PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN IX

SEGUNDA PARTE

SERMÓN IX DE DIFUNTOS

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Emisi vos cum luctu, et ploratu; reducet auten vos mibi Dominus cum gaudio, et jucunditate in sempiternum. Baruch. IV. v. 23.

 

La Iglesia, nuestra Madre, después de haber acompañado a sus hijos al sepulcro vestida de luto, entre las tristezas de los funerales, entre el sonido de las campanas con dolorosos y tristes cánticos; gozándose finalmente porque espera verlos con más noble vida, destinados a las eternas grandezas, les dice alegre y serena con las palabras de mi tema: yo os envié con sollozos y llanto, el Señor os volverá a mí con gozo y alegría para siempre. Estas alegres esperanzas de tan piadosa Madre, están fundadas en la piedad de sus hijos que, movidos a compasión de las penas de sus difuntos hermanos que padecen acerbamente en el Purgatorio, deben enternecidos emplearse en estos días a sacarlos salvos de aquellas llamas, a fin de trasladarlos de su trabajoso destierro a la gloria de Dios y de su reino.

En fin, sus esperanzas han sido bien fundadas, porque reconociendo vosotros que los que han muerto en la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo, son capaces de la participación de sus méritos; que son hijos de una misma Madre y destinados a las eternas coronas por las cuales suspiran día y noche, os habéis movido a librarlos del estado violento en que se hallaban detenidos hasta haber satisfecho a la justicia divina; este es el grande incomparable beneficio que les habéis hecho.

¡Oh!, bendiga Dios tan heroica caridad en la vida, en la muerte y después de la muerte; haga Dios, como decía Noemí, por esta caridad para con los difuntos semejante caridad con vosotros. Y así, oyentes, estos piadosos sufragios sean no sólo provechosos para ellos, sino también para vosotros, de modo que, así como habéis promovido con ellos su gloria, procuréis juntamente la vuestra.

¡Oh, pudiese yo enamoraros de los provechos que de los sufragios a los difuntos se os siguen, y moveros a continuar tan piadosos oficios! Estoy cierto que os haría felices por toda la eternidad. No lo desconfío, y por esto emprendo a manifestaros en este discurso, que el que promueve la gloria de los difuntos, promueve también la suya. Pidamos ahora la gracia por intercesión de la Virgen.

AVE MARIA

Si hay alguno, que pueda esperar con fundamento ser del número de los elegidos, es sin duda, el que se ocupa todo en el rescate de las Almas santas que penan en el Purgatorio. Y ¿cómo no? Una vez que se puede decir, con toda verdad, que se empeñan a promover su salvación las Almas mismas que, por medio de los sufragios recibidos, consiguieron la libertad suspirada.

Porque si la ingratitud, que tiene tanto lugar sobre esta tierra, no le puede tener en el Cielo, ¿quién podrá jamás dudar que, llegadas al divino trono, hagan fervorosas súplicas a favor de sus devotos? ¿Y qué? ¿Pensaremos por ventura nosotros que se muestren menos agradecidas a sus libertadores las Almas de los Difuntos del que se mostró el joven Tobías a su conductor fiel? Sabemos que Tobías, habiendo vuelto a la casa paterna después de un próspero viaje, apenas dados los primeros abrazos a sus amados padres, ¿qué daremos, dijo luego a su viejo padre, qué daremos al amable conductor que me ha enseñado los caminos, los cuales he andado más recibiendo beneficios que dando pasos?; pues, si tanto pudo la gratitud en el corazón justísimo de Tobías; ¿qué no podrá en aquellas Almas santas tanto más beneficiadas de quien les sufraga, cuanto la prosperidad celestial es más preciosa que la terrena?

