Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

jovenSé sincero contigo mismo

Quiero llamarte la atención sobre una cosa: sé sincero, no sólo con los demás, sino contigo mismo.

Pero ¿y esto, a qué viene?, estarás pensando.

Tras realizar cualquier acción, pregunta a tu conciencia si aprueba lo que has hecho. Pero no te engañes a ti mismo. Si te atreves a ser sincero contigo mismo, cuántas veces habrás de reconocer que no es verdad que «no he tenido tiempo para preparar la lección»; y que cuando mirabas aquella mujer desnuda, no es verdad que «has querido estudiar su belleza artística», y que cuando te has enredado en una conversación obscena no es verdad que «lo hacía por bromear», sino que he sido un cobarde que reniega de sus principios morales.

Habla reiteradamente contigo mismo en el silencio para que así llegues a conocerte cada vez mejor. Y, sobre todo, sé sincero con Dios. Dios es la verdad eterna y todo lo ve. No puedes engañarle.

La vida humana se forma con eslabones de pequeñas acciones. Uno a uno parecen de poca monta, de insignificancias, y, no obstante, son ellos los que integran la vida.

Todas las grandes caídas morales tuvieron por principio un leve tropiezo. El que sabe guardarse de las faltas pequeñas, se guardará de las grandes.

Observa en qué tropiezan la mayoría de los hombres de la calle. ¿En grandes piedras que encuentran por su camino? No. Estas las notan ya de lejos. Pero resbalan al pisar, por casualidad, un hueso de cereza, y caen.

Napoleón tenía grandes cualidades y habría podido servir muchísimo a la Huma­nidad. Pero le hizo tropezar, y causó su propia perdición, un solo defecto: su vanidad sin medida.

La perdición de muchos jóvenes empieza por pequeñeces inocentes, como no cumplir alguna que otra regla de disciplina escolar, excusando con pequeñas mentiras su pereza, pasando el rato sin hacer nada…

De las acciones repetidas se forma el hábito: de las acciones malas, nace la mala costumbre, el vicio; de las buenas, la buena costumbre, la virtud.

¿Por qué tienen tanto poder las pequeñeces? Nada se pierde en el mundo sin dejar huella. Lo que tiene consecuencias importantes y graves no puede ser una pequeñez, por insignificante que parezca.

Los pequeños hilitos y Gulliver

Los hábitos en el alma humana se parecen a los lagos helados en que juegan los niños. Al principio la superficie del hielo no está lisa y no es posible patinar sobre ella; pero ahí se meten los muchachos, y, a medida que van pasando sobre el hielo, lo igualan y alisan; al fin, lo han convertido en una pista por la que se deslizan con facilidad. Algo semejante nos sucede con las acciones: cuantas más veces hacemos algo, bueno o malo, tanto más nos acostumbramos, y nos deslizamos ya sin poder pararnos en la dirección tomada.

¿Conoces el cuento de Gulliver? Cuando llegó al país de los enanos parecía un gigante entre ellos. Y, sin embargo, le jugaron una mala pasada los liputienses. No tenían, en verdad, cuerda bastante resistente para suje­tar­le. Tranquilo se quedó dormido, sin prestarles ninguna atención a lo que ha­cían. Y ellos aprovecharon su sueño para atarlo con miles y miles de hilos delga­dos. Al despertar ya no podía moverse, tan sólo unos hilos insigni­fi­can­tes lo habían vencido.

Es cosa que espanta el ver cómo muchos jóvenes, que en sus tiernos años inspiraron las más risueñas esperanzas, se desviaron más tarde y marcharon por el camino del pecado, porque empezaron a descuidarse en las cosas pequeñas. Las pequeñeces también tienen importancia.

 Cuando veo la mesa de trabajo o la habitación de algunos estudiantes, muchas veces pienso para mis adentros: «¡Dios mío! Si habrá el mismo desorden en el alma de este joven… Un cepillo para los zapatos, el diccio­na­rio, una pelota de fútbol, botones rotos, una regla, un mendrugo de pan, papeles… todo en desorden, esparcido por la mesa».

