Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 25ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

VIGESIMOQUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

QUINTO DOMINGO DE EPIFANÍA SOBRANTE

El Quinto Domingo de Epifanía este año no pudo ser celebrado en su lugar, antes de Septuagésima, como consecuencia del comienzo de la misma; por ese motivo se lo celebra ahora, así como el Cuarto y el Sexto Domingo, pues tenemos veintisiete Domingos después de Pentecostés.

Pues bien, el Evangelio de este Domingo nos relata la parábola del Trigo y la Cizaña:

Semejante es el Reino de los Cielos a un hombre que sembró buena simiente en un campo. Y mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Y después creció el trigo e hizo fruto, apareció también entonces la cizaña. Y llegando los siervos del padre de familias le dijeron: Señor, ¿por ventura no sembraste buena simiente en tu campo? ¿Pues de dónde tiene cizaña? Y les dijo: el hombre enemigo ha hecho esto. Y le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la recojamos? No, les respondió; no sea que recogiendo la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega, y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primeramente la cizaña y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo en mi granero.

Esta parábola es una de las más misteriosas y más instructivas del Evangelio.

Unos versículos más abajo, San Mateo nos dice que Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Afortunadamente pidieron y obtuvieron una explanación y dilucidación. De este modo, tenemos directamente de Nuestro Señor la interpretación genuina e incontestable.

Él les respondió de este modo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los Ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Tal es la interpretación que nos da Nuestro Señor Jesucristo.

Adoremos esta Palabra divina y meditémosla muy cuidadosamente.

Hagamos una aplicación práctica a nuestros días, teniendo como perspectiva los veinte siglos que han pasado desde que Nuestro Señor pronunciara esta parábola y diese personalmente su explicación.

¿Cómo se verifica, hoy, esta parábola? ¿En qué punto concreto nos encontramos de esta mezcla perversa de buen trigo y cizaña? ¿Prevalece el trigo? ¿La cizaña está asfixiando casi por completo al buen grano?

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El misterio de la iniquidad está en marcha desde ahora, le escribía San Pablo a la joven cristiandad de Tesalónica, hace ya veinte siglos, dando el significado y la aplicación de la parábola de la mala hierba: Porque el misterio de la iniquidad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida.

Santo Tomás, comentando estas palabras dice así: “El Apóstol explica la causa de la demora del Anticristo. Y este texto tiene muchas interpretaciones, porque misterio puede estar en nominativo o en acusativo.

En el primer caso, el sentido es éste: digo que a su tiempo se dará a conocer, porque incluso el misterio, esto es, figuradamente ocultado, ya está obrando en los hipócritas, que parecen buenos y, en realidad son malos, y están haciendo el oficio del Anticristo, “mostrando, sí, apariencia de piedad, pero renunciando a su espíritu” (II Tim. 3, 5).

En el segundo caso, o en acusativo, se interpreta así: porque el diablo, con cuyo poder vendrá el Anticristo, ya empezó ocultamente a perpetrar sus iniquidades, por medio de los tiranos y engañadores; porque las persecuciones a la Iglesia de este tiempo presente son figura de esa última persecución contra todos los buenos; y, en comparación con aquélla, son como una copia imperfecta respecto del original.”

Sea que consideremos el misterio de iniquidad como obrando ya en los hipócritas, que están haciendo el oficio del Anticristo…, sea que atendamos a las persecuciones a la Iglesia de este tiempo presente como figura de aquella última persecución…, hay motivos de preocupación…

¿Qué podemos hacer para no caer en el desánimo, para permanecer de pie y poder hacer frente a la acción del cizañero?

Debemos meditar los datos que nos proporcionan la Sagrada Escritura y la Tradición; así como también las enseñanzas de la Teología respecto de la historia de la Iglesia, dejándonos esclarecer y fortalecer por esa viva luz.

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Ahora bien, la Revelación y la Teología nos suministran datos claros y precisos.

