PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN I

SEGUNDA PARTE

SERMÓN I DE DIFUNTOS

3535e25d6a6af2eef83589d3eb469c9c

Sancta, et salubris est cogitatio pro defunctis exorare. II, Machab. XII. V. 46.

¿A qué fin, señores, os habéis juntado, o cual es el motivo de todo este triste aparato que se ofrece a nuestros ojos? Este luto con que se viste la Esposa de Jesucristo, estos lúgubres clamores, que se hacen sentir por todas partes, estos trofeos de la muerte, que se erigen aun dentro del mismo Santuario ¿no son otras tantas imágenes destinadas para hacer memoria de los fieles, que desde el instante de su muerte quedaron deudores a la justicia divina, y que al parecer nos excitan a implorar a su favor la misericordia del Todopoderoso , y a pedirle que se digne colocarlos en el tabernáculo de su gloria? Nosotros, oyentes, somos fáciles en olvidarlos luego que han desaparecido de nuestra vista; pero la Iglesia, semejante a aquella madre tierna y amorosa, de la cual se habla en el segundo libro de los Reyes, que después de la muerte trágica de sus hijos, se sentó al lado de sus cuerpos inanimados para defenderlos del furor de las aves y de las fieras de día y de noche, hasta que descendiese el rocío del cielo sobre ellos; sí, semejante la Iglesia a aquella madre, os convida hoy a que la acompañéis en una obra tan santa y tan cristiana; os conduce con el rey de los Babilonios sobre el borde de aquel tenebroso lago, donde estaba el justo Daniel, para que enternecidos con sus llantos y gemidos, hagáis finalmente levantar la losa que los tiene encerrados, o a lo menos a ejemplo del profeta Habacuc, les llevéis algún socorro para alivio de sus penas.

De todas maneras la Iglesia emplea todos sus esfuerzos para obligaros a que unáis vuestros votos con los suyos, y a que intercedáis a favor de las almas afligidas, que destinadas ya para ser por toda la eternidad el objeto de las complacencias de Dios, sufren al presente el peso de su justicia. Penetrémonos de los religiosos sentimientos de la Esposa de Jesucristo en favor de los difuntos, consideremos bien su suerte, y aprendamos a compadecernos de ellos cristianamente; porque este es, a lo que me parece, el verdadero sentido de las palabras de mi texto: Sancta, et salubrís est cogitatio pro defunctis exorare.

Para esto pensad seriamente en los grandes males que vuestros hermanos padecen en aquel lugar de su purificación; pero al mismo tiempo buscad los legítimos medios para no caer también en él; y como por ser ellos tantos, sea imposible pensar en todos, pensad en uno de los mayores que padecen, que, a mi parecer, consiste en que las almas justas son en extremo atormentadas en el purgatorio porque conocen a Dios sin verle. Virgen santa, que os podéis llamar con verdad Madre de la Divina palabra, haced que yo sepa manejarla con tal reverencia, que no la contamine con la profanidad de fórmulas, que no la adultere con la ignominia de donaires jocosos, que no la pervierta con la falsedad de desconcertadas interpretaciones; sino que la transfunda sin afeite en el corazón de mis oyentes. Desprevenido vengo de todo otro arrimo que del de una vivísima confianza en vuestro poderoso favor, iluminad pues mi entendimiento, moved mi lengua, regid mis acciones, moderad mi lenguaje de tal manera, que sea de alabanza y de gloria para Dios, y de edificación y de utilidad para el próximo; me sirva para ganancia de mérito, y no se convierta en materia de condenación; para obligaros a favorecerme con estas gracias, os saludo devotamente con el Ángel.

