Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 1ª de Adviento

Sermones-Ceriani

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Habrá prodigios en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra consternación de las gentes, a causa de la confusión que les causará el sonido del mar y de las olas, consumiéndose de miedo los hombres por la expectación de lo que sucederá a todo el mundo; porque se conmoverán las virtudes de los cielos, y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre una nube con gran majestad y poderío. Cuando comiencen a verificarse estas cosas, mirad arriba, y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención. Y les dijo una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles, cuando han echado su fruto, sabed que es porque está cercano el estío; de la misma manera vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os digo de verdad que no pasará esta generación sin que sucedan estas cosas. El cielo y la tierra pasarán, pero no pasarán mis palabras.

La Iglesia, encargada por el mismo Dios de santificarnos, tiene establecido en su Ciclo Litúrgico un método de santificación cuyo fin es hacer nuestras almas semejantes a la de Jesús.

Es por eso que la Iglesia celebra cada año los diferentes aniversarios de los principales sucesos de la vida del Salvador a fin de mostrarnos vividas las virtudes que el Divino Maestro practicó; de manera que sigamos siempre participando más y más de sus saludables efectos.

Por eso, cada tiempo litúrgico representa una fase de la vida de Jesús y nos trae consigo gracias especiales.

Importa, pues, y mucho, conocer cuál sea el espíritu peculiar que caracteriza cada tiempo y abrigar siempre en nuestra alma las disposiciones debidas, para aprovecharse de la eficacia que le es propia.

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La Liturgia Romana ha tenido, pues, el mayor empeño en actualizar el misterio de Cristo, con el fin de permitir a los fieles el vivir, día a día, la acción redentora del Salvador.

El Año Litúrgico, que es como un compendio de la vida de Jesús, se divide en dos ciclos: Ciclo de Navidad y Ciclo de Pascua. Coloca bajo nuestra vista los grandes acontecimientos de esta vida, con el objeto de que podamos concretizarlos.

La existencia de Jesús como hombre ha tenido un comienzo: es su venida a la tierra y su nacimiento en Belén. Pero esta Primera Venida tendrá su complemento y continuación magníficos en su Vuelta gloriosa al fin de los tiempos.

No es extraño pues, que la Liturgia haya pensado aproximar estos dos sucesos del Señor, el uno humilde, el segundo magnífico; y puesto que el Segundo es nuestra esperanza suprema, la Iglesia Romana hace de él el Omega de su Liturgia.

En el primer Domingo del Año Litúrgico, 1er Domingo de Adviento, leemos el Evangelio de San Lucas, que expone los signos precursores de la vuelta de Cristo; y en el último Domingo del año, 24° después de Pentecostés, leemos el mismo anuncio en el Evangelio de San Mateo.

El Año Litúrgico en su comienzo y en su fin quiere llamar la atención del cristiano sobre el suceso por el cual debe suspirar continuamente, que es la base de su esperanza y que San Pablo sintetiza así: ¡En el nombre de su aparición y de su reino!

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La lectura de los textos litúrgicos de que la Iglesia se sirve durante las cuatro semanas de Adviento nos descubre claramente la intención que tiene de que nos asimilemos la mentalidad del Pueblo de Dios en la Antigua Ley, de los Patriarcas y Profetas de Israel, que suspiraban por la llegada del Mesías en su doble Advenimiento de gracia y de gloria.

La Iglesia griega honra en Adviento a los ancestros del Señor y especialmente a Abrahán, a Isaac y a Jacob. El Domingo cuarto venera a todos los Patriarcas del Antiguo Testamento, desde Adán hasta San José, que nombra San Mateo en la lista que traza la genealogía de Jesucristo.

La Iglesia latina, sin honrarlos con un culto particular, nos recuerda con frecuencia su memoria en esta época, al hablar en el Breviario de las promesas relativas al Mesías que les fueron hechas.

A todos ellos los vemos cada año desfilar, formando el magnífico cortejo que precedió a Jesucristo en los siglos anteriores a su venida.

Pasan a nuestra vista Abrahán, Jacob, Judá, Moisés, David, Miqueas, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Joel, Zacarías, Habacuc, Oseas, Ageo, Malaquías; pero ante todo Isaías, San Juan Bautista, San José y, sobre todo, María Santísima, la cual resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, ya que de su fiat dependió su cumplimiento.

Todos a una ansiaban la venida del Salvador y le llamaron con ardientes gemidos.

