ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – NOVIEMBRE 2016 – 2° PARTE

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Noviembre de 2016.

Escuchar Ahora

Descargar Audio Mp3
https://ar.ivoox.com/es/player_ej_14218592_4_1.html?c1=ff6600

***

SANTO TOMÁS DE AQUINO

SUMA TEOLÓGICA Ia– IIæ

TRATADO DE LAS PASIONES

EL TEMOR

Acerca del temor se presentan cuatro cuestiones:

primera, el temor en sí mismo;

segunda, su objeto;

tercera, su causa;

cuarta, su efecto.

CUESTIÓN 41

Del temor en sí mismo

La primera cuestión plantea y exige respuesta a cuatro problemas:

1º. ¿Es el temor una pasión del alma?

2º. ¿Es una pasión especial?

3º. ¿Hay algún temor natural?

4º. De las especies de temor.

ARTÍCULO 1

El temor es una pasión del alma

Entre los demás movimientos del alma, ninguno, excepto la tristeza, tiene más carácter de pasión que el temor.

Porque, como se ha dicho anteriormente, el concepto de pasión implica, en primer lugar, ser un movimiento de una potencia pasiva, esto es, a la cual se compara su objeto a la manera de un motor activo, por lo mismo que la pasión es efecto de un agente. Y de este modo también el sentir y entender se llaman pasiones.

En segundo lugar, en sentido más propio, la pasión designa el movimiento de la potencia apetitiva que tiene un órgano corporal y que se realiza acompañado de una transmutación corporal.

Y, todavía mucho más propiamente, se llaman pasiones aquellos movimientos que implican algún daño.

Ahora bien, es evidente que el temor, refiriéndose al mal, pertenece a la potencia apetitiva, que de suyo mira al bien y al mal, y corresponde al apetito sensitivo, pues se realiza acompañado de cierta transmutación corporal, es decir, con contracción.

Además, importa una relación al mal, en cuanto el mal vence en cierto modo a algún bien.

Por lo tanto, le compete con toda verdad el concepto de pasión.

Sin embargo, menos que a la tristeza, que se refiere al mal presente; pues el temor mira al mal futuro, que no mueve tanto como el presente.

3ª Objeción: Toda pasión del alma es un movimiento del apetito sensitivo, que sigue a la aprehensión del sentido. Luego, siendo el temor de un mal futuro, parece que no es una pasión del alma.

Respuesta: El sentido no aprehende lo futuro, pero, por el hecho de aprehender lo presente, el animal se mueve por instinto natural a esperar el bien futuro o a temer el mal futuro.

ARTÍCULO 2

El temor es una pasión especial

Las pasiones del alma reciben su especie de los objetos. De ahí que sea pasión especial la que tiene un objeto especial.

Ahora bien, el temor tiene un objeto especial, como lo tiene también la esperanza. Pues como el objeto de la esperanza es el bien futuro, arduo y posible de conseguir, así el objeto del temor es el mal futuro difícil, al que no se puede resistir.

Por lo tanto, el temor es una pasión especial del alma.

ARTÍCULO 3

No hay algún temor natural

Un movimiento se llama natural porque a él inclina la naturaleza.

Pero esto sucede de dos modos.

Uno, completándose un todo por la naturaleza, sin operación alguna de la potencia aprehensiva, como dirigirse hacia arriba es un movimiento natural del fuego, y crecer es un movimiento natural de los animales y de las plantas.

De otro modo se dice natural el movimiento al que inclina la naturaleza, aunque no se realiza sino mediante la aprehensión, porque, como se ha dicho anteriormente, los movimientos de la potencia cognoscitiva y apetitiva se reducen a la naturaleza como a su primer principio.

Y de este modo, aun los mismos actos de la potencia aprehensiva, como entender, sentir y recordar, y también los movimientos del apetito animal, se llaman a veces naturales.

Y en este sentido puede hablarse de un temor natural, que se distingue del temor no natural por razón de la diversidad de su objeto.

Hay, en efecto, como dice Aristóteles, un temor del mal destructivo, que la naturaleza rehúye a causa del deseo natural de existir, y tal temor se llama natural.

Hay, además, un temor del mal contristante, que no repugna a la naturaleza, sino al deseo del apetito, y tal temor no es natural.

Como también anteriormente se estableció una división del amor de la concupiscencia y de la delectación en natural y no natural.

Pero, según la primera acepción de lo natural, debe observarse que algunas pasiones del alma se llaman a veces naturales, como el amor, el deseo y la esperanza, mientras que otras no pueden denominarse naturales.

