MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

VISITAS

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Y A MARÍA SANTÍSIMA

San Alfonso María de Ligorio

 

DÍA CATORCE

ORACIÓN

Señor mío Jesucristo, que por el amor que tenéis a los hombres estáis de noche y de día en ese Sacramento lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a todos los que vienen a visitaros; yo creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar; os adoro desde el abismo de mi nada, y os doy gracias por todas las mercedes que me habéis hecho, especialmente por haberme dado en este Sacramento vuestro Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por haberme concedido por mi Abogada a vuestra Santísima Madre la Virgen María, y haberme ahora llamado a visitaros en este lugar santo. Adoro vuestro amantísimo Corazón, y deseo adorarle por tres fines: el primero en agradecimiento de esta tan rica dádiva; el segundo para desagraviaros de todas las injurias que habéis recibido de vuestros enemigos en ese Sacramento, y el tercero porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más olvido.

¡Jesús amoroso!, os amo con todo mi corazón; pésame de haber ofendido tantas veces a vuestra infinita bondad, y propongo enmendarme ayudado de vuestra gracia. Miserable como soy me consagro todo a Vos, y entrego y pongo en vuestras divinas manos mi voluntad, afectos, deseos y todo cuanto soy y puedo. De hoy en adelante haced, Señor, de mí todo lo que os agrade; lo que yo quiero y lo que os pido es vuestro santo amor, el entero cumplimiento de vuestra santísima voluntad, y la perseverancia final. Os encomiendo las ánimas del Purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima, y os ruego también por todos los pecadores. En fin, amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos con los de vuestro amorosísimo Corazón, y así unidos los ofrezco a vuestro Eterno Padre, y por el amor que os tiene le pido en vuestro Nombre que los oiga y reciba benignamente. Amén.

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Este es mi descanso para siempre; aquí tendré mi habitación pues la escogí. (Salmo 131.)

¡Amabilísimo Señor! si vos escogisteis vuestra habitación entre nosotros, queriéndoos quedar en el Santísimo Sacramento, y por el amor que nos tenéis halláis aquí vuestro reposo, razón es también que nuestros corazones habiten siempre con vos por amor, y que aquí hallen todas sus delicias y contentos. ¡Dichosas vosotras, almas amantes, que no halláis en el mundo otro descanso que el de estar cerca de vuestro Jesús sacramentado! Y yo sería dichoso también, Señor, si no hallase en adelante otro contento que el de estar siempre unido a vuestro amante corazón, y siempre anhelando por serviros, obsequiaros y agradaros. ¡Ay mi dulce Señor! ¿Por qué perdí tantos años en que no os amaba? Años infelices y desgraciados, os detesto.

¡Oh paciencia infinita de mi Dios! te alabo y adoro, pues tanto tiempo me has sufrido: así ingrato y malo como era, vos, Jesús mío, me habéis esperado; ¿y por qué, Señor? para que vencido algún día de vuestras misericordias y de vuestro amor, me rindiera todo a vuestro querer; pues ya no quiero resistir más, no quiero seros más ingrato. Razón es que os consagre este tiempo (sea poco o mucho) que me queda de vida. Espero, Jesús mío, que me ayudareis para ser todo vuestro. Vos me habéis favorecido cuando huía de vos y despreciaba vuestro amor, ¿me dejareis ahora? ¿Ahora que os busco y deseo sinceramente amaros? No me lo persuado de vuestra infinita misericordia, dadme, pues, la gracia de amaros. ¡Oh Dios digno de infinito amor! os amo con todo mi corazón, os amo sobre todas las cosas, os amo más que a mí mismo, y más que a mi propia vida.

Mucho me pesa de haberos ofendido, bondad infinita; perdonadme, y junto con el perdón concededme la gracia de que os ame eficazmente en esta vida, y por toda la eternidad. Mostrad con vuestro poder ¡oh Dios omnipotente! este prodigio en el mundo, que un alma tan ingrata como la mía se transforme en una de las más fervorosas amantes vuestras. Hacedlo así por vuestros infinitos merecimientos; yo así lo deseo, y propongo amaros toda mi vida. Vos que me inspiráis el deseo, dadme gracia para cumplirle.

 

A MARÍA SANTÍSIMA.

Os rogamos ¡oh Santísima Virgen! por aquella gracia que Dios os comunicó haciéndoos tan poderosa en el cielo y en la tierra, que os compadezcáis de nosotros; daos prisa ¡oh misericordiosísima Señora! a procurarnos aquel bien por el cual Dios se dignó hacerse hombre en vuestro castísimo seno, y no despreciéis nuestros ruegos. Si vos lo pedís así a vuestro Hijo, él al punto os lo concederá; basta que vos queráis eficazmente que nos salvemos, para que por los merecimientos de nuestro Redentor hagamos obras dignas de nuestra salvación. Pues Señora, ¿quién podrá poner límites a las entrañas de vuestra misericordia? Y si no tenéis compasión de nosotros vos que sois la Madre de misericordia, ¿qué será de nosotros cuando vuestro Hijo venga a juzgarnos?

 

SÚPLICA

Inmaculada Virgen y Madre mía María Santísima, a Vos que sois la Madre de mi Salvador, la Reina del mundo, la abogada, esperanza y refugio de los pecadores, recurro en este día yo que soy el más miserable de todos. Os adoro, oh gran Reina, y humildemente os agradezco todas las gracias y mercedes que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mis pecados; os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo propongo siempre serviros y hacer todo lo posible para que de todos seáis servida. En Vos, oh Madre de misericordia, después de mi Señor Jesucristo, pongo todas mis esperanzas; admitidme por vuestro siervo, y defendedme con vuestra protección; y pues sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones, y alcanzadme gracia para vencerlas hasta la muerte. Os pido un verdadero amor para con mi Señor Jesucristo, y por vos espero alcanzar una buena muerte. Oh Señora y Madre mía, por el abrasado amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudéis, pero mucho más en el último momento de mi vida; no me desamparéis hasta verme salvo en el Cielo, alabándoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén.