PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS -SERMÓN III

SEGUNDA PARTE

SERMÓN III DE DIFUNTOS

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De excelso misit ignem in ossibus meis. Thren. I. V. 13.

Aquel santo recíproco nudo de correspondencia, de amistad, de sociedad que estrecha y enlaza entre sí la militante Iglesia con la purgante (Comunión de los santos), es, devotos oyentes, el que me conduce a vosotros en este día para poneros delante los ojos las penas de aquellas atormentadísimas Almas.

Al acordarme que aquellos difuntos son los que tuvieron las comunes costumbres y oficios con nosotros, que fueron miembros y parte de esta misma ciudad; me siento inspirado a perorar a su favor. ¡Oh! ¡Pluguiese a Dios que lograse excitar en vosotros la ternura, que en el Antiguo Testamento Judas Macabeo expresó tener a los soldados muertos en la pelea, por los cuales ofreció al Señor sacrificios! O aquella de la cual en el Nuevo fueron animados un San Nicolás de Tolentino, una Santa Gertrudis y un San José de Leonisa, los cuales procuraban librar con sufragios de las penas del Purgatorio aquellas benditas Almas, o a lo menos aliviarlas de algún modo en sus tormentos.

Pluguiese a Dios que penetrados de compasión os movieseis a sufragarlas; para que sueltas de los lazos que detienen su vuelo, pudiesen luego remontarse hasta el seno del mismo Dios. Ciertamente, quien a vista de su penar se mostrase duro, daría señales de ser de un genio brutal, y de costumbres brutales; pues que el heredero debe a uno de aquellos difuntos las riquezas de que goza, los hijos les deben el aire que respiran, y todos les debemos con cierto respecto los ejemplos, la crianza, la piedad y la educación; y a más de esto encerrados en una penosísima cárcel, los abrasa el fuego con sus llamas, de modo que penetrados de un sumo dolor claman cada uno con las palabras de Jeremías: De excelso misit ignem in ossibus meis: el Señor envió de lo alto fuego en mi interior.

¡Oh pena! ¡Oh tormento! ¡Oh martirio! Para daros una idea de la grandeza de las penas que les causa aquel fuego, ved aquí en pocas palabras su materia; los dolores de las Almas del Purgatorio son extremados, porque la potencia de Dios alimenta allá un fuego devorador, destinado a vengar las ofensas hechas a Él.

Esta será la única proposición. Antes de empeñarnos a probarla, pidamos las luces del Espíritu Santo por intercesión de la inmaculada Virgen, saludándola con el Ángel.

AVE MARIA

Para dilucidar la proposición propuesta son de notar las tres particulares especies de Bautismo que conforme a sus perfecciones quiso Dios instituir.

Instituyó su misericordia un bautismo de agua para limpiar a los hombres vivos del pecado original, y hacerlos nuevas criaturas, reengendradas en gracia y dignas de entrar en la Iglesia militante, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, y verdaderos hijos del Padre celestial.

Instituyó el amor de Dios un bautismo de sangre para los mártires, que mueren en los suplicios en defensa de la fe, a fin de purificarlos de todas las manchas de pecado, y hacerlos dignos ciudadanos de la Iglesia triunfante.

Finalmente la potencia de Dios instituyó el bautismo de fuego para purificar los muertos en la Iglesia purgante, es a saber en el Purgatorio, de las faltas veniales, a fin de hacerlos dignos del Cielo, donde no puede entrar cosa alguna de impureza.

Este es el bautismo de fuego, que el Profeta Isaías nos quiso significar en figura, cuándo, hablando a los hebreos, dijo que el Señor salvaría a las hijas de Sion después de haberlas purificado de sus inmundicias en un espíritu de justicia y de ardor, es a saber, por medio del fuego.

Por estas palabras misteriosas y figuradas han reconocido los cristianos por medio de la luz de la fe, que las purificaciones legales de los hebreos no eran sino sombras, y que el alma del hombre hecha carnal por su afecto desordenado a la carne y a los sentidos, no podía sanar de la llaga y de la inmundicia del pecado en este mundo, sino mediante la unción de la gracia del Espíritu Santo; ni purificarse en el otro, supuesto el orden predefinido, sino con un espíritu de justicia, y con un espíritu de ardor.

