Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 26ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

VIGESIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

SEXTO DOMINGO DE EPIFANÍA SOBRANTE

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas esta parábola: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que toma un hombre y lo siembra en su campo. El cual grano es ciertamente la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que los pájaros del cielo vienen y anidan en sus ramas. Les dijo esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante al fermento que toma una mujer y lo esconde en tres celemines de harina, hasta que la hace fermentar toda. Todo esto se lo dijo Jesús a las turbas en parábolas; y no les hablaba sin parábolas para que se cumpliera lo dicho por el Profeta: Abriré mi boca en parábolas, diré cosas ocultas desde la creación del mundo.

La parábola del grano de mostaza se refiere a las características de la Iglesia que se estaba gestando, y de la repercusión e influencia que tendría en el futuro sobre la sociedad.

Esta parábola indica una expansión o desarrollo lento, hasta alcanzar la plenitud.

Por lo mismo, esta parábola sale al encuentro de las ideas protestantes (antiguas y modernas), que pretenden que Jesucristo nunca pensó en fundar una sociedad visible; así como también enfrenta las concepciones racionalistas y modernistas (pasadas y actuales), que divulgan (incluso hoy entre las filas tradicionalistas) que Jesucristo y sus Apóstoles enseñaron que el fin del mundo era inminente, y que, por lo tanto, se equivocaron.

Esta parábola, por el contrario, indica, no una catástrofe próxima y la reconstrucción instantánea del mundo; sino la fundación de una sociedad visible, que exige un período extenso y un crecimiento lento, como un árbol, que da sombra y en cuyas ramas cantan los pájaros; lo cual no quita que sea un desarrollo sorprendente, y, si se quiere, maravilloso.

El pensamiento de Nuestro Señor es que aquel grupito de hombres que lo rodeaba, insignificante hasta lo invisible en un rincón del enorme Imperio Romano, se iba a agigantar paulatinamente, hasta cubrir con su sombra el mundo entero.

Este grano de mostaza es la Iglesia de Jesucristo. ¿Qué institución más pequeña y más humilde en sus principios, sea por el número, sea por la calidad de las personas que la componían?

Vedla en Jerusalén, luego en Roma, en los primeros años que siguieron a la Ascensión del Salvador. Era bien pequeña y bien pobre; parecía deber disminuir más bien que crecer. Todo parecía condenarla a perecer: el escándalo de la Cruz, la severidad de su moral, las herejías nacientes, las terribles persecuciones que la sitiaron durante varios siglos, las sombrías y extensas herejías que siguieron a su instalación…

Pero, ¡oh maravilla! Este pequeño grano de mostaza se desarrolló admirablemente de siglo en siglo y se convirtió en un árbol frondoso, extendiendo sus ramas hasta las extremidades de la tierra, cubriendo el mundo entero con su sombra y ofreciendo su bienhechora influencia a todo hombre, toda familia, toda institución, toda sociedad…

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Puede presentarse aquí la objeción que plantea la situación actual, no sólo de la Civilización Cristiana (la Ciudad Católica edificada por la Iglesia), sino también el estado de la misma sociedad instituida por Nuestro Señor Jesucristo.

En efecto, ¿qué queda hoy de la esplendorosa y magnífica construcción de la Iglesia? ¿No está, acaso, casi desaparecida la propia Iglesia, sin ejercer influencia alguna sobre los destinos de las naciones, de las familias, e incluso de la gran masa de los individuos?

Para responder a esta neta dificultad debemos destacar, en primer lugar, que esta parábola no es la única que predicó Jesucristo. En efecto, tenemos también, entre otras, la del trigo y la cizaña, que hemos considerado el domingo pasado.

Además, Nuestro Señor anunció una crisis final; del mismo modo los Apóstoles escribieron sobre la apostasía, el Hijo de perdición y el reino del Anticristo…

Pero, lo más importante, esta parábola contiene la cosmovisión de Cristo, la manera católica de concebir la vida y la misión del hombre en la tierra, contrapuesta a la cosmovisión mundana.

Hay sólo dos cosmovisiones: la de la impiedad y la de la Iglesia.

Es decir, la cosmovisión del ateísmo, que promete el progreso indefinido de la humanidad; y la cosmovisión del catolicismo, que señala un comienzo, un apogeo, un declinar y un punto final para la sociedad humana.

