PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN V

SEGUNDA PARTE

SERMÓN V DE DIFUNTOS

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Quis mihi tribuat, ut sim juxta menses pristinos? Job. – XXIX. V, 2.

Con razón podéis admiraros, señores, de que Job, héroe tan celebrado de todos los Padres, muestre desear, con las palabras de mi tema, la ventura de sus primeros años y de su felicidad temporal; felicidad a la verdad frágil y transitoria, la cual todos los santos de uno y otro testamento poseyeron sin afecto, y perdieron sin dolor; mas cesará vuestra admiración, si consideráis que Job había hecho tan santo uso de su buena fortuna y de sus abundantes riquezas, que deseaba volver a gozarlas, no para pasar una vida deliciosa y delicada, sino para consagrarlas a la gloria de Dios, y alivio de los pobres, conforme lo había hecho en los días felices, cuando, según él mismo nos asegura, tenía Dios cuidado de protegerle y guardarle de las injusticias de los hombres y de los insultos de los demonios.

Yo creo que vosotros ya prevenís mi pensamiento, y juzgáis que voy dibujando el argumento de las penas de las pobres Almas del Purgatorio. En efecto, no hay alguna de ellas que no manifieste los mismos deseos de Job, y no diga en su extremada tribulación Quis mihi tribuat, ut sim juxta menses pristinos? ¡Ah! ¿Quién hará que yo me halle, como me hallaba en los días de mi juventud, para tener todos los medios de satisfacer a la divina justicia, como los tuve en mi vida mortal? Y a la verdad, ¿qué no harían ellas, si se les concediese la suerte feliz de reunirse con sus cuerpos? ¿Con qué fervor repararían su antigua negligencia en el servicio de Dios? ¿Con cuántos ardores de celo se esforzarían a satisfacer a su justicia, y lograr con una rigurosa penitencia la expiación de sus faltas pasadas, no sólo de las de comisión, sino también de las de omisión? ¿Y qué harían para evitarlas, aunque no fuesen sino veniales, para aplacar a la divina justicia, y preservarse de las penas merecidas en la otra vida?

¡Oh terribles pecados de omisión tan despreciados de los mortales! Entre las varias suertes de pecados de omisión, por los cuales son castigadas rigurosamente las Almas en el Purgatorio, es, señores, la omisión de la mortificación del cuerpo; y para repararla desearan como Job, si fuese voluntad de Dios, recobrar el tiempo pasado, y los años de su juventud para satisfacer a su justicia.

Vosotros quedareis convencidos de ello, si llego a manifestaros esta irrefragable verdad: las Almas del Purgatorio desean vivamente, pero en vano, vuelva el tiempo pasado para reparar la omisión que tuvieron de mortificar sus cuerpos durante su vida; lo que voy a probaros con la ayuda de la gracia: pidámosla por intercesión de la Virgen diciéndole:

AVE MARIA

Como el alma y el cuerpo sean dos partes esenciales que componen al hombre, sucede que mientras están juntos se hallan siempre en la participación del bien o del mal que hacen, del vicio o de la virtud que practican, del pecado que cometen, o de la penitencia que en este mundo ejercitan; e igualmente en el otro se hallarán en la misma participación de las penas o de los premios que merecieron en esta vida mortal.

Las Almas justas que están en el Purgatorio comprehenden ahora esta verdad, mucho mejor que cuando estaban unidas a sus cuerpos. Por esto, no hemos de maravillarnos que digan con Job: Quis mihi tribuat, ut sim juxta menses pristinos? Sí, esto piensan y dicen, mas lo dicen y desean inútilmente; ¡qué dolor, pues, debe ser el suyo por haber acariciado su cuerpo, y dejado de mortificar su carne, cuando la animaban con el espíritu de la vida! Y, si se les concediese la suerte que desean, ¡qué inocente crueldad ejercitarían sobre sus sentidos, que fueron los instrumentos de sus desórdenes, y los ministros de sus iniquidades! Se sacarían los ojos, según el precepto de Jesucristo, y se cortarían los pies y las manos, si les fuesen motivos de escándalo y ocasiones de ruina y de pecado.

Yo estoy cierto que no habría alguna de ellas, que no siguiese el ejemplo del Apóstol, cuando, proponiéndose por modelo de un perfecto penitente, decía que todos los atletas observan en todo una grande templanza, y sin embargo no lo hacen sino para ganar una corona corruptible; cuando nosotros esperamos una corona inmarcesible; yo en cuanto a mí, añade, corro y no corro a la ventura, maltrato ásperamente mi cuerpo, y lo reduzco a la esclavitud, temiendo que, después de haber predicado a los otros, sea yo reprobado.

Mas desean en vano la vuelta del tiempo pasado, para reparar con estas y semejantes obras la condescendencia que tuvieron con sus cuerpos, y la penitencia que dejaron de hacer de sus pecados en esta vida; por esto les es forzoso padecer en el Purgatorio todas las penas que han merecido en sus cuerpos, o por los pecados que han cometido, o por la penitencia que han dejado de hacer.