Esto significa el Real Profeta cuándo dice que el Señor hará nacer sobre el monte de Sion una obscura nube en el tiempo del día, esto es, la luz obscura de la fe, en el día de la vida presente; y una llama encendida en el tiempo de la noche, esto es después de la muerte : Et splendorem ignis flammantis in nocte.

¿Y quién no ve que esta llama encendida es propiamente la del fuego del Purgatorio, de la cual se sirve la potencia de Dios en la otra vida para vengar sus ofensas, y para purificar las almas justas de los pecados veniales de que son reas, los cuales no expiaron con una saludable penitencia antes de separarse de sus cuerpos?

¡Oh qué acerbísimas penas es menester que creamos son aquellas! ¡Cuán intensas! ¡Cuán vivas! A la verdad sus dolores son tan terribles y acerbos, que si pudiesen hacernos concebir una idea, aunque tenue de su estado, nos explicarían el exceso de sus penas con estas palabras de Job: los males que yo sufro, son tan grandes, tan penosos, y tan insoportables, que mis palabras están aún del todo llenas de amargura, y la violencia de mi dolor sobrepuja de mucho a mis gemidos y a mis suspiros.

Sí, hermanos míos, los dolores que sufren las Almas del Purgatorio, exceden de todo punto a los lamentos que salgan de su afligido corazón, estos son humildes y moderados, más aquellos son extremados y violentos; y de tal modo campea aquí el poder de Dios, que a pesar de lo que pasa en la naturaleza, sabe unir su duración con la violencia; duración que, aunque temporal y en cierto modo pasajera, no deja de representarnos los enojos de un Dios justiciero; bien que siempre inferior a la duración eterna que seguirá eternamente a los desventurados en el infierno.

¿Y qué otro nos quiso significar el Profeta, cuándo dijo que la voz del Señor es aquella que divide las llamas del fuego: Vox Domini intercidentis flamam ignis? Yo sé bien, que David en la descripción figurada que hace de los efectos del trueno, no quiere decir otro en el sentido literal, sino que la voz omnipotente de Dios divide y hace abrir las nubes para disparar sus rayos sobre la tierra. Más yo discurso en cuanto a mí, que en el sentido espiritual Dios divide el fuego del infierno del fuego del Purgatorio, y separa la duración eterna de aquel, de la duración transitoria de este.

Fácil os es pues, de conocer, cuán inapeables sean al entendimiento humano los dolores que padecen aquellas benditas Almas, porque la potencia de Dios mantiene este fuego en una actividad siempre igual, sin resfriarse y sin apagarse, para hacerle vengador el más executivo, y justo reparador de las injurias hechas a su soberana Majestad; y si hay alguna desigualdad en su ardor, esto acontece según las reglas de su divina sabiduría, que proporciona el rigor de las penas a la calidad de los pecados.

Busquemos en la Escritura alguna familiar comparación, que nos exprese alguna ligera figura de la grandeza de sus tormentos; aquellas de las cuales se sirven Job y David me parecen las más propias, y más naturales para ello.

David perseguido cruelmente de su propio hijo Absalón, se queja humildemente con Dios, y le dice: los golpes de vuestra indignación han pasado sobre mí, y los terrores con los cuales me heristeis me conturbaron enteramente. Notad aquí, que David se compara a un hombre expuesto a todas las olas de un mar furiosamente agitado de la tempestad, las cuales cubren el navío, y le destrozan por todas partes. Tal era el estado a que este Príncipe se veía reducido, sintiéndose herido de todos los golpes de la ira de Dios, como de tantas olas de una furiosa tempestad, en la cual iba revuelto y combatido.

