PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN XI

SEGUNDA PARTE

SERMÓN XI DE DIFUNTOS

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Beati qui non viderunt, et crediderunt. Joan xx. v. 9.

Haría injuria a vuestra piedad, oyentes, a  no suponer que todos creéis que hay una cárcel, en la cual quien muere en gracia  satisface por las faltas, de las cuales no hizo viviendo condigna penitencia, estoy asimismo cierto, que todos creéis que en esta cárcel son atrocísimas las penas que se padecen, y que en ella se gime no solo por días y por meses, sino también por años y por lustros; mas como aun entre los fieles que se precian de tener una vida regulada, haya muchos los cuales, cuándo se habla del purgatorio, muestran temerle tan poco, que casi diríais que le miran en razón de premio y no de castigo; de aquí es, que cuidándose poco o nada de librarse de la entrada, o de disminuir la duración, entonces solo empiezan a creer el terrible tormento que él es, cuándo sacados del mundo con sus deudas no satisfechas, experimentan la voracidad de aquellas atroces llamas; no, mis amadísimos, yo no querría que entrásemos nosotros también en el número de estos insensatos, que no saben creer sino ven, no saben creer sino experimentan. Bienaventurado, digo también  yo con las palabras del Evangelio, bienaventurado el  que cree sin cuidar de ver: bienaventurado el que se sujeta a la verdad, sin buscar prueba palpable de  los propios sentidos: Beati qui non viderunt, et credideruint.

Pero por cuanto debemos desear mucho, que esta fe se mantenga viva en nuestro corazón, quiero esta  tarde hablaros del purgatorio, y esto de manera que se pueda a un mismo tiempo sacar provecho para nosotros, y provecho para los difuntos. A este fin voy a proponeros una reflexión, la cual mira al próximo, que  está ya experimentando, los rigores del purgatorio; este purgatorio pues, considerado respecto al próximo,  nos ofrece un grande estímulo para aborrecer y evitar  el pecado venial, por lo que se le sigue en la otra  vida. Para satisfacer vuestras esperanzas y mi obligación, es necesario hacer el recurso ordinario a la Madre de la gracia.

AVE MARIA

En muchas maneras, en muchas ocasiones y en muchos tiempos ha dado Dios muestras tan estrepitosas de su justa venganza, castigando las culpas veniales, que al considerarlas se llena de horror el entendimiento, y se estremece toda humana comprensión; y sin embargo; ¿quién lo pensara? en cotejo de las que da en el purgatorio, puede parecer clemencia todo castigo fulminado sobre la tierra contra la culpa venial. Y para que deis crédito a mis palabras, os expondré brevemente los efectos de la divina venganza, con que las sagradas letras manifiestan castigadas rigurosamente de Dios las culpas aun menores. Y en efecto ¿qué otra cosa fue, que una ligera curiosidad, aquella con que la mujer de Lot volvió los ojos hacia atrás a mirar el incendio de Sodoma? y sin embargo, ¡oh rigores de la divina justicia!, vedla luego sin movimiento, sin sentido y sin alma: ¿qué otro fue que una pequeña desconfianza, aquella con que Moisés hirió dos veces el peñasco para sacar agua para su sediento pueblo? y sin embargo ved luego al grande Legislador condenado por Dios a morir a la vista, sí, a la vista, pero fuera de la suspirada tierra de promisión: ¿y cómo fue que muriese aquel Profeta a las garras de un León fiero? ¡Oh profundidad de los juicios de Dios! por una desobediencia que a nuestros ojos parece excusable: y la hermana de Moisés allá en el desierto cubierta, de pies a cabeza de inmunda lepra ¿qué culpa cometió? no se sabe otra, que una leve murmuración; caen muertos al pie del arca uno de los Levitas, al pie de Pedro uno de los fieles: ¿y de donde está su improvisa muerte? ¡Oh Dios! ¿Quién lo creyera? en este es castigada una mentira no grave, dicha al Príncipe de los apóstoles, y en aquel un acto menos reverente usado con el arca del Señor. Mas, esto es poco; ved allá un pueblo en desolación, un reino en llanto por una peste que ocasiona muertes desapiadadas, y no detiene su curso fatal sin que primero haya extendido y derribado en el suelo setenta mil cadáveres en el reino de Israel; ¿y de donde dimana, tan terrible mal? ¡Ah!, una vana complacencia de David armó la mano pesadísima de Dios.

Pero sabed que estos castigos tan rigurosos descargados de la divina e indignada mano contra los pecados veniales, aun no son una pincelada para formar una justa y cabal idea de los más severos resentimientos, que reserva Dios contra un monstruo tan horrible; asegurándonos el Angélico Doctor santo Tomas, que por más que sea grande una pena de esta vida, es siempre menor que la más mínima del purgatorio. Para formar pues más proporcionado concepto, discurrid que parte, de este mundo un alma colmada de virtudes, rica de gracias, amiga de Dios, heredera del paraíso, y que en el divino tribunal es hallada rea de cualquier culpa venial no satisfecha en vida: ved la condenada de Dios a purgar en doloroso destierro las manchas que la afean.

