MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

 

Prosigue el mismo Entretenimiento.

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El Siervo. Oh Dios, en cuya presencia estoy, yo os adoro con todas las adoraciones, que os hacía Jesucristo durante su vida mortal, y las que al presente os hace en el Cielo y sobre nuestros Altares. ¡Qué felicidad, Dios mío, si yo pudiera estar siempre unido a este amable Salvador!

El Señor. No consiste sino en ti, hijo mío, no te contentes para esto con representártelo en los varios estados en que acabo de proponértelo; míralo también en diversos objetos que se ofrecen a tus ojos; porque no hay alguno que no sea obra de sus manos; todo ha sido criado por Él (Colos. c. 1.) y todo por Él subsiste, y así todo te lo debe traer a tu pensamiento, y excitar en tu corazón sentimientos de respeto y reconocimiento para con Él.

Sobre todo el hombre, que tiene una relación tan particular con el Verbo Encarnado, que participó de su naturaleza divina, y participa todos los días de su gracia, de sus méritos, de su propio Cuerpo, ¡qué asuntos no te da para que te eleves a Él, y le rindas a su divina Persona un tributo continuo de alabanza, de admiración y de amor!

El Siervo. ¡Ay Señor! Cómo no he pensado yo sin cesar en vuestro amado Hijo, que me representáis de todas partes bajo retratos tan sensibles. Las personas que frecuento, las criaturas que veo, y de quienes recibo a cada momento algún servicio, ¿no deberían ponérmelo delante de los ojos, luego que me sucede el perderlo de mi vista aunque sea por poco?

El Señor. Tú puedes aun sin estos socorros exteriores conservarte en su presencia; porque después que Él quiso hacerse semejante a ti, y servirte de alimento, tienes su imagen grabada en tu cuerpo y en tu alma; tú eres su santuario, su templo, lo posees no solamente espiritualmente, sino aun corporalmente; tú estás unido a Él, haces una cosa con Él; así no tienes que hacer sino entrar dentro de ti mismo para repetir y renovar su memoria.

El Siervo. ¡Oh maravillas de la sabiduría y bondad de un Dios! Bien puedo aplicarme aquellas palabras de consuelo, que este divino Salvador enderezó a sus Apóstoles, cuando les dijo que estaba en medio de ellos (Luc. 22). Como en efecto, y de cuantos modos, se hace presente a nosotros.

El Señor. Las diferentes relaciones que tú tienes con Jesucristo, son otros tantos lazos que lo unen a ti, y que recíprocamente debían unirte a Él; es tu Capitán, tu Maestro, tu Hermano, tu Esposo, tu Criador, tu Salvador, tu Dios. ¿Qué cosa hay más capaz de inspirarte el pensamiento y el gusto de su presencia?

El Siervo. Sería menester, oh Señor, olvidarme de mí mismo para no pensar más que en Jesucristo, a quien por tantos títulos pertenezco, y de quien todos los días recibo tantos bienes. Desdichado sería, oh Dios mío, desdichado sería cualquiera que no se acordase de este amable Salvador. Vos seréis, oh mi Jesús, el ordinario objeto de mis pensamientos y de mis afectos; nada de aquí en adelante podrá desviaros de mi memoria. Aquello que en la idea de los hombres es uno de los estorbos para vuestra presencia, me servirá a mí de medio para conservarme en ella; yo os veré, divino Jesús, en vuestras criaturas, yo os bendeciré y os amaré en ellas; Vos estáis presente en todas; todas, pues, os representarán a mí.

El Señor. Acostúmbrate, hijo mío, a mirar así a Jesucristo en sus criaturas; considéralo sobre todo en ti, en donde Él reside y se manifiesta particularmente; y penetrado de su presencia habla interiormente con Él por actos de una fe pura, de una humildad profunda, de una caridad ardiente, de una tierna confianza, y de una perfecta entrega de todas las potencias de tu alma; de esta suerte te unirás a Jesucristo, lo sentirás en ti, gustarás de Él, y sin estorbo de las obscuridades de la fe, gozarás de su divina presencia; te sucederá como cuando alguno se halla en sitio obscuro con un amigo íntimo que, aunque por entonces no lo vea, lo siente cerca de sí, y tiene tanto gusto de hablar con él, como si lo viera verdaderamente. Tales y aún más vivos serán tus sentimientos para con el Verbo Encarnado; la importancia es que te persuadas bien de su presencia; para esto sírvete de los medios que te he propuesto; pero sírvete de ellos constantemente, piensa de tal manera en Jesucristo, habla con Él tan frecuentemente, que en fin se forme su imagen en ti (ad Gal. 4).

El Siervo. Señor, Dios de bondad que, para estrecharnos a Vos, os dignasteis de enviarnos vuestro único Hijo bajo nuestra propia figura, imprimid de tal suerte en mí espíritu la memoria de su presencia que jamás lo pierda de vista, haced que mis potencias estén todas llenas y poseídas de Él; que no sea yo quien viva, oh Dios mío, sino que Jesucristo viva en mí.

