PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN X

SEGUNDA PARTE

SERMÓN X DE DIFUNTOS

970b5338a82b9de69dc6f98d10ad0c5d

Sancta et salubris est cogitatio pro defunctis exorare. II. Machab. XII. v. 46.

¡Qué objetos tan tristes y melancólicos se presentan a nuestra vista, señores míos! ¿Es posible que el mismo sagrado y majestuoso templo, que tantas veces vi suntuosamente adornado en señal de gala, de triunfo y de fiesta, se me presente ahora ornamentado de negros paños en señal de luto, de horror y de muerte? Aquellas ardientes telas, que luminosas y claras reverberan sus resplandores en el oro y en la púrpura, ¿cómo ahora turbias y lánguidas los devuelven en obscuras imágenes, que por su luz parecen más fúnebres a nuestros ojos?

Pero no me sorprende esta notable mudanza, pues que entiendo celebrarse entre vosotros con esta fúnebre pompa el novenario de vuestros hermanos Difuntos, cuyas cenizas reposan en paz; sin embargo, si la piedad nos persuade que están ellos en lugar de salvación, seguros ya de su bienaventurada y feliz suerte, ¿para qué entristecernos con el ronco sonido del bronce, con los lúgubres aparatos, con el triste y fúnebre canto de los sacerdotes?

Más, ¡ay!, bien entiendo el alto motivo de demostraciones tan tristes; están, es verdad, las Almas de nuestros muertos (como podemos esperar) fuera de los peligrosos vaivenes de este infiel mar, por el cual quien navega corre peligro de abismarse en el e infierno.

Pero, entre tanto, son acerbos los tormentos que las martirizan, es cruel la memoria de sus pecados no satisfechos que las atormenta, y es pesadísima la mano de Dios que las castiga. De aquí es que para librarlas de esas penas, ofrecéis al Señor públicos y solemnes sufragios; no contentos de sufragarlas privadamente en vuestras casas las socorréis hoy públicamente en este templo con misas, oficios e indulgencias.

Confieso, señores que, si reflexiono sobre estos piadosos oficios, que vuestra piedad practica a favor de ellas, no puedo menos que afirmar que estos son días de grande alivio para ellas mismas; porque tantos sacrificios que se ofrecen al Altísimo, tantas oraciones solemnes y privadas que se presentan al divino trono, tantas indulgencias que se les aplican, ¿a cuántas aceleran la salida de su penosa cárcel? ¿A cuántas anticipan la posesión del suspirado y eterno reino?

Pero es bien que reparéis que, de los copiosos sufragios de hoy, no es todo el provecho suyo, lo es también de vosotros, y que esta vuestra compasión, siendo útil para los Difuntos es, al mismo tiempo, provechosa para vosotros; porque este es, a lo que me parece, el verdadero sentido de aquellas palabras de mi texto: Sancta et salubris est cogitatio pro defunctis exorare.

¡Oh pudiese yo esta mañana entusiasmaros de los bienes que se os vienen de los sufragios que ofrecéis por los Difuntos! Para esto me esforzaré a explicar uno de ellos, que dará el argumento a mi oración. Vosotros veréis, que pensando nosotros en la muerte de los otros, pensamos provechosamente en la nuestra. Más antes, ¡oh Espíritu Divino!, que con una ardiente brasa purificasteis los labios del Profeta, y le hicisteis servir de órgano a vuestra adorable palabra, purificad mi lengua, y haced que pueda yo dignamente cumplir con el ministerio que me habéis fiado. Dulcísima Virgen María, dad fuerza a mis débiles palabras, dad eficacia a mis expresiones, dad calor a mis discursos, y alcanzadme gracia para predicar con fruto de mis oyentes, mientras os saludo con el Ángel.

AVE MARIA

Puede a primera vista parecer extraño, oyentes, que Salomón, aquel héroe tan sabio y tan acertado en sus decisiones, asegure francamente ser mejor poner el pie en una casa donde se lloran los muertos, que en otra donde se festejan las bodas; pero, ¿qué? ¿No es así, que en la primera no se ve otro que lágrimas, no se oye otro que suspiros? ¿Todo es luto, todo tristeza, cuando en la otra se ríe, se danza, todo respira alegría, todo brilla de gozo? Así es; y para que cesen las maravillas, y se descubra la mejoría que la primera tiene sobre la segunda, notad que en aquella se recuerda el fin que ha de tener todo hombre, y con él ponernos a la vista quién es muerto, se nos dice con triste silencio que nosotros también moriremos. Si es así, ¿por qué no tengo de prometerme del presente novenario un semejante provecho?

