Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

jovenSé constante

Nuestro Señor Jesucristo nos dirige una seria advertencia: «Quien persevere hasta el fin se salvará» (Mt 10, 22). Esta frase encierra una gran verdad, no sólo en relación con la vida eterna, sino con los éxitos terrenos.

Por falta de perseverancia se vienen a tierra muchas veces en el último momento el éxito de largos trabajos. No hacía falta más que la perseverancia de una sola hora, de un solo día… ¡pero hacía falta!

En una espléndida mañana de verano, dos jóvenes emprendieron el camino para escalar una cumbre. Ambos eran inexpertos en la montaña. Al ritmo de una canción alegre iban caminando de prisa, y riéndose dejaron atrás a un anciano que, al parecer, también se dirigía hacia la cumbre, pero con pasos tan reposados, tan lentos, que «hasta el caracol se arrastra más aprisa», observó uno de los jóvenes. Cuando a los diez minutos volvieron su mirada al anciano, les parecía una pequeña hormiga allá lejos, a sus pies. Pero los muchachos poco a poco empezaron a jadear cada vez más; al principio tomaban cada media hora de subida un descanso de cinco minutos; más tarde tuvieron que descansar un cuarto de hora. Y cuando hacia el mediodía se tumbaron, completamente agotados, junto a la orilla de una cascada, aparece de repente por el camino el anciano, y con los mismos pasos reposados y lentos como por la mañana, pasa delante de ellos, y sube… sube… cada vez más arriba… Otra vez parece una pequeña hormiga… Los dos jóvenes, en cambio, están tendidos sobre las rocas, presos de un cansancio que los paraliza. Porque para llegar a las alturas y alcanzar la cumbre no basta un arranque juvenil sino que es necesario una perseverancia reposada, siempre igual, constante.

Saber sufrir con esperanza

 La vida humana es una mezcla de momentos tristes y alegres. A veces, pre­do­mina el sufrimiento, se presentan dificultades, duras pruebas, empresas sin éxito, fracasos, mala inteligencia, enfermedades…

Hay quienes crispan el puño con coraje en medio de la desgracia y dejan caer de sus labios maldiciones a su suerte. Son espíritus rudos.

Hay quienes, impotentes y resignados, con la frente hundida, quebrantada el alma, lloran sobre lo irremediable: son espíritus débiles.

Hay otros, por fin, a quienes les duele vivamente la desgracia, que lloran sinceramente por la muerte de su madre y sufren cuando les hiere la enfermedad, etc.; pero saben, por otra parte, que es una prueba que Dios permite para su bien y mantienen, por tanto, la esperanza y la paz.

En todo cuadro vemos luces y sombras; el talento del artista está en la manera de cómo sabe fundir estos dos elementos en un conjunto armónico. Dios, mi Padre, conoce mis males; por tanto, si permitió que me visitara esta desgracia, seguro que tenía un plan. ¿Qué plan? ¿Quién va a saberlo sino sólo Él? ¿Me castiga por el pasado? ¿Me fortalece por el porvenir? ¿Quiere purificarme y probarme? ¿Quiere que sea más reflexivo en mi sentir y obrar? ¿Qué sé yo? En cambio, se muy bien que todo es para mi bien, que he de salir del sufrimiento con el alma más cristiana, más pura.  Mi oración será en estas ocasiones: «Hágase, Señor, tu voluntad, aunque no lo comprenda; Hágase, Señor, tu voluntad, por más sufrimientos que me acarree.»

Además, el sufrimiento soportado sin palabra de queja es un instrumento eficaz para moldear mi carácter y robustecer mi voluntad.

Todos los hombres, por naturaleza, desean librarse del sufrimiento, y si no lo logran, por lo menos quieren procurarse un alivio quejándose. Pero al no esforzarse por soportar con el alma tranquila lo irremediable, pierden la ocasión de fortalecer su voluntad.

Quien tiene una voluntad débil se verá hecho trizas, bajo los martillazos del sufrimiento, como un castillo de yeso. El hombre de carácter, en cambio, echará quizás chispas, como el acero, pero también se hará más resistente. Quien sabe conservar en el sufrimiento la confianza en la divina Providencia, no se sentirá anonadado por los golpes de la suerte.

El pesimismo, la tristeza, el abatimiento, invadía el alma de los hombres más nobles de la antigüedad pagana. No vislumbraban la vida eterna después de esta vida de sufrimiento. ¡Qué deprimentes resultan por ello las tragedias de Esquilo! El cristianismo, sin embargo, aunque no suprime el sufrimiento, le da sentido: es un medio que Dios permite para nuestro bien definitivo.

