ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – NOVIEMBRE 2016 – 1° PARTE

LA FORTALEZA

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Noviembre de 2016.

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Definición: Una virtud cardinal infundida con la gracia santificante que enardece el apetito irascible y la voluntad para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal.

a) Una virtud cardinal…, puesto que vindica para sí, de manera especialísima, una de las condiciones comunes a todas las demás virtudes, que es la firmeza en el obrar.

b) Infundida con la gracia santificante…, para distinguirla de la fortaleza natural o adquirida.

c) Que enardece el apetito irascible y la voluntad… La fortaleza reside, como en su sujeto propio, en el apetito irascible, porque se ejercita sobre el temor y la audacia, que en él residen.

Propiamente, la fortaleza, en cuanto virtud, reside en el apetito irascible para superar el temor y moderar la audacia.

Claro que influye también, por redundancia, sobre la voluntad para que pueda elegir el bien arduo y difícil sin que le pongan obstáculo las pasiones.

d) Para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil… Como es sabido, el bien arduo constituye el objeto del apetito irascible. Ahora bien: la fortaleza tiene por objeto robustecer el apetito irascible para que no desista de conseguir ese bien difícil por grandes que sean las dificultades o peligros que se presenten.

e) Ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal. Por encima de todos los bienes corporales hay que buscar siempre el bien de la razón y de la virtud, que es inmensamente superior al corporal; pero como entre los peligros y temores corporales el más terrible de todos es la muerte, la fortaleza robustece principalmente contra estos temores.

Y entre los peligros de muerte se refiere principalmente a los de la guerra.

Dos actos: La fortaleza tiene dos actos: atacar y resistir.

La vida del hombre sobre la tierra es una milicia. Y, a semejanza del soldado en la línea de combate, unas veces hay que atacar para la defensa del bien, reprimiendo o exterminando a los impugnadores, y otras hay que resistir con firmeza sus asaltos para no retroceder un paso en el camino emprendido.

De estos dos actos, el principal y más difícil es resistir, porque es más penoso y heroico resistir a un enemigo que por el hecho mismo de atacar se considera más fuerte y poderoso que nosotros, que atacar a un enemigo a quien, por lo mismo que tomamos la iniciativa contra él, consideramos más débil que nosotros.

Por eso, el acto del martirio, que consiste en resistir o soportar la muerte antes que abandonar el bien, constituye el acto principal de la virtud de la fortaleza.

Santo Tomás – Suma Teológica

IIa-IIæ

CUESTIÓN 123

ARTÍCULO 1

La fortaleza es virtud

Según Aristóteles, la virtud es la que hace bueno al que la posee y a sus obras buenas; de donde se sigue que la virtud humana, de la que estamos hablando, hace bueno al hombre y buenas a sus obras. Pero el bien del hombre está en conformarse a la razón, como dice San Dionisio. Por lo cual compete a la virtud humana hacer que el hombre y sus obras estén de acuerdo con la razón.

Esto sucede de tres modos: primero, en cuanto la misma razón es rectificada, y esto lo realizan las virtudes intelectuales; segundo, en cuanto esa recta razón se establece en las relaciones humanas, y esto es propio de la justicia; tercero, en cuanto se quitan los obstáculos de esta rectitud que se exige en las relaciones humanas.

Ahora bien: hay dos clases de obstáculos que impiden a la voluntad seguir la rectitud de la razón.

Uno, cuando es atraída por un objeto deleitable hacia lo que se aparta de la recta razón: este obstáculo lo elimina la virtud de la templanza.

El segundo, cuando la voluntad se desvía de la razón por algo difícil e inminente.

En la supresión de este obstáculo se requiere la fortaleza del alma para hacer frente a tales dificultades, lo mismo que el hombre por su fortaleza corporal vence y rechaza los obstáculos corporales.

Por lo cual es evidente que la fortaleza es una virtud, en cuanto hace al hombre obrar según la razón.

ARTÍCULO 3

La fortaleza tiene por objeto los temores y las audacias

A la virtud de la fortaleza corresponde eliminar el obstáculo que retrae a la voluntad de seguir la razón.

Pero el que uno se retraiga de algo difícil pertenece al temor, que implica el alejamiento de un mal difícil.

Por tanto, se ocupa sobre todo del temor a las cosas difíciles, que pueden retraer a la voluntad de seguir la razón.

Por otra parte, es necesario no sólo soportar con firmeza la embestida de estas dificultades reprimiendo el temor, sino también atacar moderadamente, por ejemplo, cuando sea necesario eliminar esas dificultades para tener seguridad en el futuro.

Y esto parece propio de la audacia. Por tanto, la fortaleza tiene por objeto los temores y audacias en cuanto reprime los primeros y modera las segundas.