AVE MARIA

Para que forméis ya desde el principio una perfecta idea de cuán atormentadas son las almas del purgatorio por conocer a Dios sin verle, acordaos de aquel pobre ciego del Evangelio, el cual habiendo entendido, que el Hijo de Dios pasaba por el camino donde él estaba , se puso a gritar: Jesús Hijo de David tened piedad de mí; y habiéndole el Señor preguntado lo que quería, el ciego respondió: Maestro haced que yo vea , y manifestadme la luz del día y la claridad del sol. Bien tenía razón de pedir esta gracia, estando como sepultado y gimiendo entre las tinieblas de una perpetua noche. En efecto la ceguera es una pena tan terrible, y pareció tan dolorosa al santo viejo Tobías, que habiéndole el Ángel Rafael dicho: el gozo sea siempre contigo; aquel grande Patriarca, aunque perfectamente humillado a Dios en su ceguera y en su esclavitud, le respondió ¡ah! ¿Qué alegría puedo tener mientras todas las horas estoy entre tinieblas, y no veo la luz del cielo? y aunque el Ángel para consolarle, le dio: está de buen ánimo, que ya se acerca el tiempo en que Dios te curará; sin embargo estaba él de tal modo oprimido de su presente aflicción, que ni menos advirtió la promesa que le había hecho de su próxima salud. Ved aquí una imagen de la aflicción, en que están las almas del purgatorio; se consideran como ciegas, privadas no solo de la luz del sol y de las estrellas, la cual no puede penetrar en su obscura cárcel, sino también de aquel divino resplandor, que ilumina la celestial Jerusalén; por esto se les pueden aplicar las palabras dichas del Sabio para explicar las penas sufridas de los Egipcios en todo el tiempo que estuvieron circuidos de las densas tinieblas, que la luz de los astros no pudo jamás alejar. Sí, estas pobres están como atadas con una cadena de tinieblas, es verdad que están siempre ilustradas por la luz interior de la gracia y de la fe, mas ¡oh Dios! esta luz lejos de disipar sus tinieblas les sirve también en algún modo para hacerlas sentir más al vivo la pena que sufren de estar privadas de la vista de Dios. Por esto pueden exclamar con un Profeta: Señor mostradnos vuestra cara, y seremos salvos; Vos nos habéis ya salvado durante nuestra vida mortal por medio de vuestra gracia, acabad ahora de salvar las obras de vuestras manos con la manifestación de vuestra gloria. ¡Ah hermanos míos! si Absalón después de haber estado por tres años desterrado de la corte, y privado de la consolación de ver a David su padre, manifiesta un tan vivo dolor a Joab capitán de sus guardias, que le ruega el que sea intercesor de su paz y de su reconciliación con decirle: pido la gracia de ver la cara del Rey: y si él se acuerda aun de mi delito, estoy contento que me haga morir; con cuán verdadero dolor, y con qué ansias de su espíritu piden a Dios las almas del purgatorio el ser sacadas del destierro, no habiendo aflicción que se iguale a la que ellas padecen en no verle, por conocer que ninguna felicidad puede igualarse con la que se prometen cuándo lleguen a verle en el cielo? Felicidad incomparable, que querrían poder comprar con la pérdida de mil vidas, si fuesen aun en estado de obtenerlas a tal precio. Mas es muy cierto, dice San Cipriano, que ninguno llegará a ser participante de la visión de Dios, si el fuego del purgatorio no ha borrado antes las manchas de sus pecados.

 

MORALIDAD

Pero ¡oh triste efecto de la corrupción de nuestra naturaleza! el hombre es de tan extraña condición y su conducta es tan irregular, que nunca conoce mejor el bien, que cuándo está privado de él mientras que lo posee, lo desprecia, y en cierta manera hace huir de sí; pero cuándo está privado de él, entonces ¡ah! entonces llora su perdida, y suspira andando otra vez por su recobro; nunca se descubre mejor el valor de la salud que en el tiempo de la enfermedad; ni el de la belleza de la luz, que cuándo nos rodean las tinieblas; mientras el alma es esclava dentro del cuerpo, está el hombre expuesto a grandes deslumbramientos e ilusiones de sus sentidos; de aquí es el que muchas veces toma el bien falso por el verdadero; mas cuándo el alma ésta ya separada de la materia, y libre de su ceguera detesta sus pasados errores a la luz de la verdad, entonces conoce claramente que no era criado sino para contemplar, no con los ojos del cuerpo el sol visible que ilumina a los mortales, como pensaba un antiguo Filósofo, sino con los ojos del espíritu el sol invisible de justicia , que resplandece en la eternidad; y ve que por su culpa perdió el derecho que adquirió con el bautismo a la gloria.

