Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Inmaculada Concepción de María

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FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

El Papa Pío IX, en 1854, definía con estas palabras el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María:

“Para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano.”

Si consideramos las perfecciones con que tan copiosamente fue enriquecida la Madre de Dios, vemos que unas pertenecen a su alma, otras a su cuerpo y otras juntamente a su alma y a su cuerpo.

Tanta riqueza encierra esta maravilla de la sabiduría y del poder divinos, que hoy nos detendremos solamente a considerar una de las perfecciones sobrenaturales de su alma: su Concepción Inmaculada.

Siglos enteros necesitó la pobre razón humana para hallar el modo de concordar la Concepción Inmaculada de María Santísima con el dogma de la Redención Universal, que afecta a todos los descendientes de Adán, sin excepción alguna para nadie, ni siquiera para la Madre de Dios.

Por fin se hizo la luz, y la armonía entre los dos dogmas apareció con claridad deslumbradora.

Para ello es necesario tener en cuenta que de dos maneras se puede redimir a un cautivo: pagando el precio de su rescate para sacarlo del cautiverio en el que ya ha incurrido (redención liberativa), o pagándolo anticipadamente, impidiéndole con ello caer en el cautiverio (redención preventiva).

Esta última es una verdadera y propia redención, más auténtica y profunda todavía que la primera.

Y ésta es la que se aplicó a la Santísima Virgen María.

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Pero esto no es suficiente; la doctrina católica nos enseña que, por especial privilegio de Dios, la Santísima Virgen María fue enteramente inmune durante toda su vida de todo pecado actual, incluso levísimo.

Santo Tomás expone hermosamente la razón teológica de este privilegio mariano:

“A los que Dios elige para una misión determinada, les prepara y dispone de suerte que la desempeñen idónea y convenientemente. Ahora bien, la Santísima Virgen María fue elegida por Dios para ser Madre del Verbo Encarnado, y no puede dudarse de que la hizo por su gracia perfectamente idónea para semejante altísima misión. Pero no sería idónea Madre de Dios si alguna vez hubiera pecado, aunque fuera levemente”.

Y el Santo Doctor da tres razones de ello:

1ª) Porque el honor de los padres redunda en los hijos; luego, por contraste y oposición, la ignominia de la Madre hubiera redundado en el Hijo.

2ª) Por su especialísima afinidad con Cristo, que de Ella recibió la carne. Pero San Pablo dice: “¿Qué concordia puede haber entre Cristo y Belial?”

3ª) Porque el Hijo de Dios, que es la Sabiduría divina, habitó de un modo singular en el alma de María y en sus mismas entrañas virginales. Pero en el Libro de la Sabiduría se nos dice: “En el alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en cuerpo esclavo del pecado”.

Hay que concluir, por consiguiente, de una manera absoluta, que la Bienaventurada Virgen María no cometió jamás ningún pecado, ni mortal ni venial, para que en Ella se cumpliese lo que se lee en el Cantar de los Cantares: “Toda hermosa eres, amada mía, y no hay en ti mancha ninguna”.

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Pero aún es poco… Debemos decir que la Santísima Virgen María fue concebida en gracia; éste es el aspecto positivo de la Inmaculada; mucho más sublime todavía que la mera preservación del pecado original, que es su aspecto negativo.

Más todavía, en el primer instante de su Concepción Inmaculada, María Santísima fue enriquecida con una plenitud inmensa de gracia, superior a la de todos los Ángeles y Bienaventurados juntos: Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, la saludó el Arcángel San Gabriel.

Como explica San Lorenzo Justiniano, el Verbo divino amó a la Santísima Virgen María en el instante de su concepción más que a todos los Ángeles y Santos juntos; y como la gracia responde al amor de Dios y es efecto del mismo, a la Virgen se le infundió la gracia con una plenitud inmensa.

Sin embargo, hay que notar que por plenitud de la gracia, con que María fue adornada desde el primer instante de la concepción, debe entenderse la conveniente al estado a que había sido elegida de ser Madre del Unigénito de Dios, y, por tanto, en aquel grado que es disposición suficiente y necesaria para la maternidad divina.

Dicho de otro modo, la plenitud de la gracia de María, con ser inmensa, no era una plenitud absoluta, como la de Cristo, sino relativa y proporcionada a su dignidad de Madre de Dios. De aquí que la Bienaventurada Virgen María, aunque llena de gracia desde el principio, pudo crecer siempre en ella.

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Santo Tomás habla de una triple plenitud de gracia en María Inmaculada.

Una dispositiva, por la cual se hizo idónea para ser Madre de Dios, y ésta fue la plenitud inicial que recibió en el instante mismo de su primera santificación.

Otra perfectiva, en el momento de verificarse la Encarnación del Verbo en sus purísimas entrañas, cuando recibió un aumento inmenso de gracia santificante.

Y otra final o consumativa, que es la plenitud que posee en la gloria para toda la eternidad.

Como conclusión de todo lo mencionado, digamos que en esta alma santísima la gracia comenzó por una Inmaculada Concepción, y terminó por una Asunción a los Cielos y una coronación de gloria.

Un triunfo de la gracia para comenzar, un triunfo para terminar; y en el intervalo, una constante santificación, un estado que no hizo más que crecer y embellecer a cada instante y que, en cada fase de su magnífico desarrollo, realizó la perfección y aportó en María una medida plena de la vida divina.

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Contemplemos ahora esta Bellísima Doncella, aplastando con su débil pie de niña la cabeza del horrible monstruo…

¿Se trata de una realidad, o es un mero símbolo?

¿Es verdadera historia, o es simplemente figura?