ARTÍCULO 4

La virtud de la fortaleza tiene por objeto el temor a los peligros de muerte

Es propio de la virtud de la fortaleza proteger la voluntad del hombre para que no se aparte del bien de la razón por temor a un mal corporal.

Pero es preciso mantener con firmeza este bien de la razón contra cualquier clase de mal, porque ningún bien corporal puede compararse con el bien de la razón.

Por tanto, es necesario que la virtud que llamamos fortaleza sea la que conserve la voluntad del hombre en el bien racional contra los males mayores; ya que quien se mantiene firme ante ellos, lógicamente resistirá los males menores, pero no viceversa; y también es propio del concepto de virtud tender a lo máximo.

Pero entre los males corporales, el más terrible es la muerte, que suprime cualquier bien temporal.

Por eso dice San Agustín que el vínculo corporal sacude al alma con el temor del trabajo y del dolor, para verse libre de golpes y vejaciones; al alma, en cambio, con el temor a morir, para que no se separe del cuerpo y sobrevenga la muerte.

Por tanto, la virtud de la fortaleza tiene por objeto el temor a los peligros de muerte.

ARTÍCULO 5

La fortaleza trata con propiedad de los peligros de muerte que se dan en la guerra

La fortaleza confirma el ánimo del hombre contra los máximos peligros, que son los de la muerte.

Pero, como la fortaleza es una virtud a la que compete tender siempre al bien, se sigue que el hombre no debe rehuir los peligros de muerte si está en juego la consecución de un bien.

Pero los peligros de la muerte que sobreviene por enfermedad, o por naufragio, o por el asalto de los ladrones, o por casos similares, no parecen amenazar directamente a uno en la consecución de un bien.

En cambio, los peligros de muerte en la guerra sí amenazan directamente al hombre en la consecución de un bien, como es defender el bien común en guerra justa.

Ahora bien: la guerra puede ser justa por dos motivos.

Uno, general, cuando se lucha en el campo de batalla.

Otro, particular: por ejemplo, cuando el juez, o incluso una persona privada, no se aparta del juicio justo por temor a la espada inminente o cualquier otro peligro, aunque le acarree la muerte.

Por eso es propio de la fortaleza proporcionar firmeza de ánimo no sólo contra los peligros de muerte inminentes de la guerra común, sino también de la lucha particular, que también puede recibir el nombre común de guerra.

Según esto, debe admitirse que la fortaleza trata con propiedad de los peligros de muerte que se dan en la guerra.

Pero también el fuerte se comporta como tal ante los peligros de cualquier otra clase de muerte, sobre todo porque al hombre le pueden acechar diversos peligros de muerte a causa de la virtud, por ejemplo, el no rehuir la asistencia a un amigo enfermo por temor a un contagio mortal, o el no dejar de encaminarse a una obra piadosa por temor al naufragio o a los ladrones.

ARTÍCULO 6

El resistir es el acto principal de la fortaleza

La fortaleza tiene por objeto reprimir los temores más que moderar las audacias, ya que lo primero es más difícil que lo segundo, pues el mismo peligro, objeto de la audacia y del temor, nos lleva por sí mismo a moderar la audacia, pero también aumenta el temor.

Pero el atacar corresponde a la fortaleza en cuanto modera la audacia; en cambio, el resistir es consecuencia de la represión del temor.

Por tanto, más que el atacar, el acto principal de la fortaleza es el resistir, es decir, permanecer inconmovible ante los peligros.

ARTÍCULO 11

La fortaleza es virtud cardinal

Se llaman virtudes cardinales o principales las que reclaman para sí lo que conviene a las virtudes en general. Y una de las condiciones comunes de la virtud es obrar con firmeza.

Ahora bien, la fortaleza reclama más que ninguna la gloria de la firmeza, pues tanto más es alabado el que se mantiene con firmeza cuanto mayor es el obstáculo que le impulsa a sucumbir o a retroceder.

Pero al hombre le impele a apartarse de la recta razón tanto el bien placentero como el mal aflictivo, y más el dolor corporal que el placer.

Nadie hay que no rehúya el dolor más de lo que ama el placer, ya que vemos a las bestias más crueles huir de los mayores placeres por miedo al dolor.

Y entre los dolores y peligros del alma se temen especialmente los que conducen a la muerte, contra los cuales el fuerte se mantiene firme.

Por tanto, la fortaleza es virtud cardinal.

CUESTIÓN 124

EL MARTIRIO

ARTÍCULO 2

El martirio es acto de la fortaleza

A la fortaleza pertenece confirmar al hombre en el bien de la virtud contra los peligros, sobre todo contra los peligros de muerte, y especialmente de la muerte en la guerra.

