PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS- SERMÓN VI

SEGUNDA PARTE

SERMÓN VI

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Oblivioni datus sum tamquam mortuus a corde. Psalm. XXX. V. 13.

 

Es cuestión, oyentes míos, muy difícil de resolver, si el estado de los muertos es preferible al de los vivos. Sé muy bien que el Sabio se declaró altamente por la afirmativa: Laudavi magis mortuos quam viventes; yo he reputado los muertos más felices que los vivos; mas San Jerónimo observa que Salomón no consideró en esta expresión, sino la paz de la cual gozan los muertos en la sepultura, y las tempestades a las cuales los vivos están expuestos entre los tumultos de su vida mortal. Mas confieso también que, si se considera de otra parte el estado de los muertos relativamente al de los vivos, se hallará que la condición de aquellos es más deplorable en ciertas cosas, que la condición de éstos.

En efecto, si los consideramos con respecto al estado presente, o con la conexión que tienen con los vivos, hallaremos que están en un abandono tan extremado, que se ven no solamente separados de los cuerpos, y privados de sus bienes, sino también olvidados de sus parientes y amigos; y si bien todas estas cosas son dolorosas, y causan horror, confieso, sin embargo, que la más intolerable condición de los fieles difuntos es el abandono general de sus parientes y amigos.

De aquí es, que no me maravillo de que las Almas del Purgatorio estén privadas y despojadas de sus bienes, de los cuales no tienen más necesidad; sólo me maravillo de ver que ellas sean abandonadas y puestas en olvido de las personas de las cuales debieran ser muy amadas; manifiesta señal de la dureza e ingratitud del corazón humano.

Sí, hijos inhumanos, que suprimís todos los sentimientos de la naturaleza, poniendo en olvido a aquellos mismos que os han dado la vida; sí, herederos ingratos, que traspasáis todos los deberes de la gratitud, olvidándoos de quien os ha enriquecido con sus bienes. ¿Y es posible que con los padres, y con los deudos ha de usarse tan desmedida impiedad? ¿No han de explicar con razón sus quejas con aquellas palabras: Oblivioni datus sum tamguam mortuus a corde? ¿No han de padecer un sentimiento dolorosísimo por la dureza de los hijos y de los deudos? ¿No ha de ser el descuido de estos en procurar su alivio un tormento, que los hiera más vivamente que cualquier otro tormento?

Permitidme por tanto, oyentes amadísimos, que para impedir que vosotros seáis del número de éstos, yo os descubra esta tarde, cuán atormentadas sean las Almas del Purgatorio de sus parientes y amigos. Os mostraré, pues, cuán desapiadado tormento sea para las pobres Almas el olvido de sus deudos y parientes. Roguemos ahora al Espíritu Santo que ablande la dureza de tales corazones para que les haga impresión la divina gracia; lograremos esto con la oración de la

 

AVE MARIA

Para dar propio principio al asunto, y conducir el agua desde la fuente, es preciso que os recuerde las últimas voces que el refinado amor de vuestros deudos, con labios trémulos y moribundos, hizo resonar en vuestros oídos, y repita su sentimiento con las mismas fórmulas con que el desconsolado José recordó la obligación de su gratitud al beneficiado ministro, a fin de que intercediese con Faraón para quedar prontamente libre de su penosa cárcel: Memento mei, estas fueron sus palabras, cum bene tibi fuerit, ut suggeras Faraoni, ut educat me de isto carcere.

Estas expresiones, que son verosímilmente las que con ojos medios difuntos os enderezaron vuestros deudos, son las que más os acusan y condenan vuestras correspondientes protestas. En efecto: ¿no es la misma verdad, oh hijo, que tu padre se encomendó a tu amor antes de su muerte? ¿No es verdad que después de haberte dejado pacífico heredero de todas sus facultades, te dio con voces interrumpidas de suspiros: hijo acuérdate de mí? Veas, añadió, de dar esta recompensa a los afanes, a las ansias de tu padre para dejarte rico en vida, con no olvidarte de mí después de mi muerte, haz súplicas, ofrece sacrificios a Dios para que luego me libre de las penas del Purgatorio: Ut educat me de isto carcere.

Dime: ¿no pasó así, como te recuerdo?

