PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN VII

SEGUNDA PARTE

SERMÓN VII DE DIFUNTOS

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Panem tuum super sepulturam justi constitue, præmium enim bonum thesaurizas in die necessitatis. Tob. IV.

Si fue, señores, muy digna de alabanza la antigua costumbre de la Sinagoga, que asimismo abrazó la Iglesia en los primeros siglos, de aparejar mesas sobre los sepulcros de los difuntos, o fuese para aliviar el sentimiento que se tenía de su pérdida, o bien para expiar sus delitos con las ofrendas repartidas a los pobres; es mucho más digna de ser alabada la religiosa costumbre que, con grande edificación de mi espíritu, veo practicada piadosamente de vosotros. Vosotros aparejáis con pompa magnífica, aunque con lúgubre aparato la Eucarística mesa, convidando a todos a alimentarse con este Pan de Vida, o a adorarle con actos de religión; con ésto, ¿quién no ve que habéis mejorado la antigua costumbre, la que, si bien fue introducida con piadoso fin, degeneró después por la corrupción de los tiempos, o en profanación de los sagrados templos, o en culto superfluo y tal vez supersticioso, de modo que por el celo de los Santos Ambrosio y Agustín fue extirpada, y se efectuó con un sentido más misterioso el consejo del viejo Tobías dado a su pequeño hijo: Panen tuum super sepulturam justi constitue, præmium enim bonum thesaurizas in die necessitatis. Así es, oyentes míos, con grande alabanza de vuestra piedad.

Permitidme, por tanto, que para conformarme a vuestros religiosos intentos, os hable de este Eucarístico Pan que habéis expuesto a la pública adoración, del cual las Almas del Purgatorio esperan en gran manera su alivio; y que asimismo os haga ver que Jesucristo en esta Divina Mesa ofrece con su Carne y Sangre el remedio y rescate para las Almas del Purgatorio.

Única proposición. Pidamos los auxilios de la gracia por intercesión de la Virgen.

AVE MARIA

No creáis, oyentes, que el Señor instituyese solamente para nosotros, que pasamos los días sobre la tierra, este Divinísimo Sacramento; lo instituyó también para alivio de las santas Almas del Purgatorio; instituyó el Señor, dice el Angélico Doctor, el Sacrificio de su Cuerpo y Sangre, para que se ofrezca sobre su altar para alivio de las Almas del Purgatorio. De aquí es, que me parece decirnos el Señor lo que el Patriarca Jacob dijo a sus hijos, cuando, careciendo de trigo su propio país, por más que ellos supiesen que abundaba en el Egipto, tardaban a partir allá a hacer provisión: veis que mi familia perece de hambre, y teniendo el remedio tan fácil, ¿no corréis a buscarle? Otro tanto paréceme, que nos dice el Señor desde aquella Sagrada Hostia: ¡ah fieles míos! las Almas de los difuntos privadas de mi vista desfallecen de hambre; y teniendo en Mí con qué recrearlas, ¿sois tan omisos y perezosos? acercaos a mi Mesa, y llevadles, con este trigo de los elegidos, el alivio.

Es verdad, oyentes, que tenéis muchos otros medios para sufragarlas; tenéis las limosnas, tenéis los ayunos, tenéis las indulgencias, tenéis las oraciones; pero, ¡oh lástima!, es tan grande nuestra tibieza, son tantas las distracciones, que esta moneda tan eficaz para pagar sus deudas, de ordinario no basta a satisfacer al acreedor. Al contrario sucede en este Pan de Vida, como no dependa su eficacia de la santidad del ministro, siempre se logra el deseado y pretendido efecto; pues que la divina justicia satisfecha por el valor y preciosidad de este Sagrado Pan, perdona a las Almas del Purgatorio toda deuda, siendo cosa muy asentada que basta que caiga alguna gota de los Sagrados Vasos sobre las pacientes Almas, para hacerlas limpias de sus manchas.

¿Y qué? ¿Acaso no sabéis que una sola parte del sacrificio de la antigua ley era bastante para santificar cualquier parte sobre la cual era aplicada del sacerdote? ¿Cómo, pues, podréis dejar de creer que la Carne sacrificada por el mismo Jesucristo sea poderosa para purgar, santificar y hacer a las Almas bellas y agradables a sus divinos ojos? ¿Y no sabéis también que el Ángel exterminador respetó a las puertas y casas de los hebreos sin acercar el azote a ellas, sólo porque las halló rociadas con la sangre del sacrificado cordero? ¿Cómo, pues, no podré yo deciros que las llamas vengadoras del Purgatorio respetan a las Almas rociadas con la Sangre del Cordero inmaculado?

¡Ah!, que no hay razón para teneros más suspensos en la duda, antes debo deciros que aquella preciosísima Sangre satisface con su valor infinito por las pasadas culpas, y libra a las Almas de sus penas, para conducirlas a los gozos sempiternos.