El Señor. Para adquirir esta unión perfecta con mi Hijo, ten una devoción particular para con su Sagrado Corazón. El Corazón de Jesús es lo que hay de más respeto y de más dulce atractivo en su santa humanidad; Él es el asiento del divino amor, el centro de las virtudes, la fuente de las gracias, el principio de todos los bienes que se han derramado y se derramarán en todo tiempo sobre la tierras; así, contemplándolo frecuentemente, concebirás de la Persona adorable de Jesucristo tan grandes sentimientos de estimación y de ternura, que nada en el mundo podrá borrarla de tu espíritu.

El Siervo. Señor, bien lo comprehendo. ¡Oh! ¿Será posible acercarse a este horno de amor, y no sentirse todo abrasado? ¿Será posible considerar los movimientos de este corazón amoroso, sus designios, sus sentimientos, sus comunicaciones, y sus maravillosas efusiones, sin estar penetrado de más vivo reconocimiento?

El Señor. No, hijo mío, no es posible. Toda alma que entrare en el agujero de la piedra, y que hiciere allí su morada, gozara de la íntima presencia del Esposo, conocerá cada día mejor su amabilidad, y cada día se inflamara más de su a amor.

El Siervo. ¿De dónde, pues, viene, oh Dios mío (permitid que os manifieste aquí mi admiración), de dónde viene que se esté con tanta frialdad y con tanta indiferencia a la vista de este amable Corazón? ¿Que se llegue hasta hablar mal de aquellos que, sensibles a sus atractivos, se empeñan en rendirle los tributos de respeto y de alabanza, que le deben por tantos títulos?

El Señor. ¿No sabes, hijo mío, que las prácticas más santas están expuestas a contradicciones, principalmente en sus principios? El demonio, viendo los grandes bienes que de esta sacarían los hombres, hace todos sus esfuerzos por impedir el progreso; yo lo permito también a fin de probar la fe de mis siervos, y dar un nuevo esplendor a la devoción, que yo les había inspirado. Pero la hora y el tiempo señalado en mis decretos eternos ha llegado; el Corazón de Jesús, aquel Corazón divino, que es el objeto de mis complacencias, y debe serlo de tu veneración, será conocido, reverenciado y amado en todo el mundo cristiano.

Tú ves felices presagios de esto en los testimonios públicos que acaban de dar ciudades enteras, que siguiendo el ejemplo de sus Pastores, se han, consagrado a este Sagrado Corazón (León, Marsella, Aviñón, etc.) y han detenido con esto mi venganza pronta a fulminar sobre las ciudades vecinas, y sobre todo lo demás del Reino los rayos de mi indignación.

El Siervo. ¡Oh Señor, qué admirable sois! Al tiempo que parecíais más irritado contra vuestro pueblo, al tiempo que le amenazabais el más terrible de todos los castigos, le disteis el medio de merecer vuestros mayores favores; le descubristeis el Corazón de vuestro amado Hijo, que es un abrigo seguro contra vuestra indignación, y una fuente inagotable de bienes.

El Señor. Si las reliquias de los Santos tienen tanta eficacia para conmigo, ¿qué poder no tendrá el Corazón de mi Hijo, que estando unido a la divinidad, participa de todas sus perfecciones y de todas sus prerrogativas? ¡Oh! ¡Si se conociera su excelencia y su mérito, qué confianza no se tendría con Él!

El Siervo. Vos solo, Dios mío, penetráis este abismo de perfecciones; Vos solo también podéis darme a mí entrada en Él. Concededme este favor, os lo pido por aquel celo que tenéis de la honra de vuestro amado Hijo, y de su Sagrado Corazón; abridme este adorable y del todo amable Corazón; descubridme las riquezas inefables, que en Él se encierran, para que yo tenga para con Él los sentimientos que se merece.

El Señor. Ningún objeto es más digno de tus anhelos, ni más propio para consolar una alma, alentarla y perfeccionarla; por esta razón he movido yo en todos tiempos a mis siervos a que le rindan un culto particular, y yo mismo he obrado diversos milagros para empeñarlos más a él.

El Siervo. Aquel que acabáis de hacer, oh Señor, es bien autentico (en Marsella se contuvo una peste); parece que Vos no nos heristeis con vuestro azote, sino para manifestar el poder y la caridad infinita del Corazón de Jesús.

El Señor. Tocado de la indiferencia de los hombres para con Él, he querido excitar su celo, descubriendo a sus ojos este Corazón divino, ardiendo de amor por ellos, y empeñado en socorrerlos. Propóntelo tú mismo, hijo mío, entra en Él frecuentemente con tu espíritu, reposa allí con mis fieles Siervos, y sacaras de Él con las mismas luces cada día más vivas, que te abrasarán más y más en su amor.

El Siervo. ¡Corazón de Jesús, reservorio de las almas puras! ¡Fuente de delicias, abismo de perfecciones! Objeto el más augusto y el más amable que hay en el universo; Vos seréis de aquí en adelante el blanco de mi amor, y el lugar de mi reposo: yo quiero vivir y morir en Vos, yo os escojo por mi morada, y no tendré otra que a Vos. Hic habitabo, quoniam elegi eam (Psalm. 131.)