¡Oh! qué pena la de un alma que empezando entonces a conocer el inmenso bien, que es ver a Dios, gozar de Dios y reinar con Dios, y sintiéndose llevar naturalmente hacia él, como a su centro, oye que Dios mismo le dice: por ahora no tienes que acercarte a mí, y no esperes poner el pie sobre el bienaventurado umbral de mi reino, hasta que hayas purgado con fuego la más mínima de tus culpas. Yo me lleno de horror, oyentes míos, y de aquí empiezo a formar una justa idea de lo que es una injuria, aunque leve, hecha a Dios; ella toma su gravedad de la vileza de la criatura, pero mucho más de la majestad del Criador; y como es infinito el objeto, que va a herir, así jamás es excesiva la pena que Dios fulmina contra ella. Desventurados siervos de Faraón: vosotros os lisonjeabais, que no era muy grave el delito que habíais cometido, el uno en amasar el pan, que había de servir a la mesa real, el otro en servir la copa al Rey; más la lóbrega y obscura cárcel a la cual fuisteis condenados, y mucho más la sentencia de muerte fulminada contra uno de vosotros, os hizo abrir los ojos para ver que en el servicio del Rey no hay falta, que sea ligera; otro tanto diré a vosotras afligidísimas almas del purgatorio; vosotras creísteis en algún tiempo, algunas omisiones, algunas venialidades no pesaban tanto en las balanzas del Santuario; más ahora que sufrís la rigurosa pena, veis claramente su gravedad, y lloráis vuestro pasado engaño: Gustavi paululum mellis, paréceme oíros suspirar con el infeliz Jonatás : Gustavi paululum mellis, et ecce mórior; no de otra cosa nos remuerde la conciencia que de una palabra en la Iglesia, que de un sonriso algo inmodesto, que de un deleznable mote: y por estas cosas que reputamos entonces de poco o ningún momento, paululum mellis, nos estamos ahogando en un mar de fuego.

 

MORALIDAD

Aprendamos, oyentes míos, de estos suspiros y gemidos la pronta huida de aquellas culpas, que aunque no quitan al alma la vida de la gracia, ni la apartan de su fin, ni la vuelven enemiga de Dios, entibian no obstante el fervor de la caridad, desplacen al Señor, y obscurecen la belleza que resplandece en un alma adornada de la gracia santificante: aprendamos a seguir el consejo del Espíritu Santo: Fili conserva tempus; cuida de no emplear el tiempo en palabras vanas e inútiles, y mucho menos perjudiciales a la caridad del próximo; no se tenga en vil estimación aquel tiempo, que es tiempo aceptable y de salud. El tiempo, oyentes, os está concedido para hacer penitencia, para alcanzar el perdón, para adquirir la gracia y para merecer la gloria. Este tiempo os da la misericordia del Señor, para amontonar muchos méritos, para enfervorizar la voluntad, para suspirar por la heredad perdida, para aspirar a la prometida felicidad; sería muy grande vuestra locura, si abusaseis de él por tener después de satisfacer por su desperdicio entre llamas.

Imprimid pues en el corazón cuanto merece ser castigado el pecado venial en la otra vida; representaos frecuentemente al pensamiento las penas con que Dios le castiga, y viendo cuán graves, atroces y terribles son, diga cada uno a sí mismo: si por decir una mentira, si por tener un resentimiento, si por cometer una pequeña irreverencia en la Iglesia, y por otras semejantes culpas hubiese yo de mantener un dedo sobre una brasa encendida por el breve espacio de un Ave María, me abstendría ciertamente de ello para no sujetarme a una satisfacción tan dolorosa ¿cómo pues podré cometer tales culpas con tanta frecuencia, sabiendo que no borrándolas en esta vida con rígida penitencia, deberé abrasarme por meses, por años, y tal vez por siglos en el fuego del purgatorio, que es un fuego igualmente doloroso y terrible como el del infierno? y una tal reflexión os tendrá apartados no solo de cometerlos con advertencia, mas os será un estímulo para aborrecerlos por lo que merecen en la otra vida.

¡Oh amado Jesús! inspiradnos esta santa resolución; no permitáis que esperemos a conocer los castigos que merecen nuestros pecados veniales, para cuándo los experimentaremos; dadnos gracia para que los lloremos ahora, para que ahora los enmendemos, y para que nos valgamos ahora de toda diligencia para evitarlos. Mas porque los peligros de recaer son tan frecuentes y nuestras fuerzas son flaquísimas, Vos, oh amado Jesús, por los méritos de vuestra pasión y muerte, alentadnos con vuestras gracias, para que mantengamos aun en lo poco la fidelidad que os debemos; y así viviendo cuanto podamos lejos de toda culpa leve, merezcamos después de la muerte llegar presto a la bienaventurada posesión de vuestro reino. Y para que nuestros pecados no impidan el que sea oída de Vos nuestra petición, con un corazón hecho pedazos por el dolor, os pedimos perdón, piedad y misericordia, y os decimos: Señor mío Jesucristo, etc.