Puede ser que Dios Padre te conduzca a través de la vida como el guía de montaña que lleva al turista hacia las cumbres. «¡Por qué senderos pedregosos, duros, estrechos, incómodos, me ha conducido!», exclama el turista. «Si, señor, por senderos incómodos; pero sepa que si le hubiera guiado por los caminos llanos y fáciles, no estaríamos a estas horas en esta magnífica altura, sino acaso a la orilla de un pantano.»

«¿Por qué he de sufrir yo tanto?», exclamas. ¡Cómo vas a saber tú el porqué! Tan sólo Dios lo sabe. Mira una hermosa alfombra persa; flores, figuras, colores, forman un artístico conjunto. Pero míralo por el otro lado: una mezcla descabellada de hilos y de colores. Así es también la vida. Nosotros sólo vemos el reverso. El anverso, la cara verdadera, lo ve Dios. Junto al telar de la Historia está sentado Dios eterno, cuyos designios nos son desconocidos. Sus pensamientos no son los nuestros y sus caminos no son nuestros senderos.

Santa Catalina de Siena tuvo que luchar un día con una fuerte tentación. Cuando, a costa de grandes fatigas, logró librarse, se quejó con tristeza: «Jesús mío, ¿dónde estabas cuando las tinieblas envolvían mi corazón?» «Estaba en tu alma —contestó el Salvador—. Si no hubiera estado contigo, los pensamientos que sitiaron tu alma habrían penetrado también en tu volun­tad y habrían causado la muerte de tu alma.»

Por tanto, no desmayes en el sufrimiento. Ésta es la labor de artista que hace Dios sobre el mármol de tu alma. Si el artista «tratara bien» a su mármol, ¿llegaría el mármol a ser una obra maestra, admirablemente tallada? Dios busca oro en tu alma; pero el oro no está en la superficie, hay que sacarlo con ansias y sudores en el fondo de la mina. No has de buscar el sufrimiento; pero si viene, míralo a la cara con la frente levantada.

Fieles a la verdad

Decir siempre la verdad es otro medio estupendo para ser hombre de carácter, sin doblez.

¿Por qué mienten los jóvenes? Muchas veces por miedo. Hicieron algo mal o prohibido y temen el castigo. Y, sin embargo, al mentir se redobla la falta, el pecado. Que diferente del que piensa: «¿Qué me pasará si lo confie­so? Me reñirán. Pues… ¡que me riñan! Al fin y al cabo, lo merezco. Por lo menos seré sincero.» Y así se decide a hablar: «Madre, he sido duro, preci­pi­ta­do, desordenado… desde hoy iré con más cuidado. Si quieres, ponme un cas­tigo.» Muchas veces, después de semejante confesión, hasta se aminora o perdona el castigo. Pero, aunque no se perdonara, más vale que yo sufra por la verdad, y no al revés, que la verdad tenga que sufrir por mí.

Hay otros que mienten por cobardía. Se habla de algo que compromete, de moral, de religión… Ahora surge la discusión y llega el momento de dar tu opinión con franqueza, sin titubeos. No te atreves, te dan miedo sus ironías. Prefieres mentir. Eres cobarde.

Se puede mentir también por envidia, por celos. Se felicita a un compañero. «¡No se lo merece: tiene tales y cuales defectos», dices tú y mientes.

Se puede mentir para lograr ventajas: «No es verdad, no ha sido gol.» Y hasta puede inducir a mentir la fidelidad mal entendida: cuando alguien quiere ayudar con mentiras a un amigo.

Se puede mentir por vanidad: «Si supieras todas las aventuras que he tenido este verano…» Y, sin embargo, es pura invención.

Se puede mentir, no sólo con la palabra, sino con el silencio, con la hipocresía, con un comportamiento astuto y engañoso…

Miente también el que sólo dice la mitad de lo que piensa, el que va siem­pre con rodeos, el de medias tintas.

¿Vale la pena mentir?

Tarde o temprano sale al fin el embuste, y entonces se pierde sin remedio la confianza en el joven. ¿Puede concebirse situación más bochornosa cuando te cogen en una mentira?