Pon orden en tu mesa, en tu armario, en tu cuarto. El orden exterior no es tan sólo manifestación de la armonía íntima, sino también eficaz instrumento para llegar a ella; quien siempre tiene orden en sus cosas ordenará con más facilidad sus pensamientos. Pon orden, y el orden te guardará.

Además, has de tener orden, porque sólo el hombre ordenado sabe ser puntual, mientras que el desordenado pierde mucho tiempo en buscar las cosas, y después, en la vida, también llegará siempre tarde a todas partes. ¿No conoces jóvenes que diez minutos antes de las clases buscan afanosos su cuaderno de clase? Revuelven todo el cuarto; en vano. No está. Ha desaparecido. Por fin, lo descubren debajo de la mesa, junto a la caja de betún. Pero sólo faltan cinco minutos para empezar la clase. Corren… llegan tarde… se les pone falta… por desorden.

Y aquí, sin embargo, no se trata más que de llegar tarde al centro educativo, pero cuando lleguen tarde a sus oficinas y se olviden de asuntos importantes…

¡Y aquellos cuadernos desordenados, llenos de garabatos y manchas de tinta! Cuando se revisan los libros de comerciantes declarados en quiebra se halla, en la mayoría de los casos, que no llevan en orden y de forma sistemática su contabilidad.

Cuidado, joven, con los hilitos de las malas costumbres, de las pequeñas negligencias, no vayan a maniatar tu personalidad.

Pon orden en las cosas más insignificantes. Que tu cajón esté ordenado; que apuntes estén al día y bien archivados; que en la mesa no haya otra cosa que lo necesario para el estudio o lo que sirve de adorno; que cada libro, cada cuaderno, cada cosa tenga su puesto acostumbrado, de suerte que puedas hallar cualquiera de estos objetos aun a oscuras.

Cuídate especialmente de los objetos prestados: libros, diccionarios, apuntes… No prestes a otro lo que te prestaron a ti, y no esperes que el dueño venga a pedirte que le devuelvas lo suyo.

El cerrojo roto

En una finca se deterioró el cerrojo de la puerta del corral. Habría podido arreglarse en varios minutos, pero «no tiene importancia», pensó el granjero. Naturalmente, día tras día iban escapándose los animales, hoy un pollo, otro día un pato. Un día llegó a huir el cerdo. «¡Ay! ¡Esto ya no se puede aguantar!» Toda la familia se puso a coger al cerdo. El padre, al descubrirlo, no le faltaba para cogerlo más que saltar una zanja. Pero tropezó al saltar y se rompió una pierna. La madre, al volver de la caza del cerdo, vio con espanto que la ropa que había colgado cerca del horno para que se secara se había quemado. He aquí cuánto el daño que causó el cerrojo descuidado, que se habría podido arreglar rápidamente.

Algunas veces, la cosa más insignificante adquiere importancia decisiva. ¡Qué cosa tan insignificante que el alga marina que se pega al costado de los buques! Y, sin embargo, Cristóbal Colón, en el momento en que la tripulación empezó a rebelarse después del largo viaje aparentemente sin resultado, se aprovechó de ese detalle insignificante. Para animarles a continuar el viaje les dijo: «Mirad, ya están aquí las algas; debe estar cerca la tierra.»

Observa a los grandes compositores. ¡Cuánto han de estudiar, día tras día, para dominar técnicamente las dificultades más pequeñas! Francisco Listz dijo: «Si no hago ejercicio un día, lo noto yo; si lo omito durante tres días, entonces lo nota el público.»

Quien domina las cosas pequeñas es señor también de las grandes. ¿Cómo podrá lanzarse a una empresa grande quien no se preocupa de las pequeñas? Lo dice el mismo Jesucristo: «Quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho» (Lu 16, 10).