Un primer punto se refiere a las realidades que se encuentran comprometidas, las sociedades que entran en juego.

Primero, la Ciudad de Dios, tal como Jesús la ha instituido para siempre: santa, inmaculada, invencible; pero destinada a serle configurada por la Cruz; destinada a llevar la Cruz todo el tiempo que dure su peregrinación; pero, igualmente segura de su victoria.

Por otro lado, su enemiga irreductible, la ciudad de Satanás, con sus falsas doctrinas y su prestigio mundano y sus complicidades eclesiásticas. Ella se ensaña contra la Ciudad de Dios, pero sus tentativas siempre terminan en fracasos.

Según la misma explicación de la parábola hecha por Nuestro Señor a sus Apóstoles, el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo.

Si aceptamos esta realidad, si reconocemos el estado de hecho de la Iglesia, con esa mezcla de trigo y cizaña hasta el fin, estaremos inmunizados contra la ilusión que espera un tiempo en que la Iglesia no contará más con pecadores, al abrigo de los traidores, sin tener que cargar con la Cruz junto con su divino Esposo.

Tampoco podemos esperar una época en que la sociedad temporal se transforme en un nuevo y renovado paraíso terrenal

Siempre, de una u otra manera, la Iglesia y la Sociedad estarán inficionadas por los venenos diabólicos; a pesar de que la Iglesia se esfuerce por contrarrestarlos, no cesando de inspirar y esperar su restauración final en Cristo y por Cristo.

Esta lucha durará hasta la Parusía… No podemos soslayarlo ni olvidarlo… Esta tensión no se aplacará ni endulzará progresivamente… No hay reconciliación posible… Siempre la cizaña intentará sofocar y oprimir al trigo, aunque se organicen muchos Congresos Interreligiosos de Asís y muchas Jornadas Internacionales por la Paz…, menos aún si la estructura y disposición de éstos es irreverente, sacrílega y blasfema…, simple y pura cizaña…

En cuanto a la Iglesia en sí misma, el Evangelio nos enseña que, lejos de encontrar un trigo de calidad superior, que iría mejorando de siglo en siglo, por el contrario, siempre se encontrará mezclada con el buen grano la cizaña, la cual, a medida que nos vayamos acercando del fin, crecerá en poder y malignidad, a punto de sofocar completamente al trigo…

El Diablo ataca la Iglesia desde fuera y desde el interior. San Pablo lo dice: peligro de bandidos y peligro de compatriotas…, peligro de los paganos y peligro de los falsos hermanos

La lucha que se lleva a cabo desde afuera consiste especialmente en pervertir la Sociedad temporal para organizar la contra-Iglesia.

La lucha desde el interior radica en la autodestrucción de la Iglesia.

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Esto es lo que nos enseñan la Revelación y la Teología… lo que la simple experiencia y observación atenta de la realidad nos muestra…

Algunos encuentran decepcionante, pesimista y negativa esta prédica…

Nosotros sabemos que, incluso en ese período en que todo se fundirá ante el avance irresistible de las fuerzas del mal, debemos recordar que el Señor estará presente, a pesar de las apariencias… Tal vez durmiendo, como en la barca en medio de la tormenta…

Lo que Él nos pide es que permanezcamos unidos a Él; y hacer todo lo posible para ayudar a la perseverancia de nuestros compañeros de lucha y de infortunio.

Esta actitud, este estado de alma, es posible, si tenemos en cuenta que la historia dura propter electos; si la consideramos en relación a Jesucristo y a la eternidad, y no en primer lugar en relación a este mundo; si comprendemos que, incluso en la gran apostasía del fin de los tiempos, el Señor viene, y nada ni nadie puede impedirle que reúna a sus elegidos.

En efecto, ¿por qué la duración de los tiempos? ¿Por qué la sucesión de los siglos? ¿Por qué la continuación de la historia? La respuesta es simple, pero tan profunda como difícil de digerir: en vista del perfeccionamiento del Cuerpo Místico, para el bien de los elegidos, propter electos.