Pero es evidente que en el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular, por parte de los perseguidores.

Por eso dice San Cipriano en un Sermón: La muchedumbre de los presentes vio admirada el combate celestial y cómo en la batalla los siervos de Cristo se mantuvieron con voz libre, alma inmaculada y fuerza divina.

Por tanto, está claro que el martirio es acto de la fortaleza. Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.

ARTÍCULO 4

La muerte es esencial al martirio

Mártir significa testigo de la fe cristiana, por la cual se nos propone el desprecio de las cosas visibles por las invisibles.

Por tanto, pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.

Ahora bien: mientras vive en este mundo, aún no puede demostrar con obras el desprecio de los bienes temporales, pues los hombres siempre suelen despreciar a los familiares y a todos los bienes que poseen con tal de conservar la vida.

De donde se desprende que para la razón perfecta de martirio se exige sufrir la muerte por Cristo.

La fortaleza se ocupa principalmente de los peligros de muerte, y de los demás como una consecuencia. Por lo mismo, no se llama propiamente martirio el soportar la cárcel o el destierro o el despojo de los bienes, a no ser que de ellos se siga la muerte.

El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte. Sucede a veces, sin embargo, que después de haber recibido heridas mortales por Cristo, o cualesquiera otras tribulaciones semejantes, que se sufren por la fe en Cristo, provenientes de los perseguidores, uno puede sobrevivir largo tiempo. En este estado, el acto del martirio es meritorio, y también en el mismo momento de padecer estas penas.

ARTÍCULO 5

No sólo la fe es causa del martirio, sino también las demás virtudes

Mártires es lo mismo que testigos, es decir, en cuanto con sus padecimientos corporales dan testimonio de la verdad hasta la muerte; no de cualquier verdad, sino de la verdad que se ajusta a la piedad, que se nos manifiesta por Cristo.

De ahí que los mártires de Cristo son como testigos de su verdad.

Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio.

Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe.

Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas.

Y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio.

Por eso se celebra en la Iglesia el martirio de San Juan Bautista, que sufrió la muerte no por defender la fe, sino por reprender un adulterio.

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Importancia y necesidad de esta virtud. La fortaleza es una virtud muy importante y excelente, aunque no sea la máxima entre todas las cardinales.

La fortaleza, en su doble acto de atacar y resistir, es muy importante y necesaria en la vida espiritual.

Hay en el camino de la virtud gran número de obstáculos y dificultades que es preciso superar con valentía si queremos llegar hasta las cumbres.

Para ello es menester mucha decisión en emprender el camino de la perfección cueste lo que costare, mucho valor para no asustarse ante la presencia del enemigo, mucho coraje para atacarle y vencerle y mucha constancia y aguante para llevar el esfuerzo hasta el fin sin abandonar las armas en medio del combate.

Toda esta firmeza y energía tiene que proporcionarla la virtud de la fortaleza.

 Vicios opuestos. A la fortaleza se oponen tres vicios: uno por defecto, el temor o cobardía, por el que se rehúye soportar las molestias necesarias para conseguir el bien difícil o se tiembla desordenadamente ante los peligros de muerte; y dos por exceso: la impasibilidad o indiferencia, que no teme suficientemente los peligros que podría y debería temer, y la audacia o temeridad, que desprecia los dictámenes de la prudencia saliendo al encuentro del peligro.

Partes de la fortaleza. La fortaleza no tiene partes subjetivas o especies por tratarse de una materia ya muy especial y del todo determinada, como son los peligros de muerte.

Pero sí tiene partes integrales y potenciales, constituidas ambas por las mismas virtudes materiales, pero con la particularidad de que, si sus actos se refieren a los peligros de muerte, constituyen las partes integrales de la misma fortaleza, y si a otras materias menos difíciles, constituyen sus partes potenciales o virtudes anejas.

Unas y otras se distribuyen del siguiente modo:

Con prontitud de ánimo y confianza en el fin: MAGNANIMIDAD.

Sin desistir a pesar de los grandes gastos que ocasionen: MAGNIFICENCIA.

Causadas por la tristeza de los males presentes: PACIENCIA y LONGANIMIDAD.

Sin abandonar la resistencia por la prolongación del sufrimiento: PERSEVERANCIA y CONSTANCIA.

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La magnanimidad. Es una virtud que inclina a acometer obras grandes, espléndidas y dignas de honor en todo género de virtudes.

Empuja siempre a lo grande, a lo espléndido, a la virtud eminente; es incompatible con la mediocridad.

En este sentido es la corona, ornamento y esplendor de todas las demás virtudes.

La magnanimidad supone un alma noble y elevada.