Casi la misma comparación había adoptado el Santo Job, cuándo lamentándose decía a Dios ¡ah Señor! Vos multiplicáis contra mí los efectos de vuestra cólera, y yo estoy asediado de males, como de un ejército; pero había dicho antes que el murmullo de sus suspiros era semejante al de la inundación de las aguas. Ved aquí una idea de los males, que sufren las Almas del Purgatorio; ellas están metidas en un mar de fuego y de amargura, y como embestidas de impetuosas olas de la indignación de Dios, que las oprimen, y no las perdonan como si fuesen sus mayores enemigas.

 

MORALIDAD

Pero ¿quién, señores, no se moverá a compasión de tan miserable estado? ¿Y no temerá los espantosos castigos, que descarga Dios sobre las Almas en el Purgatorio? ¿Qué pecador reo de culpas graves no temerá de ser castigado con atroces tormentos, viendo que las Almas justas son castigadas con tormentos tan acerbos por las leves? ¡Ah! Si in viridi ligno hæc faciunt, os diré las palabras de Cristo dichas a las hijas de Jerusalén, in arido quid fiet? si las Almas, que por sus virtudes son árbol verde, son castigadas tan rigurosamente, ¿qué será de los pecadores abominables, que por sus maldades son leño seco? ¿Y no habrían de aprender de aquí los pecadores una verdadera idea de la justicia de Dios?

Más yo quiero que la aprendan particularmente de la persona del mismo Jesucristo; porque es cierto, que ninguno sabría formarse una idea de mayor terror, y de una turbación más espantosa, que la agonía voluntaria de nuestro amado Salvador; cuándo cayendo sobre Él todo el peso de la cólera de su Padre, estuvo postrado en el huerto de Getsemaní, y padeció entonces en lo más profundo de su alma una mortal tristeza, de modo que le hizo sudar gotas de sangre de todo el cuerpo. ¿Qué será pues ¡oh Dios mío! cuándo el pecador que ha abusado de la Sangre de vuestro Hijo vertida por su salud, se hallará en algún día oprimido de toda la aspereza de vuestro furor? Y si el leño verde ha sido tratado de esta manera, ¿qué se hará del leño seco? Si in viridi ligno hæc faciunt, in arido quid fiet?

En efecto, hermanos míos, si Jesucristo que fue árbol de la vida, lleno de frutos de gracia, de verdad y de justicia, fue tratado con tanto rigor por los pecados de los hombres, no nos espantemos de ver padecer ásperamente, ya los más santos en esta vida, ya las Almas justas en el Purgatorio; mas ¿qué no han de temer los malvados, que son ramos secos, estériles y separados del tronco, cuándo ven oprimido de males de ignominia y de dolores aquel, que es la misma santidad?

Creedme, almas cristianas, y persuadíos que sólo al pie de la Cruz conviene aprender las verdaderas ideas de la justicia de Dios; aunque ayuda también mucho a aprenderlas el fuego del Purgatorio, que la potencia de Dios mantiene, para que sea reparador de las injurias a Él hechas, y para castigar a las almas por sus culpas y limpiarlas de sus manchas.

¡Oh amabilísimo Redentor mío! a vuestras divinas plantas confesamos que por ser reos de graves culpas cometidas contra vuestra soberana Majestad, merecemos ser castigados después de nuestra muerte con mayores suplicios, que aquellos con que lo son las benditas Almas por medio del fuego, que ejecuta vuestros decretos, y repara vuestras ofensas.

¡Oh y cuál debe ser nuestro temor de ser castigados así en la otra vida! porque si las Almas son tan cruelmente castigadas por las culpas leves; ¿no lo hemos de ser nosotros más por las graves? y lo que es más; si Vos, que sois árbol verde por las virtudes, fuisteis tan severamente castigado de vuestro eterno Padre por los pecados ajenos, ¿no lo hemos de ser más nosotros, que somos leños secos por los propios?

Penetrados por esto de un santo temor, os suplicamos por las llagas santísimas que adoramos en vuestra humanidad, que nos concedáis gracia para llorar las culpas con que hemos merecido ser atormentados con aquel fuego, que nos está aparejado, y librarnos de los eternos ardores.

¡Ah Jesús mío! con el corazón hecho pedazos por el dolor, con lágrimas de un verdadero arrepentimiento decimos todos: Señor mío Jesucristo, etc.

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.