¿Hasta cuándo? Hasta el día deseado en que, ante la fidelidad de la Iglesia, consumida en las tribulaciones del fin de los tiempos, el Señor encierre al demonio y a sus secuaces en el lago eterno de fuego y de azufre, en el lugar de la segunda muerte…, y recoja el trigo en su granero…

La finalidad suprema de la historia, aquella a la cual todo le está subordinado, no es temporal sino eterna: es la manifestación, por la Iglesia, de la gloria de Cristo y del poder de su Cruz en todos los Santos y en todos los espíritus bienaventurados.

Es por un designio de amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión, que pase, en cierta medida, por la experiencia de las tinieblas y de la agonía del Huerto de Getsemaní.

Si el Señor quiso para su Esposa, al fin de los tiempos, una experiencia más profunda de la Agonía de Getsemaní, conforme al dejad hacer hasta el fin, es también porque quiso darle pruebas todavía más profundas de la eficacia de su poder y de la intensidad de su caridad.

La Iglesia no deja de compartir la Pasión de su Esposo… ¡Ni tampoco de su victoria!

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El día del regreso del Señor está cerca. Después de este día, el Diablo no tendrá más la manera de acechar el talón de las murallas de la Ciudad Santa para intentar seducir y corromper.

Cristo obtuvo la victoria por la Cruz, en unión con la Iglesia su Esposa, que es custodiada en oración junto a la Virgen Inmaculada.

En sus luchas, la Santa Iglesia no cesa de ser asistida por la Santísima Virgen, que desde el momento de su Inmaculada Concepción ha aplastado la cabeza de la serpiente y por su Compasión ha obtenido la gracia de interceder universalmente por los hombres.

Y en la medida que el demonio, desde hace cinco siglos, redobla su acción y su violencia, la Santísima Virgen nos da pruebas más vivas de su intercesión. Incluso por sus apariciones en Rue du Bac, Lourdes, Fátima… nos da pruebas milagrosas.

Además, estos mensajes se reducen a una sola cosa: reactualizar el mensaje inmutable del Evangelio en las luchas de nuestro tiempo.

Si en lugar de soñar con ilusionadas restauraciones o en quiméricos triunfos temporales de la Iglesia, escuchásemos con plena docilidad las solicitudes de la Virgen Santísima, seríamos mucho más fuertes para aplastar con Ella la cabeza de la serpiente.

Nosotros creemos y confiamos en que la Virgen Inmaculada, Reina de los Mártires, nos rodea con una ternura tanto más fuerte, tanto más atenta, cuanto más y más seamos hostigados por los enemigos.

La Virgen del Huerto y del Calvario, es la misma que la de las grandes visitas milagrosas sobre nuestra tierra miserable… Ella es la Virgen victoriosa de todas las batallas de Dios, como la llamara Pío XII.

Que estas reflexiones sobre la historia humana en presencia de Jesucristo, que es el Soberano Señor de ella, nos persuadan de que somos amados y custodiados por Dios.

Que, a través de todas las contingencias de la vida y las vicisitudes del mundo, nos sea dado el ser vencedores en Jesucristo por su Cruz, junto a su Santísima Madre.

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Me parece importante y oportuno, para terminar, recordar algunos puntos que deben meditarse y, en base a ellos, tomarse decisiones:

1º) Las profecías bíblicas que se refieren al triunfo de la Iglesia en la presente edad señalan un crecimiento de la iniquidad que culminaría con la apostasía.

2º) La palabra Ecclesia (del griego ekkaleo = elegir, apartar) significa una congregación de hombres apartados, entresacados de entre la gran muchedumbre. Una iglesia que recibe y abarca a todos los hombres es una contradicción “in terminis”.

3º) La Iglesia no ha de reinar ahora sobre el mundo, puesto que es entresacada del mundo. No ha sido encargada de conquistar al mundo.