Algunos piensan: «Le han cogido porque es un torpe. Hay que ser hábil para mentir. Hay que pensar antes bien qué contestar si me preguntan tal cosa o tal otra; así resultará…»

Y, sin embargo, el resultado no es duradero. «En vano se esconde el burro detrás de la puerta: se le ve la oreja», dice el refrán. Un día u otro caerá en contradicción; ha de alimentar una mentira con otra si quiere mantenerlas en pie, y para mantener la segunda mentira ha de mentir por tercera, cuarta o décima vez. Al desviarse una vez del camino de la verdad se pisa en un terreno pantanoso, en que los pies van hundiéndose cada vez más. El mentiroso, al día siguiente, ya no se acuerda de lo que dijo ayer, y, al término del camino, le espera la vergüenza, la perdida de su honor.

Pero supongamos que no llegue a descubrirse. Al entrar dentro de sí, resonará la voz de su conciencia: «No tengo carácter. Nadie se debería fiar de mi.» El remordimiento es bastante amargo.

Quien teme, baja la vista; teme que su mirada turbia lo delate.

Y si logra acallar hasta la misma voz de su conciencia, habrá un día, el del juicio final, en que Dios descubrirá toda astucia, toda mentira, toda maldad. «Abomina Dios los labios mentirosos» (Proverbios 12, 22). Dios es la verdad viviente: toda mentira es, pues, su negación y afea el parecido divino de nuestra alma.

El hombre de palabra

Hay ocasiones en que no es fácil ser fiel a la verdad, situaciones en que se ha de escoger entre la mentira y un grave contratiempo. A pesar de todo, el criterio ha de quedar firme: «Nunca mentiré.» Por otra parte, me amenaza un grave contratiempo si manifiesto la verdad. ¿Qué he de hacer en estos casos?

La solución más sencilla es no contestar. Nuestro silencio advertirá a quien nos dirige la palabra que su pregunta nos es desagradable, y quizá no insista más.

Si se tiene bastante habilidad, se podrá dar una contestación que esquive la dificultad, que permita «escaparse por la tangente», «salir garboso», «desviar la pregunta», naturalmente sin mentir.

Si no es posible proceder de semejante manera, entonces, no hay más remedio que aceptar con heroísmo todas las contingencias desagradables por decir la verdad.

¡Qué nobleza de alma demuestra el joven que no sabe mentir!, cueste lo que costare. ¡Qué alegría poder confiar en una persona así!

Dios quiso que la mentira fuese difícil al hombre. Por eso lo creó de manera que, en principio, se ruborice al mentir. Se puede aprender, sin embargo, a mentir de continuo sin rubor y con soltura.

El mentiroso emprende el camino de su degradación moral. Quien falta a la verdad, no sabrá respetar sus deberes y querrá abrirse camino en la vida de esta forma: si es funcionario público, se dejará sobornar; si es comerciante, cometerá fraudes; si es médico, matará a algunos pacientes, porque descuidó alguna «pequeñez» en sus recetas; si es farmacéutico, preparará mal la receta del médico por haberla leído superficialmente… etc.

La verdad a cualquier precio, debe ser tu consigna. Dice la Sagrada Escritura: «El que no tropieza en palabras es varón perfecto» (Santiago 3, 2). Negar la verdad es abdicar de la dignidad humana.

Nunca es necesario mentir, porque si en un solo caso nos permitimos la mentira, ya hemos derribado toda la ley. Si todos se excusasen con una mentira, nadie podría creer al otro. El hijo no podría creer a sus padres, ni los padres a sus hijos. En cada momento habría que sospechar: éste me quiere engañar. No se puede vivir de esa manera. La mentira es un insulto a la dignidad humana.

Quien cumple siempre su palabra nunca tendrá que acogerse al salvavidas de los que suelen mentir, al juramento hecho con ligereza: «Vendrás esta tarde al partido de fútbol?», «Sí», «¡Júralo! «¿Me prestarás el diccionario?», «Sí», «¡Júralo!» Y así sucesivamente.

No te dejes arrastrar. Es mucho mejor contestar en estas ocasiones: «Amigos, os aseguro que sí. No suelo mentir.»

No puedo remediarlo; si oigo jurar a un muchacho, pienso en seguida: Este joven, indudablemente, miente mucho, y ahora, por milagro, dice la verdad; pero como sabe que no suelen creerle, por eso la corrobora con un juramento. El que no suele mentir, no tiene por qué jurar.

Cumple siempre la promesa y la palabra dada. Antes piensa bien lo que vas a prometer. Pero si llegas a prometer algo, entonces, cueste lo que costare, has de cumplirlo. El mentiroso no tiene honor. Guarda tu fama, aunque pierdas lo demás.

Continuará…