PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN XII

SEGUNDA PARTE

SERMÓN XI DE DIFUNTOS

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Mirabiliter me crucias. Job.x. v. 16.

 

Es, señores, efecto natural del amor buscar un bien, que se conoce conveniente. Y si es causa de una suma alegría buscarle y luego hallarle, es motivo también y de una extremada aflicción buscarle y no haber medio de encontrarle.

Nosotros tenemos testimonios de esta verdad en las divinas letras; en ellas se lee que la Esposa de los cánticos iba por las calles y plazas en busca de su cariñoso esposo para curarse la herida, que le abrió en el pecho su ausencia; se lee que Absalón entre las delicias con que le brindaba una corte florida, porque se le difería la vista de su padre, se juzgaba desgraciado, y no dudó protestar a su primo Joab, que prefería la muerte a su dolorosa fortuna.

¿Qué diremos pues de aquellos tristes espíritus del Purgatorio, que buscan a Dios y no le hallan? ¡Qué martirio, habitar en un lugar de tormentos imponderables, donde nada se desea más que la vista de Dios, cercano ya a ser poseído!

Aquellas Almas están ciertas que, con un ligerísimo vuelo que se les permitiera dar, mudarían en tronos de principados los cepos de esclavitud, en diamantes los carbones, en cánticos de júbilo las lamentaciones tristes.

Esta, señores, es la pena más acerba del Purgatorio: vivir penetradas de un deseo ardentísimo de ver a Dios, y no llegar a verle; sentir altísimamente de su bondad, y no gozar de ella; tener cerca de sí aquel centro carísimo a donde son fuertemente arrebatadas, y no conseguirle.

Por esto me parece que aquellas Almas afligidas pueden dar a Dios, en medio de sus tormentos, el mismo lamento que hacía Job desde su muladar: Mirabiliter me crucias: Señor, Vos me atormentáis con un modo admirable, privándome de la vista de vuestra cara.

Y con esto veis aquí significado, señores, el asunto grande que tengo que ponderaros esta tarde; no quiero tratar ni del lugar donde padecen, ni de la voracidad de aquellas llamas, ni de lo intolerable de aquellas ascuas; una sola cosa ha de ser el objeto de mis discursos y de vuestra atención: las almas son en extremo atormentadas en el Purgatorio, porque buscan a Dios sin hallarle.

Hagamos para explicarlo el recurso ordinario a la Madre de la gracia, saludándola como la saludó el Ángel.

AVE MARIA

Dos son las suertes de los justos que buscan a Dios diferentemente; le buscan los justos que aun respiran el aire de esta mortal vida; búscanle así mismo aquellos justos que pagaron a la muerte su tributo correspondiente.

Mientras habitamos en nuestro cuerpo, dice el Apóstol somos peregrinos apartados del Señor, y fuera de nuestra celestial patria; por esto caminamos a Él por la fe, y no gozamos de Él aun por medio de una clara luz; los difuntos le buscan también en el Purgatorio, porque no han llegado al último término de su viaje, y se les puede decir lo que un Ángel dijo a Elías: Grandis tibi restat via: te queda, aun largo camino que hacer.

En efecto, señores, aunque las Almas justas hallan y poseen a Dios en cuanto es autor de la gracia y de la salud; con todo no le hallan, ni le poseen como autor de la gloria y objeto de su felicidad; esta bienaventurada suerte les está reservada para cuando estén en el Cielo, por lo que tienen mucho que sufrir antes de llegar a la Jerusalén celestial, donde Dios se manifiesta cara a cara a los comprensores.

Y en este estado de penas y en medio del fuego, dicen ellas lo que Job decía a Dios sobre su muladar: ¡Ah Señor! ¿Por qué me escondéis vuestra cara, y me reputáis y tratáis como si fuese en realidad vuestro enemigo? Yo os, amo, y Vos me atormentáis; yo os adoro, y Vos me desecháis, estoy impaciente de veros, y Vos os ocultáis; yo me muero en deseos de abrazaros, y Vos os apartáis de mis brazos; permitidme a lo menos que repose de mis pasados males, dejadme tragar mi saliva, lloraré mi desgracia y respiraré un momento.

Sí, señores míos, las santas Almas pueden hacer estos lamentos amorosos a Dios, y preguntarle por qué, habiéndole buscado en el curso de su vida, les esconde su cara después de la muerte.

Pero por no haber borrado en este mundo con una perfecta penitencia algunas ligeras deformidades de sus corazones, es muy justo que sean purificadas con las penas del Purgatorio, antes que gocen de la visión de Dios en el Cielo; este es uno de los más fieros castigos que padecen las Almas en el Purgatorio: buscar a Dios sin hallarle, hasta estar del todo limpias por medio del fuego devorador.

