Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 2ª de Adviento

Sermones-Ceriani

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Y Juan, al oír en su prisión las obras de Cristo, le envió a preguntar por medio de sus discípulos: “¿Eres Tú «el que viene», o debemos esperar a otro?” Jesús les respondió y dijo: “Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: Ciegos ven, cojos andan, leprosos son curados, sordos oyen, muertos resucitan, y pobres son evangelizados; ¡y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí!” Y cuando ellos se retiraron, Jesús se puso a decir a las multitudes a propósito de Juan: “¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Acaso una caña sacudida por el viento? Y si no, ¿qué fuisteis a ver? ¿Un hombre ataviado con vestidos lujosos? Pero los que llevan vestidos lujosos están en las casas de los reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver?, ¿un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Éste es de quien está escrito: “He ahí que Yo envío a mi mensajero que te preceda, el cual preparará tu camino delante de ti.”

Nuestro Señor concluye su respuesta a los discípulos del Bautista con estas sorprendentes palabras: ¡Y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí!

La sentencia no podía emitirse con mayor delicadeza y bondad. Es como si Jesús les dijese: Bienaventurados seréis si, después de haber visto tantas pruebas de mi divinidad, no os escandalizáis de la debilidad de mi humanidad; si lo que hay del hombre en mí no os impide reconocer a Dios.

¡Y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí! Estas palabras recuerdan las del santo anciano Simeón: Este Niño está en el mundo para la caída y la resurrección de un gran número en Israel, y para ser un signo de contradicción.

¡Escandalizarse de Jesús! Parece irónico decir esto de la santidad misma. Pero es el mismo Jesús quien se anuncia como piedra de escándalo.

Los fariseos orgullosos se escandalizaban…Y después de ellos se escandalizaron los filósofos paganos… Y aún hoy, ¡cuántos falsos sabios!, ¡cuántos científicos hinchados de su ciencia!, ¡cuántos ricos y felices según el mundo se escandalizan de Jesucristo!…

¡Cuántos cristianos se escandalizan de Nuestro Señor, de su doctrina, de su moral, de su Iglesia, y desprecian nuestra Santa Religión!…

¡Cuántos católicos se escandalizan ante la crisis de la sociedad y en torno de la Iglesia!…

¡Cuántos “tradicionalistas” se escandalizan de la Tradición!…

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¡Y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí!Por estas palabras, Nuestro Señor reconoce por sus verdaderos discípulos a aquéllos que no se avergüenzan de Él y que lo siguen de todo corazón…

Pero también declara excluidos de su Reino a todos los incrédulos, orgullosos, tibios, que se niegan a reconocerlo, adorarlo, seguirlo…

Consideremos lo que les pasó a los judíos, por escandalizarse de Jesucristo:

Según su horrendo pedido, la Sangre de Nuestro Señor cayó sobre ellos y sobre sus niños.

Se constituyeron en el pueblo deicida y maldito, aún hoy, hasta su conversión.

¿Qué ocurrió con esos pueblos, antes tan florecientes, que se escandalizaron de tal o cual punto de la doctrina católica y permanecen desde el siglo once siempre en rebelión contra el Primado de Pedro?

Encontraron la ruina, la depravación, la dominación del comunismo o de Mahoma…

Contemplemos esas naciones paganas, endurecidas en su idolatría, negándose por orgullo a recibir la doctrina de Jesucristo…

Desdichados, especialmente, todos los malos cristianos (naciones o individuos), que se escandalizan de Jesucristo y de su Iglesia, que se burlan de los dogmas y prácticas de la religión, que son apóstatas de hecho…

Desdichados todos los católicos que se escandalizan de la Tradición…, que en estos tiempos apocalípticos no quieren seguir la consigna de conservar los restos de lo que han recibido; y se prometen un reflorecimiento, sin reconocer los signos de los tiempos; y ponen sus esperanzas en esos restos que, de todos modos, son cosas perecederas…

Desgraciados y mil veces desdichados los individuos, las familias y las sociedades que han renegado de Cristo y han edificado sus destinos sobre otro fundamento, contrario al del Salvador.