Hija, ¿no es verdad que, reducida tu madre al extremo de sus días, te llamó cerca de sí, y mirándote como objeto el más tierno que dejaba en este mundo quiso hacerte los últimos encargos?; ella te encomendó el temor de Dios, y la paz con tus hermanos. No se olvidó de encargarte el cumplimiento de sus legados, y el cuidado de su alma. Y no pudiendo hablar más con la boca, substituyó las lágrimas, sirviendo estas a los ojos de una lengua enmudecida. Ella quiso darte el último abrazo, pero su debilidad no lo consintió; te tomó la mano, y apretándola fuertemente a su pecho, tales eran los afectos, las lágrimas y los suspiros, que fue necesario por no apresurar su muerte, sacarte a toda prisa de su presencia los asistentes; y recobrando quizá entonces los pocos alientos que le quedaban: a Dios hija mía, te dijo, a Dios, nunca te olvides de tu madre, y recibe ahora mi última bendición: Memento mei cum bene tibi fuerit: aplícame indulgencias, rosarios, limosnas para salir presto del Purgatorio: Ut educat me de isto carcere.

Dime, ¿no fue así como te recuerdo?

Viuda ¿no es verdad que recibiste inconsolable las últimas voces de tu consorte al ver que fijaba en ti sus débiles ojos; al oír que te tributaba con las últimas respiraciones los últimos afectos; y que te dejaba en posesión de su corazón, más que de todos sus haberes a fin de inclinarte más a compasión? Y al oírle decir: Memento mei, cum bene tibi erit: Esposa de mí muy amada, seas agradecida a mi afecto, que ya ves cómo te dejo dueña absoluta de todos mis haberes; sí, seas agradecida con enviar alguna oración a Dios, para que presto me saque salvo del Purgatorio: Ut educat me de isto carcere

Dime, ¿no pasó así, como te acuerdo, no pasó así?

Sí, sucedió de esta manera; y vosotros ¿qué les respondisteis, y qué les prometisteis? Así como el ministro de Faraón prometió al encarcelado José las atenciones de su gratitud para con el Soberano, así en igual modo les asegurasteis con la memoria indeleble vuestra gratitud; pero así como el ministro de Faraón se olvidó de José, así también se desvaneció la memoria de vuestras promesas. ¿Y podréis pensar que este vuestro olvido no les cause un tormento atroz?

Todos sabéis de cuán tranquilo y apacible ánimo fuese David , quien con alabanza inocente pudo decir al Señor: acordaos, mi Dios, de vuestro siervo y de su innata mansedumbre; y bien que Saúl armase continuas celadas a su vida, y anduviese ansioso de matarle por los montes y llanuras; sin embargo lograda la ocasión de vengarse no tuvo corazón de ensuciarse en su sangre; y aunque un soldadillo vil le cargó de menosprecios y le ensució de polvo y lodo, no obstante David no consintió que fuese detenido de sus guardias; solamente entonces cuando Nabal le negó villanamente alguna recreación para sí y para sus tropas sedientas y afligidas por la penuria en la desierta campaña, corrió con el hierro desnudo para hacer de él sangrienta venganza. ¿Qué contrariedad de afectos son estos en el corazón de David? ¿Cómo llegó la cólera a triunfar de su natural mansedumbre? ¡Ah! David cuando pastor había defendido de los lobos enemigos el rebaño de Nabal; muchas veces había expuesto a los despedazamientos de las fieras sus miembros, para que no quedase desgarrado un solo cordero de su grey; por esto, al oír que le negaba con descortesía un pequeño refresco en las propias angustias, esta ingratitud se le hizo intolerable a su espíritu, amargó sus más dulces inclinaciones, sin que supiese refrenar la indignación encendida del bárbaro desconocimiento.

Esto, pues, es lo que pasa en las desconsoladas Almas del Purgatorio. Cuándo se hallaban en el cuerpo se afanaron por vuestras ventajas, con sufrir descomodidades para enriqueceros, con exponerse a peligros a fin de dejaros abastecidos y acomodados en lo por venir; ahora necesitan de vosotros; y como David, por medio de sus soldados, así ellas, por medio de los sagrados Ministros, piden en agradecido reconocimiento algún alivio para sus penas; mas vosotros crueles, os hacéis sordos a sus voces, y con las orejas cerráis las entrañas a las necesidades de vuestros hermanos. ¡Oh cuánto las atormenta un desconocimiento tan ingrato! ¡Oh fea! ¡Oh abominable ingratitud!