 

MORALIDAD

Yo aquí no puedo bastantemente llorar la ceguedad de la mayor parte de los cristianos, los cuales por la demasiada delicadeza, por el amor propio, por el excesivo cuidado de acariciar su carne, y por la natural repugnancia que tienen al padecer, prefieren el satisfacer en el otro mundo con las penas del Purgatorio a la divina justicia, a hacerla propicia en esta vida con la mortificación del cuerpo, y con algunos rigores de penitencia. ¡Oh cuán diferentes fueron los sentimientos que tuvo san Pablo de la severidad de los juicios de Dios! pues acordándose de haber sido enemigo de Jesucristo, y perseguidor de sus místicos miembros ¡cuán santa crueldad ejercitó en su cuerpo, a fin de expiar los pecados que había cometido! ¡Y con cuántas penas procuró añadir en su mismo cuerpo lo que faltaba que padecer por Jesucristo a favor del Cuerpo Místico de su Iglesia!

En pocas palabras él mismo lo dice: he sufrido todo género de males y de fatigas, de vigilias frecuentes, de hambre, de sed, de ayunos, de frío y de desnudez. Ahora decidme, si el Apóstol San Pablo sufrió tantas penas en su cuerpo y espíritu, temiendo fuese reprobado ¿qué no deberán temer estos cristianos, que no quieren padecer cosa en este mundo, para lograr en esta vida con la compensación de la penitencia la impunidad de sus delitos en la otra? ¿Cuántos tormentos habrán de sufrir en el Purgatorio para expiar este apego que tienen a su carne? ¡Oh Dios! ellos pueden satisfacer con algunos días de ayuno, de abstinencia, o de cualquiera otra austeridad; pueden mortificar sus cuerpos, enflaquecer la concupiscencia, domar las pasiones y sujetarlas al espíritu; impedir que el pecado establezca su reino en su carne mortal, y apartar con este inocente artificio la mano vengadora de Dios, que no deja sin castigo al pecador, sea quien sea, o en este mundo o en el otro. Y sin embargo estos delicadísimos hombres, indiscretos y mal aconsejados, no quieren padecer cosa. ¡Qué locura! … ¡Qué engaño!

Si se consideran como pecadores y como hijos de Adán, ¿no saben por ventura que han heredado los castigos iguales a los que mereció su padre? Si se consideran como justos y como miembros de Jesucristo, ¿cómo pueden ignorar haber participado no menos de la Cruz, que de la gracia de Jesucristo? Y, sin embargo, obran contra su propia conciencia y contra las luces de la fe y de la razón, prometiéndose la impunidad de sus faltas, sino en cuanto a la culpa, a lo menos en cuanto a la pena, sin querer expiarlas por medio de la penitencia, o como virtud, o como sacramento. ¿Qué presunción hubo jamás tan mal fundada, y menos racional que esta?

Tristes habitadores de los desiertos, penitentes de los primitivos siglos, vosotros no lo pensasteis, ni lo hicisteis así. Convencidos de que es preciso satisfacer a Dios en esta vida, o en la otra; horrorizados hasta la médula de vuestros huesos, no había dolor tan agudo que no sufrieseis con paciencia, ni mortificación tan prolongada, a que no os condenaseis con generosa resolución; tendidos en el duro suelo, o sobre las piedras, extenuados de ayunos y vigilias, pálidos, descoyuntados, mantenidos de raíces e insípidas legumbres os consolabais con este pensamiento: en cualquier estado que me halle, estoy incomparablemente mejor de lo que estaré en el Purgatorio; dadme, Señor, un poco de descanso, le decíais a Dios con David, para que recobre mis fuerzas antes de salir de este mundo; llamando vuestra penitencia una especie de refrigerio, en comparación de aquellas insoportables llamas, de cuyo rigor os precavisteis por este medio: Remitte nihi, ut refrigerer, priusquam abeam.

Estos, oyentes amadísimos, son los sentimientos que cada uno de vosotros debe concebir en este día; esto es lo que cada uno de vosotros debe decir, teniendo un verdadero amor, una verdadera compasión a vuestra débil naturaleza, y a vuestra delicadeza natural; ejercitaos cuanto podáis en oraciones, en fatigas, en ayunos, en obras de piedad, en ejercicios santos, a fin de satisfacer ahora por vuestras deudas a Dios, y tener menos que satisfacer en la otra vida, para huir cuanto sea posible las penas acerbísimas, que nos están preparadas en el Purgatorio.

Amabilísimo Redentor de las almas, ahora conocemos la necesidad que tenemos de ejercitarnos en oraciones, en austeridades y en obras de piedad, a fin de satisfacer por nuestras deudas para no tener, o tener menos que satisfacer después de la muerte.

¡Ah Jesús amado! concedednos gracia para que nos resolvamos a expiar de veras nuestras culpas, y sepamos en adelante evitar la caída en ellas. Os lo pedimos por estas sacrosantas llagas, que adoramos en vuestra santísima humanidad, y para merecer de Vos esta gracia, os pedimos arrepentidos perdón de ellas, y con un corazón hecho pedazos por el dolor decimos: Señor mío Jesucristo etc.

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.