PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN II

SEGUNDA PARTE

SERMÓN II DE DIFUNTOS

4bc88afcb36b4b862184f50b326dde70

Ecce non est auxilium mihi in me. Job. VI. V. 13.

Estas son las palabras con que se lamentaba Job de sus desgracias: Ecce non est auxilium mibi in me: yo no hallo en mi algún consuelo. Cosa admirable, oyentes míos; este incomparable hombre, sí, este incomparable hombre hallóse de repente reducido a tan extrema miseria que, siendo su cuerpo casi todo devorado de horribles llagas, teniendo el espíritu mortificado por el temor de Dios, y viéndose despojado de todos sus bienes y destituido de todo socorro humano, estaba, según dice Orígenes, sobre su muladar, donde ni podía estar echado, ni sentado, ni menos en pie; no hallando reposo alguno, ni alivio en cualquiera parte que se volviese; por esto con mucha razón decía, que no hallaba en sí algún alivio, bien que tuviese toda su fuerza, toda su paciencia, y toda su perfección.

¿Qué os parece, señores míos? ¿No es esta una pintura muy al vivo de las Almas del Purgatorio? En efecto aunque ellas estén en estado de gracia, y tengan toda la fuerza necesaria para sobrellevar sus males, y toda la debida paciencia para esperar su libertad, sin embargo es necesario confesar que su fuerza va acompañada de flaqueza; este es un obstáculo, que las reduce a una impotencia absoluta de procurar a sí mismas la eterna felicidad.

De otra parte les falta el mérito para abrirse por sí mismas el Cielo; por esto se hace forzoso el decir, que estas pobres Almas están reducidas a una impotencia absoluta, la cual consiste en ser como esclavas afligidas, que con toda su paciencia no pueden abrirse el Cielo por falta de mérito. Ved aquí, oyentes, el asunto de que vengo a hablaros esta tarde; pidamos las luces del Espíritu Santo por la intercesión de la Santísima Virgen.

AVE MARIA

No sé si habéis observado, señores, la diversidad que hay entre las penas de los elegidos en este mundo, las de los justos en el Purgatorio, y las de los condenados en el infierno; las de los primeros son utilísimas, las de los segundos son estériles, las de los terceros son absolutamente sin provecho; las de los elegidos en este mundo son utilísimas, porque un momento de aflicción les granjea todo el peso de una gloria eterna en el Cielo; las de los condenados son absolutamente sin provecho, pues no podrán jamás aplacar la justicia de Dios en sus suplicios, ni obtener la remisión de sus pecados, ni en cuanto a la culpa, ni en cuanto a la pena; semejantes en esto a aquel infeliz Callistene, del cual se hace mención en el libro de los Macabeos, que habiendo abrasado las puertas sagradas del templo de Jerusalén, y habiéndose refugiado a una cierta casa, fue allí dentro abrasado vivo; dándole así Dios una digna paga de todas las maldades que había cometido; finalmente las penas padecidas de las Almas justas en el Purgatorio son estériles o sin mérito, porque toda la paciencia con que las sufren, es de ningún peso delante de Dios.

Dos condiciones son necesarias en quien sufre alguna pena, o hace alguna obra, para merecer la paga prometida: el estado de la gracia, y el tiempo de la vida; es verdadero que estas santas Almas están en gracia, y por esta parte yo puedo aplicarles las palabras dichas por un Profeta a Raquel en su trabajo; cesa de llorar, porque tus buenas obras tendrán el galardón, y tus esperanzas serán al fin cumplidas: Est merces operi tuo, et spes novissimis tuis; mas por otra parte, como estas Almas están fuera del tiempo de la vida temporal y presente, ciertamente no pueden recoger algún fruto de sus penas, ni tampoco merecer algún alivio en sus dolores, haciendo que se acelere el término de su libertad.

