MES DE MARÍA INMACULADA: POR EL P. RODOLFO VERGARA ANTÚNEZ- DÍA DECIMONOVENO

MES DE MARÍA INMACULADA

POR EL PRESBÍTERO

RODOLFO VERGARA ANTÚNEZ

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DÍA DECIMONOVENO

CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA POR LA
RESURRECCIÓN DE 
JESÚS

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

CONSIDERACION

Después de la tempestad el día brilla mas sereno y el sol se levanta en un cielo sin nubes. Pasada la tempestad que sumergió el corazón de María en las olas de la más amarga tribulación, brilló el día feliz en que le fue permitido contemplar a Jesús vivo y triunfante de la muerte y del infierno. Al clarear el alba del tercer día, Jesús rompe la losa de su sepulcro, derriba en tierra a los guardias que custodiaban el sepulcro y un ángel con radiante frente y blancas vestiduras se sienta allí para anunciar a las santas mujeres la fausta nueva de la Resurrección.

Entre tanto, María retirada en la soledad, suspiraba por el momento dichoso de ver a su Hijo resucitado como lo había predicho. «Mientras que oraba y derramaba dulces lagrimas, dice San Buenaventura, el Señor Jesús se le presenta repentinamente vestido de blanco, con la frente serena, hermoso, radiante de gozo y de gloria y le dice: «Dios te salve, madre mía.» -Ella, volviendo apresuradamente la vista y mirando a Jesús a su
lado exclama en los transportes de su alegría: «¿Sois Vos Hijo mío? ¡Ah! ¡Cuánto tiempo que te aguardaba desolada, contando una a una las horas que re­tardaban este momento dichoso! -Yo soy, replicó Jesús, heme aquí resucitado y otra vez en tu compañía.-Después de adorarlo como a su Dios, María se levanta y anegada en la grimas de gozo, lo estrecha amorosamente y reposa sobre su corazón. Imaginándose tal vez que podía ser víctima de alguna ilusión, mira una y otra vez sus llagas para convencerse de que ya todo dolor y todo padecimiento se había alejado de él.»
La lengua humana es impotente para explicar el gozo de María al ver a su Hijo resucitado. Ese gozo sólo puede medirse por la intensidad de su dolor al verlo padecer. Imaginad, si podéis, cual seria el júbilo de una madre al encontrar al hijo que había perdido, al ver volver a la vida a aquel que había llorado muerto, al mirar sano al que había visto herido y despedazado. Es, sin duda, el mayor de los gozos que puede caber en el corazón de mujer, como el dolor de perder a un hijo único es el mayor dolor que puede soportar el corazón de madre.

El gozo que experimentó María en la Resurrección de Jesús nos manifiesta que en el mundo moral hay días de tribulación y días de gozo, horas sombrías y horas serenas. La tempestad, por ruda que sea, pasa al fin y la más dulce calma la sucede, y el gozo y el contento son tanto más intensos, cuanto fueron más acerbos el dolor y el sufrimiento. Esos dos licores de la copa de la vida, la tribulación y el contento, se suceden sin cesar.

Esta verdad, que nos enseña la experiencia, debe alentarnos para sufrir, porque sabemos que después del dolor soportado con resignación, Dios nos dará a probar una gota de esos celestiales consuelos en cuya comparación son humo y paja los goces de la vida. Pero, aunque no nos fuere permitido aquí en la tierra disfrutar de momentos de calma y de horas de alegría, podemos estar seguros de que en el cielo sobrenadaremos en gozo y anegados en dulcísima paz descansaremos para siempre a la sombra del árbol de la vida.

EJEMPLO

María, Puerta del cielo.

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Cuéntase en la Vida de Sor Catalina de San Agustín que en la misma población en que residía esta sierva de Dios, vivía una mujer, llamada María, que desde su juventud habla sido por sus desórdenes el escándalo de la ciudad. La edad no habla hecho más que envejecería en el vicio; por lo mismo, su corrección se hacia cada día más difícil. Al fin, abandonada de Dios y de los hombres, murió la infeliz de una enfermedad espantosa, privada de Sacramentos y de todo socorro humano; de tal manera que se la juzgó indigna de ser sepultada en tierra bendita.