Se la suele conocer con los nombres de «grandeza de alma» o «nobleza de carácter».

El magnánimo es un espíritu selecto, exquisito, superior.

No es envidioso, ni rival de nadie, ni se siente humillado por el bien de los demás.

Es tranquilo, lento, no se entrega a muchos negocios a la vez, sino a pocos, pero grandes o espléndidos.

Es verdadero, sincero, poco hablador, amigo fiel.

No miente nunca, dice lo que siente, sin preocuparse de la opinión de los demás.

Es abierto y franco, no imprudente ni hipócrita.

Objetivo en su amistad, no se obceca para no ver los defectos del amigo.

No se admira demasiado de los hombres, de las cosas o de los acontecimientos.

Sólo admira la virtud, lo noble, lo grande, lo elevado; nada más.

No se acuerda de las injurias recibidas; las olvida fácilmente; no es vengativo.

No se alegra demasiado de los aplausos ni se entristece por los vituperios; ambas cosas son mediocres.

No se queja por las cosas que le faltan ni las mendiga de nadie.

Cultiva el arte y las ciencias, pero sobre todo la virtud.

Es virtud muy rara entre los hombres, puesto que supone el ejercicio de todas las demás virtudes, a las que da como la última mano y complemento.

En realidad, los únicos verdaderamente magnánimos son los santos.

A la magnanimidad se oponen cuatro vicios: tres por exceso y uno por defecto.

Por exceso se oponen directamente:

a) La presunción, que inclina a acometer empresas superiores a nuestras fuerzas.

b) La ambición, que impulsa a procurarnos honores indebidos a nuestro estado y merecimientos.

c) La vanagloria, que busca fama y nombradía sin méritos en que apoyarla o sin ordenarla a su verdadero fin, que es la gloria de Dios y el bien del prójimo.

Como vicio capital que es, de él proceden otros muchos pecados, principalmente la jactancia, el afán de novedades, hipocresía, pertinacia, discordia, disputas y desobediencias.

d) Por defecto se opone a la magnanimidad la pusilanimidad, que es el pecado de los que por excesiva desconfianza en sí mismos o por una humildad mal entendida no hacen fructificar todos los talentos que de Dios han recibido; lo cual es contrario a la ley natural, que obliga a todos los seres a desarrollar su actividad, poniendo a contribución todos los medios y energías de que Dios les ha dotado.

CUESTIÓN 129

LA MAGNANIMIDAD

ARTÍCULO 1

La magnanimidad tiene por objeto los honores

Como su nombre indica, la magnanimidad implica una tendencia del ánimo hacia cosas grandes.

Ahora bien, la relación de la virtud se considera bajo dos aspectos: uno, con la materia de su acto; otro, con el propio acto, que consiste en el uso debido de tal materia.

Y como el hábito de la virtud se determina principalmente por su acto, de ahí que se llame sobre todo magnánimo al que tiene el ánimo orientado hacia un acto grande.

Y un acto puede ser grande de dos modos: relativa y absolutamente.

Puede decirse relativamente grande incluso el acto que consiste en el uso de una cosa pequeña o mediana; por ejemplo, si se hace de ella un óptimo uso.

Pero absolutamente es grande el acto que consiste en el óptimo uso de una cosa óptima.

Pero las cosas que usa el hombre son las exteriores, entre las cuales lo máximo hablando en absoluto es el honor, ya porque es lo más próximo a la virtud, en cuanto testificación de la virtud de alguien; ya también porque se tributa a Dios y a los mejores; ya, finalmente, porque los hombres posponen todo lo demás con tal de conseguir el honor y evitar el vituperio.

Y así se llama a uno magnánimo por los actos de suyo y absolutamente difíciles, como se llama a uno fuerte por los actos absolutamente difíciles.

Por tanto, se sigue que la magnanimidad tiene por objeto los honores.

Y es esencial a la magnanimidad tener por objeto los grandes honores.

ARTÍCULO 5

La magnanimidad es parte de la fortaleza

Virtud principal es aquella a la que corresponde imponer un modo general de virtud en una materia general.

Pero entre otros modos generales de virtud figura la firmeza de ánimo; porque mantenerse con firmeza es obligado en toda virtud.

Pero esto se alaba sobre todo en las virtudes que tienden a algo arduo, en las cuales es muy difícil conservar la firmeza.

Y por eso cuanto más difícil es mantenerse firme en un bien arduo, tanto más principal es la virtud que presta firmeza al ánimo.

Ahora bien, es más difícil mantenerse firmemente en los peligros de muerte, en los cuales la fortaleza afianza el ánimo, que en la esperanza o consecución de los mayores bienes, para lo cual robustece el ánimo la magnanimidad; pues así como lo que más ama el hombre es su vida, así lo que más evita son los peligros de muerte.

