Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

joven

Absténte

El refrenamiento de los sentidos, el dominio de sí mismo, la abnegación, el tener a raya los deseos, no son un fin pero sí son un medio para alcanzar la libertad de espíritu, para someter el cuerpo al espíritu. Por eso debes sacrificarte muchas veces en cosas pequeñas. Por ejemplo: haz con alegría tu tarea, aunque te resulte cuesta arriba; prívate de cuando en cuando de alguna diversión, de algún placer, de algún plato, por mucho que lo desees, etc. Estos ejercicios de voluntad te servirán de entrenamiento para lograr tener una voluntad fuerte.

Los romanos llamaban virtus tanto a la virtud como a la fuerza; esto significa que no hay virtud sin esfuerzo y sin victoria alcanzada sobre nosotros mismos.

Tanto la ciencia especulativa como la misma vida diaria dan la razón a las palabras de Jesucristo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt 16, 24). No es buen jardinero el que, por sentimiento de compasión, no poda inexorablemente del rosal los retoños excesivos. Como no da rosas el rosal que jamás sintió el filo de las tijeras. De modo análogo, no tendrá voluntad fuerte el joven que nunca supo negarse ninguno de sus deseos. Por eso Tomás de Kempis escribe sabiamente en la Imitación de Cristo: «Tanto adelantarás en el bien cuanto sepas dominar tu voluntad.»

Llaman un día a la puerta de Macario, ermitaño del desierto: «Padre —le dice desde fuera un labrador—, le traigo un precioso racimo de uvas. Acéptelo, le servirá de refrigerio.»

Macario toma con gratitud el presente y bendice al hombre; pero cuando mira el apetitoso racimo, se dice para sus adentros: «¿No lo necesita acaso más que yo el venerable ermitaño que vive a mi lado?» Lleva el racimo al ancia­no ermitaño vecino suyo. Éste lo toma con gratitud y alegría, pero después, estando ya a solas, se pone a pensar: «¡Qué bien sentaría este raci­mo al hermano Nazario que está enfermo!» Y se pone en camino para llevár­selo. Pero Nazario tampoco quiere comerlo: «¿Cómo podría yo comer esto? A mi Salvador le dieron a beber hiel en la cruz. Yo quiero ser discípulo suyo.» De esta forma va peregrinando el racimo de una celda a otra, hasta el ocaso del sol, cuando uno de los ermitaños llega para ofrecerlo, a su vez, a Macario. El anciano quedó enormemente contento al verlo de nuevo; se alegraba por tener compañeros tan generosos y olvidados de sí mismos.

Esto es fuerza de voluntad. Estos hombres sabían lo que es la abne­ga­ción, la renuncia. Sabían abstenerse. Haz algo tú semejante cada día. Cada día haz algo que te cueste.

Sólo poseemos aquello que podemos privarnos. Somos esclavos y no dueños de aquellos tesoros que consideramos imprescindibles. Quien preten­da educar a los hombres, debe dominarse primero a sí mismo.

No pierdas ningún día. Hay hombres que toman la resolución de realizar todos los días una obra buena. Y si por la noche notan que durante ese día no se han ejercitado en el bien, se reprochan a sí mismo con estas palabras: «He perdido este día.»

Ejercítate

Ejercítate tú también en vencerte cada hora, cada día. No necesitarás buscar mucho la ocasión: se te ofrecerán a millares, aun en tu vida de estu­dian­te.

Aquí te propongo algunos ejercicios:

Si no puedes evitar algún mal, un dolor, una prueba… no te quejes, súfrelo con paciencia. No lloriquees: «¡Ay, qué sed tengo!», «¡Ay, cuánto me duele la cabeza!»,«¡Ay, cómo me aprieta el zapato!». Acuérdate de Nuestro Señor Jesucristo crucificado, y sufre, sufre sin decir palabra.

Lo que has decidido tienes que hacerlo. Cueste lo que costare; no importa. Lo que has empezado no lo dejes a mitad de camino. Hay jóvenes que cada cuarto de hora esbozan nuevos planes sin rematar uno solo felizmente.

Cumple con escrupulosa fidelidad el deber de cada día, hasta el más pequeño deber. Porque si vale la pena hacerlo, vale también la pena de que lo hagamos bien.