Jesucristo caracterizó el Reino de Dios en la tierra con la imagen de una cosa viva, que tiene un principio, un desarrollo hasta alcanzar un punto culminante, un proceso de degradación y un desenlace.

Al igual que todas las cosas vivas, el Reino de Dios en la tierra ha sido establecido para crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud, y luego decaer, para terminar, no en la extinción y la nada, sino en una transfiguración y transformación final, pero sin desarrollo indefinido o evolución hasta el infinito.

Enfrentada con esta manera de concebir nuestra vida aquí en la tierra está la cosmovisión del impío y la de todos los falsos mesianismos, incluso los rociados con agua bendita, y que se concretiza en la expresión: “aquí abajo está nuestra patria permanente; el fin de la humanidad es el progreso, la evolución”.

Según esta concepción impía, estamos en un momento decisivo de la evolución del hombre, que consiste en la creación de un gobierno mundial.

Ahora bien, en la Sagrada Escritura no hay ni rastro de este gobierno mundial democrático… Por el contrario, sí está profetizado el gobierno mundial del Anticristo, sobre la base de la socialdemocracia, con el apoyo de una falsa religión y, después de su derrota, el gobierno universal y sobrenatural de Jesucristo.

De este modo, la Civilización inspirada por el catolicismo:

tuvo su inicio, su crecimiento lento, su desarrollo;

en el Medioevo llegó, en el siglo XIII, al apogeo máximo que pudo alcanzar en las actuales condiciones de la humanidad herida por el pecado;

a partir de 1303 comenzó su declinar, que no se detendrá hasta llegar a un término intrahistórico catastrófico;

finalmente, tendrá un fin glorioso meta histórico, es decir la restauración final de todas las cosas en Cristo y por Cristo.

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Respecto del momento actual que vive la Santa Iglesia desde hace ya cincuenta años, poseemos un dato preciso, pues la Santísima Virgen María dijo en La Salette: La Iglesia será eclipsada.

Ninguna otra expresión resume mejor la situación actual. Ninguna otra expresión nos da la mejor solución al problema que plantea la crisis actual, mucho más grave que la arriana o protestante.

El eclipse, del griego, “desaparición”, “abandono”, es un fenómeno en el que la luz procedente de un cuerpo celeste es bloqueada por otro, normalmente llamado cuerpo eclipsante. Es, pues, la ocultación momentánea de un astro, cuerpo eclipsado, cuya luz es interceptada por la interposición de otro astro.

Vemos que estas nociones hablan de dos astros, de luz, de interposición, de desaparición, de ocultamiento momentáneo, parcial o total.

El ejemplo más conocido de eclipse es el del sol por la luna.

eclipse1

El sol es ocultado y la luz solar desaparece momentáneamente, en parte o en su totalidad, por la interposición de la luna.

Sólo vemos la luna, astro muerto.

Retomemos cada término y tratemos de entender lo que la Virgen Santísima quiere que comprendamos:

a) Hay dos astros. Uno se eclipsa. El otro eclipsa. Se trata de dos astros, dos cuerpos celestes diferentes.

La Virgen María nos dice que el astro que es eclipsado es la Santa Iglesia.

Por lo tanto, el astro que eclipsa no es la Santa Iglesia. Es otra cosa, es otro cuerpo celeste.

Como es otro astro, no puede emanar de la Santa Iglesia, que es una.

Por lo mismo, ese otro astro no puede gozar de las propiedades de unidad, de santidad, de apostolicidad y de catolicidad.

La secta conciliar es la que eclipsa a la Santa Iglesia.

La secta conciliar no es una, no es santa, no es apostólica, no es católica.

¿Cómo se reconoce la Iglesia visible? La Iglesia visible se reconoce por las señales que siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica.

¿Dónde están las verdaderas notas de la Iglesia? ¿Están en la iglesia oficial o en la Tradición?

Si hay aún hoy una visibilidad de la Iglesia, es gracias a la Tradición.

Las notas o señales de visibilidad no se encuentran en la secta conciliar.

No hay ya en ella la unidad de la fe, la unidad de culto y de Sacramentos, la unidad de gobierno.

Ahora bien, es la fe la que es la base de toda visibilidad de la Iglesia.