Resulta, pues, manifiesto que la magnanimidad coincide con la fortaleza en cuanto robustece el ánimo respecto a un bien arduo; pero es inferior a ella en cuanto confirma el ánimo en lo que es más fácil mantener la firmeza.

Por eso se cita entre las partes de la fortaleza, porque se adjunta a ella como secundaria a la principal.

ARTÍCULO 6

La confianza es parte de la magnanimidad

La palabra confianza, al parecer, tiene la misma raíz que fe. Y es propio de la fe creer algo y en alguien.

La confianza es parte de la esperanza, conforme al texto de Job 11,18: Tendrás confianza en la esperanza propuesta.

Por eso la palabra confianza parece significar principalmente el que uno conciba esperanza porque da crédito a las palabras de otro que le promete ayuda.

Pero como a la fe se la llama también opinión vehemente, y a veces sucede que tenemos opinión vehemente no sólo porque alguien nos lo dice, sino también por lo que vemos en él, se sigue que puede llamarse también confianza aquella por la cual se concibe esperanza por la consideración de algo: unas veces en sí mismo, por ejemplo cuando uno, al sentirse sano, confía vivir largo tiempo; a veces en otro, como cuando uno, al reconocer que tiene un amigo poderoso, tiene la confianza de que le va a ayudar.

La magnanimidad se refiere propiamente a la esperanza de algo arduo.

Por tanto, como la confianza implica cierta firmeza en la esperanza que proviene de una consideración que produce una opinión vehemente acerca del bien que se ha de alcanzar, se sigue que la confianza es parte de la magnanimidad.

ARTÍCULO 7

La seguridad es parte de la magnanimidad

El temor hace a los hombres reflexivos, en cuanto que ponen cuidado para evadirse de lo que temen.

En cambio, la seguridad implica el alejamiento de esta inquietud producida por el temor.

Por eso, la seguridad lleva consigo un perfecto descanso del ánimo respecto del temor, como la confianza implica un fortalecimiento de la esperanza.

Y así como la esperanza se refiere directamente a la magnanimidad, así el temor a la fortaleza.

Y, por tanto, como la confianza pertenece inmediatamente a la magnanimidad, del mismo modo la seguridad a la fortaleza.

No obstante, hay que tener presente que, así como la esperanza es causa de la audacia, el temor lo es de la desesperación.

De ahí que, como la confianza pertenece a la fortaleza como una consecuencia, en cuanto se sirve de la audacia, así también la seguridad es parte de la magnanimidad, en cuanto aleja la desesperación.

CUESTIÓN 133

LA PUSILANIMIDAD

ARTÍCULO 1

La pusilanimidad es pecado

Todo aquello que va contra la inclinación natural es pecado, porque es contrario a la ley natural.

Pero en todo ser existe una inclinación natural a realizar la acción proporcionada a su capacidad, como aparece en todos los seres, tanto animados como inanimados.

Y así como por la presunción uno sobrepasa la medida de su capacidad al pretender más de lo que puede, así también el pusilánime falla en esa medida de su capacidad al rehusar tender a lo que es proporcionado a sus posibilidades.

Por tanto, la pusilanimidad es pecado, lo mismo que la presunción.

ARTÍCULO 2

La pusilanimidad se opone a la magnanimidad

La pusilanimidad puede considerarse de tres modos.

En primer lugar, en sí misma. Y así es claro que, según su propia razón, se opone a la magnanimidad, de la cual se distingue como la grandeza y la parvedad respecto de lo mismo; en efecto, como el magnánimo, por la grandeza de alma, tiende a lo grande, así el pusilánime, por la pequeñez de ánimo, renuncia a ello.

En segundo lugar puede considerarse la pusilanimidad en su causa, que, por parte del entendimiento, es la ignorancia de la propia condición, y por parte de la voluntad, el temor de fallar en cosas que se estiman falsamente que superan la propia capacidad.

En tercer lugar, puede considerarse la pusilanimidad en su efecto, que es renunciar a cosas grandes de las que uno es capaz.

Ahora bien, la oposición del vicio a la virtud se mide por la propia especie más que por su causa o efecto.

Por tanto, la pusilanimidad se opone directamente a la magnanimidad.

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La magnificencia. Es la virtud que inclina a emprender obras espléndidas y difíciles de ejecutar sin arredrarse ante la magnitud del trabajo o de los grandes gastos que sea necesario invertir.

Se distingue de la magnanimidad en que ésta tiende a lo grande en cualquier virtud o materia, mientras que la magnificencia se refiere únicamente a las grandes obras factibles, tales como la construcción de templos, hospitales, universidades, monumentos artísticos, etcétera.