Y la razón de ésto es porque el amor y el odio, el deseo y la huida implican una cierta inclinación a proseguir el bien y evitar el mal, inclinación que, en verdad, corresponde también al apetito natural.

Hay, por tanto, un amor natural, y también puede hablarse en cierto modo de un deseo o esperanza en las cosas naturales que carecen de conocimiento.

En cambio, las otras pasiones del alma implican ciertos movimientos para los que de ningún modo es suficiente la inclinación natural.

Ya porque de la naturaleza de estas pasiones es la sensación o conocimiento, según queda dicho que la aprehensión se requiere esencialmente para la delectación y el dolor, no pudiendo, por eso, decirse que los seres carentes de conocimiento se deleiten o se duelan.

O bien porque tales movimientos son contrarios a la razón misma de inclinación natural; por ejemplo, que la desesperación rehúya el bien a causa de alguna dificultad, y que el temor rehúse atacar al mal contrario, no obstante la inclinación natural a ello. Y por eso, tales pasiones no se atribuyen en manera alguna a las cosas inanimadas.

ARTÍCULO 4

Se asignan convenientemente por San Juan Damasceno las seis especies de temor, a saber, la pereza, el rubor, la vergüenza, la admiración, el estupor y la congoja.

Como se ha indicado, el temor se refiere a un mal futuro que supera el poder del que teme, esto es, al que no es capaz de resistir.

Mas tanto el bien como el mal del hombre pueden ser considerados ya en la operación de éste, ya en las cosas exteriores.

En la operación del hombre puede temerse un doble mal.

Primeramente, el trabajo que agobia a la naturaleza, es decir, cuando alguien rehúsa obrar por temor de un trabajo excesivo. Aquí se da la pereza.

En segundo lugar, la deshonra que daña a la reputación. Y así, si se teme la deshonra de cometer el acto hay rubor, mientras que, si es de un acto torpe ya cometido, hay vergüenza.

Por otra parte, el mal que consiste en las cosas exteriores puede superar la facultad del hombre para resistir por tres razones.

Primera, por razón de su magnitud, esto es, cuando alguien considera un gran mal cuyo término es incapaz de calcular. Y entonces hay admiración.

Segunda, por la falta de costumbre, es decir, porque se presenta a nuestra consideración algún mal insólito y, por eso, es grande en nuestra estimación. Y de este modo hay estupor, que es causado por la imaginación de algo desacostumbrado.

Tercera, por razón de la imprevisión, es decir, porque no puede prevenirse, y así se temen las desgracias futuras. Y tal temor se denomina congoja.

1ª Objeción: Como dice Aristóteles, el temor proviene de un mal que contrista. Luego las especies de temor deben corresponder a las especies de tristeza. Ahora bien, las especies de tristeza son cuatro, como se ha dicho anteriormente (misericordia, envidia, angustia y acidia). Luego solamente deben ser cuatro las especies de temor correspondientes a ellas.

Respuesta: Las especies de tristeza establecidas antes no se toman de la diversidad del objeto, sino de la diversidad de los efectos y de ciertas razones especiales. Y, por tanto, no es preciso que aquellas especies de tristeza correspondan a estas especies de temor, que se toman de la división propia del objeto mismo del temor.

2ª Objeción: Lo que consiste en una acción nuestra, está sometido a nuestro poder, como queda dicho. Luego la pereza, el rubor y la vergüenza que miran a nuestra operación no deben considerarse especies de temor.

Respuesta: La operación, en cuanto está ejecutándose ya, está sujeta al poder del operante. Pero puede considerarse algo acerca de la operación que supera la capacidad del operante, por cuya causa uno rehúsa obrar. Y conforme a esto, la pereza, el rubor y la vergüenza se consideran especies de temor.

3ª Objeción: El temor es de algo futuro. Pero la vergüenza es de un acto torpe ya cometido. Luego la vergüenza no es una especie de temor.

Respuesta: Puede temerse una afrenta u oprobio futuros por una acción pasada. Y en este sentido la vergüenza es una especie de temor.

4ª Objeción: Asimismo, el temor es solamente del mal. Pero la admiración y el estupor se refieren a algo grande e insólito, sea bueno o malo. Luego la admiración y el estupor no son especies del temor.

Respuesta: No cualquier admiración o estupor son especies del temor, sino la admiración acerca de un gran mal y el estupor sobre un mal insólito. O puede decirse que así como la pereza rehúye el trabajo de la operación exterior, así la admiración y el estupor rehúyen la dificultad de considerar una cosa grande o insólita, sea buena o mala, de manera que la admiración y el estupor son al acto del entendimiento lo que la pereza es al acto exterior.

