JORGE DORÉ- POESÍA

SÚPLICA A LA MADRE DE DIOS

inmaculada

Santa María, plena de gracia y de virtudes,
que con místico celo por todos los caídos
custodias las más pobres y débiles ovejas
que marchan rezagadas detrás de Jesucristo,

Madre de la que sólo pudieran esperarse
rosales prodigiosos e inmarcesibles lirios,
mediadora de todas las salvíficas gracias
que caen sobre los fieles como un santo rocío;

hoy quiero suplicarte por esos hijos tuyos
que habiéndote olvidado, se ahogan entre espinos
y por los que reclaman más panes y más peces
mas sin embargo ignoran cuando los llama Cristo;  

te ruego por aquellos que limpios de su lepra,
después de ser curados, prosiguen su camino
con una indiferencia que estremece los cielos
pues se van sin dar gracias por el bien recibido;

te pido por los muchos cuyas lámparas secas
yacen abandonadas; por quienes, abatidos,
intentan levantarse y los que un día acaban
viviendo de algarrobas en falsos paraísos;

te pido por aquellos que beben de los pozos
y siguen padeciendo de una sed de infinito,
por los que, entre mortajas, ignoran el llamado
de Aquel que les ordena salir de los abismos;

te pido, Madre Santa, por quienes me desprecian
por la amistad que tengo con tu divino Hijo,
por los que desestiman el fraternal abrazo
y todo lo contemplan con ojos enemigos;

te pido por aquellos apáticos cristianos
a los que Dios detesta por encontrarlos tibios
y por los que, embriagados de libertad, se jactan
de cultos execrables y de frutos prohibidos;

te pido por aquellos que perdieron de vista
la gloria del Calvario y conminan a Cristo
a bajar del madero definitivamente
porque no están dispuestos a ningún sacrificio;
 

te pido por un mundo rebelde que, adversario
del único que puede salvarlo y redimirlo,
se escora como un barco perdido en la tormenta
que se va deshaciendo con su casco podrido.

¡Que busquen tus bondades los cojos y los ciegos,
que salgan de sus tumbas los muertos, que tullidos
y sordos rompan vasos de alabastro y perfumen
de nuevo, fervorosos, los pies de Jesucristo!

Y por último, Madre, no olvides a este siervo
que ardientemente implora tu maternal auxilio.
No quiero, como antaño, quedarme rezagado,
¡que cuando tu Hijo vuelva no me encuentre dormido!