Es la virtud propia de los ricos, que en nada mejor pueden emplear sus riquezas que en el culto de Dios o en provecho y utilidad de sus prójimos.

A la magnificencia se oponen dos vicios: uno por defecto, la tacañería o mezquindad, que en los gastos a realizar se queda muy por debajo de lo espléndido y magnífico, haciéndolo todo a lo pequeño y a lo pobre; y otro por exceso, el derroche o despilfarro, que lleva al extremo opuesto, fuera de los límites de lo prudente y virtuoso.

La paciencia. Es la virtud que inclina a soportar sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales.

Es una de las virtudes más necesarias en la vida cristiana, porque, siendo innumerables los trabajos y padecimientos que inevitablemente tenemos todos que sufrir en este valle de lágrimas, necesitamos la ayuda de esta gran virtud para mantenernos firmes en el camino del bien sin dejarnos abatir por el desaliento y la tristeza.

Por no tener en cuenta la práctica de esta virtud, muchas almas pierden el mérito de sus trabajos y padecimientos, sufren muchísimo más al faltarles la conformidad con la voluntad de Dios y no dan un solo paso firme en el camino de su santificación.

Contra la paciencia pueden señalarse dos vicios opuestos: uno por defecto, la impaciencia, que se manifiesta al exterior con ira, quejas, murmuraciones y otras cosas semejantes; y otro por exceso, la insensibilidad o dureza de corazón, que no por motivo virtuoso, sino por falta de sentido humano o social, no se inmuta ni impresiona ante ninguna calamidad propia o ajena.

La longanimidad. Es una virtud que nos da ánimo para tender a algo bueno que está muy distante de nosotros, o sea, cuya consecución se hará esperar mucho tiempo.

En este sentido, se parece más a la magnanimidad que a la paciencia; pero teniendo en cuenta que, si el bien esperado tarda mucho en llegar, se produce en el alma cierta tristeza y dolor, la longanimidad, que soporta virtuosamente este dolor, se parece más a la paciencia que a ninguna otra virtud.

La longanimidad es una virtud que consiste en saber aguardar.

Saber aguardar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos.

¿En qué? En el bien que de ellos esperamos.

Por consiguiente, la longanimidad consiste en evitar la impaciencia que podría causarnos la demora o tardanza de este bien.

Saber sufrir esta tardanza, he aquí, en realidad, lo que es la longanimidad.

Por eso la llaman algunos larga esperanza.

CUESTIÓN 136

LA PACIENCIA

ARTÍCULO 1

La paciencia es virtud

Las virtudes morales se ordenan al bien en cuanto que conservan el bien de la razón contra los ataques de las pasiones.

Y entre otras pasiones la tristeza es eficaz para impedir el bien de la razón.

Por eso es necesaria una virtud que mantenga el bien de la razón contra la tristeza para que la razón no sucumba ante ella.

De ahí lo que dice San Agustín: Por la paciencia humana toleramos los males con ánimo tranquilo, es decir, sin la perturbación de la tristeza, para que no abandonemos por nuestro ánimo impaciente los bienes que nos llevan a otros mayores.

Es, pues, evidente que la paciencia es virtud.

ARTÍCULO 4

La paciencia es parte de la fortaleza

La paciencia es parte cuasi potencial de la fortaleza, porque se adjunta a ella como virtud secundaria a la principal.

Efectivamente, es objeto de la paciencia soportar los males ajenos con tranquilidad de ánimo.

Ahora bien, entre los males que recibimos de los demás son los principales y los más difíciles de soportar los peligros de muerte, sobre los cuales versa la fortaleza.

De lo cual se deduce que en esta materia la fortaleza tiene la primacía, como si reclamase para sí lo que es más principal en esta materia.

Por tanto, la paciencia se anexiona a ella como la virtud secundaria a la principal.

ARTÍCULO 5

La paciencia puede convenir con la longanimidad

Así como por la magnanimidad se posee el ánimo de tender a lo grande, así también por la longanimidad se expresa la tendencia hacia algo lejano.

Por eso, como la magnanimidad dice mayor relación a la esperanza tendiente al bien que a la audacia o el temor o la tristeza, que dice orden al mal, otro tanto ocurre con la longanimidad.

Parece, pues, que la longanimidad tiene mayor afinidad con la magnanimidad que con la paciencia.

Puede, con todo, convenir con la paciencia por dos motivos.

Primero, porque la paciencia, como también la fortaleza, soporta males por un bien.

Si este bien se ve cercano es más fácil la tolerancia del mal, mas cuando se prevé lejano es más difícil soportar el mal en el momento actual.