5ª Objeción: Además, los filósofos son impulsados por la admiración a investigar la verdad. Ahora bien, el temor no mueve a investigar, sino más bien a huir. Luego la admiración no es una especie de temor.

Respuesta: El que se admira rehúsa de momento dar un juicio sobre aquello de que se admira por temor de equivocarse, pero inquiere para el futuro. En cambio, el que padece estupor no sólo teme juzgar al presente, sino también en el futuro. De ahí que la admiración es el principio de la investigación filosófica, mientras el estupor es un obstáculo para la consideración filosófica.

CUESTIÓN 42

Del objeto del temor

Esta cuestión plantea y exige respuesta a seis problemas:

1º. ¿Es el bien el objeto del temor o lo es el mal?

2º. ¿Es el mal de la naturaleza objeto del temor?

3º. ¿Hay temor del mal de culpa?

4º. ¿Puede temerse el temor mismo?

5º. ¿Se temen más las cosas repentinas?

6º. ¿Se teme más lo que no tiene remedio?

ARTÍCULO 1

El objeto del temor es el mal futuro

El temor es un movimiento de la potencia apetitiva.

Ahora bien, la prosecución y la huida son propias del temor.

Mas la prosecución es del bien, y la huida, del mal.

Por consiguiente, todo movimiento de la potencia apetitiva que implica prosecución tiene un bien como objeto, mientras todo movimiento que implica huida tiene un mal como objeto.

Luego, implicando el temor una huida, mira al mal primera y directamente como a su objeto propio.

Por otra parte, también puede mirar al bien en cuanto guarda relación con el mal. Esto puede tener lugar de dos maneras.

Una, en cuanto por el mal se priva del bien, pues algo es malo por lo mismo que priva del bien. Por consiguiente, al rehuirse el mal por ser mal, se sigue que se rehúye porque priva del bien, el cual se prosigue por el amor. Y en este sentido dice San Agustín que no hay motivo de temer, sino el de perder el bien amado.

De otra manera se compara el bien con el mal como causa de éste, es decir, en cuanto algún bien por su poder puede producir algún daño en el bien amado.

Y, por tanto, del mismo modo que la esperanza mira a dos cosas, esto es, al bien al que tiende y a aquello mediante lo cual espera conseguir el bien deseado; así también el temor mira a dos cosas, esto es, al mal que rehúye y a aquel bien que por su poder puede infligir un mal.

De este modo teme a Dios el hombre, en cuanto puede infligir una pena espiritual o corporal. Así se teme también la potestad de un hombre, sobre todo cuando ha sido ofendida o cuando es injusta, porque entonces tiene a la mano el causar daño. Asimismo se teme estar sobre otro, esto es, apoyarse en otro, de suerte que está en su poder hacernos daño, como de quien conoce un crimen se teme que lo revele.

ARTÍCULO 2

Puede haber temor del mal de la naturaleza

Como afirma Aristóteles, el temor proviene de la imaginación de un mal futuro que destruye o contrista.

Ahora bien, así como el mal que contrista es lo que contraría a la voluntad, así el mal que destruye es lo que contraría a la naturaleza. Y éste es el mal de la naturaleza.

Por tanto, puede haber temor del mal de la naturaleza.

Pero hay que observar que el mal de la naturaleza a veces proviene de una causa natural, y entonces se llama mal de la naturaleza, no solamente porque priva de un bien de la naturaleza, sino también por ser efecto de la naturaleza, como la muerte natural y otros defectos semejantes.

Otras veces, en cambio, el mal de la naturaleza proviene de una causa no natural, como la muerte que causa violentamente el perseguidor.

Y en ambos casos el mal de la naturaleza en cierto modo se teme y en cierto modo no.

En efecto, proviniendo el temor de la imaginación de un mal futuro, aquello que aparta la fantasía del mal futuro excluye también el temor.

Y el que no aparezca un mal como futuro puede suceder de dos maneras.

Primera, porque está remoto y distante, pues, por razón de la distancia, nos imaginamos que no ocurrirá. Y, por consiguiente, o no lo tememos o lo tememos poco. Porque, como dice Aristóteles, lo que está muy lejos no se teme, pues todos saben que morirán, pero como no está cerca, no se preocupan.

Segunda, se estima un mal futuro como no futuro por razón de la necesidad, que hace estimarlo como presente. Por lo cual dice Aristóteles que aquellos a los que se va a decapitar no temen, viendo que es inminente para ellos la necesidad de morir, pues para que uno tema es preciso que haya alguna esperanza de salvación.