Casa de luto se puede llamar en este día esta Iglesia, porque si bien no nos pone a la vista los tristes despojos del frío cadáver, nos acuerda, con todo, con el sonido lúgubre de sus bronces, con el canto triste de sus músicas, con los negros aderezos de sus altares, con los sacrificios de Requiem de sus sacerdotes; nos recuerda, digo, no uno, no dos, sino que nos hace memoria de muchísimos difuntos. Sí, ella nos hace memoria de unos difuntos unidos a vosotros, los unos por sangre, otros unidos por amistad, todos unidos con vosotros por hermandad de paisanaje. Difuntos, de los cuales, quien el año pasado, quien dos, quien tres, quien más años ha que entre estas paredes oía con vosotros la divina palabra, asistía con vosotros a los divinos oficios y concurría con vosotros a este novenario de Difuntos; y si la muerte de uno solo, al decir del Espíritu Santo, nos puede ser tan provechosa por recordarnos nuestra mortalidad, ¿de cuál provecho nos será la muerte de tantos, meditada a un mismo tiempo?

Sabido es lo que nos dicen las historias de aquel famoso Guerríco que, con los rayos de su santidad y de su saber fue de no poco lustre al orden Dominicano, leyó por fortuna el quinto capítulo del Génesis, en el cual Moisés explicando la vida de los primeros Patriarcas que poblaron el mundo, dice así: vivió Adán novecientos treinta años, y después murió; vivió Set novecientos doce años, y después murió; vivió Enós novecientos cinco años, y después murió; y después contando los ochocientos noventa y cinco de Malaleel, y novecientos sesenta y nueve de Matusalá, y setecientos setenta y siete de Lamech, concluye siempre con la misma forma, y después murió: Et mortuus est. A tal lectura parándose Guerríco, entiende, dijo entre sí, entiende Guerríco esta conclusión de cuentas, y después murió; entiende donde van a terminar los siete, los ocho, los novecientos años de vida; se muere al fin, se muere. Otro tanto se dirá un día de ti; se dirá: Guerríco vivió tantos años, y después murió, ¿y es posible qué no pienso en ello? ¿Y voy únicamente a procurarme aplausos, a levantar el grito, a representar figura en mundo? ¡Ah! ¡Qué locura es la tuya, sino habiendo cosa más cierta, que el haber de morir, no te retiras a una escuela, en que se aprenda el morir bien! Así habló a sí mismo; y ved aquí que en alas del pensamiento de la terrena grandeza voló a los sagrados claustros, para aprender la ciencia del bien morir, que es mejor que cualquier otra.

Sé, mis dilectísimos, que una resolución tan generosa no la pueden, ni la deben hacer todos; más la ciencia de morir bien no se aprende sólo en los claustros; se puede aprender en vuestras casas y en las sepulturas, aquí se pueden abrir escuelas. Pensad, y sea muchas veces entre vosotros mismos, que también se dirá un día: Fulano vivió tantos años, y después murió; ¡oh cuán bellas lecciones serán las que aprenderéis! Lecciones que os enseñarán la ciencia de morir bien; porque aquí, si damos, como debemos, crédito al Eclesiástico, cada uno de nuestros hermanos y hermanas difuntas con su pasada muerte dice a cada uno de nosotros: Memor esto judicii mei, sic enim erit et tuum: acuérdate hermano, hermana acuérdate, que cual es ahora la suerte de mi juicio, tal será un día la del tuyo; yo estoy muerto, y tú también morirás; y así como el tiempo está ya acabado para mí, así también se acabará algún día para ti; ni otra diferencia ha de haber entre tú y yo, sino en el día: Mihi heri, tibi hodie; y según la explicación que de estos sentimientos hace San Agustín: Attende, dice, ad me, et considera: yo también tenía nombre en el mundo como ahora lo tienes tú; sano y robusto iba por esas calles, jovial y alegre me entretenía en conversaciones, y aplaudido y estimado me ocupaba, o bien me desocupaba en esos empleos: Hoc quod tu, ego fui; mas así como fui el que tú eres, así tú también serás lo que yo soy; Et quod ego modo, tu eris postea; soy polvo y tú también lo serás: y yacerás entre las sombras de un obscuro sepulcro, donde me hallo ahora yo: Quod ego modo, tu eris postea.