Yo me figuro por esto, que cuándo alguna de ellas, librada de la dura cárcel en virtud de algún sufragio, entra a la gloria; luego se presenta al divino trono, y con sentimientos del más tierno reconocimiento, ¡oh mi Dios!, dice ¿qué retornaré yo a quien me procuró con su caridad un tan grande bien? Yo gemía, Vos lo sabéis; yo gemía entre los incendios insufribles de ardentísimas llamas, ¡oh y cuánto me quedaba aún que gemir por la entera satisfacción de mis culpas! Él aplacó con sus ruegos a vuestra justicia, y me libró del cruel incendio. Privada yo de ver vuestra divina cara, poseída de un deseo ardentísimo de veros, ¡oh y cuán más acerba que el fuego, me era esta privación tan violenta! Movido él a piedad de un penar tan extremado me abrió con sus sufragios las puertas de vuestro reino, me aceleró la bella y suspirada suerte de veros, de gozaros, de abrazaros. Veis, Señor, que estos beneficios de tanto peso piden alguna correspondencia, bendecid, pues, ¡oh mi Dios!, a quien me socorrió en tanta manera; desatad los lazos de la culpa a quien me soltó de los vínculos de la pena; lloved sobre su cabeza a manos llenas vuestras gracias, hasta tanto que concluya con santa muerte sus días, y venga a contemplar conmigo por todos los siglos vuestro divino rostro.

Añádase al empeño de las Almas sufragadas el de Jesús mismo; porque si, al decir de santa Gertrudis, Él mira el rescate de las Almas del Purgatorio, como rescate de sí mismo: Quoties animam aliquam liberamus, hoc adeo acceptum est illi, quasi ipsum Dominum ex captivitate redimissemus; pensad ¿cómo derramará en el seno del piadoso libertador lluvias de gracias, y si podrá permitir que no participe de su reino después de la muerte, quien en la vida se hizo tan benemérito de Él?

Para que quedéis, señores, persuadidos de esto, discurrid así conmigo. Si Dios empeña su palabra de hacer en presencia del universo un público elogio de quien le socorre en los pobres, y promete que desde aquel trono de Majestad, al cual llamará a dar cuenta de sí a un mundo entero, Venite, dirá con todo el aire de la más dulce afabilidad, venite benedicti Patris mei, possidete Regnum; oh vosotros, que me alimentasteis cuando estaba hambriento, vosotros, que me cubristeis cuando estaba desnudo, vosotros, que me recogisteis cuando era peregrino, mi reino es para vosotros; apagasteis con bebidas corteses los ardores de mi sed, ved torrentes de placeres; aliviasteis con benéficas visitas las opresiones de mis enfermedades, ved un jardín de delicias, en el cual os gozareis tranquilos en el seno de un eterno reposo; vinisteis piadosos a consolarme entre las amarilleces de las prisiones, ved un reino de contentos, en el cual lejos de toda tristeza que os moleste, de todo peligro que os inquiete, de toda melancolía que os turbe, pasaréis, sin términos que los concluya, felicísimos siglos: Venite, possidete Regnum.

Ahora, si Dios promete tan grandes cosas a quién beneficia a los pobres, ¿qué no debe esperarse prometerá a quien socorra a sus queridas hijas, a sus amadas esposas? Sí, estad de buen ánimo, oh devotos de las Almas del Purgatorio; aquel Venite benedicti, aquel Possidete Regnum, prometido de Cristo a quien socorre a los necesitados, no dudéis, será la consolación de vuestros espíritus.

Aquel Dios que, para premiar como Él es, excede siempre en sus recompensas a nuestros méritos, cuando partiréis un día de esta tierra, os saldrá todo alegre al encuentro, y extendiendo los brazos para abrazaros: Venite, dirá también a vosotros, venite, oh amados, venite: vosotros no sólo me habéis socorrido en las amadas doloridas Almas, sino que además habéis excusado a mí mismo de castigarlas; vosotros con aplacar a mi justicia habéis quebrado las cadenas a aquellas nobles prisioneras, y las habéis introducido en los tabernáculos del Dios de Jacob, justo es pues, que a las muestras de vuestro amor para las Almas, haga yo corresponder las de mi amor para vosotros: Venite pues, que en recompensa de la caridad con que las habéis socorrido, quiero que un eterno manto de gloria os adorne: Venite benedicti, possidete Regnum.

Decid ahora, vosotros oyentes, si puede confiar de su salvación el que sabe que se empeñan por él a este fin, las Almas que tiene socorridas con misas, limosnas y otras buenas obras, y que se empeña Jesús mismo.