Así, pues, no se teme el mal de la naturaleza, porque no se aprehende como futuro.

En cambio, si el mal de la naturaleza, que es destructor, se aprehende como cercano, pero con alguna esperanza de evadirlo, entonces será temido.

3ª Objeción: La naturaleza no mueve a cosas contrarias. Pero el mal de la naturaleza proviene de la naturaleza. Luego que alguien rehúya este mal por temor no proviene de la naturaleza. Luego el temor natural no es del mal de la naturaleza, al cual, sin embargo, parece pertenecer este mal.

Respuesta: La muerte y los otros defectos de la naturaleza provienen de la naturaleza universal, a los cuales se opone, en cuanto puede, la naturaleza particular. Y así, por la inclinación de la naturaleza particular hay dolor y tristeza por tales males cuando están presentes, y temor si amenazan para el futuro.

ARTÍCULO 3

No hay temor del mal de culpa

Como el objeto de la esperanza es el bien futuro arduo que uno puede conseguir, así el temor es de un mal futuro arduo que no puede evitarse fácilmente.

De lo cual puede concluirse que lo que está sujeto absolutamente a nuestro poder y voluntad, no tiene naturaleza de terrible, sino que sólo es terrible lo que depende de una causa extrínseca.

Ahora bien, el mal de culpa tiene como causa propia la voluntad humana y, por consiguiente, no tiene propiamente razón de terrible.

Pero como la voluntad humana puede ser inclinada a pecar por una causa externa, si esta causa posee gran fuerza para inclinarla, entonces podrá haber temor del mal de culpa, en cuanto depende de una causa externa; por ejemplo, cuando uno teme vivir en compañía de los malos, no sea que le induzcan a pecar.

Pero, propiamente hablando, en tal disposición el hombre teme más la seducción que la culpa considerada en su naturaleza, es decir, en cuanto voluntaria, pues bajo este aspecto no es de temer.

1ª Objeción: El hombre teme con casto temor la separación de Dios. Pero nada nos separa de Dios sino la culpa. Luego puede haber temor del mal de culpa.

Respuesta: La separación de Dios es una pena consiguiente al pecado, y toda pena procede de algún modo de una causa exterior.

ARTÍCULO 4

Puede ser temido el temor mismo

Solamente tiene razón de terrible lo que proviene de una causa extrínseca, mas no lo que proviene de nuestra voluntad.

Ahora bien, el temor en parte proviene de una causa extrínseca y en parte está sometido a nuestra voluntad.

Proviene, ciertamente, de una causa extrínseca, en cuanto es una pasión que sigue a la imaginación de un mal inminente. Y conforme a esto puede uno temer al temor, es decir, que le amenace la necesidad de temer a causa del ataque de un mal notable.

Está sometido a la voluntad en cuanto el apetito inferior obedece a la razón, por lo que el hombre puede rechazar el temor, y en este sentido el temor no puede ser temido.

Pero como alguien podría valerse de las razones que aduce para probar que el temor no es temido de ningún modo, por eso hay que responder a ellas.

1ª Objeción: Todo lo que se teme es custodiado con temor para no perderlo, como el que teme perder la salud, la guarda temiendo. Si, pues, el temor es temido, temiendo se guardará el hombre de temer, lo cual parece inadmisible.

Respuesta: No todo temor es idéntico, sino que hay diversos temores según las diversas cosas que se temen. Nada impide, pues, que por un temor se preserve alguien de otro temor, y de esta manera se guarda de temer por dicho temor.

2ª Objeción: El temor es una huida. Pero nadie huye de sí mismo. Luego el temor no teme al temor.

Respuesta: Siendo uno el temor con que se teme al mal inminente, y otro el temor con que se teme al mismo temor del mal inminente, no se sigue que una cosa huya de sí misma o sea la huida de sí misma.

3ª Objeción: El temor es de lo futuro. Pero el que teme, ya tiene temor. Luego no puede temer al temor.

Respuesta: Por la diversidad de temores ya mencionada, puede el hombre temer con temor actual un temor futuro.

ARTÍCULO 5

Son más temidas las cosas insólitas y repentinas

El objeto del temor es el mal inminente que no se puede rechazar con facilidad.

Y esto proviene de dos cosas: de la magnitud del mal y de la debilidad del que teme.

Ahora bien, a ambas cosas contribuye el que algo sea insólito y repentino.

En primer lugar, contribuye a que aparezca mayor el mal inminente.