¡Oh mi Dios! ¡Y cuán severa es vuestra justicia, y cuán formidables vuestros juicios! Cuando yo leo las divinas Escrituras, hallo en ellas elogios tan grandes de la paciencia, que parece que el Apóstol puso en ella toda la seguridad, y las más ciertas prendas de la eterna salvación; la paciencia os es necesaria, dice él a los primeros cristianos, a fin de que haciendo la voluntad de Dios, gocéis el efecto de sus promesas; no perdáis pues vuestra esperanza, que será remunerada, porque está escrito, añade el Apóstol: esperad aun un poco; porque quien ha de venir para libraros de vuestros males, vendrá presto y no tardará.

Es cierto, que todas estas virtudes se hallan en las Almas del Purgatorio; porque, si para obtener la posesión de los bienes eternos prometidos a los elegidos, les es necesaria primeramente la paciencia en los males, ellas tienen una paciencia perseverante é invicta en su aflicción; secundariamente, si deben cumplir la voluntad de Dios, ellas la cumplen con una fidelidad inviolable, sin impaciencia, sin dolerse indiscretamente; en tercer lugar, si les es menester tener confianza en la divina bondad, su confianza es firme e imperturbable; finalmente, si deben esperar la venida de su Libertador, ¿cuántas de aquellas inocentes Almas la esperan ya desde largo tiempo? ¿Cuántos días, semanas, meses, años han ya pasado, sin que vean cumplirse el día de su libertad? ¿Y qué? ¿Serán pues estas Almas burladas en su fe, en su esperanza, en su confianza? no, hermanos míos. Dios no engaña, ni es infiel en sus promesas; ellas recibirán su recompensa; pero ¡ay! que esto será en el tiempo que está señalado en sus eternos decretos.

Es verdad que cuando estaban en este mundo, podían aprovecharse de este tiempo con el mérito de las buenas obras; mas después de la muerte; ¡ah! después de la muerte se hallan con impotencia de merecer en todos los actos de las excelentes virtudes, que puedan producir en este estado, porque falta ya el tiempo del mérito. Y no sólo están fuera del tiempo de merecer sino que se les pondrá delante el tiempo pasado para acusarlas de cuanto han dejado pasar sin hacer frutos dignos de penitencia. Vocavit, habrá de decir cada una de ellas con trenos más lamentables que los de Jeremías, adversus me tempus. Ah ¡cuántos acusadores se les presentarán! ¡Cuántas acusaciones! Se les presentarán las mañanas, las tardes, las noches, los días, los meses, todas las edades una después de otra, y las acusarán de cuanto ofendieron a Dios, y de lo poco que se aprovecharon para hacer frutos dignos de penitencia. A las voces de estas acusaciones, ¿qué tal será la confusión de las acusadas? ¡Oh qué extremada será su pena al verse privadas de libertad para satisfacer por el tiempo perdido y abrirse el Cielo!

 

MORALIDAD

De estas figuradas palabras aprendamos, oyentes, que aunque todos los tiempos pertenezcan a Dios, como a Señor y Dispensador, y ningún momento pase sin el eterno e inviolable orden de su voluntad, como canta la Iglesia: Deus cujus nutibus vitæ nostre momenta decurrunt; sin embargo conviene distinguir dos suertes de tiempos, es a saber, el del hombre y el de Dios; el tiempo del hombre es compuesto de un cierto número de momentos pasajeros, que son destinados para su penitencia; el de Dios está restringido a una duración constante y eterna, destinada a las recompensas y a los castigos; el hombre puede merecer en su tiempo, que es el de la vida presente; mas no puede merecer en el tiempo de Dios, que es el de la vida futura; el hombre puede merecer en el tiempo de la vida presente, porque tiene libre albedrío y es capaz de mudanza, mas no puede merecer en la otra, porque no hay ya la libertad de indiferencia, y porque se halla en un estado de inmutabilidad; por esto San Juan en sus revelaciones dice haber visto un Ángel, que levantó la mano al cielo, y juró por Dios vivo que no habría más tiempo después de la muerte.