Así nos recuerdan, mis dilectísimos, nuestros difuntos nuestra muerte con la suya; y un tal recuerdo que parece a primera vista tan triste, ¡oh y de cuánta utilidad nos sirve!; porque al reflexionar por una parte que los difuntos, por los cuales rogamos, no tienen cosa alguna de los bienes que sobre esta tierra gozaron; al considerar por otra, que hallaremos nosotros también aquel término que ellos han hallado, ¿cómo se descubre luego clara la vanidad de este mundo?, se conocen vanas las honras que tanto se estiman, vanas las visitas que tanto se desean, al paso que después de la muerte no queda ya cosa ni de las honras, ni de las riquezas, ni de los divertimientos, ni de las visitas; el facultativo va de igual con el pobre, el noble con el plebeyo, el príncipe con el vasallo, el señor con el siervo; y confundiéndose un estado con otro, una condición con otra, tanto tiene quien ha gozado entre los bienes, cuanto quien ha gemido entre las miserias. ¿Y qué reflexión, oyentes, más eficaz puede hacerse para conocer de una vez cuán vanos sean los bienes del mundo, que tanto se aprecian, y concebir un justo desprecio de ellos?

Más no es sólo, oyentes, este el provecho que nos acarrea el pensar con nuestra muerte a la vista de la muerte de los otros; además de hacernos conocer la vanidad de los bienes mundanos, nos mueve asimismo a prevenir seriamente para nuestro último paso. Ello es cierto que muchos de los difuntos, a favor de los cuales nosotros rogamos hoy, fueron arrebatados de la vida muchos en la flor de sus años, muchos en lo más verde de sus esperanzas, muchos en el mayor vigor de sus fuerzas; algunos también que algún día asistieron como vosotros al novenario de los difuntos, que en los otros años habéis celebrado. ¿Y podremos nosotros pensar en su muerte, sin emprender aquello con lo que hemos de estar aparejados? ¿Sin tener las partidas de la conciencia bien ajustadas, siempre prontos a dar buena cuenta de nosotros al inexorable Juez, que cuando menos esperamos vendrá a intimarnos aquel su terrible: Redde rationem?

Pero prescindiendo de estas muertes, yo os pregunto, oyentes; ¿qué es lo que habrá consolado a todos en su extremo punto? ¿Por ventura las tardes pasadas en conversaciones? ¿Por ventura las noches pasadas en juegos? ¿Por ventura los carnavales pasados en alegrías? ¿Por ventura la juventud pasada en divertimientos? ¿Por ventura los amores, si los fomentaron? ¡Ah! pensadlo: o no estarían como están en estado de salvación, si tal hubiese sido su vida; o una tal vida hubiera sido para ellos en su muerte un grande argumento de lágrimas.

Lo que los habrá consolado es, la frecuencia de los Sacramentos, el cumplimiento de sus obligaciones, la práctica de las virtudes; en suma la provisión de obras buenas. Sí, esta es aquella que habrá dulcificado sus congojas y agonías, y que habrá llenado su corazón de una santa confianza.

MORALIDAD

Pues si la muerte de los otros nos hace memoria de la nuestra, ved cuál debe ser el fruto de una tal recordación: debe ser de proveernos con tiempo de lo que en la muerte nos puede consolar; y si ninguna cosa nos puede consolar, sino los actos de las virtudes que se habrán practicado, las penitencias que se habrán hecho, los ejercicios de piedad que se habrán abrazado; pongamos sin tardanza manos a la obra, y procuremos una consolación tan importante.

Este es, mis dilectísimos, el fruto que en nosotros debe producir el pensamiento de la muerte de los otros. ¡Oh qué pensamiento será este para nosotros!; él es un pensamiento que desarraigándonos de estos bienes caducos, y llevándonos a proveernos de santas obras, nos asegurará la suerte que nuestros difuntos ya han felizmente logrado.

Ellos hicieron una muerte santa, y con el favor de Dios la haremos también nosotros; ellos acertaron el gran negocio de la salvación, y ayudándonos Dios le acertaremos también nosotros.

¡Oh pensamiento de la muerte! gran pensamiento, sublime pensamiento. ¡Ah; si tu nos fueses más familiar! ¡Oh, y cuanto más nos serias provechoso!

¡Oh amado Jesús! Haced Vos que un tal pensamiento se imprima profundamente en el ánimo; haced que la memoria de la muerte de los otros nos haga pensar seriamente en la nuestra. ¡Ah! que es muy necesario reflexionar, que vamos nosotros también por aquel camino, por el cual los otros anduvieron, y que lleguemos también nosotros algún día a aquel término, al cual los otros han ya llegado. Concededme por tanto, Jesús amabilísimo, que una reflexión tan importante no se huya jamás del entendimiento. Os lo rogamos por vuestra infinita misericordia; a fin de que persuadidos prácticamente, que dejaremos también nosotros estos bienes caducos, como los otros los han dejado, perdamos todo afecto y todo amor a ellos; de donde nos venga, que con el pensamiento de la muerte pasemos santamente la vida, y la acabemos santamente. Y para que nuestras culpas no impiden el logro de esta gracia, con un corazón hecho pedazos por el dolor, con lágrimas en los ojos os pedimos perdón de ellas, y decimos: Señor mío Jesucristo, etc.