En efecto, todas las cosas corporales, tanto buenas como malas, aparecen menores cuanto más se las considera. Y por eso, así como el dolor del mal presente se mitiga por razón de su larga duración, así también el temor del mal futuro se aminora mediante su consideración anticipada.

En segundo lugar, al ser algo insólito y repentino, contribuye a la debilidad del que teme, en cuanto que le priva de los remedios de que el hombre puede proveerse para rechazar el mal futuro, por no poder disponer de ellos cuando el mal surge de improviso.

1ª Objeción: Así como la esperanza es respecto del bien, así el temor es acerca del mal. Pero la experiencia contribuye a aumentar la esperanza de los bienes. Luego también contribuye a aumentar el temor de los males.

Respuesta: El objeto de la esperanza es el bien que uno puede conseguir. Y, por tanto, lo que aumenta el poder del hombre, naturalmente aumenta la esperanza, y, por la misma razón, disminuye el temor, porque el temor es de un mal al que no se puede resistir con facilidad. Así, pues, como la experiencia hace al hombre más poderoso para obrar, por eso, del mismo modo que aumenta la esperanza, también disminuye el temor.

2ª Objeción: Dice Aristóteles que son más temidos no los que son prontos a la ira, sino los apacibles y astutos. Ahora bien, consta que los iracundos tienen movimientos más repentinos. Luego lo que es repentino es menos terrible.

Respuesta: Los iracundos no ocultan su ira y, por eso, el daño que causan no es tan repentino que no se prevea. Pero los hombres apacibles y astutos ocultan su ira, y así el daño inminente por parte de ellos no puede preverse, sino que llega de improviso. Y por esta razón dice el Filósofo que tales hombres son más temidos.

3ª Objeción: Las cosas que suceden súbitamente pueden considerarse menos. Pero tanto más se temen las cosas cuanto más se las considera; por lo cual dice Aristóteles que algunos parecen valientes a causa de su ignorancia, los cuales, si llegan a conocer que las cosas son distintas de como sospechan, huyen. Luego las cosas repentinas se temen menos.

Respuesta: De suyo, los bienes o males corporales al principio parecen mayores. La razón de esto es porque una cosa resalta más puesta al lado de su contraria. Por eso, cuando alguien pasa de repente de la pobreza a la riqueza, aprecia más la riqueza debido a la pobreza anterior; y, al contrario, los ricos que caen de repente en la pobreza, la encuentran más horrible. Y por esta razón se teme más el mal repentino, porque parece ser mayor mal. Pero puede suceder por alguna circunstancia que la magnitud del mal permanezca oculta; por ejemplo, cuando los enemigos se esconden insidiosamente. Y entonces es verdad que una consideración diligente hace más terrible el mal.

ARTÍCULO 6

Se teme más lo que no tiene remedio

El objeto del temor es el mal; por consiguiente, lo que contribuye a aumentar el mal, contribuye a aumentar el temor.

Pero el mal no sólo se aumenta según su especie, sino también según las circunstancias.

Y entre las demás circunstancias, la larga duración o incluso la perpetuidad parecen contribuir más a aumentar el mal.

En efecto, las cosas que existen en el tiempo se miden en cierto modo por la duración del tiempo. Por lo cual, si padecer algo en un determinado tiempo es un mal, padecer lo mismo en doble tiempo se aprehende como duplicado. Y por esta razón, padecer la misma cosa durante un tiempo infinito, que es padecerla perpetuamente, implica en cierto modo un aumento infinito.

Ahora bien, los males que, después de hacerse presentes, no pueden tener remedio o no lo tienen con facilidad, se consideran como perpetuos o de larga duración.

Y, por lo tanto, se hacen sumamente terribles.

1ª Objeción: Para que haya temor se requiere que quede alguna esperanza de salvación. Pero en los males irremediables no queda ninguna esperanza de salvación. Luego tales males no se temen en absoluto.

Respuesta: El remedio del mal es doble. Uno, mediante el cual se impide que venga el mal futuro. Y, suprimido tal remedio, desaparece la esperanza y, en consecuencia, el temor. De ahí que no hablemos ahora de tal remedio. Hay otro remedio del mal, mediante el cual se aleja el mal ya presente. Y de este remedio tratamos aquí.

2ª Objeción: Ningún remedio puede aplicarse al mal de la muerte, porque naturalmente no es posible el retorno de la muerte a la vida. Sin embargo, no es la muerte lo más temido, como dice Aristóteles. Luego no se teme más lo que no tiene remedio.