Del criminal que meten en la cárcel, no podía figurarse la madre, cuando lo mecía en sus brazos de niño, que acabaría así su vida.  El camino del delirium tremens empieza con la primera copa de alcohol. Comprendes ahora la frase de San Agustín: «Lo pequeño es pequeño, pero ser fiel en lo pequeño es cosa grande.»

El espíritu observador

El ojo tan sólo ve; el espíritu, además, observa. El espíritu observador no es únicamente una cualidad necesaria de los pilotos, sino de todos los que navegan por los mares de la vida.

Gracias a la observación, los indios llegan a rastrear muchas cosas por unas huellas casi imperceptibles; los antiguos astrólogos árabes, sin teles­co­pio, descubrieron el curso de los astros; los pintores chinos supieron dar vida con admirable fidelidad en sus cuadros a todos las sútiles acrobacias del pá­ja­ro. Tenían un finísimo espíritu de observación.

La observación aguda ha proporcionado los descubrimientos más importantes de la Humanidad.

¡Cuántos fueron los que antes de Newton vieron caer una manzana del árbol! ¡Y él fue el único que meditó este hecho sencillo, tan profundamente que llegó a descubrir la ley de la gravedad!

¡Cuántos habían visto cómo sale el vapor de la cafetera! Y, sin embargo, sólo Papín se puso a meditarlo hasta el punto de descubrir la máquina de vapor.

Röntgen encontró una placa deteriorada en su máquina fotográfica. ¿La tiró enfadado? No. Empezó a meditar cómo pudo la luz llegar a la placa tapada. Y descubrió los rayos X, que atraviesan los cuerpos consistentes.

El capitán Brown no pensaba sino en el modo de hacer un puente sobre el río Tweed con la mayor economía. Un día, paseándose por su jardín, y sin dejar de pensar en ello, notó una sutil telaraña que se extendía de un arbusto a otro. Ahí está. Ya lo tengo. ¿No habría manera de hacer con barras de hierro y con cadenas un puente de semejante estructura? Y no pasó mucho tiempo para que se construyera el primer puente sostenido por cadenas, el puente colgante.

¿Y sabes cómo descubrió Galileo la ley del péndulo? En la cúpula de la catedral de Pisa puso el sacristán aceite en la lámpara del Sagrario, suspendida del elevadísimo techo con una cuerda. ¡Cuántas veces se había repetido este hecho al correr de los siglos, y cuántos hombres lo habían visto! Y, no obstante, fue el entendimiento perspicaz, el gran espíritu observador de Galileo, quien meditó por primera vez los movimientos regulares, de un lado al otro, de la lámpara. A base de este fenómeno insignificante empezó a rumiar el hecho, y, después de una labor fatigosa de cincuenta años, descubrió la ley del péndulo y pudo perfeccionar su instrumento, que juega un papel importante en la medida del tiempo y en los cálculos astronómicos.

Ejercítate, pues, en ser observador. Te podrán ayudar los siguientes ejercicios.

Un ejercicio consiste en colocar un  gran montón de objetos, unos treinta o cuarenta, previamente en desorden, sobre la mesa; los muchachos no pueden mirar más que un momento la mesa y después, vueltos de espalda, han de decir todo lo que hay en ella.

Otro ejercicio consiste en lo siguiente: después de haber presenciado un acontecimiento, trata de describirlo.

Ejerecítate con la Naturaleza. ¡Qué magníficos e interesantes descu­bri­mien­tos se pueden hacer! Cómo la ardilla rompe la nuez; de qué modo comen el perro y el gato, el ganso, los polluelos; cómo el ave de rapiña destro­za su víctima; cómo se arrastra el caracol, la serpiente, el gusano, etc. Cuán­tas veces habrás visto un caballo al paso, al trote, al galope; y apuesto que no sabrías explicar los diferentes movimientos de las patas que aconte­cen en las distintas marchas.