La catolicidad, es la fe una en el espacio.

La apostolicidad, es la fe una en el tiempo.

La santidad, es el fruto de la fe, que se concreta en las almas por la gracia, especialmente por la gracia de los Sacramentos.

Esta es la razón por la que no puede haber vinculación con la secta conciliar, con la iglesia oficial, con la Roma modernista y anticristo.

Ya había quedado claro desde el 21 de noviembre de 1974:

Adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.

Por el contrario, nos negamos y nos hemos negado siempre a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II y después del Concilio en todas las reformas que de éste salieron.

Y, para que no quedasen dudas, el 6 de julio de 1988 se puntualizó una vez más:

Nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de iglesia conciliar y se define por el Novus Ordo Missæ, el ecumenismo indiferentista y la laicización de toda la sociedad. Sí, nosotros no tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís; nuestra propia excomunión por un decreto de Vuestra Eminencia o de otro dicasterio no sería más que la prueba irrefutable. No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.

Entre paréntesis, tampoco hay unidad en la Neo-F$$PX. Y esto en razón de su vinculación con la iglesia conciliar, de su sujeción a las autoridades romanas modernistas.

La Neo-F$$PX no tienen unidad de fe; basta considerar la Declaración Doctrinal de abril de 2012, nunca retractada.

La Neo-F$$PX no tiene unidad de culto, pues acepta la legitimidad de los nuevos ritos sacramentales y el Motu proprio de 2007.

La Neo-F$$PX no tiene unidad de gobierno, pues reconoce el nuevo código de derecho canónico y se somete a él. Tres ejemplos bastan como muestra: su Superior General ha aceptado la jurisdicción como juez de primera instancia; sus sacerdotes han aceptado la jurisdicción para absolver en las confesiones; sus superiores han aceptado el permiso para las ordenaciones sacerdotales.

Al no tener unidad, la Neo-F$$PX carece de catolicidad, de apostolicidad y santidad.

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Cierro el paréntesis y continúo con el análisis de los términos para tratar de entender lo que la Virgen Santísima quiso que comprendiésemos al decir que la Iglesia sería eclipsada.

b) Es la luz de la Santa Iglesia la que es ocultada.

Estamos en las tinieblas.

Vemos el otro astro, que llena todo el espacio y se hace pasar por la Santa Iglesia.

Aparentemente no queda nada de la Santa Iglesia; y la Tradición está obligada a esconderse o a ser martirizada. Si intenta todavía ocupar el lugar que le corresponde…, tarde o temprano termina por ser asimilada con y por el astro eclipsante…

c) Al igual que en un eclipse solar, uno no se mueve y permanece a la espera del fin del eclipse.

Puesto que, en el segundo que sigue al mismo, la luz regresa.

Se suele decir: “Cuando todo parezca perdido, todo será salvo”.

d) Esta desaparición es momentánea. No durará incesantemente.

Estamos seguros de que la luz de la Santa Iglesia volverá al final del eclipse.

El eclipse no puede permanecer indefinidamente: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

e) Si el eclipse es total, impide aparecer completa y momentáneamente las cualidades de un astro, por lo general brillantes.

El objeto que se eclipsó no cambia; y, por lo tanto, la Santa Iglesia en ningún caso y de ninguna manera ha cambiado.

Está hecha para brillar, porque es luminosa y, aún más, ella es luz.

Ella es el sol que ya no parece, ya no la vemos. Su luz no atraviesa, no pasa por el momento.

Durante un eclipse, sólo los que están en el cono de sombra son plenamente conscientes de este eclipse.

Es lo mismo para las tinieblas espirituales: sólo aquellos que tienen la verdadera fe y que son perseguidos a causa de ella pueden comprender el eclipse de la Iglesia.

Los otros no ven nada y no entienden nada.

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f) Nuestro tiempo es el de la hora de las tinieblas, la hora del poder de Satanás: esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.

La secta conciliar es la iglesia de las tinieblas, la iglesia de Satán.

El Padre Emmanuel recibió una consulta de una religiosa que le solicitaba explicaciones y le pedía consejos sobre cómo comportarse en el tiempo y en la hora presente. El Padre le respondió con dos cartas, escritas en junio y diciembre de 1880. En la segunda de ellas, podemos leer lo siguiente:

Muchas veces usted habrá escuchado que se dice que “un día sigue a otro día sin que se parezcan”; pues bien, yo le digo que “muchas veces, las horas se parecen sin que se sigan”.

Debemos ante todo velar, como en aquella “hora” de la cual habla Jesús.

Un cierto día, a una cierta hora, las tinieblas reinaban sobre la tierra, y hombres de tinieblas llevaban a cabo obras de tinieblas… Nuestro Señor les dijo: Esta es vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas.

Aquella hora pasó hace ya muchos siglos, y, sin embargo, la hora presente tiene con ella muchas semejanzas.

Aquella fue la hora de la traición, esta es la hora de la mentira. La hora presente es la hora en que la fe se calla. Cuando la palabra pertenece a la mentira, la verdad permanece en silencio.

La hora presente tendría necesidad de escuchar y de comprender la palabra de Nuestro Señor: “¡Velad!”

Cuando Nuestro Señor pronunció esta divina palabra, los apóstoles dormían…

¡Cuántos, sobre este punto, se asemejan hoy a los apóstoles!

La cosa más fácil y menos comprometedora hoy parecería ser la de dormir.

No podemos evadirnos de nuestra responsabilidad ante la realidad concreta que nos toca enfrentar.

Debemos velar, sin compromisos con el error y el mal.

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g) Para eclipsar al astro gigante a que llegó a ser la Santa Iglesia, y para eclipsarla toda en la superficie de la tierra, fue necesario un astro aún más grande en extensión.

El eclipse comenzó en 1303, y sabemos que una serie de golpes revolucionarios fueron mermando la influencia de la Iglesia en la sociedad, hasta ingresar en la misma Iglesia hacia fines del siglo XIX y llegar a tomar los puestos de mando a partir del Concilio Vaticano II.

Esta es la razón por la cual la secta conciliar reúne a todos los enemigos de la Iglesia, y proyecta una luz horrible, deforme, monstruosa…

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Las consecuencias de este eclipse son muy graves.

Hay dos iglesias. Dos iglesias opuestas, adversarias, enemigas.

La iglesia conciliar no es la Iglesia Católica, la Iglesia fundada por Jesucristo.

Sólo podemos vivir en una, y de una.

Cuando creemos en lo que siempre se ha sido creído y hecho, uno debe rechazar todo demás.

Además, la otra hace lo mismo, rechaza todo lo que no es de ella.

No podemos, bajo pena de apostasía, aceptar cualquier parte de la otra, por pequeña que sea.

Adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma, a la Roma católica guardiana de la fe católica…

Nos negamos a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante…

Nosotros jamás quisimos pertenecer a ese sistema que se califica a sí mismo de iglesia conciliar…

No tenemos ninguna parte, nullam partem habemus, con el panteón de las religiones de Asís…

No pedimos nada mejor que el ser declarados ex communione del espíritu adúltero que sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años; excluidos de la comunión impía con los infieles.

Nos guste o no, la iglesia conciliar es una estructura que se define formalmente por un culto bastardo, una enseñanza masónica y unas leyes que favorecen la herejía modernista.

Ahora bien, este sistema se presenta oficialmente como si fuese la Iglesia Católica.

Un católico no puede y no debe cooperar con esta impostura.

La “jerarquía” conciliar está en ruptura oficial con la Iglesia Católica en varios puntos de la doctrina. Ella impone sacramentos viciados respecto al testimonio de la fe, un código defectuoso, una pastoral contraria a la práctica bimilenaria de la Iglesia…

Por lo tanto, los fieles están obligados a organizarse fuera y en contra de esta “jerarquía” para mantener la fe y los sacramentos de la fe.

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El Reino de Dios es semejante a un grano de mostaza.

Jesucristo caracterizó el Reino de Dios en la tierra con la imagen de una cosa viva, que tiene un principio, un desarrollo hasta alcanzar un punto culminante, un proceso de degradación y un desenlace.

Al igual que todas las cosas vivas, el Reino de Dios en la tierra ha sido establecido para crecer, desarrollarse, llegar a su plenitud, y luego decaer, para terminar, no en la extinción y la nada, sino en una transfiguración y transformación final.

Recemos y trabajemos por mantener ese Reino, sin desesperar, pero esperando solamente la transfiguración y la transformación final…