Respuesta: Aunque la muerte sea un mal irremediable, sin embargo, como no amenaza de cerca, no se teme, según se ha dicho antes (a.2).

3ª Objeción: Dice Aristóteles que no es mayor el bien que dura mucho que el de un solo día, ni el perpetuo que el que no lo es.

Luego, por la misma razón, tampoco es peor el mal.

Pero las cosas que no tienen remedio no parecen diferenciarse de las otras sino por su larga duración o perpetuidad.

Luego no son por esto peores o más terribles.

Respuesta: Aristóteles habla allí del bien en sí mismo, que es el bien según su especie.

Pero en este sentido no se aumenta el bien por la larga duración o la perpetuidad, sino por la naturaleza del mismo bien.

CUESTIÓN 43

De las causas del temor

Esta cuestión plantea y exige respuesta a dos problemas:

1º. ¿Es el amor causa del temor?

2º. ¿Es la impotencia causa del temor?

ARTÍCULO 1

El amor es causa del temor

Dice San Agustín: Nadie dude de que no es otra la causa de temer sino el poder perder lo que amamos después de conseguirlo, o no alcanzarlo después de esperarlo. Luego todo temor es causado porque amamos algo. El amor, en consecuencia, es causa del temor.

Los objetos de las pasiones del alma son respecto de ellas como las formas respecto de las cosas naturales o artificiales, porque las pasiones del alma reciben su especie de los objetos, como las cosas antedichas, de sus formas.

Por consiguiente, así como todo lo que es causa de la forma es causa de la cosa constituida por esa forma, así también todo lo que de cualquier modo es causa del objeto, es causa de la pasión.

Ahora bien, una cosa puede ser causa del objeto, o a modo de causa eficiente, o a modo de disposición material.

Así, el objeto de delectación es el bien aprehendido como conveniente y unido, y su causa eficiente es aquello que causa la unión, o lo que ocasiona la conveniencia o bondad de semejante bien o su apariencia; mientras la causa a modo de disposición material es un hábito o cualquier disposición en virtud de la cual resulta conveniente para alguien, o es aprehendido como tal, el bien que le está unido.

Así, pues, viniendo a nuestro caso, el objeto del temor es lo que se estima como un mal futuro próximo al que no se puede resistir con facilidad.

Y, por tanto, aquello que puede infligir ese mal es la causa eficiente del objeto del temor y, consiguientemente, del mismo temor.

Mas lo que hace disponer a uno de manera que algo sea tal mal para él, es la causa del temor y de su objeto a modo de disposición material. Y en este sentido el amor es causa del temor, pues, por lo mismo que alguien ama un bien, se sigue que lo que priva de ese bien sea un mal para él y, por consiguiente, que lo tome como un mal.

ARTÍCULO 2

La impotencia es causa del temor

Puede considerarse una doble causa del temor.

La primera, a modo de disposición material, por parte del que teme; la segunda, a modo de causa eficiente, por parte de lo que se teme.

Así, pues, en cuanto a la primera, la impotencia es, de suyo, causa del temor.

En efecto, sucede que por la falta de poder no puede uno rechazar con facilidad un mal inminente.

Pero en cambio, para causar temor se requiere una impotencia de cierta medida. Pues la impotencia que causa el temor de un mal futuro es menor que la impotencia consiguiente al mal presente, objeto de la tristeza.

Y aún sería mayor la impotencia si desapareciese totalmente la sensación del mal o el amor del bien cuyo contrario se teme.

En cuanto a la segunda, el poder y la fuerza, absolutamente hablando, son causa del temor, pues por el hecho de que algo que se aprehende como nocivo es poderoso, su efecto no puede rechazarse.

Puede suceder, sin embargo, accidentalmente, que bajo este aspecto un defecto cause temor, en cuanto que alguien, debido a un defecto, quiera causar daño; por ejemplo, movido por la injusticia, o porque ha sido antes ofendido o teme serlo.

2ª Objeción: Los que van a ser decapitados se hallan en la máxima impotencia. Pero los tales no temen, como dice Aristóteles. Luego la impotencia no es causa del temor.

Respuesta: Los que ya van a ser decapitados están padeciendo un mal presente. Y, por tanto, su impotencia excede la medida del temor.

3ª Objeción: Pelear proviene de la fortaleza, no de la impotencia. Pero los combatientes temen a los que luchan frente a ellos. Luego la impotencia no es causa del temor.

Respuesta: Los que combaten no temen por razón del poder que les capacita para luchar, sino a causa de la falta de poder, debido a lo cual no confían en que habrán de vencer.