Nuestro Señor es la piedra escogida. Pero esta piedra puede ser de salvación o de condenación…, piedra fundamental, piedra angular… o piedra de escándalo y de tropiezo…

A todos aquellos, individuos, familias o sociedades que no han querido fundarse en Jesucristo y le dijeron: no queremos que reines sobre nosotros… nos escandalizamos de tu doctrina, de tus mandamientos, de tu moral, de tus exigencias…, a todos ellos Nuestro Señor responde a su turno: La piedra que los constructores desecharon, se ha convertido en piedra angular. Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos… Todo el que caiga sobre esta piedra, se destrozará, y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará…

En cambio, a los que creen, a los que aceptan, a los que no se escandalizan, Nuestro Señor los sostiene, los fortalece y los salva.

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Consideremos qué nos dicen las Sagradas Escrituras sobre esta piedra.

En el Salmo 117, versículo 22, leemos: La piedra que rechazaron los constructores ha venido a ser la piedra angular.

En la parábola de los malos viñadores, Jesús recuerda a su propio pueblo este pasaje, como un argumento ad hominem, para anunciarles la vocación de los gentiles a causa de la incredulidad de Israel. San Pablo formula sobre ésto una grave advertencia también a nosotros los gentiles en Romanos XI, 17.

El peligro radica en menospreciar los planes de Dios. Por consiguiente, a Él sólo hay que temer cuando se vive a espaldas de sus mandamientos y con una política totalmente profana, sin tener en cuenta los divinos designios.

Por lo tanto, Dios puede ser ocasión de perdición y un gran peligro para muchos, como piedra de escándalo que les haga caer en la ruina. El hecho de pertenecer al pueblo elegido sería para muchos ocasión de mayor castigo; de hecho, muchos se enredarán y caerán en el lazo.

Así lo dice el Profeta Isaías en el capítulo VIII, versículos 13 a 15: A Yahvé de los Ejércitos, a Él tened por santo, sea Él vuestro temor y Él vuestro temblor. Él será vuestra santidad, mas también una piedra de tropiezo y una roca de escándalo para las dos Casas de Israel; lazo y trampa para los moradores de Jerusalén. Allí tropezarán muchos, caerán y serán quebrantados; y serán atrapados y quedarán presos.

En la Fiesta de Cristo Rey, ya hice referencia a la famosa visión del Profeta Daniel, capítulo II, versículos 34-35 y 44-45: Tú estabas mirando, cuando de pronto una piedra se desprendió, sin intervención de mano de hombre, vino a dar a la estatua en sus pies de hierro y arcilla, y los pulverizó. Entonces quedó pulverizado todo a la vez: hierro, arcilla, bronce, plata y oro; quedaron como el tamo de la era en verano, y el viento se lo llevó sin dejar rastro. Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra (…) En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo. Pulverizará y aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente: tal como has visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro.

Sabemos que la piedra de que habla esta profecía es el mismo Jesucristo.

Comprendemos que, si lo que anuncia una profecía para la venida del Señor no tuvo lugar en su Primera Venida, debemos esperarlo ciertamente para la Segunda.

Del Mesías, en su Primera Venida, se habla claramente en muchísimos lugares de la Escritura, y en ellos se anuncia su vida santísima, su predicación, su doctrina, sus milagros, su muerte, su resurrección, la perdición de Israel, y la vocación de las gentes, etc.

Con la similitud de la piedra se habla en Isaías, capítulo XXVIII, de la primera venida del Mesías, y de las consecuencias terribles para Israel. He aquí (dice) que yo pondré en los cimientos de Sión una piedra, piedra escogida, angular, preciosa, fundada en el cimiento.

Y en el capítulo octavo hemos visto anunciado que el Mesías sería para el mismo Israel, por su incredulidad y por su iniquidad, como una piedra de ofensión y de escándalo, y como un lazo y una ruina para los habitadores de Jerusalén.

Mas esta piedra preciosa, electa, probada, que bajó al vientre de la Virgen, no bajó con ruido ni terror, sino con una blandura y suavidad admirable; no bajó para hacer mal a nadie, sino antes para hacer bien a todos porque no envió Dios su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

Decía el mismo Señor que lo envió Dios a este mundo, y lo puso en él como una piedra angular y fundamental, para que sobre esta piedra, como sobre el más firme y sólido fundamento, se levantase hasta el cielo el grande edificio de la Iglesia.