Ahí tienes la lucha matutina con la almohada, lucha en que tantos jóvenes quedan vencidos; si suena la hora, salta en seguida de la cama.

Domina siempre tu humor, sea cual fuere, bueno o malo. Has de moderarte hasta en las alegrías, en el entusiasmo. Lo mismo en el hablar que en el callar.

Medio fenomenal para robustecer la voluntad es el tener a raya nuestros sentidos. No dejes vagar la mirada continuamente. No mires todo lo que excita tu curiosidad. Una gran muchedumbre se agrupa en la calle; la curiosidad te importuna por dentro. No importa. Quiero ejercitarme un poco en vencerme a mí mismo. No iré, y… no iré a ver lo que pasa.

Y domina también tu lengua, lo que resulta terriblemente difícil. No descubras el secreto que se te ha confiado. No divulgues maliciosamente las faltas de los demás. No murmures. No punzes con traidora ironía a los presentes y no hables mal de los ausentes. No te extasíes oyéndote a ti mismo hasta el punto de no dejar respiro a los demás ni ocasión para que puedan hablar. No presumas de tus propias hazañas. Por último, persevera siempre en la verdad, aunque sea en detrimento tuyo. No mientas nunca, ni en las cosas pequeñas, aunque pudieras lograr grandes ventajas a cambio de una pequeña mentira.

También el momento de la comida brinda muchas ocasiones para dominarte a ti mismo en el ejercicio de la abnegación. Para ello, no busques lo que más te gusta, no llenes el estómago, no comas con voracidad.

¿Ves cuantas ocasiones se te presentan? Pero debes ejercitarlas y no contentarte con saberlas. A nadar se aprende, no leyendo, sino nadando. Y en las paralelas nunca sabrás imitar el vuelo del águila por mucho que te lo expliquen, si no te ejercitas todos los días.

«Procedan según el espíritu, y no satisfagan los apetitos de la carne. Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu los tiene contrarios a la carne», nos avisa San Pablo (Ga 5, 16—17).

¿Quién de vosotros no ha sentido esta lucha, esta guerra entre el bien y el mal, que nos hace decir a veces como San Pablo: «Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor» (Rom 7, 22—23).

Por tanto, si deseas ser libre no retrocedas ante la guerra sin cuartel contra la propia comodidad y regalo. No pases ningún día sin realizar algún sacrificio.

David se hizo famoso por su gesto heroico, haciendo morder el polvo al gigan­te Goliat. Pero esto no es lo más admirable de él. Ya nombrado rey, un día se encontraba con sus tropas frente a los filisteos, entre Belén y Jerusa­lén; el calor sofocante había secado todos los riachuelos y fuentes; entonces suspiró: «¡Ah, si alguno me diera a beber agua de aquella cisterna que hay en Belén junto  a la puerta!»

Oyen el suspiro tres soldados de los más valientes, y pasan a través de las filas filisteas, y, en medio de continuos peligros de muerte, traen el agua a su rey. David, atormentado como estaba por una sed abrasadora, derrama en el suelo el agua tan anhelada en «libación… en obsequio del Señor», con estas pala­bras: «¡Y yo bebería la sangre de estos hombres que han ido a exponer su vida!» (II Reyes, 23, 14—17).

¿Qué sacrificó David? Nada más que un sorbo de agua.

¿Qué perdió con el sacrificio? El placer de un solo momento.

¿Qué ganó? El respeto profundo y entusiasta de sus soldados, el robus­te­ci­miento de su voluntad y la gracia de Dios, ya que ofreció el agua en obse­quio del Señor.

Las hazañas heroicas están hechas de pequeñas cosas, lo mismo que los sacri­ficios agradables a Dios.

Los antiguos griegos pitagóricos llenaban su mesa de platos exquisitos; sentábanse ante los manjares escogidos con el estómago vacío, y, después de haberlos mirado largo rato, se levantaban y se iban sin haber tocado nada.

¡Qué tontos eran!, exclamará alguien. Pero si tú lo meditas con serenidad, indu­dablemente sentirás el respeto que impone un gesto heroico. Porque sabían muy bien estos paganos la importancia decisiva de vencerse a sí mismos, de la abnegación, del ejercicio de la voluntad.