Añadid a todo lo dicho, que él mismo se la asegura con la caridad que ejecuta con los difuntos. Leed, oyentes, las Sagradas Letras, y hallaréis en muchos lugares que la caridad es la que tiene en las manos las llaves del Cielo; veréis que a la caridad está prometida la plenitud de la misericordia: Beati misericordes, quoniam ipsi misericordiam consequentur; veréis que a la caridad está prometida la entrada gloriosa en el reino eterno.

Ni me digáis que las promesas del premio, que se hacen a la caridad en las Sagradas Letras, miran a los que la ejercitan con los pobres. Sea pues así; más de aquí crece en fuerza el argumento. Porque ¿quién no discurre que socorrer a quien arde en el Purgatorio es caridad mucho mayor que socorrer a quien gime sobre la tierra? Mayor; porque aliviar a quien agoniza entre llamas de atrocísimo fuego es muy diferente de vestir a un desnudo, o de hartar a un hambriento; mayor, porque quien socorre a un pobre, socorre muy de ordinario a un indigno, a un impío, a un enemigo de Dios; pero quien socorre a los difuntos, socorre a Almas justas, a Almas santas, a Almas amigas de Dios, hijas de Dios, esposas de Dios; mayor, porque el socorro que se da a un pobre, no le saca del estado de pobreza, pero el socorro que se da a los difuntos, los traslada del estado mísero en que se hallan a un estado de indefectible felicidad; mayor finalmente, porque socorrer a un hombre se hace con incomodo muy ligero; mas quien socorre a los Difuntos se expone a sufrir penas durísimas para librar a quien las sufre.

Si pues, quien socorre con caridad tan menor a los mendigos, puede decirse casi tener en el puño el eterno reino; ¿con cuánta más razón lo podrá decir quien con caridad tanto mayor socorre a las Almas del Purgatorio?

Esté pues de buen ánimo el que socorre a los difuntos, y manteniendo y cebando siempre las bellas llamas de caridad, en las cuales se abrasa, esté cierto que con el promover la gloria a los otros promueve al mismo tiempo la suya.

 

MORALIDAD

¡Oh ciegos nosotros! ¡Oh locos, si aún no arde nuestro ánimo en un santo celo del socorro de los Difuntos! ¡Ah amados oyentes!, si para ablandar con tierna compasión vuestro corazón, os hubiese dicho que aquellos afligidos que penan en el Purgatorio son vuestros amados, vuestros amigos, vuestros deudos, vuestros bienhechores; sería dureza más que de piedra no concebir a favor de ellos sentimientos de caridad; sin embargo para obtener con mayor eficacia el intento, os he propuesto un motivo, ¡oh cuán más poderoso!, el promover vuestra propia gloria. ¿Hay cosa, que nos deba mover más que esta? ¿Y cómo, pues, seremos aun perezosos a promover con nuestros sufragios su gloria? ¿No lo queremos hacer por amor suyo?; hagámoslo por amor nuestro, hagámoslo para promover confiadamente nuestra gloria, hagámoslo para oír en algún día un amoroso convite de Dios que nos llame a Él.

¡Sí, Jesús amado! Vednos dispuestos para ayudar cuanto podamos a aquellas Almas, que amadas sumamente de Vos, sufren sin embargo los rigores de vuestra justicia. Para determinarnos a darles todo posible alivio, nos debiera bastar que Vos gustáis de ello, y que ellas están en necesidad de él. ¡Cuánto más lo debemos hacer conociendo que promoviendo su gloria, promovemos la nuestra! Os rogamos por tanto, Jesús amabilísimo, por aquella llaga santísima, que adoramos en vuestro costado, aceptéis la ofrenda que hacemos de toda la satisfacción que podamos darles con la práctica de las obras buenas, con el sufrimiento de nuestros trabajos, y con el logro de las indulgencias; de todo, sí, mi Jesús, de todo hacemos una dádiva a aquellas Almas afligidas; esperando que la misericordia que usamos con ellas en vida, hará que Vos en la muerte la usaréis con nosotros. Y para que nuestras culpas no impidan que sea oída de Vos esta nuestra petición, con un corazón verdaderamente contrito os pedimos el perdón de ellas, diciendo: Señor mío Jesucristo etc.