Así, lejos de hacer daño alguno con su caída, o con su bajada del cielo, lejos de caer sobre alguna cosa y quebrantarla con el golpe, fue, por el contrario, y lo es hasta ahora, una piedra bien golpeada y bien martillada; una piedra sobre quien cayeron muchos, y caen todavía con pésima intención, con intención de quebrantarla, y desmenuzarla, y reducirla a polvo, si les fuese posible.

Y no obstante la experiencia de su dureza, no obstante la experiencia de lo poco que se avanza, y de lo mucho que se arriesga en golpear esta piedra preciosa, hasta ahora no ha faltado, ni faltará gente ociosa y perversa que quiera tomar sobre sí el empeño inútil y vano de dar contra ella y perseguirla.

¿Nunca leísteis en las Escrituras (les decía Jesús a los Judíos), la piedra, que desecharon los que edificaban, esta fue puesta por cabeza de esquina… el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere, lo desmenuzará? (Mat. XXI, 42, et 44).

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Vemos aquí claramente las dos venidas del Mesías, y las consecuencias inmediatas de una y otra; lo que ha hecho y hace con ella, y lo que hará cuando baje del monte contra la estatua, y contra todo lo que en ella se incluye.

San Pedro lo ha dicho con toda claridad.

Leemos en los Hechos de los Apóstoles (IV, 10-12): Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el Nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su Nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros. Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.

Asimismo en la Primera Carta del Apóstol (II, 4-8): Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pues está en la Escritura: He aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido. Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido, en piedra de tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra; para esto han sido destinados.

El que cree, de fe no fingida, el que quiere de veras ajustarse a esta piedra fundamental, el que para ésto se labra a sí mismo, y se deja labrar, desbastar y golpear, etc., éste es salvo seguramente, éste es una piedra viva, infinitamente más preciosa de lo que el mundo es capaz de estimar; éste se edifica sobre fundamento eterno, y hará eternamente parte del edificio sagrado.

Al contrario, el que no cree, o sólo cree con aquella especie de fe que sin obras es muerta; mucho más el que persigue a la piedra fundamental y da contra ella, él tendrá toda la culpa, y a sí mismo se deberá imputar todo el mal, si se rompe la cabeza, las manos y pies; el que cayere sobre esta piedra será quebrantado.

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Esto es puntualmente lo que sucedió a los judíos.

Después de haber reprobado y arrojado de sí esta piedra preciosa, después que, no obstante su reprobación, la vieron ponerse por cabeza de esquina, después que vieron el nuevo y admirable edificio, que a gran prisa se iba levantando sobre ella, llenos de celo, o de furor diabólico, comenzaron a dar golpes y más golpes a la piedra fundamental, pensando romperla, despedazarla, y hacer caer sobre ella misma el edificio que sustentaba; mas a poco tiempo se vio verificada en estos primeros perseguidores la primera parte de la profecía del Señor; el que cayere sobre esta piedra será quebrantado.

Salieron de aquel empeño tan descalabrados, que se percibe el estado miserable en que han quedado; no han podido sanar, ni aun volver en sí en tantos siglos.

Siguieron los gentiles el mismo empeño, armados con toda la potencia de los Césares; y habiéndola golpeado en diferentes tiempos, y cada vez con nuevo furor, nada consiguieron al fin, sino hacerse pedazos ellos mismos, y servir, sin saberlo, a la construcción de la obra, labrando como piedras a millares, para que creciese más presto.

Desde entonces, ¿qué máquinas no se han imaginado y puesto en movimiento para vencer la dureza de esta piedra? Tantas cuantas han sido las herejías. ¡Con qué empeño, con qué obstinación, con qué violencia, con qué artificios, con qué fraudes han trabajado tantos para arruinar lo que ya está edificado sobre piedra sólida!

Veremos al fin en lo que para su coraje y su filosofía, pues el que cayere sobre esta piedra será quebrantado.

Si muchos se han quebrado en ella la cabeza, la culpa ha sido toda suya, no de la piedra. El hijo del hombre no ha venido a perder las almas, sino a salvarlas... para que tengan vida, y para que la tengan en más abundancia.

Pero llegará tiempo, y llegará infaliblemente, en que esta misma piedra, llenas ya las medidas del sufrimiento y del silencio, baje segunda vez con el mayor estruendo, espanto y rigor imaginable, y se encamine directamente hacia los pies de la grande estatua.