Resulta pues:

a) No nos ha sido encargada la conquista del mundo.

b) Jesús nos avisa, expresamente, que tal cosa no acontecerá en la presente edad.

c) Jesús nos manda que no esperemos la realización del Reino Mesiánico, sino la vuelta del Señor para que realice este Reino.

4º) No se trata de cruzarse de brazos en una espera estéril de la Venida del Señor, sino de ser dóciles instrumentos en las manos del Espíritu Santo con el fin de apresurar la congregación y presentación de la Esposa.

Querer redimir al mundo y querer fundar en la presente edad el Reino espiritual que abarque todas las naciones, es usurpar la tarea que el Padre tiene reservada para su Hijo.

5º) La enseñanza que se debe sacar de la parábola de la cizaña es que la pequeña grey de verdaderos fieles ha de estar mortificada, acrisolada por la continua y creciente infiltración de los hijos del maligno entre la colectividad cristiana.

6º) Terminantemente se nos enseña no sólo que el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, irá obrando el misterio de iniquidad en el seno de la Cristiandad. El misterio de iniquidad va en aumento. Presenciamos tiempos peligrosos, y vendrán aún mayores.

7º) En la presente edad, no será la Iglesia mediante un triunfo del Espíritu del Evangelio, sino Satanás mediante un triunfo del espíritu de apostasía, el que ha de llegar a un reino que abarcará a todas las naciones. Pues el Reino Mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.

8º) El estado normal de la Iglesia en la presente edad es la persecución y no el dominio del mundo. Esta persecución no es su muerte, sino su vida; y el peligro mortal que amenaza a la Iglesia consiste en la fornicación con los reyes de la tierra con que Satanás la tienta constantemente.

9º) Se ha objetado que esta doctrina presenta una sombría perspectiva del futuro; que es la filosofía de la desesperación; que está opuesta a la idea popular de que el mundo va progresando en el bien. Muchos agregan, sarcásticamente: “si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo“.

La Verdad Divina no es agradable al cristiano mundano. ¿Acaso la predicación de Noé agradaba a los que la oían? Sin embargo, el diluvio vino. ¿Acaso era agradable lo que Jeremías profetizaba al pueblo judío? Sin embargo, sobrevino la terrible suerte de la ciudad y la cautividad de Babilonia. ¿Acaso era agradable lo que anunciaban los profetas al pueblo judío, vaticinando la ceguera y la ruina? Sin embargo, rechazaron a Cristo atrayendo sobre sí la ruina y la dispersión.

10º) La Iglesia, lejos de vencer la iniquidad que hay en el mundo, será acrisolada por esa misma iniquidad, que va penetrando desde el principio entre los cristianos. De este modo, la iniquidad irá aumentando hasta llegar esos tiempos peligrosos, que las Escrituras anuncian con tanta insistencia. Y agradable o no, tenemos que clamar a voz en cuello para que el trigo no sea sofocado por la cizaña, y los panes ázimos se guarden de la levadura.

Aunque esta doctrina dura desagrada y desespera al cristiano mundano, el verdadero discípulo de Cristo la guarda con fidelidad y amor. Lo confirma no sólo en su fe en Cristo, sino también en su acatamiento a los dogmas de la Iglesia, y lo orienta en los tiempos tormentosos por los que estamos pasando. No se desespera ni pliega los brazos para esperar la Venida de Cristo, durmiendo. Lleno de una “viviente esperanza”, la más “bienaventurada esperanza”; se esfuerza por salvar a algunos de esta mundana generación pecadora y adúltera.

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En concreto, engañado por las mentiras de clérigos, teólogos, filósofos, políticos y economistas, el verdadero católico busca una luz que lo oriente.

Y no podrá hallarla sino en la Tradición Católica y en las Profecías.

Busquemos, pues, esa luz allí donde se encuentra, especialmente en el Apocalipsis del Apóstol San Juan, profecía sobre la Parusía o Segunda Venida de Cristo, con todo cuanto la prepara y anuncia.