CUESTIÓN 44

De los efectos del temor

Esta cuestión plantea y exige respuesta a cuatro problemas:

1º. ¿Produce el temor contracción?

2º. ¿Dispone para el consejo?

3º. ¿Produce temblor?

4º. ¿Impide la operación?

ARTÍCULO 1

El temor produce contracción

Dice San Juan Damasceno que el temor es una virtud por sístole, esto es, por contracción.

En las pasiones del alma, el movimiento de la potencia apetitiva es como lo formal, mientras la alteración corporal es como lo material.

Ambos elementos están mutuamente proporcionados. De ahí que la alteración corporal se produzca a semejanza y según la naturaleza del movimiento apetitivo.

Ahora bien, en cuanto al movimiento animal del apetito, el temor implica cierta contracción.

La razón de esto es porque el temor proviene de la imaginación de un mal inminente que difícilmente puede rechazarse.

Y el que una cosa sea difícil de rechazar proviene de la debilidad de la potencia.

Y cuanto más débil es la potencia, a tanto menor número de cosas puede extenderse.

Por consiguiente, de la misma imaginación que causa el temor, resulta cierta contracción en el apetito.

Así vemos en los moribundos que la naturaleza se retrae hacia el interior a causa de la debilidad de sus fuerzas.

Y vemos también en las ciudades que, cuando los ciudadanos temen, se retiran del exterior y se recogen cuanto pueden en el interior.

Y a semejanza de esta contracción, que pertenece al apetito animal, se sigue también en el temor por parte del cuerpo la contracción del calor y de los espíritus al interior.

Respuestas:

El movimiento de los espíritus no es idéntico en los airados y en los que temen. En los airados, en efecto, debido al calor y sutileza de los espíritus que provienen del apetito de venganza, se produce interiormente el movimiento de los espíritus desde las partes inferiores a las superiores, y, por eso, los espíritus y el calor se concentran alrededor del corazón. De lo cual se sigue que los airados se muestran prontos y audaces para acometer. En cambio, en los que temen, los espíritus, a causa del enfriamiento que los condensa, se mueven desde las partes superiores a las inferiores. Esta frialdad proviene de la imaginación de su falta de poder. Y por eso no aumentan el calor y los espíritus alrededor del corazón, sino más bien se alejan de él. De ahí que los que temen no sean prontos para atacar, sino más bien para rehuir.

En los animales, la principal ayuda para todo es el calor y los espíritus vitales. Y por eso en el dolor la naturaleza conserva el calor y los espíritus interiormente, a fin de utilizarlos en rechazar lo nocivo. De ahí que Aristóteles diga que, cuando los espíritus y el calor han aumentado en el interior, es preciso darles salida por la voz. Y por eso, los que sienten dolor apenas pueden reprimir los quejidos. En cambio, en los que temen se produce el movimiento del calor interior y de los espíritus desde el corazón a las partes inferiores. Por lo cual el temor se opone a la formación de la voz por la emisión de los espíritus hacia arriba a través de la boca. Por esta razón, el temor hace guardar silencio. Y de ahí también que el temor haga temblar.

Los peligros de muerte no sólo son contrarios al apetito animal, sino también a la naturaleza. Y por eso, en este temor no sólo se produce la contracción por parte del apetito, sino también por parte de la naturaleza corporal. En efecto, el animal, imaginándose la muerte, concentra el calor en el interior y se produce en él la misma disposición que cuando su muerte es naturalmente inminente. Y de ahí resulta que los que temen la muerte palidecen. En cambio, el mal que teme la vergüenza, no se opone a la naturaleza, sino solamente al apetito animal. Y, por tanto, se produce, ciertamente, una contracción según el apetito animal, mas no según la naturaleza corporal. Pero el alma, como contraída en sí misma, se entrega más al movimiento de los espíritus vitales y del calor, de donde resulta la difusión de éstos a las partes exteriores. Y por eso se ponen rojos los avergonzados.

ARTÍCULO 2

El temor dispone para recibir el consejo pero no para aconsejar

Uno puede estar dispuesto para el consejo de dos modos.

Primero, por la voluntad o solicitud de ser aconsejado. Y en este sentido el temor dispone para el consejo. Porque nos aconsejamos sobre las cosas importantes en las cuales, por así decirlo, desconfiamos de nosotros mismos.

Ahora bien, las cosas que infunden temor no son simplemente malas, sino que tienen cierta importancia, ya porque se aprehenden como difíciles de rechazar, ya también porque se aprehenden como cercanas.

Por eso los hombres buscan aconsejarse principalmente cuando sienten temor.