¿Hablamos de una persona o de una personificación?

¿Es una mujer concreta, considerada en ella misma, o es la atribución a un ser abstracto?

Todo ésto es; y todo pertenece al inefable misterio de la Inmaculada Concepción: es realidad y símbolo, es verdadera historia y figura, es persona y personificación, es mujer concreta y atribución…

Es realidad. Es María, hija de Eva, elegida por Dios Padre para servir de Madre a su Unigénito Encarnado.

De esta manera comienza en María la victoria de Cristo sobre el infernal enemigo. Así tienen aplicación exactísima las proféticas palabras del Paraíso terrenal dirigidas allí por Dios Padre a la serpiente tentadora: Ipsa conteret caput tuum.

Según esta idea, es realísima realidad la Mujer a la cual llamamos Inmaculada Concepción.

Mas, sin dejar de serlo, bajo otro punto de vista, es símbolo muy consolador, como aquella misma realidad.

Descendencia de esta Mujer preservada somos nosotros cuando, por medio del Bautismo, entroncamos sobrenaturalmente con su Hijo.

La universal familia de los que creen, esperan y obran en Cristo y según Cristo, es la descendencia propia de esta Mujer inefable.

Somos nosotros los que, por la gracia de Cristo Dios, luchamos y vencemos en Ella; por Ella, nuestro débil pie es el que definitivamente ha de asentarse pujante y glorioso un día sobre la cerviz del Dragón embravecido.

Así, la raza de Eva, desde que por Cristo pasa a ser raza de María, está destinada a ser como Ella perpetuamente vencedora.

Pero ¿vencedora de quién? De la serpiente del paraíso terrenal, no solamente personificada, sino realmente viviente y encarnada en todos los que el odio a Dios y a su Cristo reúne desde entonces, y que constituyen la odiosa descendencia del demonio para sostener el infernal combate.

La sociedad de los regenerados en Cristo y por Cristo es la Iglesia santa.

Y las fuerzas que en todos los siglos ha congregado el infierno contra ella se llama hoy la Revolución.

Claros aparecen los términos del problema de hoy, que no es más que el problema del Paraíso Terrenal y el de todos los siglos hasta la consumación y juicio, que será su resolución definitiva.

María y su descendencia a un lado, con la bandera de toda verdad, de todo bien y de toda belleza.

Luzbel, con los que se han querido hacer raza y ejército suyo, al otro lado, con la bandera de todo error, de todo mal y de toda fealdad.

La tierra, estremeciéndose al choque de estos dos ejércitos opuestos, que en vano hay quienes sueñan aún hoy día poder reconciliar y fundir en una fórmula común.

¿No se comprende así perfectamente por qué el pueblo cristiano tiene por el augusto misterio de la Inmaculada una indescriptible admiración y un instintivo afecto?

Es que ve en él un retrato de su misma lucha, como también una prenda y seguridad de su victoria.

Luchar siempre con enemigos de Cristo y siempre vencerlos. No desconfiemos jamás de esta nuestra misión.

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Celebremos, pues, la fiesta de hoy como la genuina fiesta de la Iglesia Militante.

El monstruo infernal se encuentra otra vez detenido en su fiera embestida por el pie de esa Niña celestial, en la cual Dios ha querido que viésemos los católicos, especialmente los de los últimos tiempos, nuestra bandera y nuestra victoria.

Los destinos del mundo están hoy pendientes de este duelo terrible entre la doctrina personificada en la Revolución, y la doctrina personificada y como compendiada en el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Asistimos a una de las fases más espantosas de la grandiosa lucha entablada desde el principio del mundo entre el error y la verdad, entre el mal y el bien, entre la fealdad y la belleza, entre el infierno y Dios.

En esta batalla, tal vez la postrera que presencien los siglos antes de que resplandezca de lleno sobre ellos la plenitud del Reinado de Jesucristo:

*  el infierno ha escrito en su estandarte la palabra REVOLUCIÓN.

*  el dedo de Dios ha escrito en el nuestro la palabra MARIA INMACULADA.

Uno y otro lema son, a la vez, grito de guerra y símbolo de opuestas doctrinas.

¡Adelante los hijos de la Inmaculada!

¡No en vano la Providencia divina ha hecho resplandecer este dogma con más vivos fulgores en esta época de vacilaciones y de tan general descreimiento!

A la sombra de este lema glorioso ha querido Dios que combatiésemos los católicos de hoy.

¡Combatamos con fe! ¡Combatamos, sobre todo, con esperanza!

Dios ha querido presentarnos a su Madre Purísima como la primera vencedora de nuestro común enemigo, para movernos y alentarnos a las mismas victorias.

¡Confiemos!

La lucha colosal que sostiene el infierno contra nosotros, no es propiamente contra nosotros, sino contra Dios.

Pertenece, pues, a Dios vencer por nosotros, o que venzamos nosotros con la ayuda de su brazo.

Quien así no lo crea, no es católico.

Quien en el misterio de la Inmaculada Concepción de María no ve un misterio de consuelo, de esperanza y de infalible seguridad, no tiene fe.

Quien renuncia al combate, es un cobarde.

Los católicos tienen la necesidad inevitable de la lucha, así como la seguridad infalible de la victoria.

La causa es de Dios…

Y a Dios se lo puede combatir, pero no se lo puede vencer…

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¡Ave María Purísima!

¡Sin pecado concebida!

¡Oh María, sin pecado concebida!

¡Rogad por nosotros que recurrimos a Vos!

¡Ave María Purísima!

¡En gracia concebida!

Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza…

A Ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón…

Mírame con compasión. No me dejes, Madre mía morir sin tu bendición…