¡Ay hermanos míos! Amenaza tan terrible y tan solemnemente afirmada, ¿no persuadirá a los hombres que los espera un momento que será el último de su vida, después del cual no habrá más tiempo, ni de penitencia, ni de remisión? Luego somos nosotros ciegos y locos, si perdemos de continuo este tiempo tan precioso, como si fuésemos sus dueños.

Oyentes: Jesucristo nos lo compró con el precio de su Sangre; pero temamos que nos lo quite por un decreto de su justicia, si en vez de valernos de él para nuestra salvación, lo empleamos para nuestra condenación. De que debe temerse mucho que se quite el tiempo al que del tiempo así abusa; la amenaza que Dios hace no puede ser más clara: Anni impiorum breviabuntur. Ni penséis, que esta amenaza sea como los truenos, que algunas veces no van acompañados del rayo, porque, para desengañaros, replicaría Job que muchas veces los pecadores han sido sacados de la vida antes de su tiempo. Bien lo supieron los dos sacerdotes Nadab y Abiú, hijos de Aarón, castigados por Dios en la flor de los años, lo conocieron Ofni y Finees, sacados del mundo en la edad más robusta, porque eran escandalosos; lo experimentaron los dos hijos del patriarca Judas, Her y Onan, el uno muerto por ser malvado, y el otro arrebatado del furor divino porque era deshonesto. Así mismo súpolo el obstinado emperador del oriente Anastasio, a quien compareciendo en una obscura noche una negra fantasma con un libro en la mano y una pluma en la otra, le dijo: en pena de tu perversidad borro del libro de tus días catorce años de vida, y efectivamente dentro de pocos años murió; pruebas todas estas que Dios no burla cuando amenaza muerte temprana a quien le ofende.

No, mis dilectísimos, no nos engañemos: Omnis arbor, ello es sentencia salida de la boca infalible de la encarnada Sabiduría, quæ non facit fructum bonum excidetur; a la planta estéril y mucho más a la planta maligna se le amenaza cuando menos se lo piense la última suerte: Omnis: ninguna se exceptúa: Omnis arbor quæ non facit fructum bonum excidetur pero ¿quién sabe, oyentes míos, cuántos años de vida habrán menoscabado nuestras culpas? ¿Quién sabe cuánto habrán abreviado los días los desatinos de la edad menos anciana? ¿Quién sabe, que no venga bien presto el corte, que nosotros mismos habremos anticipado con las ofensas hechas a Dios?

Amados oyentes, un solo partido nos queda que tomar, y es el que tomó el Rey de Judá Ezequías. Reducido este Príncipe al fin de sus días, lloró tanto delante de Dios, que obtuvo una prolongación de quince años de vida. Lloremos también nosotros nuestras culpas pasadas, y con una viva contrición del corazón esforcémonos a obtener, que se nos vuelvan los años, que con nuestras culpas habíamos merecido que se nos quitasen. Sí, mi Jesús, vedme a vuestros pies postrado, y sumamente dolorido de haberos ofendido: ¡oh! ¡No hubiese jamás disgustado a un Dios tan bueno, a un Dios tan grande, a un Dios tan amable! Os pido con todo mi corazón el perdón; y os suplico por las llagas que adoro en vuestras manos santísimas, que me condonéis todo castigo, que tanto he merecido con mis pecados; sé que entre otros he merecido también este, que se me corte antes del tiempo el hilo de mi vida. Yo me humillo y sujeto a vuestra justa voluntad: pero, si aún hay lugar a una súplica, os ruego, Jesús amado, me volváis los años, que merecí se me quiten. No por otro os los pido, que para emplearlos en satisfacción de las ofensas que os he hecho; sí, mi Jesús, este es el único fin, por el cual los deseo, por el cual los pido, para hacer que sucedan a los años del pecado años de penitencia; y para merecer esta gracia, con lágrimas en los ojos, y con el corazón contrito digo: Señor mío Jesucristo etc.

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.