El segundo motivo es porque la dilación del bien esperado es causa de tristeza. Por eso la paciencia también puede darse en el sufrimiento de esta aflicción, como en el de cualquier otra.

Así, pues, en cuanto que bajo la razón del mal que entristece puede incluirse la dilación del bien esperado, objeto de la longanimidad, y el trabajo que soporta el hombre en el ejercicio continuado de la obra buena, objeto de la constancia, tanto la longanimidad como la constancia están comprendidas en la paciencia.

Por eso Tulio define la paciencia como la tolerancia voluntaria y continuada de cosas arduas y difíciles por un bien honesto y útil.

Al decir arduas se refiere a la constancia en el bien; difíciles, para expresar la gravedad del mal, objeto propio de la paciencia; al añadir continuada, alude a la longanimidad en lo que tiene de común con la paciencia.

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JOSEF PIEPER

LAS VIRTUDES FUNDAMENTALES

Paciencia y fortaleza

Más oportuna, si cabe, resulta la anterior observación por lo que respecta a la imagen hoy vigente de la virtud de la paciencia.

La paciencia es para Santo Tomás un ingrediente necesario de la fortaleza.

La causa de que esta coordinación de paciencia y fortaleza nos parezca absurda no reside sólo en el hecho de que hoy tendamos a malentender en un sentido fácilmente activista la esencia de la fortaleza, sino sobre todo en la circunstancia de que a los ojos de nuestra imaginación la virtud de la paciencia ha venido a significar —como antítesis de lo que fue para la teología clásica— un padecer incapaz de llevar a cabo cualquier discriminación sensata, ávido de desempeñar su papel de «víctima», consumido por la aflicción, falto de alegría y de médula y abierto de brazos sin distinción a todo género de mal que le salga al paso, cuando no es que se lanza a buscarlo por propia iniciativa.

Pero la paciencia es algo radicalmente diverso de la irreflexiva aceptación de toda suerte de mal: «paciente es no el que no huye del mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza».

Ser paciente significa no dejarse arrebatar la serenidad ni la clarividencia del alma por las heridas que se reciben mientras se hace el bien.

La virtud de la paciencia no es incompatible con una actividad que en forma enérgica se mantiene adherida al bien, sino justa, expresa y únicamente con la tristeza y el desorden del corazón.

La paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu sea quebrantado por la tristeza y pierda su grandeza: «ne frangatur animus per tristitiam et decidat a sua magnitudine».

De ahí que no sea la paciencia el espejo empañado de las lágrimas de una vida «rota» (como tal vez pudiera sugerir la inspección de lo que, bajo múltiples aspectos se muestra y ensalza con este nombre), sino el rutilante emblema de una invulnerabilidad última.

La paciencia es, como dice Santa Hildegarda de Bingen, «la columna que ante nada se doblega».

Y Santo Tomás, basándose en la Sagrada Escritura, resume lo esencial con la infalibilidad de su extraordinaria puntería: «por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma».

El que es valeroso es también —y precisamente por ser valeroso— paciente.

Pero no a la inversa: la paciencia está lejos de implicar la virtud total de la fortaleza, tan lejos o más aún de lo que pueda estarlo, por su parte, el acto de resistencia, al que la paciencia se ordena.

Porque el valiente no sólo sabe soportar sin interior desorden el mal cuando es inevitable, sino que tampoco se recata de «abalanzarse» (insilire) acometedor sobre él y desviarlo cuando puede tener sentido hacerlo.

A esta segunda eventualidad se ordena, como actitud interna del valiente, la disposición para el ataque: la animosidad, la confianza en sí mismo y la esperanza en la victoria: «la confianza, que es parte de la fortaleza, lleva consigo la esperanza que pone el hombre en sí mismo y que naturalmente supone la ayuda de Dios».

Cosas son éstas tan evidentes que hacen superflua toda ulterior explicación.

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La perseverancia. Es una virtud que inclina a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación nos ocasione.

Se distingue de la longanimidad en que ésta se refiere más bien al comienzo de una obra virtuosa que no se consumará del todo hasta pasado largo tiempo; mientras que la perseverancia se refiere a la continuación del camino ya emprendido, a pesar de los obstáculos y molestias que vayan surgiendo en él.

Lanzarse a una empresa virtuosa de larga y difícil ejecución es propio de la longanimidad; permanecer inquebrantablemente en el camino emprendido un día y otro día, sin desfallecer jamás, es propio de la perseverancia.

Todas las virtudes necesitan la ayuda y complemento de la perseverancia, sin la cual ninguna podría ser perfecta ni siquiera mantenerse mucho tiempo.

