. El ojo avizor de otro descubrirá tal vez manchas donde nuestro amor propio todo lo ve cubierto de nieve blanca. Alégrate si tienes un amigo que con amor sincero te avisa de tus defectos.

A los pies del Señor

Mi libro va acercándose a su término y te sorprenderá acaso que, después de exponerte todos mis pensamientos respecto a la formación del carácter, haya dejado para el final el medio más importante: la imitación de Nuestro Señor Jesucristo, modelo sublime de todo carácter humano.

Sólo el que tiene su alma en Dios, y sobre Él edifica toda su vida, puede adquirir un carácter realmente firme.

El ala más vigorosa de la voluntad es la oración, y el medio que más forma tu carácter es la vida de fe. Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después, para verlo y gozarlo en la otra.

Tanto más adelantarás en el camino de tu formación integral cuanto más te acerques día tras día a la semejanza del ideal sublime de todo carácter… a Nuestro Señor Jesucristo.

«Gaudeamus igitur»

Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus. «Alegrémonos mientras somos jóvenes», dice la antigua canción de los universitarios. Y tiene razón. La alegría pura es un medio para fortalecer la voluntad, es una fuente de vigor. Lo que hagas con alegría te resultará más fácil.

Pero acuérdate que la juventud pasa como la flor o el viento. Aprovecha la juventud para cumplir lo que Dios quiere de ti. No te desalientes: «Hasta el justo cae siete veces al día», y los jóvenes también caen muchas veces, resbalan y tropiezan. Ahora, todavía puedes escoger lo que será tu vida. ¿Qué quieres ser? No me refiero a si serás médico o comerciante, ingeniero o sacerdote, abogado o industrial. Adonde quiera que vayas, en cualquier dirección que te empujen tus inclinaciones, tu vocación, las circunstancias, para la sociedad casi viene a ser igual. Pero lo que no es igual es que adonde quiera que vayas, allí seas un hombre integro, un joven de carácter que sepa cumplir con su deber, para que al final de tu vida estés contento con la obra que Dios ha hecho en ti, si tú le dejas.

¿Puedo escoger?

Pues bien: escojo.

Quiero ser “joven de carácter”. Quiero vivir de suerte que mis acciones, palabras y pensamientos den gloria a Dios, en agradecimiento al infinito amor que Jesucristo me tiene. Él se puso de mi lado muriendo en la cruz por mí, para salvarme. ¡Sí! ¡Yo también me pongo de su lado y nunca le seré infiel! ¡NUNCA! ¡NUNCA!

Fin