Al recorrer las diversas partes de las Misas y de los Oficios del Adviento, no puede uno menos que sentirse impresionado por los continuos y apremiantes llamamientos al Mesías:

Ven, Señor, y no te tardes.

Ven, Señor, para salvarnos.

Venid y adoremos al Rey que va a venir.

El Señor está cerca; venid y adorémosle.

Manifiesta, Señor, tu poder y ven.

El Mesías esperado es, pues, el Hijo mismo de Dios; Él es el gran libertador que vencerá a Satanás, que reinará eternamente sobre su pueblo, al que todas las naciones habrán de servir.

Y como la divina misericordia alcanza no sólo a Israel, sino a toda la Gentilidad, por eso debemos hacer nuestro aquel Veni, y decir a Jesús: Oh, piedra angular, que reúnes en Ti a todos los pueblos, ¡Ven!

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Esta venida de Cristo, anunciada ya por los Profetas, es doble:

La Primera fue una venida de misericordia, en que el divino Redentor se apareció en la tierra en su humilde condición de nuestra humana existencia.

La Segunda será una venida de justicia, en que aparecerá rodeado de gloria y majestad, al fin de los tiempos, como Juez y supremo Remunerador de los hombres.

Los Profetas del Antiguo Testamento no separaron estos dos Advenimientos; y por eso tampoco los separa la Liturgia del Adviento; y al presentar sus palabras, habla indistintamente de entrambos.

Lo mismo hace Nuestro Señor en el Evangelio del Primer Domingo de Adviento, pasando bruscamente del primer advenimiento al segundo.

Y San Gregorio Magno, en la Homilía del Tercer Domingo, explica que San Juan Bautista, Precursor del Redentor, es, en espíritu y en virtud, Elías, que será el Precursor del Juez.

Por lo demás, estos dos Advientos tienen un mismo fin. Porque si el Hijo de Dios se ha abajado hasta nosotros en el Primer Advenimiento, haciéndose hombre, ha sido, precisamente, para hacernos subir hasta su Padre en su Segundo Adviento, introduciéndonos en su Reino.

Y la sentencia que fulmine el Hijo del hombre, a Quien ha sido entregado todo juicio, cuando venga por segunda vez a este mundo, dependerá del recibimiento que se le hubiere hecho cuando vino por vez primera.

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El juicio final dependerá, pues, de la aceptación del misterio de Cristo, es decir, del misterio de la Encarnación con todas sus consecuencias: aceptación de Jesús en su venida de humildad, aceptación de la Iglesia, que compartirá las humillaciones de su divino Esposo.

De ahí que la Santa Liturgia, después de haber hablado del Advenimiento del Niño Dios en Navidad, habla de la acogida que le hicieron los humildes pastorcitos judíos y los poderosos reyes magos, primicias de la gentilidad, que ingresarán en la Iglesia merced a su fe generosa en Jesús, mientras que los judíos habrán de ser desechados.

Ahora se puede comprender bien cuál sea el papel que desempaña el Adviento.

Este Tiempo nos prepara, inmediatamente, a recibir con las disposiciones debidas a Jesús en su Primer Advenimiento, ya que las fiestas de Navidad son para la Iglesia el aniversario oficial de la venida del Salvador.

Pero, por esto mismo, nos prepara a ser del número de los benditos de su Padre cuando llegare su Segundo Advenimiento.

Así que la Liturgia del Adviento nos hace ver los dos Advenimientos a la vez, para que aspiremos con la misma confianza a la llegada del Niño del Pesebre, que va a nacer más y más en nosotros por la gracia de Navidad, y a aquella otra en que vendrá como Juez soberano a separarnos de los malos y a introducirnos en su Reino.

En esta época del Santo Adviento, no nos preocupemos solamente de su venida humilde y misericordiosa; no hagamos como los judíos pero en sentido contrario, ellos, en efecto, únicamente quisieron admitir el advenimiento glorioso del Mesías, desechando al primero.

Dejemos toda su amplitud a las fórmulas litúrgicas, para que ejerzan en nosotros toda su eficacia, y digamos con la Iglesia: Veni, Domine, ven Salvador y Juez nuestro. Líbranos ahora de nuestros pecados y llévanos un día a tu Reino…

Adveniat regnun tuum…

Como todos los Patriarcas y Profetas, en Ti ponemos toda nuestra esperanza…

Per Adventum tuum, libera nos, Domine…

¡Cuán benéfica es la Liturgia de este tiempo!, que así nos dispone a celebrar la Natividad de Jesús en vista de su Parusía, de manera que, aprovechándonos de las gracias del Redentor, no hayamos por qué temer los castigos del Juez.