 

MORALIDAD

Ved aquí, hermanos míos, un grande motivo, que os debe obligar a buscar a Dios mientras le podéis hallar; pensad en aplacar su justicia mientras se puede aplacar; haced penitencia de vuestros pecados mientras los podéis borrar; así como podéis expiar la culpa en este mundo, así procurad no pagar la pena en el otro; el tiempo de la vida presente es el reino de la misericordia, el tiempo de la vida venidera es el reino de la justicia.

Cuándo se busca a Jesucristo en este primer tiempo, se halla en la cruz en calidad de Redentor, que perdona los pecados con grande misericordia; cuando se busca en el segundo, se halla en la derecha del Padre en calidad de Juez, que castiga con extremado rigor.

Sin embargo es preciso advertir la diferencia que va de los justos vivos a los justos difuntos. Los difuntos, es a saber las Almas del Purgatorio, buscan a Dios en medio de las llamas, sin temor de dar en algún precipicio y sin temor de perderle, cuando habrán logrado la feliz suerte de encontrarle; no es así empero de los vivos: éstos, aunque buscan a Dios por el camino del Cielo, sin embargo temen salirse tal vez del camino, y aunque le poseen por medio de su gracia, hay muchos motivos que les hacen temer el perderle; pues que no están ni en la necesidad de obrar el bien, ni menos en la impotencia de obrar el mal; porque la gracia que los constituye amigos de Dios, es absolutamente admisible, y el pecado que los hace sus enemigos, es fácil de cometerse.

¡Cuánto pues hemos de temer, amados oyentes, que nuestro pie resbale y se aparte del camino recto! El peregrino Israel nos ofrece una oportuna instrucción: caminando a la tierra prometida pidió al Rey de Edon el pasaje por sus tierras con esta protesta, que pasaría siempre por el camino real sin declinar ni a la derecha, ni a la siniestra. Este es, señores, el modo con que hemos de caminar en nuestra peregrinación; asirnos siempre del camino real de los divinos preceptos, sin que nos haga torcer el paso o a la derecha la prosperidad que nos recrea, o a la izquierda la adversidad que nos molesta. ¡Oh y cuán dulce y segura cosa es andar por este camino! este camino tan seguro fue para el Profeta rey el argumento más dulce de su cítara: Cantabiles mihi erant justificationes tue in loco peregrinationis meæ.

Almas desventuradas, no son, no para vosotras estos cánticos y alegrías; vosotras incautas corréis tras los aparentes gustos, y andáis fuera del camino real; sí, infelices, sí, temed que suceda a tan triste viaje el término más infeliz.

Pero nosotros, dilectísimos, a imitación del Salmista, prosigamos constantes en imprimir huellas de fidelidad en el camino de la salvación; sé que los peligros de ir fuera de camino son muchos, mas también sé que tenemos una guía segura, que nos convida a seguir sus pasos: Venite post me, al oír esta voz, ya advertís que es la de Jesús.

Jesús, sí, Jesús se hace nuestro caudillo ¡oh y qué caudillo! Caudillo que nos anima con sus palabras; caudillo que nos esfuerza con sus ejemplos; caudillo que nos ampara con su ayuda. Venite nos va diciendo, venite post me. Yo seré en las tinieblas vuestra luz; yo en los peligros vuestra acogida; yo en las fatigas vuestro alivio; yo vuestro recreo en el cansancio. Venite: yo os allanaré toda aspereza, os aseguraré en todo peligro, y os libraré de toda asechanza. Venite, venite post me.

¡Qué suerte tan feliz, hermanos míos, tener en caminos tan peligrosos, tan obscuros y tan deleznables, una guía tan sabia, tan amorosa! ¡Tener por guía a Jesús! seamos, oyentes míos, sus secuaces, y no temamos.

Sí, mi Jesús, me entrego gustoso a vuestra conducta, guiadme Vos, por el camino de vuestros preceptos; sé que en lo pasado caminé por caminos no buenos, pues que me aparté de Vos; pero reconozco ya mi error y le lloro, prometo en adelante no perderos de vista, y no dar un paso fuera del buen camino. ¡Ah Jesús amado! por vuestra infinita misericordia dadme fuerza para seguiros; para que peregrinando con Vos por el desierto de esta vida, llegue a la tierra prometida del Paraíso. Y para que esta petición logre su efecto, postrado a vuestras divinas plantas con un corazón verdaderamente contrito, os pido el perdón de todos mis pecados, diciendo: Señor mío Jesucristo etc.