Ejercítate tú también renunciando a algunas cosas y verás cómo el gozo comienza a manar de las fuentes de tu alma, porque ha brotado de un golpe de azadón, es decir, del esfuerzo doloroso de tu abnegación. Este gozo, esta alegría profunda, nace siempre que dominas un deseo, una inclinación, siempre que haces un sacrificio para cumplir con tu deber, siempre que eres generoso con los demás.

 El gallo del pintor japonés

Cuenta una leyenda japonesa que un comerciante rico hizo un encargo peculiar a un pintor. Debía pintar un gallo, pero con la mayor fidelidad posible. Después del encargo, el comerciante esperó varios años sin que tuviera ninguna noticia del pintor. Por fin, llegó a cansarse de tanto aguardar, y se fue a ver qué pasaba con el cuadro. Todavía el pintor no había comenzado el cuadro. Pero el pintor hizo sentar al comerciante, se puso a trabajar, y al cuarto de hora tuvo acabado el cuadro. Una obra maestra, irreprochable. El comerciante se entusiasmó… Cuando llegó el momento de pagar quedó espantado al oír la enorme suma que el pintor se atrevía a exigir por aquel trabajo de «un cuarto de hora» y estalló en indignación. Para contenerle, el pintor, con un gesto, señaló el montón de papeles que inundaban todo el estudio. En cada hoja había dibujado un gallo. «Estos cuadros los he pintado durante tres años, y sólo mediante tan largo ejercicio he logrado la destreza necesaria para poder hacer en tan breve tiempo y con tanta perfección un cuadro del mismo asunto. Ahora bien, he de cobrar el precio de mis largos ensayos», dijo el pintor. El comerciante le dio la razón, y pagó la suma pedida.

Para el pintor cada nuevo cuadro resultaba más fácil que el anterior, y el último no le costó más que un cuarto de hora. Lo mismo en la educación, los principios siempre son los más difíciles. Cuanto más practiques el bien, más fácil te resultará. Si queremos que la voluntad nos obedezca en todo y que haga con facilidad y perfección el bien que nos hemos propuesto, hemos de ejercitarla continuamente durante años.

Puedes ejercitarte con mil pequeñeces, y con cuanta mayor frecuencia lo hagas, con más facilidad podrás permanecer dueño de ti mismo en las cosas importantes.

Por la mañana salta aprisa de la cama y di para tus adentros: «Un poco de dominio de mí mismo.»

Si te duele una muela, no te quejes, y di para tus adentros: «Un poco de dominio de mí mismo.»

¿Es muy sugestivo el libro y tienes que hacer otra cosa? Ciérralo en el pasaje más emocionante: «Un poco de dominio de mí mismo.»

¿Te entra un hambre devoradora y te sientas a la mesa? Espera unos minutos antes de empezar a comer.

Tus padres han salido, y tú les has prometido quedarte en casa para estudiar. A los cinco minutos llama a tu puerta Juan: «Javier, aquí están tus amigos; vamos a jugar un partido de fútbol». Fuera, una espléndida tarde de sol; dentro, en el cuarto sombrío, un fastidioso problema de Matemáticas. Se enta­bla la lucha: ¿has de decir «sí» o «no»? «He prometido que me quedaría en casa. ¡Sí! Pero los compañeros se reirán de mí si echo a perder el partido. ¡Qué bien si saliera un rato! Pero me regañarán mis padres. Y si vuelvo antes que ellos, sin que ni siquiera se enteren. Pero… ¿y el problema de Mate­má­ti­cas? Pues muy sencillo: mañana diré que «me puse enfermo.» Pero esto no es verdad… Así van sucediéndose los argumentos. Los muchachos que acom­pañan a Juan se impacientan. Por fin, después de un duro combate, suelta la frase: «Han de disculparme, hoy no puedo ir…» Los muchachos se van, Javier se queda en casa. Quizás en los primeros momentos mira pesaroso cómo se van alejándose. Pero después se queda con la paz y la alegría del deber cumplido. En la segunda o tercera ocasión ya no le costará tanto decidirse, y al fin, considerará la cosa más natural del mundo decir «sí» en seguida, cuando se trate de cumplir el deber.

Esfuérzate por adquirir progresivamente una disposición continua, resuelta, sin titubeos, por hacer el bien. Sólo así llegarás a practicar el bien como por costumbre, con facilidad y alegría, sin pensar en los pros y los contras, volviendo las espaldas instintivamente al mal.

Continuará…