Entonces se cumplirá con toda plenitud la segunda parte de aquella sentencia, el que cayere sobre esta piedra será quebrantado, y sobre quien ella cayere lo desmenuzará; y entonces se cumplirá del mismo modo la segunda parte de la profecía de Daniel: cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra, e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó, etc.

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No existe ninguna razón para confundir un misterio con otro. Aunque la piedra es una misma, esto es, Cristo Jesús, las venidas, las bajadas, las caídas a esta nuestra tierra son ciertamente dos; y muy diversas entre sí.

Desde Nabucodonosor hasta el día de hoy, esto es, por un espacio de más de dos mil quinientos años, se ha venido verificando puntualmente lo que comprende y anuncia esta antiquísima profecía.

Lo formal de la estatua, es decir, el imperio y la dominación, que primero estuvo en la cabeza, se ha ido bajando a vista de todos, por medio de grandes revoluciones, de la cabeza al pecho y brazos; del pecho y brazos al vientre y muslos; del vientre y muslos a las piernas, pies y dedos, donde actualmente se halla.

No falta ya sino la última época, o la más grande revolución, que nos anuncia esta misma profecía con quien concuerdan perfectamente otras muchísimas.

Y, entonces, cabe preguntar: ¿por qué no se recibe esta última como se halla? Quien ha dicho la verdad en tantos y tan diversos sucesos que vemos plenamente verificados, ¿podrá dejar de decirla en uno sólo que queda por verificarse?

¿Por qué, pues, se mira este suceso con tanta indiferencia? ¿Por qué se afecta no conocerlo? ¿Por qué se pretende equivocar y confundir la caída de la piedra sobre los pies de la estatua, y el fin y término de todo imperio y dominación, con lo que sucedió en la Primera Venida, mansa y pacífica, del Hijo de Dios?

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El Señor con frecuencia nos exhorta en los Evangelios a la vigilancia en todo tiempo, porque no sabemos cuándo vendrá. Veladporque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Veladen todo tiempo; Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.

Dichosos mil veces los que le creyeren; dichosos los que le dieren la atención y consideración que pide un negocio tan grave; ellos procurarán ponerse a cubierto, ellos se guardarán del golpe de la piedra, ciertos y seguros que nada tienen que temer los amigos; pues sólo están amenazados los enemigos.

Las profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas…; todo lo contrario, por éso mismo se verificarán con toda plenitud.

Bienaventuradas las naciones fieles, que no se avergüenzan de reconocer a Jesús como su Rey; que ponen el Evangelio como base de sus leyes y de sus instituciones…

La historia nos muestra que, por ésto, han sido bendecidas, grandes y gloriosas…

¡Desgraciadamente!, ¿dónde se hallan hoy?

Bienaventuradas las familias que fundan su gloria en servir a Jesucristo, amarlo, imitarlo y en observar escrupulosamente sus menores preceptos hasta que Él vuelva…

Bienaventurado el individuo que de todo corazón, cree en todos los misterios y en todos los artículos de nuestra fe, que adora a Jesucristo, tanto en Belén, como en el Calvario o en el Santísimo Sacramento…

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Pero Él tarda…, se hace esperar…, la espera se prolonga…

Llegan momentos de angustia en la vida de un hombre, de una familia, de una sociedad; momentos en los cuales se piensa que ya no se puede sufrir, soportar más la situación…

La carga nos aplasta, sentimos que las fuerzas nos abandonan y que hasta la voluntad está como paralizada para seguir luchando…

En esos momentos queremos poner fin a tal situación; de cualquier manera deseamos terminar con ella, sea huyendo hacia otro ambiente, sea, si no sabemos dónde ir, huyendo hacia la muerte…

Pero quien confía en esa Piedra angular, que es Cristo, quien ha puesto toda su confianza en esta Roca inconmovible, sigue luchando aunque más no sea con la consigna de no dejarse vencer.

Quien así confía y combate, permanece en el lugar que Dios le ha asignado y lleva toda su pena, sus desengaños, su desaliento, su cansancio, su misma miseria, al huerto de Getsemaní y al pie del Calvario…

Y allí, junto a la Cruz, si no encuentra alegría, al menos halla resignación y fortaleza para cumplir la voluntad divina…

Y ahora…: “Id y anunciad a Juan (a los pusilánimes) lo que oís y veis: Ciegos ven, cojos andan, leprosos son curados, sordos oyen, muertos resucitan, y pobres son evangelizados; ¡y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí!”