Tenía sor Catalina la piadosa costumbre de encomendar particularmente a Dios las personas conocidas que morían; pero con respecto ala pecadora de nuestra referencia, ni siquiera pensó en hacerlo, pues, participando de la opinión general, la suponía condenada. Hacia ya cuatro anos que aquella mujer había muerto cuando hallándose un día en oración la sierva de Dios, se le apareció un alma del purgatorio, y le dijo estas palabras:-Sor Catalina ¡qué desgracia es la mía! ¡ruegas por todos los que mueren, y sólo de mi pobre alma no has tenido compasión!.. ¿Y quién eres tú? le preguntó la santa religiosa.-Yo soy aquella pobre mujer, llamada María, que murió, hace cuatro años, abandonada en una gruta. – ¡Pues qué! ¿te has salvado? preguntó admirada sor Catalina.

-Sí; me he salvado, contestó el alma, por la inagotable misericordia de la Santísima Virgen.

En mis últimos momentos, viéndome abandonada de todos y culpable de tantos y tan enormes crímenes, me dirigí a la Madre de Dios, y la dije desde el fondo de mi corazón arrepentido: ¡Oh Vos, que sois el refugio de pecadores, tened compasión de mi; en el extremo de mi aflicción y desamparo, acudid a mi socorro!…

-No fue vana mi súplica, pues por la intercesión de María, que me alcanzó la gracia de un verdadero arrepentimiento, pude librarme del infierno. La clementísima Madre de Dios me ha alcanzado además la gracia de que mi pena sea abreviada, disponiendo la Divina Justicia sufra en intensidad lo que debía sufrir en duración. No me faltan más que algu­nas misas para verme libertada del Purgatorio: cuida tú de que me las apliquen, y te prometo que una vez en el cielo, no dejaré de rogar por ti a Dios y a su Santísima Madre.

Sor Catalina hizo aplicar las misas, y algún tiempo después aquella alma se le apareció de nuevo, brillante como el sol, y le dijo: -El cielo se me ha abierto ya, donde voy a celebrar eternamente las misericordias del Señor; pagaré con oraciones la merced que me has hecho.

Invoquemos nosotros a María durante nuestra vida para que Ella, que es la Puerta del cielo, nos asista en la hora de la muerte y nos introduzca en la mansión del gozo eterno.
JACULATORIA

Por tu Hijo resucitado

aléjanos, dulce Madre,

de la muerte y del pecado

ORACIÓN

¡Oh dulcísima Virgen María! después de haber contemplado tus dolores y de haberte acompañado en tus horas de desolación, permíteme que te acompañe también en tus horas de alegría. Nada hay mas grato al corazón de un hijo amante que asociarse A los dolores y gozos de su tierna madre, porque jamás puede ser un hijo indiferente A la suerte de la que lo engendró a la vida. Por eso, yo me gozo ¡oh María! de la gloria de Jesús y de la alegría que inundó su alma al verlo resucitado; yo me gozo del triunfo que alcanzó sobre la muerte y el pecado, porque el triunfo de tu Hijo es mi propio triunfo, la causa de mi alegría y la prenda de mi dulce esperanza. Alcánzame, Señora mía, la gracia de abrigar siempre en mi alma un odio intensísimo al pecado que fue la causa de los padecimientos de Jesús, y un santo horror por todo lo que puede acibarar tu corazón de madre. No más infidelidad y olvido de mis deberes: no más desprecio de las santas inspiraciones con que Dios me ha favorecido; no más ingratitud por sus beneficios y deslealtad en el servicio de mi Redentor. Llore yo siempre las manchas que afean la triste historia de mi vida y la negligencia con que he correspondido a los divinos llamamientos, para que alejando todo motivo de sufrimiento para Jesús y para tu corazón maternal, no sea en adelante, sino causa de tu alegría y de tus gozos. Amén.

Oración final para todos los días

¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

PRÁCTICAS ESPIRITUALES

1. Hacer una visita a la Santísima Virgen felicitándola por el gozo que tuvo al ver a su Santísimo Hijo resucitado.

2. Abstenerse cuidadosamente de toda falta venial deliberada.

3. Rezar siete Avemarías en honra de los gozos del Corazón de María.