Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

jovenHazlo bien

En una antigua iglesia hay una interesante pintura que representa los diferentes estados de la vida. Allí está el Papa revestido con los ornamentos de gran solemnidad, y debajo se leen estas palabras: «Yo os enseño a todos.»

Allí está el emperador, con una corona en las sienes, con un cetro en la mano, y debajo se lee esta inscripción: «Yo os gobierno a todos.»

Allí está el general con la espada en la mano, y dice: «Yo os defiendo a todos.»

El labrador abre un largo surco con el arado, y dice: «Yo os alimento a todos.»

En la parte inferior del cuadro se ve pintado el diablo, haciendo muecas y rién­dose a carcajadas, y exclama: «Y yo os llevaré a todos si no cumplís vuestro deber.»

¡Qué profundo significado encierra este cuadro! Que en esta tierra seas emperador o labriego, es indiferente; pero has de cumplir tu deber. La vida terrena es el gran teatro en que Dios distribuye a todos el papel que han de desempeñar. No depende de ti el papel que has de recibir, pero sí está completamente en tu mano el modo cómo lo representes.

En una representación teatral lo importante no es el papel que has de hacer, sino el cómo. Quien tiene el papel de emperador, quizá sea acogido con silbidos por no hacerlo bien. En cambio, se aplaude a un aprendiz de zapatero remendón porque hizo con maestría lo que le tocaba hacer.

Con tristeza oigo a cada paso en boca de los estudiantes: «No sé qué carrera coger. Están todas tan concurridas» No te asustes, todavía en todas las carreras hacen gran falta hombres diligentes que cumplan a conciencia con su deber.

Hoy no estoy de buen humor

El estudio y el éxito dependen, en primer lugar, de la voluntad y no del humor. Sin embargo, ¡cuántos jóvenes se disculpan con que: «Hoy no puedo estudiar; no tengo humor adecuado. No tengo ganas. Lo dejaré para mañana.» Hay jóvenes que para estudiar esperan siempre que a estar de «buen humor», a tener ganas. Y sin embargo quien ha emprendido el trabajo tiene ya hecha la mitad.

Nelson, el famoso almirante inglés, murió con estas palabras: «Gracias a Dios he cumplido con mi deber.» Ojala puedas decir un día lo mismo de ti mismo. Pero no esperes a tener ganas para conseguirlo.

Muchos jóvenes se quejan de que «no tienen suerte», de que el profesor «les tiene inquina», de que «todo les sale mal »; y sin embargo, en la mayoría de los casos no se trata más que de un solo defecto: en estos muchachos lo primero son las diversiones; siguen después muchas cosas, y allá muy atrás está su deber.

No estamos en esta tierra para ser felices, sino para cumplir todo cuanto Dios espera de nosotros. «Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Juan 4, 34), dijo de sí mismo el Redentor del mundo y así deberíamos repetir todos.

El Señor le dio al hombre la libertad, y el hombre puede oponer esta libertad a la voluntad de Dios: he aquí el pecado.

Hazte un plan

Quien no trabaja no puede ser feliz. El trabajo es, además, garantía de salud corporal. Si el arado yace abandonado en un rincón, se oxida; en cambio, si se usa, recobra el brillo. También el hombre holgazán llega a cubrirse de moho, mientras que en los ojos del hombre trabajador brilla la alegría.

«¡Pero… si no me gusta trabajar! ¡Si es tan antipática esta lección!» Lo mismo da. La cuestión es lanzarse de una vez al trabajo, hacerlo con entusiasmo. Verás cómo superas el desaliento inicial.

Has de tener orden en el estudio. «Guarda el orden y el orden te guardará», decían los antiguos. El deber cumplido con orden tiene doble valor; en cambio, el trabajo a capricho, desordenado, mal encaminado, es sencillamente perder el tiempo.

Haz todas las noches tu plan, tu horario, para el día siguiente, por lo menos a grandes rasgos. Y síguelo firmemente.