 

MORALIDAD

¡Ojalá tuviera yo presente esta tarde a todos los demás, que nada solícitos de sufragar a los deudos difuntos, los dejan consumir en devoradoras llamas! Miserables les diría; ¿es posible que seáis tan inhumanos y crueles con ellos? ¿Dónde está la correspondencia? ¿Dónde la amistad? ¿Dónde la gratitud? ¿Dónde la fidelidad? ¿Dónde el parentesco? Si por la ley de la caridad somos obligados a amar y hacer bien a los enemigos, ¿cómo es que no améis y no hagáis bien aún a los deudos? Yo sé que si encontráis alguna vez en el camino algún mendigo llagado y asqueroso, se os conmueven a compasión las entrañas, y que si veis desangrar a un corderito, os enternecéis de modo que no podéis sufrir ni mirar aquella inocente mortandad. ¿Por qué, pues, no usáis con los deudos difuntos aquella piedad, que usáis con una bestia? ¿Por ventura sólo con ellos os portaréis como unos tigres desapiadados, y como unos perros rabiosos? Pero no, que si aun queriendo vosotros portaros como unos brutos, no podréis dejar de ser agradecidos y compasivos.

Cuando entregada la famosa Rodas a Solimán, señor de los turcos, mandó este salir de la ciudad a los caballeros, uno de ellos por temor de que el bárbaro, no guardando los conciertos de la entrega como había hecho otras veces, le pasase a filos de la espada, se quedó escondido en un pozo seco; pero no habiéndole quedado comida alguna, se miraba ya constreñido a morirse de hambre; y así sucediera a no ser que un perro suyo, único testimonio de sus desventuras, que se acogió en casa de un turco, de quien recibía todos los días un mendrugo de pan, con piedad no propia de bruto, corría veloz a echar abajo del pozo la provisión. Lo hizo tantas y tantas veces, que el turco sospechoso de lo que era, se puso un día a seguir las huellas del perro, y mirando suspenso la catástrofe, ¿aquí, pues, le dijo, tú yaces infeliz? Sal fuera, y no temas de mí, que no quiero ser vencido de un bruto en la gentileza; si un perro te ha conservado por gratitud la vida, yo quiero por piedad librarte de la muerte; dicho esto le sacó fuera libre y salvo.

Es, señores, el Purgatorios pozo de llamas: Puteus abyssi; en él gimen inconsolablemente vuestros deudos tan beneméritos de vosotros. ¿Qué decís, pues? ¿Queréis portaros como unas bestias con ellos? Hacedlo, pues me está muy bien, pero acordaos que un perro también se acordó de echar un mendrugo de pan a aquel dueño que le había antes alimentado. ¿Y no querréis después expender una limosna, un sufragio a favor de las Almas vuestras bienhechoras, que gimen en un pozo de cruelísimo fuego?

Pero ya que no hay en este devoto auditorio hombres tan desapiadados e ingratos, convierto mi razonamiento a vosotros, mis oyentes, para exhortaros a que supláis con redoblar vuestros sufragios la falta de ellos, y a que compenséis con otra tanta compasión la dureza de los otros.

Ahora es el tiempo de autenticar la palabra que disteis en la muerte de vuestros deudos, jurándoles que no os olvidaríais jamás de ellos, y que procuraríais lograrles con sufragios el reposo eterno.

Ahora es el tiempo de mostrarles vuestra gratitud, la cual, si es verdadera y sincera pasa más allá de los funerales, y no viene a menos ni con el tiempo, ni con la muerte.

Vosotros podéis como Aarón apagar sus llamas con alguna pequeña incomodidad; en vuestras manos está el sagrado incensario, y los puros olores están en vuestras manos. Suba a lo alto esta nube de perfumes olorosos por medio de vuestras limosnas, y sean apagados sus ardores. No se necesita de otro, que de alargar la una y la otra mano, es decir, si empleasteis otras veces el dinero en tantas delicias, en tantas superfluidades, en juegos, en visitas, en amores, debéis ahora hacer una santa profusión a favor de vuestros padres y deudos difuntos. Esto basta para que, emulando la piedad de Aarón, se apague como entonces el fuego devorador.

Sea, pues, vuestra la gloria de haberles apagado las llamas, y sacado de aquella cárcel obscura, y transferido a la admirable luz de la claridad de Dios. Mas como no lo podéis hacer sin el socorro de la divina gracia, Vos, Redentor amabilísimo, que sois fuente perenne de ella, derramadla en abundancia en los ánimos de mis oyentes, para que puedan continuar en favorecer a las afligidas Almas y librarlas por medio de sus sufragios de la penosa cárcel del Purgatorio; ablandad, Dios mío, la dureza de los vivos que son crueles con sus difuntos, para que cumpliendo con sus obligaciones, no los atormentan más con su olvido. Os lo pedimos por estas sacrosantas llagas, que adoramos en vuestra santísima humanidad, y para que nuestros pecados no impidan el logro de esta gracia, arrepentidos y contritos decimos: Señor mío Jesucristo etc.