Para mejor comprehender ésto, mirad la feliz suerte que tuvo el afortunado Ladrón, quien, porque fue bañado con la Sangre de Jesucristo, pendiente del patíbulo en su compañía, oyó que se le decía, que había de pasar de la cruz al paraíso en el mismo día, sin que sus culpas, expiadas con aquella divina Sangre, hubiesen de purgarse con las llamas abrasadoras: Hodie mecum eris in paradiso.

Mas esta verdad ya está confirmada por el Abad Ruperto: siguió (dice) luego aquel ladrón venerable a Cristo, cuya fe le armó repentinamente contra aquel fuego, para que no le tocase ni hiriese. La voz saludable que el feliz ladrón oyó resonar a sus oídos, me parece ser la misma que la que oigo de la Divina Sangre derramada de los sagrados vasos; la cual va diciendo a cada una de las almas tan elocuentemente como allá en el calvario: Hodie mecum eris in paradiso: hoy, que se da cumplimiento a tu redención, hoy serás librada de tu suplicio, y quedarás salva. Sí, también tú, oh Alma escogida, pasarás de la pena a la gloria; y vendrás conmigo a reinar sobre aquel trono: Hodie mecum eris in paradiso.

Al sonido de esta amorosísima voz ¿cuáles deben ser los deseos y ansias de las santas Almas, solícitas de librarse de aquellas llamas abrasadoras? ¡Ah!, que a manera de un hombre sitiado del fuego, el cual yace sin poder escaparse, grita con flaca voz, agua, agua; gritan también las pobres abrasadas almas: Sangre, Sangre de Jesucristo: Sanguis ejus super nos. Sacrificios, Misas privilegiadas; sean cumplidos nuestros testamentos, sean ejecutadas nuestras últimas voluntades: Sanguis ejus super nos.

 

MORALIDAD

Ved aquí, fieles míos, el sufragio más poderoso para redimir las Almas del Purgatorio; debe ser Sangre de Jesucristo, aniversarios, Misas, que son las saludables hostias, sacrificios, y oblaciones; este es el remedio para librarlas de sus penas.

¿Y dónde hallaréis otro más poderoso para defenderlas de los justos castigos de Dios? Como no pueda hallarse, animémonos a sacrificar por ellas la Hostia pacífica en olor de suavidad sobre el altar, que ésto sólo basta.

Para exhortaros a esta piadosa obra de misericordia, imitad, os diré, la piedad de Judas Macabeo, quien después de haber derrotado el ejército de Gorgia, mas con el fervor de sus oraciones que con el valor de las armas, se fue con un destacamento de tropa a visitar el campo de batalla para reconocer los muertos, y hacerlos llevar al sepulcro de sus padres. Mas mientras quería ejercitar con los muertos este oficio de caridad, descubrió bajo sus ropas no sé qué dones consagrados a los ídolos, que hasta el tocarlos les era prohibido; a tal vista el religioso Macabeo, movido de compasión sobre aquellos infelices que se habían cargado de profanos despojos, pensó luego interceder con Dios para impetrarles la remisión de aquella falta. Mandó hacer por todo el ejército una recolección de dinero, y halladas doce mil dracmas de plata, las llevó al templo de Jerusalén, para que fuesen ofrecidos sacrificios al Señor en olor de suavidad. Haced otro tanto, vosotros oyentes míos, para alivio de las Almas de vuestros difuntos, que por las transgresiones de la divina ley son detenidas con fuerte cadena en el Purgatorio.

Aplicad para sufragio de ellas sacrificios santos, hostias inmaculadas, y rogad al Altísimo, que se digne mirarlas benignamente, así como se dignó aceptar los dones del justo Abel y del Patriarca Abrahan, y las ofrendas del sumo Sacerdote Melchisedech.

No habéis de buscar, como Judas, lejos de vosotros el altar, ni las víctimas para inmolar; ved allí el altar, ved la víctima, y al rededor los Ángeles Santos que la presentarán al divino trono.

Mas ya me parece amanecer en vuestras frentes nobles y fervorosas llamas de deseos para imitar el fervor del referido capitán. Veo ya levantar vuestras manos para derramar sobre las llamas purgantes la preciosa Sangre del Cordero; de aquí es, que lleno de gozo me acerco a la cárcel del Purgatorio, como Nabucodonosor a la puerta del horno de Babilonia, y digo a aquellas santas Almas lo que dijo él a los tres jóvenes hebreos: Servi Dei excelsi egredimini: Siervos de Dios altísimo, salid, salid, que los sufragios de estos oyentes devotos son ofrecidos para satisfacer por vosotros. Éstos os van a sacar de la prisión, Éstos han abierto el paso a la libertad tan suspirada por vosotros y han quebrado vuestras cadenas: Servi Dei excelsi egredimini.

A este convite despedácense los hierros duros, vista el Purgatorio aire de luz, salgan las Almas bañadas de resplandor: Statim que egressisunt de medio ignis; y vuelen al empíreo a coronarse de gloria. Amén.