Quien no se sorprende por las cosas, inútil que viaje por el mundo entero, de nada le servirá, porque no es observador. Mira, pero no ve. En cambio, quien sabe observar con mirada penetrante, ése llegará al fondo de los acon­te­ci­mientos, descubrirá el reverso de la medalla.

Pon entusiasmo en tu trabajo

Un medio extraordinario en la escuela de la voluntad es el trabajo, el deber diario cumplido con alegría.

El trabajo, para el sentir de los paganos, era algo degradante, indigno de un hombre libre. Fue el Cristianismo quien consideró al trabajo como un medio que ennoblece al hombre. El trabajo fortalece la voluntad porque exige dominio de sí mismo, abnegación, perseverancia. Y quien tiene una voluntad fuerte, sabe dominarse, y por tanto, sabe guiar sus instintos hacia el bien integral de la persona.

Trázate un plan minucioso para la tarde: si al llegar al estudio te vienen ganas de tumbarte en el sofá, de salir con tus amigos, no vaciles. Lo primero es el cumplimiento de tu deber. Coge con alegría el libro. Échale alma y vida. El deber cumplido con entusiasmo tiene gran fuerza educadora de la voluntad.

Pero tan sólo es el trabajo verdadero el que educa el alma, y no el hábito de matar el tiempo. Tan sólo el trabajo que triunfa del capricho, de la inconstancia y comodidad.

¿Sabes qué es lo que me admira al visitar una catedral medieval? Este pensamiento: los antiguos, pintores, arquitectos, escultores, dieron lo mejor de su trabajo, concentraron todas sus fuerzas y las invirtieron en sus obras. ¿Y hoy día? El trabajo de los hombres es muchas veces tan rápido, precipitado, superficial, que parece un trabajo de mercenario.

Sentirás profunda satisfacción si haces con entusiasmo, con todo el corazón, el trabajo más insignificante. Lo importante no es la importancia del trabajo que haces, sino la disposición con que lo realizas. Lo que vale la pena hacer, merece que se haga bien, y lo que no se está dispuesto a hacer a conciencia es preferible que ni siquiera se empiece.

Un amigo fue a visitar a Miguel Angel, y se quedó maravillado de que todavía estuviese haciendo la misma obra.

— Su trabajo no adelanta nada —le dijo.

— ¿Cómo que no? He corregido ya mucho; aquí he quitado algo, allí he perfeccionado una arruga; he dado más suavidad a esta línea, he procurado dar más expresión a aquella boca.

— Pero todas estas cosas son pequeñeces —proseguía, maravillado, el visitante.

— Sí, lo son —le contestó el maestro—. Pero las pequeñeces hacen lo perfecto, y la perfección no es pequeñez.

Cuando pasé por Milán subí al techo de la catedral, ese templo sobe­ra­namente hermoso. Toda la iglesia está construida de mármol blanco deslum­brante; hasta en el techo se levantan innumerables torrecitas de mármol, y los nichos de las torres también están llenos de estatuas marmó­reas de santos, a cual más hermosa. Mientras duraba la construcción dijo alguien al escultor, que trabajaba con gran celo: «Pero ¡tanto trabajo! Desde abajo nadie verá las estatuas. ¿Para qué tanta fatiga?

— Desde abajo, nadie —contestó el artista—; pero Dios lo ve.

Dios ve mi trabajo y esto me basta. El trabajo hecho sin entusiasmo, sin alma, refunfuñando, es peor que la completa inactividad, pues te engaña, hacién­dote creer que trabajas mucho.

De la misma materia en que el artista esculpe una estatua maravillosa, el chapu­cero no sabe sino moldear una caricatura. De la misma manera pode­mos trabajar con entusiasmo y, mediante él, pulir nuestro carácter, mientras que otros permanecen esclavos y gimen con cara entristecida bajo el yugo de su estado de ánimo.

El hombre nació para el trabajo y, ya que no hay más remedio que trabajar, por lo menos trabajaré de buena gana.

Continuará…