MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

VISITAS

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Y A MARÍA SANTÍSIMA

San Alfonso María de Ligorio

 

 

DÍA TRECE

ORACIÓN

Señor mío Jesucristo, que por el amor que tenéis a los hombres estáis de noche y de día en ese Sacramento lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a todos los que vienen a visitaros; yo creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar; os adoro desde el abismo de mi nada, y os doy gracias por todas las mercedes que me habéis hecho, especialmente por haberme dado en este Sacramento vuestro Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por haberme concedido por mi Abogada a vuestra Santísima Madre la Virgen María, y haberme ahora llamado a visitaros en este lugar santo. Adoro vuestro amantísimo Corazón, y deseo adorarle por tres fines: el primero en agradecimiento de esta tan rica dádiva; el segundo para desagraviaros de todas las injurias que habéis recibido de vuestros enemigos en ese Sacramento, y el tercero porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más olvido.

¡Jesús amoroso!, os amo con todo mi corazón; pésame de haber ofendido tantas veces a vuestra infinita bondad, y propongo enmendarme ayudado de vuestra gracia. Miserable como soy me consagro todo a Vos, y entrego y pongo en vuestras divinas manos mi voluntad, afectos, deseos y todo cuanto soy y puedo. De hoy en adelante haced, Señor, de mí todo lo que os agrade; lo que yo quiero y lo que os pido es vuestro santo amor, el entero cumplimiento de vuestra santísima voluntad, y la perseverancia final. Os encomiendo las ánimas del Purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima, y os ruego también por todos los pecadores. En fin, amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos con los de vuestro amorosísimo Corazón, y así unidos los ofrezco a vuestro Eterno Padre, y por el amor que os tiene le pido en vuestro Nombre que los oiga y reciba benignamente. Amén.

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Aquí tendré puestos mis ojos y mi corazón todos los días (3. Reg. 9.)

Oye, alma deseosa de tu bien, esta regalada promesa que te hace Jesús en el Santísimo Sacramento del altar, donde se ha querido quedar con nosotros de día y de noche. ¡Ah Señor mío! ¿No bastaba quedaros en ese Sacramento de día, en que podíais tener adoradores en vuestra presencia que os hiciesen compañía, sino que quisisteis quedaros también de noche, en que los hombres se retiran a sus casas y os dejan solo? Pero ya os entiendo, Señor; el amor que nos tenéis no consintió que nos dejaseis ni por un instante. Esta sola fineza de vuestro amor debería obligar a todos los hombres a estar siempre en los templos hasta que los precisasen a retirarse, y ausentándose de ellos debieran todos dejar allí sus corazones y sus afectos, tan justamente merecidos de un Dios humanado que queda en el tabernáculo, siempre pronto para ver y remediar nuestras necesidades, esperando por decirlo así, que las almas sus amantes le vayan a visitar.

Sí, Jesús mío, os quiero ya contentar ahora mismo os consagro toda mi voluntad y todos mis afectos. ¡Oh majestad infinita de mi Dios! vos os quisisteis quedar en este divino Sacramento, no solo para favorecernos con vuestra presencia, sino principalmente para comunicaros a las almas escogidas. Más ¡ay Señor! ¿Quién se atreverá a acercarse a vuestra mesa y alimentarse de vuestra carne? pero más bien ¿quién podrá alejarse de este divino convite? Vos os quedasteis oculto bajo las especies sacramentales para entrar dentro de nosotros y poseer nuestros corazones, porque deseáis que os recibamos, y gustáis de estar unido con nosotros.

Venid pues, Jesús mío; venid, que deseo mucho recibiros dentro de mí, para que seáis el Dios de mi corazón y de mi voluntad. Cuanto es de mi parte, Jesús amorosísimo, cedan a vuestro amor satisfacciones, contentos, voluntad propia, y todo lo que es mío.

¡Oh amor de mi alma! ¡Oh Dios de amor! reinad, triunfad completamente de mí; destruid y sacrificad en mí todo lo que no es vuestro. No permitáis, amor mío, que mi alma, llena de la majestad de mi Dios después de haberos recibido en la sagrada Comunión, se deje en adelante prendar del amor de las criaturas. Os amo, Dios mío, os amo, y siempre quiero amaros más y más.

 

A MARÍA SANTÍSIMA.

¡Oh dulce María! sois la criatura más noble, más pura, más bella, más benigna, más santa y más amable de todas las criaturas. ¡Oh si todos os conociesen y amasen como merecéis! Yo quisiera amaros; mas conozco que no os amo como debo; haced, Señora mía, que de hoy en adelante os ame con un amor verdadero, eficaz y perseverante; si de veras os amo, me salvaré, porque esta es una señal de predestinación y una gracia que Dios solo concede a sus escogidos. Rogad por mí, Señora, rogad hasta que me vea en el cielo, seguro de no perder jamás la gracia de mi Señor, y de amarle por toda la eternidad.

 

SÚPLICA

Inmaculada Virgen y Madre mía María Santísima, a Vos que sois la Madre de mi Salvador, la Reina del mundo, la abogada, esperanza y refugio de los pecadores, recurro en este día yo que soy el más miserable de todos. Os adoro, oh gran Reina, y humildemente os agradezco todas las gracias y mercedes que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mis pecados; os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo propongo siempre serviros y hacer todo lo posible para que de todos seáis servida. En Vos, oh Madre de misericordia, después de mi Señor Jesucristo, pongo todas mis esperanzas; admitidme por vuestro siervo, y defendedme con vuestra protección; y pues sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones, y alcanzadme gracia para vencerlas hasta la muerte. Os pido un verdadero amor para con mi Señor Jesucristo, y por vos espero alcanzar una buena muerte. Oh Señora y Madre mía, por el abrasado amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudéis, pero mucho más en el último momento de mi vida; no me desamparéis hasta verme salvo en el Cielo, alabándoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén.