PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN IV

SEGUNDA PARTE

SERMÓN IV DE DIFUNTOS

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Si abluerit Dominus sordes filiarum Sion; in spiritu judicii. Isai. IV. V. 4.

Si presupuesta la ordenación del alma racional a la bienaventuranza sempiterna, es disposición próxima para constituirla bienaventurada la pureza e inocencia, por la cual, a manera de purísimo oro, se halla limpia de cualquier mancha; es, señores, porque, siendo la bienaventuranza la perfección suprema y la más noble forma de las almas, pide en el sujeto la más perfecta disposición, a lo menos negativa, que consiste en la limpieza de cualquier mancha que la puede afear; mas se ha de advertir que no cualquier mancha vuelve al alma indigna de conseguir su último fin; de otra manera sería moralmente inevitable la eterna miseria, por la moral imposibilidad de evitar todo tropiezo en tantos despeñaderos que se ofrecen a nuestros ojos para caer.

De aquí es que saliendo un alma de las ataduras del cuerpo con alguna culpa leve, no debe, por una parte ser excluida de la bienaventurada visión, y, por otra, entrar en la posesión antes de ser del todo limpia. Por esto Dios, siempre recto en sus juicios, la pone en el Purgatorio, donde la acrisola, al decir de un profeta, como plata y como oro, hasta que hecha toda bella, toda pura, no halle más obstáculo que la detenga de entrar en el gozo de su Señor; aquí la purga según el rigor de su justicia de todas aquellas heces de tierra, que contrajo el alma unida con el cuerpo: Si abluerit Dominus sordes filiarum Sion; in spiritu judicii; tal y tanta pureza se necesita para tener silla y honor entre los bienaventurados espíritus, y fijar los ojos en la divina eterna luz.

Mas, ¿cómo podré manifestaros los crueles y acerbos tormentos que padecen las pobres almas al purificarlas Dios de las manchas de las culpas veniales con el fuego devorador del Purgatorio? No de otra suerte que explicándoos cómo el Señor concurre a hacerles el Purgatorio penoso; porque las limpia según el rigor de su justicia. Faltará, es verdad, a mi voz aquella virtud que un asunto tan compasivo y lastimoso pide, mas espero confiadamente lograrla por la mediación de la Virgen Santísima, a quien saludo con el Ángel.

AVE MARIA

 

La misericordia y la justicia son, señores míos, las dos manos con las cuales gobierna Dios el universo. Conviene, pues que estas manos sean muy iguales entre sí, y así deben ser igualmente poderosas en el obrar, igualmente infatigables, igualmente maravillosas. Pero ¿quién no sabe que usando Dios de la misericordia ha hecho acciones mucho mayores de lo que pueda alcanzar toda creencia? Convendrá, pues, decir que, cuando Dios venga a emplear de propósito la justicia, haya de hacer obras igualmente increíbles y portentosas; de manera que, así como cuando quiso hacer pompa de la misericordia, obró de modo que pareció casi estar sin justicia, así, cuando quiera hacer pompa de su justicia, se porte de forma que muestre casi estar sin misericordia.

¿Cuál será, pues, su rigor cuándo así castigue como justo? Sólo lo podéis decir vosotras que lo experimentáis, oh Almas afligidas y atormentadas; que a nosotros nos falta toda idea para declararlo; sin embargo a fin de que concibáis, oyentes, alguna imagen, acordaos de la orden que Dios dio a Ezequiel de tomar con una mano una balanza, y de empuñar con la otra una espada.

Yo no me paro en la intimación divina dirigida a significar la venidera mortandad de los judíos, los cuales en pena de sus pecados quedaron parte consumidos de hambre, y parte víctimas del hierro; paso sí, a considerar las dos condiciones terribles de esta balanza, y de esta espada.

Le ordenó Dios que la balanza fuese de un fiel tan delicado que pesase hasta los cabellos, y que la espada tuviese tan agudo el corte que los partiese por medio; y en esta imagen, figuraos el grande y justo Dios armado en el Purgatorio de estos dos instrumentos.

Él con la balanza pesa toda negligencia en el divino servicio, toda distracción de entendimiento, toda afición menos ordenada; y con la espada las castiga tan severamente, que el suplicio más atroz de este mundo pierde en su cotejo el ser de suplicio, y llega a ser recreación.

¡Grande y eterno Dios! ¡Cuán formidables son vuestros juicios! ; que sea intimado de un Profeta a un Baltasar impuro y sacrílego, que hay una balanza invisible en la cual también se pesen los Monarcas; que puesto él sobre esta balanza, sea hallado de peso muy inferior al que pide la severa justicia, no me es arduo el entenderlo; pero que sobre esta balanza caigan por el peso aun las Almas justas, que por una palabra menos recta salida de sus labios, hayan de sujetarse a un juicio tan riguroso, siento sorprenderme de tal horror, que ni tengo entendimiento para percibirlo, ni lengua para explicarlo.

Ya, pues, no tengo reparo en afirmar que el Purgatorio es propiamente el teatro donde comparece la justicia divina con todo el semblante de su rigor, más que en el infierno; es verdad que en el infierno imprime una idea de sí más espantosa por su duración; un Dios que nunca se aplaca, es un objeto de mayor terror; sin embargo no sorprende tanto el considerar la justicia de Dios encendida de ira contra los condenados, que son sus declarados enemigos, pues para seguir el partido del mundo, de la carne y del demonio desertaron del campo de Dios de Israel; mas las Almas del Purgatorio son sus esposas amadas, las cuales juntaron muchas riquezas de virtudes, practicaron muchas obras buenas; y si por desgracia las afeó algún defecto por la infeliz condición de la fragilidad humana, no fue sino un pequeño borrón, que no les quita la belleza, sino que sólo les abaja el color, ¿y no obstante castigarlas con tanta severidad? ¡Ah! que en el Purgatorio, como os decía, más que en el infierno comparece la justicia divina con todo el semblante de su rigor.

 

MORALIDAD

Este conocimiento, señores, parece que me quita un velo de los ojos del entendimiento, y me desvanece aquellas tinieblas de horror, que espesas y densas me han embarazado hasta ahora. Yo hubiera tenido por cosa leve una inclinación, una ojeada, un sonriso ¿qué puede ser, decía entre mí, un acto de curiosidad? ¿Un dicho jocoso? Mas ahora, por medio de este conocimiento, concibo que no es jamás ligera aquella culpa que va a herir a un objeto de infinita bondad, de infinita perfección. Pues, si tanta severidad muestra Dios, aunque sea infinitamente misericordioso, con las Almas del Purgatorio, convengo en decir que soy muy temerario en ofenderle, aun cuando me lisonjee de ser menos pecador.

Y si Dios, que no hace jamás cosa que no sea justísima, castiga en las Almas tan amadas toda culpa ligera con el suplicio intolerable del fuego, luego, ¡oh terrible, pero verdaderísima consecuencia!, luego toda culpa ligera no es, ni puede ser ligero mal.

Así lo hemos de discurrir, mis amadísimos, y lo discurrieron los varones espirituales, y los Santos, los cuales para librarse de las penas, justísimamente debidas por sus ligerísimas faltas, hicieron en vida cuanto pudieron para satisfacer por ellas con la penitencia y con el llanto. En efecto, yo leo en las historias humanas, que un Eugenio clérigo por una ligera distracción se condenó por cuarenta días a sufrir día y noche todas las inclemencias del tiempo; leo que un Eusebio solitario por una ojeada curiosa condenó a sus ojos a una larga mortificación de muchos años, no permitiéndoles mirar al cielo; leo que santa Catalina de Sena por un acto de curiosidad se disciplinó muchos días hasta derramar sangre; leo…. pero ¿qué me canso? Puede decirse de todos los Santos lo que escribe el máximo Doctor San Jerónimo de santa Paula, que lloraba vivamente y castigaba los pecados veniales, como si fuesen las más enormes y horribles maldades, por no exponerse a arder en las llamas del Purgatorio y experimentar los rigores de la divina justicia.

Aquí en vida lloran sus defectos, aquí los castigan, aquí los satisfacen con ayunos, con limosnas, con mortificaciones, con penitencias. Y nosotros, amados oyentes míos, ¿qué hacemos? ¿Cuántas lágrimas hemos derramado hasta ahora por nuestras culpas veniales? ¿Qué penitencia hemos hecho? ¿Somos, por ventura, de aquellos insensatos que van diciendo que un poco de Purgatorio luego pasa? Voces son estas de quien no entiende lo que dice; ¿un poco de Purgatorio? ¿Y cómo un poco, si los pecados veniales son tantos? ¿Un poco de Purgatorio pasa presto? ¿Y no pasa más presto una mortificación con la cual refrenéis aquella impaciencia, con la cual contengáis aquellas ojeadas, aquellos movimientos, aquellos tratos? ¿Un poco de Purgatorio pasa presto? ¡Oh palabra de quien ni ama a Dios, ni a sí mismo; no ama a sí mismo, porque antes elige penas atrocísimas que descontentar en bagatelas y en nonadas a su amor propio; no ama a Dios, porque, por no dejar ciertas aficiones a las ciegas, no cuida de cumplir perfectamente su voluntad!

¡Oh sí entendiésemos qué quiere decir un poco de Purgatorio! ¡Oh si entendiésemos qué quiere decir un poco de experimentar los rigores de la divina justicia, que castiga a las Almas del Purgatorio con los ardores intensísimos de un fuego devorador! ¡Cuánto más solícitos seríamos de enmendar toda falta, aunque mínima! ¡Cuánto más vigilantes seriamos en huirla!

¡Oh amado Jesús! inspirad Vos esta santa solicitud; no permitáis que esperemos a conocer el mal de los pecados veniales, cuándo estemos en la experiencia de sus castigos; dadnos gracia que los lloremos ahora, y que usemos ahora de toda diligencia para huirlos.

Mas porque las ocasiones de recaer son tan frecuentes, y nuestras fuerzas son tan flacas, esforzadnos Vos con ayudas frecuentes y poderosas; a fin de que os mantengamos aun en lo poco, la fidelidad que os debemos; y así viviendo cuanto más podamos apartados de toda culpa aunque ligera, merezcamos después de la muerte llegar presto a la posesión de vuestro reino; y para que seamos merecedores de esta gracia, postrados delante el trono de vuestra majestad, os pedimos perdón, piedad y misericordia, y con el corazón verdaderamente contrito decimos: Señor mío Jesucristo etc.

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.