Porque, aunque todo hábito o virtud, por comparación al sujeto donde reside, sea una cualidad difícilmente movible y, por lo mismo, persistente de suyo, la especial dificultad que proviene de la prolongación de la vida virtuosa hasta el fin ha de ser vencida por una virtud también especial, que es la perseverancia.

Es imposible la perseverancia en el bien sin una especial ayuda de la gracia.

Para perseverar en el bien hasta la muerte (perseverancia final) se requiere un auxilio especialísimo de Dios enteramente gratuito, que, por lo mismo, nadie puede estrictamente merecer, aunque puede impetrarse infaliblemente con la oración revestida de las debidas condiciones.

 

La constancia. Es una virtud íntimamente relacionada con la perseverancia, de la que se distingue, sin embargo, por razón de la distinta dificultad que trata de superar; porque lo propio de la perseverancia es dar firmeza al alma contra la dificultad que proviene de la prolongación de la vida virtuosa, mientras que a la constancia pertenece robustecerla contra las demás dificultades que provienen de cualquier otro impedimento exterior (v.gr., la influencia de los malos ejemplos); y esto hace que la perseverancia sea parte más principal de la fortaleza que la constancia, porque la dificultad que proviene de la prolongación del acto es más intrínseca y esencial al acto de virtud que la que proviene de los exteriores impedimentos, de los que se puede huir más fácilmente.

Vicios opuestos. A la perseverancia y constancia se oponen dos vicios: uno por defecto, la inconstancia (que Santo Tomás llama molicie o blandura), que inclina a desistir fácilmente de la práctica del bien al surgir las primeras dificultades, provenientes, sobre todo, de tener que abstenerse de muchas delectaciones; y otro por exceso, la pertinacia o terquedad del que se obstina en no ceder cuando sería razonable hacerlo.

CUESTIÓN 137

LA PERSEVERANCIA

ARTÍCULO 1

La perseverancia es virtud

La virtud tiene por objeto lo difícil y lo bueno.

Por eso, donde hay una especial dificultad hay asimismo una virtud especial.

A su vez, la obra virtuosa puede resultar fácil o difícil por dos motivos:

Primero, por la especie misma del acto, que depende de la naturaleza de su propio objeto.

Segundo, por la misma larga duración del tiempo, pues el mismo hecho de insistir largamente en una cosa difícil ya tiene una especial dificultad.

Por eso, el persistir en la práctica de alguna obra buena por el tiempo que sea, hasta su consumación, es objeto de una virtud especial.

Por consiguiente, lo mismo que la templanza y la fortaleza son virtudes especiales, porque una regula las delectaciones del tacto, que de suyo ofrecen su dificultad, y la otra modera los temores y audacias con respecto a los peligros de muerte, lo que igualmente es de suyo difícil, de igual modo, la perseverancia es virtud especial, cuyo objeto es soportar tanto cuanto sea necesario la larga duración de estas u otras obras virtuosas.

ARTÍCULO 2

La perseverancia es parte de la fortaleza

Virtud principal es aquella a la que se atribuyen principalmente obras que constituyen verdaderos méritos y logros de la virtud, en cuanto que las practica y ejerce en la materia que le es propia, que es en la que resulta más difícil y perfecto el practicarlas.

La fortaleza es virtud principal por el hecho de mantenerse firme en las situaciones en que esto resulta más difícil, es decir, en los peligros de muerte.

Por eso es necesario que a la fortaleza se le adjunte, como una virtud secundaria a su virtud principal, toda virtud cuyo mérito y grandeza consiste en soportar firmemente algo difícil.

Pero lo que realmente distingue y engrandece a la perseverancia es el no ceder ante la dificultad que implica la larga duración de la obra buena, algo, eso sí, no tan difícil como soportar los peligros de muerte.

Tal es la razón por la que la perseverancia se adjunta a la fortaleza como una virtud secundaria a su virtud principal.

ARTÍCULO 3

Relación entre la constancia y la perseverancia

La perseverancia y la constancia coinciden en cuanto al fin, porque lo que se proponen la una y la otra es mantenerse firmes en la práctica de alguna obra buena.

Difieren, sin embargo, en los impedimentos que hacen que resulte difícil la persistencia en el bien obrar, pues la virtud de la perseverancia lo que propiamente hace es que el hombre permanezca en el bien a pesar y en contra de la dificultad que proviene de la larga duración del acto; en cambio, la constancia hace que permanezca firme en lo mismo contra la dificultad proveniente de todos los otros impedimentos externos.

Por consiguiente, la perseverancia es la principal, ya que la dificultad procedente de la larga duración del acto es más esencial al acto de virtud que la que proviene de los impedimentos externos.