La pérdida de un tan noble derecho, que exalta tanto la condición cristiana, ¿quién puede explicar cuán acerbas penas causa en el infierno? El pensamiento de un derecho tan excelso irreparablemente perdido, es un gusano atormentador, que le roe cada instante; es una espina agudísima, que incesantemente le punza, y una afiladísima espada que le traspasa en todos los momentos; ¡oh cuántas veces levantando el miserable sus desesperados ojos! ¡Oh Paraíso, clamará inconsolable, bello Paraíso! Tú eres mío, ¡y yo te perdí! ¡Oh Paraíso antes mío por tantos títulos, estaré siempre lejos de tú! pero cuanto más reflexiona sobre el bien que perdió, se acrecienta más el lamento de su perdida, y Dios mismo, para que un tal pensamiento le atormente, le hace conocer vivamente cuán grande reino sea el que perdió, cuán esplendido, cuán rico, cuán magnifico, cuán suaves las delicias que se gozan allá; cuán dulce la paz que allá se experimenta, cuán bella la cara de aquel Monarca, que allá se ve. ¿Y a qué gritos, a qué bramidos, a que desesperación le lleva el reflexionar que no se le podía negar una felicidad tan cumplida, si el mismo no la renunciara pecando?

Vosotros, oyentes, sabéis el llanto en que prorrumpió el desgraciado Esaú, cuándo se vio despojado del derecho de primogénito; derecho del cual había hecho vergonzosa renuncia por una comida vilísima; basta decir, que la sagrada Escritura para manifestar el atroz sentimiento que experimentó, dice que dio en bramidos de un rabioso león: irrugiit clamore magno; pensad ahora; cuáles deben ser los gritos, cuáles los bramidos de un católico condenado, que destinado antes a ser heredero de un reino eterno, ve perdido por su culpa todo el derecho a una heredad tan apreciable. Esaú finalmente sino alcanzó del padre la primera bendición, reportó a lo menos la segunda, y si el hermano le fue preferido en la plenitud derore cæli, podía a lo menos consolarse de ser él preferido en la plenitud al hermano de pinguedine terræ; más un cristiano desterrado allá en el infierno, ¿con qué cosa puede consolarse en la perdida de sus derechos? ¿Con qué cosa, sí padece inmensas penas en una cárcel, trocadas las delicias en tormentos? ¿Trocada la vista de Dios bellísimo, en la vista de horrobilísimos espíritus? Por causa de este trueque tan funesto, explique quien pueda, cuanto el infeliz brame, y cuáles sean los tormentos rabiosos que despedazan su corazón.

¡Oh católicos mal acostumbrados, que no pensáis sino en divertiros sobre la tierra, en enriqueceros, en desahogaros! ¿Qué hacéis pues? ¿Qué hacéis? ¡Oh si supieseis, que infierno os aguarda! sin duda no seríais así tan locos de renunciar el derecho que tenéis a la gloria, por un placer, por un puntillo, por un vil interés, persuadíos pues, que si sois precipitados allá, seréis terriblemente tratados de los demonios, descargará sobre vosotros la ira de todo un Dios, y entonces ¿qué tendréis de los gustos que os tomáis de los bienes de los otros, que retenéis? ¿De las ganancias menos justas que ahora hacéis? ¿De las maldiciones y blasfemias que vomitáis? ¿Qué tendréis miserables? ¡Oh miserables, sino pensáis con tiempo en esto! Pensémoslo nosotros, amados oyentes; Dios nos hizo la gracia de ser cristianos, y con esto nos dio el derecho a su reino, que ninguno nos le puede quitar, si nosotros mismos no le renunciamos con el pecado, hagamos pues el aprecio que él se merece , y guardémonos en todos tiempos de perderle; no disgustemos, no, a aquel buen Padre, que por su misericordia infinita nos ha querido entre sus herederos; y así sirvámosle, y amémosle de todo corazón, y vivamos de manera, que en el punto de nuestra muerte podamos decirle: Señor en el principio de mi vida me disteis el derecho a vuestra gloria, ved llegado ya el tiempo, en el cual suplico, y espero su posesión.

Sí, mi Jesús, esto espero que podré deciros en el punto de la muerte, porque confío, que mediante vuestra ayuda no perderé el derecho a la gloria que os dignasteis conferirme; deseo mucho conservarle por no ponerme en el peligro de aquel infierno tan terrible, en el cual se precipita quien lo pierde; por tanto dadme gracia para que viva como buen católico, y procure en mí aquellas costumbres que más convengan a un heredero de vuestro reino.

Os lo ruego por aquellas llagas que adoro en vuestro sagrado cuerpo; y así, si estoy por vuestra gracia entre vuestros queridos sobre la tierra, tenga también la suerte de estar un día entre vuestros queridos en la gloria; y si mis pecados impidiesen el logro de esta gracia, con el corazón hecho pedazos por el dolor, con amargas lágrimas en mis ojos digo: Señor mío Jesucristo, etc.

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.