De un segundo modo se dice que uno está dispuesto para el consejo por la facultad de aconsejar bien.

Y, en este sentido, ni el temor ni ninguna pasión disponen para el consejo.

Porque al hombre afectado por alguna pasión las cosas le parecen mayores o menores de lo que son en la realidad.

Así, al que ama, le parecen mejores las cosas que ama; y al que teme, más terribles las cosas que teme.

Y de este modo, por falta de rectitud en el juicio, cualquier pasión, cuanto es de suyo, impide la facultad de aconsejar bien.

2ª Objeción: El consejo es un acto de la razón que piensa y delibera sobre las cosas futuras. Pero hay algún temor que trastorna las ideas y hace salir a la mente de su lugar. Luego el temor no dispone para el consejo, sino más bien lo impide.

Respuesta: Cuanto más fuerte es una pasión, tanto más impedido está el hombre afectado por ella. Y por eso, cuando el temor es fuerte, el hombre quiere, en verdad, aconsejarse, pero está tan perturbado en sus pensamientos, que no es capaz de hallar consejo. Pero si es un temor pequeño el que suscita la inquietud de aconsejarse y no perturba mucho la razón, puede incluso ayudar a la facultad de aconsejar bien, por razón de la consiguiente solicitud.

ARTÍCULO 3

El temblor es efecto del temor

En el temor se produce una contracción desde el exterior hacia el interior; y, por eso, las partes exteriores quedan frías, y por esta razón les sobreviene el temblor.

1ª Objeción: En efecto, el temblor es ocasionado por el frío, pues vemos que los que tienen frío tiemblan. Ahora bien, el temor no parece causar frío, sino más bien calor desecante, señal de lo cual es que los que temen tienen sed, especialmente en los más grandes temores, como es manifiesto en los que son conducidos a la muerte. Luego el temor no produce temblor.

Respuesta: Retirado el calor del exterior al interior, aumenta el calor interiormente y, sobre todo, hacia las partes inferiores, esto es, en torno a la región digestiva. Y, por tanto, consumida la humedad, se sigue la sed, y también a veces la evacuación del vientre y la emisión de la orina, y en ocasiones incluso del semen. O bien la eliminación de estas superfluidades se produce por la contracción del vientre y de los testículos.

3ª Objeción: En el temor, el calor se retira del exterior a las partes interiores. Si, pues, a causa de esta retirada del calor el hombre tiembla en las partes exteriores, parece que de la misma manera el temor debería producir temblor en todos los miembros exteriores. Pero no ocurre así. Luego el temblor del cuerpo no es efecto del temor.

Respuesta: Como en el temor el calor abandona el corazón, dirigiéndose de las partes superiores a las inferiores, por eso a los que sienten temor les tiembla especialmente el corazón y los miembros que tienen alguna conexión con el pecho, donde se halla el corazón. De ahí que a los que temen les tiemble principalmente la voz, por la proximidad de la arteria vocal al corazón. También tiembla el labio inferior y toda la mandíbula inferior por su contigüidad con el corazón, de donde resulta asimismo el rechinamiento de dientes. Y por la misma razón tiemblan los brazos y las manos. O también porque estos miembros son más movibles. Por lo cual, a los que temen les tiemblan hasta las rodillas.

ARTÍCULO 4

El temor moderado no impide la operación

La operación exterior del hombre es causada, ciertamente, por el alma como primer motor, pero por los miembros corporales como instrumentos.

Ahora bien, la operación puede ser impedida tanto por defecto del instrumento como por defecto del motor principal.

Por parte, pues, de los instrumentos corporales, el temor, en cuanto es de suyo, tiende siempre naturalmente a impedir la operación exterior, a causa de la falta de calor que por el temor se produce en los miembros exteriores.

Pero, por parte del alma, si es un temor moderado, que no perturba la razón, ayuda a obrar bien, en cuanto causa cierta solicitud y hace que el hombre sea más cuidadoso en aconsejarse y obrar.

En cambio, si el temor crece tanto que perturba la razón, impide la operación incluso por parte del alma.

3ª Objeción: La pereza o flojedad es una especie de temor. Pero la pereza impide la operación. Luego también el temor.

Respuesta: Todo el que teme rehúye lo que teme, y, por consiguiente, siendo la pereza temor de la operación misma en cuanto laboriosa, impide la operación, porque retrae de ella a la voluntad. En cambio, el temor de otras cosas en tanto ayuda a la operación en cuanto inclina la voluntad a obrar aquello por lo que el hombre evita lo que teme.