Por ejemplo, a la una salgo de clase y vuelvo a casa; comida, descanso hasta las dos y media; lecciones hasta las cinco, juego, diversiones hasta las seis; música, hasta las siete; estudio de idiomas, cena, lectura, a las nueve de la noche; rezos, acostarse.

Y cuando toca estudiar, entonces a ello. Pero de veras, firmemente, por más que oigas una voz que te sunsurra al oído: «Déjalo para mañana, ya habrá tiempo»; y por mucho que el sol te invite a salir a la calle. No te dejes ablandar. Ahora lo principal es estudiar.

Verás cuánto te cunde el tiempo distribuyéndolo bien con orden.

Tiene razón el dicho inglés: «Quien se acuesta temprano y madruga, será sano, rico y sabio.»

Había un estudiante que sistemáticamente llegaba tarde a todas partes. Ni por casualidad podía ser puntual. Sus maliciosos compañeros tuvieron una aguda ocurrencia: «Este muchacho nació cinco minutos más tarde de lo debido, y desde entonces no sabe recuperar estos cinco minutos de retraso.» Cuando ya fue un hombre no servía para nada, tenía una infinidad de disgustos en su oficina por sus continuos retrasos. ¿Y qué será de él si llega tarde al cielo? No muy tarde: ¡sólo unos cinco minutos!

Sé puntual

Propiamente, ¿qué es la puntualidad? Una cosa muy sencilla: Suspender un trabajo cuando se acaba su tiempo y emprender otro cuando llega su turno. Quien cumple esta regla sencilla desempeñará bien su oficio y lo hará todo a su tiempo.

La puntualidad empieza muy de mañana. Suena la hora de levantarse; por ejemplo, las seis de la mañana. Ya pasó el tiempo del descanso y saltas heroicamente de la cama. Si lo haces al instante, nunca tendrás que lamentarte: «No tuve tiempo para mis oraciones de la mañana. Llegué tarde al colegio.»

Sé, sobre todo, puntual a la hora de empezar el estudio, sin pensarlo dos veces.

Será siempre puntual el que sabe apreciar el tiempo. El que no se hace esperar da pruebas de tener en su justa estima el tiempo propio como el de los demás. No en vano dice el refrán: «La puntualidad es la cortesía de los reyes».

Es puntual el que sabe aprovechar el tiempo, pues aprecia su valor.

Cuando me detengo en las grandes bibliotecas ante las largas hileras formadas por las obras de un San Agustín, de un San Buenaventura, de un Santo Tomás de Aquino… me pongo a pensar: «¿Cómo tenían tiempo para escribir tantos libros, cuando algunos de ellos murieron relativamente jóvenes y tuvieron múltiples quehaceres, además de escribir?»

Me detengo, por ejemplo, ante los libros de Santo Tomás de Aquino: treinta y ocho grandes volúmenes en folio. ¿Cómo pudo escribir tanto un hombre que en total vivió cincuenta y dos años y, además, gastó mucho tiempo enseñando y predicando? Y hay que tener en cuenta que su producción literaria no está hecha de novelas, sino que trató las cuestiones más difíciles: Filosofía y Teología.

¿Cómo tuvieron tanto tiempo? Sencillamente, no perdían un momento de su vida.

Y puedes observar lo contrario: justamente los que nada tienen que hacer suelen ser los que «no tienen tiempo» para el trabajo. El estudiante perezoso retrasa sus deberes para el último día, y aun más para el último minuto de ese día, y escribe por la noche el tema que ha de presentar al día siguiente.

Si un médico te diagnosticase que te quedan ocho días de vida, dime, ¿qué harías? ¿Cómo aprovecharías esa semana? ¿No habrías de rectificar muchas cosas? ¿No habrías de pedir perdón a muchos? ¿No tratarías de reparar tus pecados?