Haz, Señor, pide la Iglesia en la Oración de la Vigilia de Navidad, que recibiendo con alegría al Hijo de Dios ahora que viene a rescatarnos, podamos también contemplarle seguros cuando viniere a juzgarnos.

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Así pues, el Adviento nos predica que Jesucristo es el centro de la historia, la cual comienza con la esperanza de su Venida de gracia y terminará con su postrer y glorioso Advenimiento.

Y la Santa Liturgia hace desempeñar a todos los cristianos su papel respectivo en este plan divino.

En efecto, si Cristo bajó a la tierra accediendo a los apremiantes llamamientos de los Justos del Antiguo Testamento, vendrá en Navidad con una nueva infusión de gracia a las almas fieles que al presente lo invocan, y bajará también un día en vista de las llamadas que le dirijan, generación tras generación, los que ansían su Segunda Venida.

¡Sí! ¡Vendrá por fin Jesús!, llamado por los últimos cristianos, cuando se vean perseguidos por el Anticristo al fin de los tiempos.

Ya dijo Jesús que, por causa de los elegidos, serán abreviados aquellos días aciagos.

Sabemos que el misterio de iniquidad está obrando desde el principio, y se manifestará de más en más hasta el fin bajo mil formas distintas.

Vencerlo enteramente aquí abajo, destruirlo por completo, y establecer sobre sus ruinas el estandarte en adelante inviolable del Reino de Dios, es un triunfo definitivo que no se dará a ninguno de nosotros, pero que cada uno de nosotros debe ambicionarlo con esperanza contra la esperanza misma: Contra spem in spem.

La insolencia del mal llegará a su cima. Llegados a este extremo de las cosas, en este estado desesperado, sobre este globo librado al triunfo del mal, todos los verdaderos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de valor, enfrentándose a una imposibilidad más palpable que nunca, con un redoblamiento de energía, y por el ardor de sus rezos, y por la actividad de sus obras, y por la intrepidez de sus luchas, dirán:

¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

¡Así en la tierra como en el Cielo! Murmurarán aún estas palabras, y la tierra se ocultará bajo sus pies, y todos los Coros de los Ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados, vendrán delante de los generosos atletas que habrán sostenido el combate hasta el final, esperando contra la esperanza misma: Contra spem in spem.

Y entonces, ese ideal imposible, que todos los elegidos de todos los siglos habían proseguido obstinadamente, se volverá por fin una realidad.

En su segunda y última Venida, el Hijo entregara el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal se habrá evacuado para siempre en el fondo de los abismos; todo el que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado en la cloaca de los desperdicios eternos.

Y Dios vivirá, y reinará plena y eternamente, no solamente en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las Tres Personas divinas, sino también en la plenitud del Cuerpo Místico de su Hijo encarnado, y en la consumación de sus Santos.

Es harto importante, pues, el papel que la oración desempeña en el plan actual de la Providencia; ella debe contribuir a ese doble Advenimiento del Gran Libertador, Veni, Domine, et noli tardare.

Y así como en su eternidad ha oído Dios de algún modo todas juntas esas súplicas, así también la Iglesia quiere en su oración litúrgica suprimir las nociones de tiempo y de espacio y hacer contemporáneas de algún modo a todas las generaciones.

De este modo, nuestras aspiraciones hacia Jesucristo son las mismas que las de los Patriarcas y Profetas, ya que el Breviario y el Misal ponen en nuestros labios las mismas palabras que ellos pronunciaron en otros tiempos.

Uno y el mismo es el grito de fe, de esperanza y de caridad que se viene elevando a Dios y a su divino Hijo en el correr de los siglos.

Animémonos, con los mismos entusiasmos, de las ardientes súplicas de un Isaías, de un San Juan Bautista y de la Santísima Virgen María, esas tres figuras que tan cumplidamente encarnan el espíritu del Adviento.

La Iglesia espera con gozo el doble Advenimiento del Redentor; y es la Venida del Hijo de Dios en su Primera Adviento la que nos da la luz respecto del Segundo, su Parusía.

Contemplemos hoy las maravillas de la misericordia del Señor en su Encarnación, con el fin de poder contemplar la suprema gloria de su Venida en majestad.

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(…) y entonces verán venir al Hijo del hombre sobre una nube con gran majestad y poderío. Cuando comiencen a verificarse estas cosas, mirad arriba, y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención (…) cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios…