PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN VIII

SEGUNDA PARTE

SERMÓN VIII DE DIFUNTOS

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Si bona suscepimus de manu Dei ¿mala quare non suscipiamus? Job. II. v. 10.

Fue cosa admirable, oyentes, en el Antiguo Testamento ver la igualdad y tranquilidad del ánimo de Job en la variedad de los sucesos de la vida. Mientras era colmado de honores y de riquezas, era humilde y sosegado, sin dejarse desvanecer en su próspera fortuna; y cuando se vio despojado de todos sus bienes, no se alteró su paz, mas quedó pacífico y tranquilo, sin dejarse vencer de su adversidad. Miraba estos sucesos tan contrarios entre sí, no según el curso de las causas segundas, sino según el orden de la primera. Daba gracias a Dios como a autor de todos sus bienes, sin acusar al diablo como a autor de todas sus desventuras. Por esto, corrigiendo la impaciencia de su mujer le decía: si hemos recibido los bienes de la mano de Dios con humilde acción de gracias, ¿porque no recibiremos también los males de su mano con humilde paciencia? Si bona suscepimus de manu Dei ¿mala quare non suscipiamus?

Ved aquí, oyentes el admirable modelo de la resignación de la humana voluntad a la divina, del cual representan en sí mismas una vivísima copia las santas Almas del Purgatorio. Yo puedo decir que, si las penas que padecen son aún más crueles que todas las padecidas por Job, su resignación es una perfecta imitación de la de él, pues es certísimo que las sufren sin quejarse de la severidad de la justicia de Dios. Se lamentan, es verdad, en medio de sus tormentos; pero se lamentan en aquella manera santa e inocente en la cual se lamentó Job sobre su muladar. Sus suspiros no proceden de una oposición de su voluntad a la de Dios, sino de los grandes y agudos dolores, y de su profunda resignación a la equidad de sus juicios. Esta, sí les hace exclamar con Job: si bona suscepimus de manu Dei ¿mala quare non suscipiamus?

En efecto, su resignación es tanto más perfecta, en cuanto se extiende a un objeto en el cual consiste una de sus mayores penas. Creo, que podré daros de ella una justa idea, haciéndoos ver, que en el Purgatorio están las Almas resignadas a la voluntad de Dios en medio de su violentísimo suplicio.

Para el acierto necesito los socorros de la gracia: obliguemos para alcanzarla a la Reina de los Ángeles saludándola como la saludó el Ángel.

AVE MARIA

¡Cuán diferente es, señores, la condición de las almas de los condenados de la de las del Purgatorio!

Las almas de los condenados no encuentran en sus tormentos alguna mitigación, ni refrigerio, porque como los padecen con una oposición eterna de sus voluntades a la de Dios, en vez de endulzarlos con paciencia y sumisión, los aumentan con su rabia e impaciencia; lejos de alabar y adorar la equidad de los juicios de Dios en sus penas, le insultan y blasfeman; siendo sus irreconciliables enemigos por razón de los pecados mortales que no pueden jamás expiar, ni en cuanto a la culpa, ni en cuanto a la pena, ya no tienen más entrada a su amistad.

Su voluntad está tan obstinada en la malicia, que no puede trocarse con una verdadera conversión; en suma, están en tanta manera desfiguradas por la pérdida de la gracia que, no viendo Dios más en ellas la imagen del nuevo hombre reengendrado en justicia y santidad, las destierra eternamente de su presencia, como objetos indignos de misericordia y compasión. Por esto el Profeta las pinta con estos negros y espantosos colores: serán, dice, agitadas de penas y convulsiones horribles, sufrirán dolores como una mujer que va de parto; se mirarán unas a otras con espanto y horror, y sus rostros comparecerán negros y encarnados como caras abrasadas del fuego.

No es así de las Almas del Purgatorio; están ellas afligidas, mas al mismo tiempo están resignadas a la voluntad de Dios. Dios las ama, pero las castiga y purifica, y porque saben que su voluntad es toda santa y es soberana su equidad, se someten sin quejarse, adoran el rigor de sus juicios, y conocen que son siempre acompañados de una grande misericordia, y aunque sean algo negrecidas y desfiguradas por alguna ligera imperfección, sin embargo saben que estando en estado de gracia, tienen también mucha belleza, y por esto no desagradan a los ojos de su Juez, por más que parezca irritado contra ellas.

Por esto yo puedo decir, que todas estas pobres Almas pacientes con mucha razón exclaman con la Esposa: Nigra sum sed formosa. En efecto, ellas son negras por razón de la fragilidad de la condición humana, mas son bellas por razón de la gracia divina; son negras por las manchas del pecado venial, mas son bellas, porque son purificadas con el Sacramento de la fe; negras por el polvo del siglo que han recogido en este mundo, mas bellas porque se blanquean en el otro: In spiritu ordoris. Y si la Esposa de los cánticos antes de llamarse hermosa se confiesa negra, no lo hace sino por dar mayor resalto a la gracia de su belleza, como dice san Ambrosio: es, pues, verdadero que la negrura que las Almas reciben de las llamas del Purgatorio dará un resplandor más vivo a la belleza de la gloria que recibirán en el cielo: Præmissit nigram, ut augeret decorem.

No ya que las penas que se padecen en la otra vida tengan virtud de aumentar la gloria de los justos; no, pues que un alma habiendo llegado después de la separación de su cuerpo al último término de la gracia, no podrá más crecer ni en los méritos, ni en la caridad; sino que si ella se considera en estos dos estados diferentes, es a saber, si hace atención o comparación de lo que es en el Purgatorio, con lo que será en el Cielo, se reparará en efecto, diversa de sí misma. Ella es negra en el primer estado, porque tiene aún algunos defectos; mas comparecerá bella en el segundo, porque será sin imperfección y sin mancha. Entonces el Esposo divino le dirá como a la Esposa de los cánticos: tú eres toda hermosa, oh mí querida, y mis ojos que descubren sombras en la luz del sol, no descubren mancha en tu belleza.

Yo confieso pues, que un Alma justa no crece ni en la belleza, ni en la gracia, ni en el mérito en el Purgatorio; mas a lo menos tiene esta consolación en sus dolores, de estar tan resignada a la voluntad de Dios, que no querría librarse contra el orden de su justicia; esta profunda resignación viene de la rectitud de su razón, la cual la hace decir: si bona suscepimus de manu Dei ¿mala quare non suscipiamus?

Notad aquí, oyentes míos, que la sumisión de las Almas justas en el Purgatorio, y la contradicción de las almas condenadas en el infierno tienen entre si una grande diferencia. Estando estas en una eterna contradicción de su razón a la razón de Dios son inconsolables en sus tormentos, sus quejas son inútiles, sus dolores son extremados, y no hay cosa alguna que las pueda mitigar. Esta es la desventura profetizada por un Profeta ochocientos años antes de la encarnación del Hijo de Dios: Væ qui contradicit factori suo. Ay de aquel que contradice y se opone a su Criador, pues que no siendo él sino un poco de lodo y un vaso de tierra, pide a Dios razón de haberle puesto en este mundo. Y por esto, como su razón será siempre opuesta a la de Dios por falta de fe y de sumisión, su suplicio será también insoportable por falta de consolación.

Mas las Almas que están en el Purgatorio, estando en una perfecta sumisión de su razón a la de Dios, se consuelan en sus penas, y le dicen humildemente con el Profeta: yo no contradigo ni me opongo, oh Señor, a vuestros juicios, sabiendo que son rectos, y que he merecido mucho lo que sufro.

Mas, ¿qué cosa les da tanto esfuerzo, tanta confianza, y consolación en sus dolores? Responden ellas con el mismo Profeta, que el Señor es su protector, y que el que las ha justificado les está cerca, y las coronará después de haberlas purificado.

¡Qué consolación, en efecto es, para un alma del purgatorio, conocer con la luz de la fe y confesar que Dios es el que la conserva con su poder, que la justifica con su gracia, que la prueba con su justicia, y la librará por su misericordia, y le abrirá finalmente la puerta del cielo por su bondad! Con los ojos fijos a todos estos respectos, se desentiende de todos los humanos discursos, y aunque busque a su divino Esposo entre las tinieblas de la noche; esto es en la obscuridad de la fe, sin embargo le ruega con la casta Esposa de los cánticos, que la enseñe el lugar, donde guía a apacentar su grey, y donde el mismo reposa en la hora del medio día, y en la gran claridad de la gloria. Sabía bien esta alma santa, que sólo en el Cielo reina la luz del medio día; esto es la luz resplandeciente de la justicia y de la verdad eterna, y que no se encuentra sobre la tierra; donde se toma muy de ordinario, al decir de san Bernardo, la falsedad y la mentira por la misma verdad.

De aquí no es de admirar que la razón de las Almas justas del Purgatorio, estando plenamente ilustrada con la luz de la fe y cercana a serlo aún más perfectamente con la luz de la gloria, se sujete y conforme a la suprema razón de Dios, sin contradecir a sus órdenes y sin oponerse a sus santas disposiciones.

 

MORALIDAD

¡Oh si los cristianos imitasen la resignación de las Almas a la voluntad de Dios en las penas de este mundo, y supiesen hallar su consuelo en una santa resignación! entonces podrían decir humildemente con Judas Macabeo sin inquietarse: Sicut fuerit voluntas in cœlo, sic fiat; pero ¡oh vileza, oh vituperio! no hay queja más injusta, ni más frecuente que contra las divinas disposiciones; en cualquiera adversidad que acontezca, ved luego un lamento contra Dios: Si quid adversi accidit, prona in Deum quærela est fue observación de san Hilario.

Basta una pérdida que suceda, basta una persecución que se levante, basta una enfermedad que nos afija, basta una rogativa que no sea oída, para desfogarse luego contra Dios; de que Él no se cuida más de nosotros, o se porta con nosotros con demasiada severidad; y por desgracia es tanta la facilidad y prontitud de prorrumpir en quejas contra la providencia; que ciertamente no hay cosa, dice Salviano, de la cual no tomemos argumento para ello, y cuándo nuestra índole no tenga otro de que hacer lamentos, nos lamentamos, como el ingrato Israel, de los beneficios mismos que recibimos.

Para comprehender que estás quejas son injustísimas, y de ultraje sumo a la Providencia Divina, basta reflexionar, que Dios es señor de disponer como le agrada de todas las cosas; y que de cualquier modo despida sus órdenes, no hay entre las criaturas una que, sin temeraria osadía, le pueda decir: me hace injuria.

Seáis pobres, seáis afligidos, seáis enfermos, Dios lo ha dispuesto así, y así lo quiere, ¿podéis vosotros hacer especial sentimiento sin ultraje gravísimo de su soberanía? Dios es el Señor, y esto basta para que se sufoque en la lengua toda sílaba de lamento. Ni me digáis que Dios no os trata como a los otros; que a los otros da contentos, a vosotros cruces; a los otros comodidades, a vosotros trabajos; a los otros honores, a vosotros humillaciones; ¿y qué? replicará el Apóstol: An non habet potestatem figulus luti ex eadem massa facere aliud quidem vas in honoren, aliud vero in contumeliam ?

Esto puntualmente quiere decir Providencia Soberana: providencia que, a su arbitrio, distribuye los estados, los grados, las condiciones; levanta a quien quiere grande, y abaja a quien quiere pequeño, sin obligación de dar razón de su voluntad.

Job, que lo entendía, ¿se quejó jamás de que los infortunios lloviesen sobre su casa? Así lo discurre, dilectísimos, quien no quiere con injustas quejas ultrajar la providencia. Dios es el Señor, tráteme como quiera, no dejaré jamás de bendecir a su soberana mano.

Esto es verdadero, dirá alguno: Dios es el Señor; mas paréceme que un señor debiera tener mayor mira con un siervo fiel que con un siervo desleal; y puntualmente, siendo así que yo me esfuerzo a servir a Dios mejor de lo que puedo, no tengo sino desventuras, cuando tantos otros le deshonran, y tienen cuanto pueden desear de placeres, de riquezas, de honores. Callad, que estáis para pronunciar una horrorosa blasfemia; esta vuestra queja va a tachar de injusta la Providencia; mas vive Dios, que es injustísima vuestra queja. Oíd a San Agustín que os responde: Vosotros decís a Dios, ¿dónde está vuestra justicia?; y Dios dice a vosotros, ¿y vuestra fe dónde está? ¿Ha Dios prometido jamás a quien le sirve fiel, la felicidad sobre esta tierra? Leed el Evangelio, y hallaréis predicciones de penas y de cruces; mas nunca promesas de prosperidad mundana; antes hallaréis amenazas de tormentos eternos a quien las goza en esta vida. Ved pues, si son injustas vuestras quejas, y juntamente injuriosas a la Providencia Divina; y mientras pretendéis de Dios en paga lo que no ha jamás prometido; mirad que antes os podría privar de la recompensa prometida. Si Dios deja a los pecadores en las comodidades, y a vosotros en las penas y dolores, bendecidle porque así os dispone a la recompensa, que os prepara en el Cielo.

Ni solamente con trataros así lo hace Dios con vosotros como buen Señor, sino también como buen Padre; y vosotros con vuestras quejas no hacéis otro que redoblar las injusticias y los ultrajes; y sino decidme por vuestra vida, ¿sois vosotros pecadores, o sois inocentes?; si sois inocentes, ¿cómo os podéis quejar que os trate como trató a su Hijo unigénito hecho hombre? Fue Jesús más inocente que vosotros, más pobre que vosotros, afligido más que vosotros, más atormentado que vosotros y, sin embargo, ¿salió jamás de su lengua sílaba de queja? ¿Pues, con qué vergüenza os quejaréis, que Él con mano de un dulce padre os enmiende, y por la piedad que tiene de vosotros, os haga satisfacer con las penas ligeras de esta vida por las atroces y acerbísimas de la otra? Ea pues; no se oigan jamás de una boca cristiana quejas tan injustas; y persuadíos de una vez que de cualquiera manera que nos trate la Providencia, siempre nos trata como más conviene a nosotros; y si no cesan las quejas, temed que no os suceda lo que a las Israelitas allá en el desierto. Enfadado Dios de sus largas quejas ¿hasta cuándo, dijo, oiré los lamentos de este mi pueblo? ¿Hasta cuándo el atrevido e ingrato murmurará contra mí? Yo los he tolerado hasta ahora, ¿y ellos no quieren acabar? Ahora, ninguno de estos pondrá el pie en la tierra prometida.

Mis dilectísimos, nuestra tierra de promisión es el Paraíso; miserables de nosotros, si nuestras injustas quejas nos impidiesen llegar a él; sí, miserables de nosotros.

¡Más no, Jesús amado! no será ciertamente así, porque jamás sucederá que nosotros nos lamentemos de Vos. Tratadnos, pues, como os agrade, siempre adoraremos vuestra soberana y amorosa Providencia; y porque quedamos instruidos en la conformidad que tienen las Almas del Purgatorio en medio de las penas con vuestra voluntad, desde ahora nos conformamos con ella con toda sumisión, aceptamos las cruces que os dignáis cargarnos.

Vos, entre tanto, por aquella llaga santísima que adoramos en vuestro costado, dadnos gracia para que en la sumisión misma recibamos todo cuanto disponga vuestra siempre amorosísima Providencia; y para que nuestros pecados no impidan la gracia que os pedimos, arrepentidos os pedimos perdón, piedad y misericordia; y con el corazón hecho pedazos por el dolor decimos: Señor mío Jesucristo etc.