Miguel Angel fue un artista célebre del siglo XVI y creó obras maestras de una belleza insuperable.  A pesar de ello mira cómo se queja, en edad ya avanzada, del tiempo que había perdido:

«¡Ay, ay de mí! ¡Cómo me engañaron los momentos fugaces! Me pasó el tiempo sin notarlo, y en breve me veré lleno de canas. El pensar es infructuoso; fracasa la buena intención. Pisando mis talones viene la muerte. No hay mal peor como el tiempo perdido.»

Medita qué breve es la vida y aprovecha el tiempo cuanto puedas. Recapacita en lo que dice Séneca: «Los hombres suelen pasar la mayor parte de su vida haciendo el mal, una gran parte no haciendo nada, y toda la vida en no hacer lo que deberían hacer.»

Aprovecharías más la vida si meditaras en lo rápido que se pasa.

El pasado ya se te escapó, el futuro aún no es tuyo; no tienes más que el momento presente; aprovéchalo, pues.

En rigor, lo único en el tiempo que podemos llamar nuestro es el instante presente.

«Mi señor pierde cada mañana una hora, y después ya no la encuentra en todo el día», dijo agudamente un criado de su dueño, que estaba desperezándose largo rato en la cama todas las mañanas.

«Vivió veinte años», leí en la tumba de un joven. «¡Qué poco tiempo vivió!», dice alguien a mi lado. ¿Poco tiempo? ¡Oh no! Si es que de veras «vivió veinte años», si encaminó su vida según la voluntad divina y aprovechó bien los momentos, ha podido vivir mucho en pocos años.

Descanso, no ocio

Naturalmente, también es necesario que descanses, que rehagas tus fuerzas y que suspendas un poco tu trabajo. El arco siempre tensado, pierde su fuerza, su fuerza de tensión. Pero el descanso ha de ser acumulación  de fuerzas, y no tiempo perdido por pereza. Sólo descansa quien antes ha trabajado.

Los romanos solían poner esta inscripción a la entrada de su finca veraniega: «Para el descanso, no para el ocio.» Por tanto, el descanso nunca ha de ser para ti inactividad completa. Siempre tienes que buscar algún quehacer, sea cómo fuere.

Aunque no vivas en una hermosa región montañosa, esto no obsta que hagas excursiones agradables, que no sólo darán vigor a tu salud corporal sino refrigerio a tu alma. Dedícate a algún trabajo manual para ejercitar tu habilidad. Paseos, excursiones, trabajos manuales, lectura…  son excelentes medio para disfrutar las vacaciones. Haz cualquier cosa con tal que no te aburras.

¿Cuándo cometen los hombres más maldades, crímenes, asesinatos, riñas? Cuando están ociosos, no durante el trabajo.

Tú también has podido experimentar en ti mismo que durante el curso, cuando estás abrumado de trabajo, te resulta mucho más fácil guardar tu alma de los malos pensamientos y del pecado, que durante las vacaciones, en que no tienes urgentes quehaceres.

La lengua alemana tiene la misma palabra para la expresión de «perezoso» y «podrido»; ambas son faul. Como si dijera: el alma que pasa su tiempo en la vagancia no deja de pudrirse sin remedio. Never to be doing nothing, fue la magnífica divisa de Walter Scott, «no estar jamás ocioso.»

Todos los estudiantes esperan rebosando de alegría las largas vacaciones de verano, y bien las merecen los que han trabajado seriamente todo el curso. Después de tanto estudiar, bien está soltar los libros, dormir algo más; pero nunca está bien pasar el rato en la cama despierto, entregado a la pereza. Porque sólo el cuerpo necesita descansar, el espíritu está siempre trabajando. Por tanto, si ya ha descansado el cuerpo no tienes porqué quedarte en la cama. No olvides nunca el excelente consejo que San Jerónimo dio al joven Nepociano: «El espíritu del mal ha de encontrarte siempre trabajando.» Si así lo haces no tendrás que temer al demonio.

Los cardos y malas hierbas no crecen en el jardín que se trabaja, sino en el terreno abandonado, en el barbecho.

Continuará…